La piel expresa, la piel desprende

¿Será la piel la que exonere al alma de su calvario incesante?

Hace unos diez días, mis manos y brazos se cubrieron de un salpicado de ronchas de formas variadas que arrojaron dos diagnósticos: urticaria por contacto o liquen por estrés. Fuere uno o el otro, mi cuerpo se había convertido en lienzo de esas marcas y ampollas que se prendían y apagaban arbitrariamente, dolían, picaban o ambas. Para calmar la ansiedad y contribuir al proceso de curación, suspendí toda actividad que encendiera mis manos por el roce o fricción.

Durante aquellas noches de antihistamínicos y cremas, minutos antes de dormir, me aboqué a esa necesidad humana y evitable de buscarle un sentido emocional a la erupción. Estaba convencida de que no podía deberse al contacto con plantas, como afirmó con vehemencia  mi dermatóloga. Me quedaba asumir, entonces, que se trataba de alguna situación de estrés.

Por eso estoy acá, en este espacio sin fin, tan mío, de mi completa jurisdicción, intentando desenmarañar esa madeja de pensamientos enredados y latentes como mis ronchas. Sacar belleza del caos es virtud pero limpiar el desorden es salud. Con el escenario despejado y libre de distracciones vengo a hacerme cargo de mi brote. La piel se expresa, la piel desprende, el cuerpo libra lo que al alma oprime.

Cuántas veces puede el corazón desear con fervor sin querer aferrarse a ello.
Cuántas veces puede experimentar el paso de una estrella fugaz cuya estela permanece indeleble.
Cuántas veces puede andar necio y torpe tras un espejismo de amor.
Cuántas veces puede darse entero y vulnerable.

Tengo las mismas preguntas que al inicio de este recorrido textual. Cuando abrí el diario dispuesta a volcar experiencias y miserias, mi derrota ya estaba masticada. Maltrecha y resignada, junté mis pedacitos, los pegué como pude y armé un pasticcio de relatos amargos, ácidos, calientes y dulces.
Inquietudes. Ilusiones. Sueños. Desvelos. Desbordes. Qué hacer con tantos sustantivos. Escribir a más no poder, dejarse llevar por la electricidad y el frenesí de la liberación. Errática, estrepitosa, escéptica. Deseo, motor, hambre. Ciclo, karma, déjà vu.

Si llegaste hasta acá, mi vendaval ya es tuyo.

Loop

Esa mente que tiene, cómo se expresa. Sus gustos, sus dudas, su fervor. 
Ese modo que tiene es un imán.

Son las 7.30 am del último domingo de agosto de 2021. El desvelo constituye una necesidad biológica de disponerme a escribir. Mis piernas sostienen el soporte por el que mis dedos liberan las líneas que te convocan, mientras un rayo de sol se cuela entre el espacio que separa a las cortinas, trazando una estela naranja sobre la mitad vacía de mi cama. Suena Aristimuño, suave, nostálgico y preciso:

Quiero besar tu mirada, antes que cierres los ojos.
Quiero besarte dormido y despertarme en tu boca.

Vos.

De vez en cuando, me convenzo de darle un descanso a la ilusión, pero mis argumentos no la disuaden.
¿Debería soltar la posibilidad de vos? ¿Debería abandonar este diario anacrónico en el que te comparto pedacitos de vida?

Quedé suspendida en el fervor de aquella tarde del 27 de diciembre de 2019, en la esquina de la luz. Desde algún tiempo impreciso, decreté a la intersección de Nicaragua y Arévalo, la más luminosa de toda Buenos Aires. Porque ahí te vi por primera vez y algo en mi cosmovisión cambió para siempre. O todo. ¿Aunque decir todo es no decir nada? Quedé prendida de esos 10 días en los que nuestras almas se conectaron de un modo mágico, orgánico, transparente.

El tiempo transcurrido puede sosegar el sentir, amansar el espíritu, encausar el vendaval. Pero no callarlo, reprimirlo, negarlo.

Mis deseos laten en ese aire cálido y húmedo, que entreveran sueño y realidad.

