La ruta de la vida

Cuando crees que vas por un camino, y ves naturalezas en colores vibrantes, cielos de intenso celeste, soles que brillan sin intermitencias. Y dejás que el sendero te lleve, estás completamente a su merced. No importan ni el tiempo ni el espacio. Solo que tu cuerpo avance al ritmo caprichoso de ese andar que se apoderó de tu cuerpo, de tu mente, de tu alma.

Cuando sentís que ese trayecto va cambiando tu vida, porque empezás a notar que los tropezones son parte de él, que las caídas no hacen más que advertirte que por mucho que te esfuerces, hay tramos en los que el destino toma las riendas y no hay mucho que puedas hacer.

Pero sos obstinada e insistente y tu corazón siente que tenés que seguir por esa ruta que te está enseñando lo que es la vida. Y a veces no podés entender cómo suceden ciertas cosas, y pensás que es necesario vivirlas para descubrir que algo mejor está por venir.

Porque de algo estás segura: de tener alguna especie de poder curativo que revitaliza y transforma esa realidad en la que vivís. Porque alguien te enseñó a soñar y a idear, a diseñar y a construir.

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