Estoy un loop de tus besos, de tu lengua, que hace, que dice, que provoca :::

El cuerpo que habito

Pasó tiempo. Pasó pandemia. Está pasando. Abro el placard una mañana cualquiera. Saco un pantalón de jean ajustado. Me lo pruebo. Demasiado apretado. Saco otro. Apretadísimo. Mi ojo virginiano y meticuloso serpentea la voluptuosidad de mis caderas asimétricas. Todo me calza horrible. Qué espanto. Miro el estante de nuevo. Tomo los jeans más anchos que encuentro. Mom jeans, un corte que vengo usando desde el primer confinamiento sentenciado en la Argentina. Porque no puedo soportar las curvas que delinean los otros pantalones, que no son recientes. Como tampoco lo es la necesidad de embolsarme. Me apego a la tendencia oversized y de entre casa que promueve la moda actual. Yendo de la cama al living, de la casa al chino, rigiéndome por un DNU tácito – decreto de necesidad y urgencia – que autoriza el disfraz de carpa, las ojotas con medias y otros cuantos cachetazos al buen vestir. Retiro los bifes, mezclar es divertido: rayados, cuadrillés, estampados, lisos, texturas, overlapping. Vestirse para mí es un juego. Cómo olvidar el fatídico jueves 19 de marzo de 2020. A partir de aquel primer anuncio de cuarentena, un objeto intrascendente se convierte en un elemento esencial de circulación: la ecobolsa. Ese trozo de friselina estampada es la excusa para salir a dar una vuelta cuando no tenés perro o no sos personal esencial. Un elemento textil se vuelve pieza fundamental del look ekeko.

Terminada la digresión fashionista, admito coquetear con lo estrafalario pero tolero mi actitud escondedora en el marco de lo cómodo, ligero y amorfo. Debajo de esas grandes capas de género, hay dimensión, materia, volumen. Un cuerpo con el cual hago y soy la que soy, del cual tengo que hacerme cargo.

No tiene sentido embalarlo, negarlo, ocultarlo. Como tampoco lo tiene perder tiempo frente al espejo estudiando cómo disimular mi anatomía, fruto de una genética de formas contundentes sumado a hábitos adquiridos en la vida adulta, a la joie de vivre. Como no tiene gollete que durante años haya rechazado la playa como lugar para vacacionar por considerarla un destino de alta exposición, un guiso de siluetas multiformes y semi desnudas que se pasean escasas de trapos. Porque mi humanidad no sabe cómo transitar esa pasarela del infierno hacia el mar. Mi ego corporizado no soporta el peso de la mirada ajena. ¿De qué mirada? ¿Quién es ese otro? Sos tu propia espectadora y verduga en ese periplo hacia la orilla. Como sí amerita mencionar el bullying sufrido durante alguna etapa de la vida, que caló profundo, tanto que nos pasamos la adultez buscando maneras de mejorar lo que nos fue dado o de capitalizar la cualidad que fue objeto de burla, que nos hizo sentir excluidos o autoexcluirnos.

Es posible que muchos de nosotros no hayamos sido educados en la diversidad. Porque cada década tuvo su anatomía hegemónica. Armónico, bello, pulposo, sanito, saludable, fit, cualquiera sea el término que el sistema hubiera impuesto, estaba lejos de promover la variedad. Es posible que creamos que somos más amplios de lo que fueron nuestros ancestros o fuimos en otros tiempos. Pero aceptar y aceptarse requiere de un ejercicio permanente de reflexión y empatía. Una práctica que involucra una mirada superadora, que abra el diálogo, que nutra, que escuche voces con matices diferentes. Pensar antes de hablar, escuchar con atención y despojo, evitar la opinión no solicitada. La verdadera inclusión está en constante evolución.

El núcleo

Una tarde de otoño con ínfulas de verano, le dije a mi madre: no dejes que me quede sola. Como si ella fuera responsable de mi destino. En ese infantil, suplicante y lastimero pedido, dejé expuesto mi augurio de un futuro en soledad. Mi verdad sin eufemismos. Mi despojo de todo adorno literario. Nunca sabré cómo contar esto, pero en mi espacio rige mi libre albedrío.

Quizás sea la pausa que trajo la pandemia, que vino a oponerse a un tiempo despiadado que avanza incólume. No hay niña interior que pueda hacer frente a la inexorable realidad. No son las formas asentadas de una anatomía madura, las cerdas blanquecinas o los pliegues que devienen en facciones pronunciadas. Un día te levantás, te disponés a prepararte un café, y aprovechás esos segundos para sentarte en la computadora y abrir una pestaña en Google: tipeás congelamiento de óvulos. Mi deformación publicitaria rotula: Maternidad envasada: conservar en un lugar fresco y seco – a menos 196 °C. Ese concentrado resulta tentador, por momentos. Si vos querés ser madre soltera, yo te apoyo. Escuchar esa frase de mi madre es uno de los grandes logros de mi vida. Lo tomo personal, porque en algo me adjudico el mérito y es en el diálogo franco. Esa misma mujer que durante mi adolescencia tardía, entraba a mi cuarto, y se me acercaba apenas para ver si había tomado alcohol. Con esa misma señora, podemos hacer imitaciones durante nuestras videollamadas, advertirnos del esto ya me lo contaste y cuestionarnos en qué lugar estamos las mujeres hoy. Ya no me callo nada, me dijo en la última conversación que tuvimos. Me alegro de que así sea, viejita. Porque yo tampoco. 

En esta anécdota que termina cuando mi arbitrariedad lo dispone, dejo correr al vendaval de sensaciones que no puedo sintetizar. Mi vaticinio de un balcón atestado de plantas. El living impoluto ante la ausencia de mascotas adoptadas. La fertilidad criopreservada. ¿En qué instante empecé a sentir que algunas opciones se alejaban de mi radar? ¿Alguna vez estuvieron? ¿Cuándo fue que desperté y tenía 35 años? No dejes que me quede sola, mamá. 

Quizás sea la edad, la sensación de que el tiempo se escurre y la pandemia. La urgencia de abrazar con el cuerpo y con el alma. Como si ver o escuchar apenas alcanzara para sentir la cercanía de los seres que me hacen bien. La necesidad de atravesar la dermis para llegar a ese núcleo cálido y confortable. Y aflojarse, dejarse caer, estirarse para luego encogerse como bicho bolita, dejarse arropar por el sonido de una voz suave: descansá un rato, todo va a estar bien.

Lucía

Me bajo del auto como cualquier otra noche en la que vuelvo de entregar pedidos. En diagonal a mí, un chico delgado y de rulos, espera en la esquina de Achaval y José Bonifacio. Me pregunto a quién, como si fuera algo de mi incumbencia o más bien, un instante que me saca del aburrimiento. Miro alrededor y veo un auto gris deteniendo su marcha. Se abre la puerta izquierda trasera y baja ella, con su cabello rubio, largo y lacio. Lleva campera de jean y un short que deja al descubierto su juventud. Él la toma de la cintura, le corre el barbijo y se besan. Vuelvo a mi trabajo con ese cuadro en mi cabeza. Con la sensación de electricidad vuelta calor que te recorre el cuerpo al besarte con esa persona que te eleva de la superficie y con quien no importa si te tropezás con la primera baldosa floja al salir de esa explosión de confeti. Camino hacia el Cuchi. Supongo que ellos habrán ido en dirección contraria. Entro al restaurante, me pongo alcohol del pulverizador, hago un paneo general. Me dirijo a la caja, chequeo los pedidos y los tiempos de las comandas del salón. Paso por las mesas buscando aprobación. Todos los clientes están satisfechos y eso me relaja. Me siento a la barra, me sirvo una copa de Cabernet, saco mi cuaderno de tapa naranja y una birome violeta. Está húmedo y ondulado, y al abrirlo descubro que las hojas están parcialmente borroneadas pero legibles. El fucking alcohol tuvo intensiones de borrar mis últimos registros, pero fracasó. Mientras escribo algunas frases disparadoras, miro hacia la puerta. La parejita de la esquina estaba entrando a comer. Su frescura inundó el lugar. Los recibí, les pregunté los nombres, números de DNI y de celular y les tomé la fiebre: Lucía y Mateo. No tenían más de 20 años. Se sentaron en una mesa de dos. Ella pidió los ñoquis gratinados a la crema de espinacas y él, a la bolognesa de roast beef. Al quitarse los barbijos, completé las figuras bellas y radiantes que suponía. Se miraban como queriendo atravesarse. En realidad, yo solo veía la mirada de Lucía, porque Mateo estaba de espaldas. Mesa mediante, no hay como el brillo que destilan esos círculos profundos para expresar el lenguaje que las palabras no pueden. Mesa mediante, no hay como las manos que se buscan esquivando la vajilla, como en un juego de obstáculos. Con Lucía y Mateo, volví a esa esquina. A esa tarde de verano, a diciembre post Navidad, al relato de tus sueños, al primer beso, al paseo por las calles intervenidas de arte. Al arte de tu espalda, a los delirios, a las canciones oportunas, al aceite de menta y al macchiato de la mañana.

No valés un cuerpo

Empecé a escribir cuando era adolescente. Tendría 11, 12 años. Era una nena con poca gracia física, más alta que el promedio de mi clase, plana de frente y voluminosa al dorso. Mi pelo, ciclotímico como la primavera, se crispaba con la humedad y tomaba vuelo propio. Lo más prominente de mi cara eran y son mis mejillas. Si a eso lo sumamos la miopía que me acompañaba desde los 7 años, mi rostro no era algo para el halago. No era una belleza, pero tampoco como solía decir mi mamá, una carita difícil. No calificaba para la categoría de linda y popular, como tampoco para la de nerd. Creo que es una condición que me toca por ser la más chica. Los últimos hijos tenemos un poco de cada cosa. Somos como la cena del 25, rejuntes de lo que quedó del almuerzo, que supieron ser sobras de la noche del 24. Como lo relativo a la belleza estaba fuera de mi alcance, me quedaba ir por el camino del cerebrito. Pero para mi infortunio, en la repartija arbitraria de la génesis, la habilidad para las ciencias exactas me salteó. Todo contenido que tuviera números, caía en el pozo ciego de mi marote. A pesar de ello, tenía muy buen trato con las profes de las ramas duras. Con la de Matemáticas, por ejemplo, había una especie de simpatía manifiesta durante las clases, porque ella percibía mi atención, mi esfuerzo por tomar nota de todo y tener las tareas al día. Pero aquella relación fluida moría en las instancias de evaluación. No la culpo por detestar mi parsimonia en los exámenes. Recuerdo que entregaba las pruebas con las hojas un poco húmedas por el sudor de las manos y en algunos sectores, un poco borroneadas. Solo en esa materia, ok, también en Física y en Química, me abandonaba a la desprolijidad. Era de las últimas en transitar el corredor de la muerte, entre sollozos, tragándome agua de moco y angustia. Algunas veces me iba como el traste, otras, gimoteaba por costumbre, pero finalmente, aprobaba.

No todo fue tan traumático. El arte de las Letras me calzaba mucho mejor. Aunque la profesora de Literatura tenía una voz débil y monocorde, por eso no lograba captar la atención de su audiencia y menos, seducirla a adentrarse en los mundos borgianos. De algún modo, esa falta de carisma mezclada con mi fascinación por las historias de las cuales poco recuerdo (tengo muy mala memoria) me llevaron a contar las mías. Y no puedo precisar el momento, pero dejé de hacer dibujitos en mis cuadernos y empecé a escribir fragmentos de mi adolescencia. Los diarios íntimos nunca me gustaron. Me parecían incómodos para escribir por su encuadernación y absurdos por la facilidad con la que podían violentarse sus candados. Recuerdo un cuaderno de tapa negra de pvc, con un corazón calado en el frente, de hojas blancas y de colores flúor. En él, dejé que las palabras corrieran con libertad y contaran mi paso por la secundaria, como los ensayos para las misas tocando el bombo legüero, cantando en cuanta misión religiosa nos llevaran las monjas. Cualquier ocasión era propicia para cantar a todo trapo el cancionero chupacirio o los hits de la Sole cuando negociábamos algunas concesiones en el repertorio. Bendeciré al Señor en todo tiempo mientras viajo por las nubes. Era feliz en esos espacios, me olvidaba de mi pelo marañoso, mis cachetes sobresalientes, mis anteojos de John Lennon. Lo daba todo a la hora de cantar, como mi abuela Elsa. Ella sí que era hermosa, la más mujer más bella de mi familia. Una artista anónima, que cantaba como un ángel soprano, pintaba hasta en las servilletas de papel poroso y dejaba su estela por donde fuera. Era una diosa encarnada en un ama de casa que se emperifollaba hasta para ir a la carnicería. No había quien no la recordara por su sola presencia, aunque no dijera ni una palabra. Volviendo a mi diario no tan íntimo, este fue receptor de pedacitos de guirnalda que guardaba de algún asalto en el que había bailado con el chico que me gustaba, que con más cortesía que placer, me regalaba un tema de Ricky Martin. No fue una etapa fácil, pues la comunicación no se me daba como ahora. Además, no me sentía muy cómoda con mi aspecto general. Era flaca, tenía las piernas largas, pero mi cara mofletuda era el punto de bullying frecuente y los varones sabían cómo derribar mi autoestima en segundos. Desde ese entonces, comencé a sumergirme en mi mundo escrito y fui tomando coraje para narrar lo que no me animaba a decir. Con los años fui madurando hasta que llegó Amelia, una voz que vino a contar historias con humor, ironía, acidez y dramatismo.

No valés un cuerpo, valés un texto.

Casar

Será el escepticismo de lo vivido, un cuaderno de desilusiones o el devenir de una madurez cítrica, pero cada vez me resulta menos atractivo el sacramento matrimonial. No voy a criticar a los cientos de historias de muchachitas llevadas al altar por príncipes corpulentos y bien intencionados, no. Ya desmitificamos esas ideas patriarcales de linditas cuyo único propósito en la vida era ser rescatadas de las brujas deseosas de belleza y juventud eterna, con nuevos relatos y luchas feministas de tode tipe. Claro que cuando Walt escribió aquellos cuentos de amor en los años cincuenta, masificados por los VHS, las brujitas ignoraban el mundo de la cirugía plástica. De todos modos, era mucho más divertida la alquimia y la persecución permanente que despilfarrar dólares en plásticos, hilos metálicos e inyecciones de sustancias oleosas. Por suerte, Disney vio venir el bardo feminazi y encaró nuevas historias desde la óptica de las villanas.
Estas criaturas, mal catalogadas como envidiosas, eran unas verdaderas emprendedoras, artífices de planes maquiavélicos sin igual. Mujeres con mini pymes que empleaban a unos cuantos malandras buenos para nada. Claro que no habían nacido malitas, no. Maléfica, por ejemplo, tuvo un noviecito que piró por la ambición y la dejó, sumado a que vino un rey hijo de mil a cagarle las tierras. Male, recontra potra y empoderadísima, lo venció con su ejército, ¿y qué hizo el machirulazo? Ofreció a su hija en matrimonio al tipo que asesinara a la pobre y potranca de Male. Quilombo y más quilombo con efectos Disney reloaded. Detenida en el semáforo de Directorio y Carabobo, con las manos abrazando el volante de mi Golfito azul, lo vi tan claro a través de mis cristales gruesos un poco toqueteados. El futuro padre de mis hijes. Un hombre de estatura media, robusto, de manos grandes y callosas, me cargaba en su espalda, dando pasos lentos y firmes, camino al altar de acero desinfectado.
Él, de blanco percudido, con algunas manchas oxidadas, botas negras y cofia traslúcida, tarareaba nuestra canción. Yo, bien mudita, de rojo y rosado rubicundo, alardeaba mis capas de grasita brillosa y suculenta. Hernias, sacrificio y rock and roll.

35 años de amor

Me levanté pensando en todo el amor que recibí el día de mi cumple. Llegó en múltiples formatos, a través de diversos canales y gestos. Amor de las personas de siempre, inquebrantable, y hoy, re-significado, lo tomo, lo guardo, lo atesoro. Amor nuevo de personas que la vida puso en este paso por el mundo para enseñarme que los caminos son infinitos, que las recetas funcionan para el Cuchi, que nada está garantizado porque somos responsables pero no dueños de nuestra existencia. ¿Recibo más de lo que merezco? No lo sé. Este año me trae a este espacio de gratitud y de una percepción más tangible. Siempre fui una defensora del amor, lo anduve buscando, sí, pero tuve que conocer su contra-cara para abordarlo fuera de las teorías, las frases hechas y los modelos aprehendidos. Me siento desbordada, enérgica, en un estado de paz del que no quiero salir, disfrutando de una caricia que quiero perpetuar como la primavera. Porque el amor es una fuerza que atraviesa el alma y la llena de calor de hogar, de aromas, de abrazos, de manos, de carcajadas, de música, de vida. Todo se eleva, se expande, se ilumina. El amor viene de lo genuino, como los ojos achinados de las chicas por encima de los barbijos cuando nos reencontramos la noche del 05/09, como la complicidad idiomática que desarrollamos con Carbonita, como la mano que me da Marian con el delivery los viernes a la noche: ¿lo lleva ella o me lo llevo yo?, como las visitas de mi Natila y su cachorra Chimuela emocionada y meona, como los colores de las astromelias que veo cuando llego a casa, como el saludo de mi ahijado a las 4 am, como el canto de cumpleaños de mis sobrinos y mi cuñada, como los mensajitos de Mamá y el casi abrazo de Papá, como las conversaciones eternas con mis amigas del taller, como perderse en un libro hasta altas horas de la noche, como abrir los ojos cada mañana y sentir cada parte del cuerpo, como el cielo gris que enaltece al sol cuando reaparece tras ausentarse unos cuantos días. El amor viene de esas tantitas cosas que solo puedo decir gracias a la vida.

Cuarentena – La boya

Jueves 21 de mayo. Estoy tan opaca y chata como el paisaje que entra por mi ventana como un bloque gris, pesado y monótono. Me aferro al trabajo como la única boya que me mantiene a flote. No sé para dónde ir, solo tengo ese plástico naranja que abrazo con todo mi cuerpo porque es lo único que puedo tocar sin ponerlo en riego, y no por mi capacidad de destruir todo en segundos, sino por el virus que nos loopea en la incertidumbre. No puedo detenerme ahora, tengo que bracear un poco más para llegar a la orilla y recobrar fuerzas.

Pelear con proveedores, mirar qué están haciendo los otros, cagarse de frío parada en puertas ajenas. Defender tu guita, intercambiar ideas con amigos y colegas, reconquistar a tus clientes.

Discutir con carniceros, probar nuevos, desecharlos. El último ya es historia, porque no puede creer cómo su ojo de bife no es una manteca o cómo los pecetos que me mandó intercalados con nalga, parecen de mamut. O lo que es peor, no son pecetos, son nalgas. Me quiere seguir vendiendo pero no abandona la pedantería y yo, que estoy con la mecha más corta que nunca, me resisto a escuchar su concatenación de audios y a perder tiempo en capturas de pantallas de clientes que le acarician el lomo. Pienso que sus vacas son viejas y gordas y como sigue atosigándome con su voz irritante, le digo que no me gusta su carne, sus formas, su tono. Si después de 7 años no distingo un peceto de una nalga, me tomo un shot de lavandina concentrada.

Buscar precio entre los verduleros es otro entretenimiento. Entre papa, batata y cebollón, intento procesar los acontecimientos del último fin de semana y voy pensando cómo resolver la toma de pedidos del delivery del Cuchi. Este compromiso con mi negocio me salva del encierro, la paja mental, la carencia del tacto humano. Pero este espacio que es infinito y maleable, le quita drama, cuerpo y dolor a mi existencia. Ya sé quién puede darme una mano con el deli. De forma temporal, claro, porque nada es definitivo. ¿Acaso algo lo es?

Se fue otra noche, mientras sigo dándole forma a esta realidad. Cuando cierro el turno, se apagan las hornallas y se guardan los pizarrones, vuelvo a la quietud de mi casa, a la cama mitad caliente mitad fría, a la certeza de mi destino como eterno unipersonal.

Asiento de citas

Tenemos un grupo de WhatsApp con mis amigas del taller de Literatura. Hablamos de la vida, del trabajo, de nuestras realidades en la Argentina y fuera de ella. De las que quedamos, de las que se fueron, de las que se irán. De los hijos, de cómo crecen y se vuelven difíciles y lejanos. De los hombres, de los compañeros de vida, de los chongos.
Qué paja las primeras citas.
Dejen de perder el tiempo en Apps.
Nos llevamos bien, nos matamos a veces pero lo normal de estar juntos todo el día y solos.
Cada una con su realidad. Soy la menor del grupo, y por eso, las chicas creen que conservo cierta ilusión que prefieren no neutralizar. No se equivocan, a pesar de mis cientos, ¿cientos? (exagerada ella, siempre) de primeras citas, de algún modo, tengo un saldito de fantasía. ¿Demasiadas citas, te parece? No me enorgullezco ni me ruborizo. Debo ser una idealista del amor, una romántica empedernida o una jodida implacable que todavía no encontró la horma de su zapato. Claro, ancho 40 y medio y largo 41, no cualquiera maneja el calzado a medida. No me enorgullezco ni me ruborizo. Aunque mis relatos estén más cerca de un asiento contable que de las historias de amor.

Sigo apostando de un modo calculado. Era hora de que calcularas un poco, Amelita. Tan soñadora, dramática, manipuladora, enojona, caprichosa, novelera.Tan de ir con tu corazoncito lábil, casi fuera de tu cuerpo, como una ofrenda para regalar a cualquier gil que te presta un poco de atención. Puede ser que tenga alguna expectativa, no lo niego. Pero si no, ¿para qué activo toda esta maquinaria infernal? Esa cuestión livianita y desinteresada que nos propone la virtualidad nos ha vuelto unos soretes, y con este enunciado me disculpo de haber sido una mierda con algún chongo. Y con chongo, me refiero a aquel con el que hubo más que palabras bonitas, emojis y boludinas, hubo encuentro en el mundo físico. Como si el tiempo no valiera de nada, como si aquella persona con la que compartiste algo no fuese más que una foto de un desconocido ¿Qué pasó? Nos estamos deshumanizando. Y es loco, porque la ecología se quema las pestañas promoviendo campañas alentadoras del consumo inteligente, de reducción de basura, y toda una perorata no menor. Y muchos compramos ese speech, queremos ser ecológicos, considerados con el medio ambiente, pero no podemos comportarnos como humanos con otros humanos. Porque todo dura lo que una historia en Insta. Todo debe ser chill, que fluya bebé. Y nada menos fluido que coger con un extraño del que tenés un par de chats, algunos llamados y una grilla de fotos especialmente elegida para encantar.
Tanto hedonismo me desconecta de lo que verdaderamente importa. Debe ser que estoy demasiado enfocada en los chongos. Basta de decir chongo. Empecemos por ahí. Tengo que dejar de mirarme el agujero que tengo en la panza, abandonar mi frasco, levantar la vista para ver que Elena se ríe como una loca, que ya come banana, batata y pescado al vapor, aunque la palta sola no le cabe tanto. Tengo que reservar la parrilla para que Flor y Pepe hagan el asado dominguero tantas veces prometido. Tengo que salirme de los quilombos diarios del restaurante y encauzarme en mi proyecto de comunicadora. Tantos tengo, tengo.

En fin, sigo apostando a lo que sea que pueda proveerme este mundo de hoy. Como la sabiduría que plasmo en estos 7 consejos que nadie me pidió para desenvolverte en las Apps de citas:

  1. Evitar la palabra cita al acordar un potencial encuentro con un sujete. Aflojemos con la pelotudés del inclusive, que el tema no va por ahí. Cita es un término demodé y genera cierta actitud de cuarentena estricta.
  2. Elegir un lugar neutral.  A lo de ni en tu casa, ni en la mía ni en un telúrico te agrego: elegir un lugar que no conozcas, o al que tengas ganas de ir a pasear, a comer, a beber. Una experiencia nueva te permite amortizar cualquier situación incómoda, a saber: falta de diálogo, conexión, química o sentido del humor. Si tenés que subtitular, ahí no es.
  3. Tener claro que química mata ilusión. El biri biri se puede ir alegremente a la mierda con solo rozarle los labios y no sentir el chispazo. It´s a kind of magic. En serio, se va todo al carajo sin chemistry loco. Claro, ahora entiendo todo. Cuando explicaban física y química, yo le daba al bombo leguero en la clase de música, o escribía pelotudeces en las hojas Rivadavia. Hoy lo vi a Fulanito y bailamos uno de Ricky Martin. Corazoncito, sticker, sticker posta, de felpa eh;  pedazo de guirnalda de un asalto pegado con cinta scotch del lado de atrás. Siempre prolijita, Amelia. Y pensar que la gente se casaba virgen, abueeelaaaa qué hiciste.
  4. Usar el predictivo. Una palabra impertinente puede dar pie a una conversación hilarante. No hay torso, billete, título u oficio que supla al uso correcto de la Lengua.
  5. Manejar expectativa cero. Ilusión cero. Alcohol cero. Paráaaaa. Porque nada puede garantizar una experiencia feliz, no importa la fuente de la que proceda el candidato, si su currículum fue referido por alguien de suma confianza, o fue reclutado personalmente. En tiempos modernos, de poco sirve haber intercambiado tu visión del mundo o unos cuantos fluidos.
  6. Reconocer cuando el otro está en un channel diferente, bebé. Sí, queride, toma tus cartas, tus cosas y nunca te arrepientas, dame la mano, un beso y pega la vuelta. Flasheó Agostini la piba. En serio, jugá limpio. Si no te gusta que te fantasmeen, no fantasmees. No te dejes fantasmear por ningún sujete que convulsiona con emojis o le huye al feedback.
  7. Marikondear la chongoteca. El orden y limpieza trae alegría. Reciclar hace bien. Si ya no te hace feliz, afuera.
    Que lo único que te deje recalculando sea la gallega del Waze.
    Les ame a todes, Ame.