El comedero

Estuvo todo riquísimo, como siempre. Esas fueron las palabras de Pablo, un cliente habitué, celíaco, que cena temprano junto a su mujer Sol y su hijita Paz, también celíaca. Ese como siempre resonó en mi cabeza por unos segundos, provocándome una sonrisa de felicidad, porque es cierto que a pesar de que reniego, una parte de mí es responsable de ese éxito y mi papá tiene razón cuando me dice que me cuesta disfrutar de los logros. Pero el pez por la boca muere. O el muerto se ríe del degollado, creo, porque siempre él o yo siempre estamos buscándole la espina a la merluza, solo que nos turnamos, pero suelo ser yo la que se lleva todos los premios. Que no disfruto, puede ser, y creo que no lo hago desde que tengo uso de razón, de intensa razón, de intensa razón inconformista. Nunca es suficiente, podrías hacerlo mejor, es un mantra que resuena en mi cabeza una y otra vez. Cuando miro el logo que diseñé, pienso si no hubiera sido mejor llamar a un diseñador gráfico. Llamo a un experto recomendado, coordinamos una entrevista, intercambiamos ideas y seguimos en contacto vía mail. Al cabo de unos días, recibo 3 logos casi idénticos. Ninguno me conmueve lo suficiente como para avanzar, pago por el trabajo realizado e interrumpo el desarrollo de la marca. Lo que me propuso lo puedo hacer yo, pienso mientras reveo las imágenes. Prescindo del diseñador, no sé si por miserable o por autosuficiente. Hago mis bocetos, me baso en el concepto de una firma que pensé originalmente, me divierto probando y descartando tipografías hasta encontrar la que refleje el verdadero espíritu del Cuchi. El nombre se le ocurrió a Nati, mi hermana, que hoy ya no participa del restaurante. Me sacaste las rueditas de la bici, le dije cuando me dijo que se bajaba de la gastronomía, que la atención al público no era para ella, que prefería hacer los números pero no lidiar con la clientela.

El Cuchitril surgió en uno de esos tantos abrumadores días de obra mientras Nati caminaba entre los escombros de un ph en ruinas. No imaginábamos cómo alguien podía vivir entre esas paredes prutefactas, resplandecientes de mugre, dejadez y decadencia. Fue lindo ese proceso de armar algo desde la nada. La parte más entretenida vino después de la obra húmeda. Mi papá iba a cuanto remate se publicaba y de repente se aparecía en la puerta del Cuchi con un flete lleno de sillas que olían a melancolía de final inexorable. Yo pensaba en la energía de esos muebles fracasados en otro domicilio, y también, en la antigua dueña de la casa que se había desvanecido junto con la estructura original, y cuyo espíritu, creíamos, se hacía presente en el ascensor, un aparato infernal, nuevo y caprichoso, que nos asustaba con su ir y venir arbitrario cuando nos quedábamos solas al cierre del restaurante. El Cuchitril pronto se convertiría en El Cuchi, no solo para nuestra familia, sino para nuestros clientes.

Mis padres me soñaron en el barrio de Caballito, en la calle José Bonifacio casi llegando a la esquina de Achaval. Desde el primer día, decretaron que mi nombre comenzaría con c. Cuando escuché a mi mamá pronunciar Cuchitril, dudé un poco. Pero después de pensar en los apodos que me dirían mis amigos, me quedé más tranquilo – no quería tener un nombre que la gente no pudiera abreviar -. Me estoy poniendo lindo para recibirlos, El Cuchi.

Ese mensaje circuló entre los vecinos antes de la apertura. Hoy, El Cuchi tiene un año y dos meses y mantiene la propuesta original: un restaurante y bar porteño que coquetea con recetas mediterráneas y ofrece espacio para pequeños eventos. 
Nunca es suficiente y no hay que dormirse en los laureles y otras hierbas, porque la competencia no va a tardar en llegar. hay que dormirse porque la competencia no va a tardar en llegar. Arrancamos a sugerir un plato especial cada día, sumamos una noche de música en vivo, y hasta me doy el lujo de acompañar al músico interpretando temas clásicos de épocas vividas por otros. Toda mi energía al servicio de esta casa que dista mucho de lo que su nombre sugiere. Deberían verme escribir los pizarrones, borrando las cursivas desparejas con un trapo húmedo. Qué obsesión por lo recto, Amelia. Por lo recto y por la ortografía. Me duelen los tres signos de exclamación tanto como las MAYÚSCULAS que usa el mozo para escribir un mensaje de tiza. NO TE PIERDAS!!! Reconozco esta nimiedad, pero solo el tiempo y la experiencia me pondrán en el lugar que corresponde, la caligrafía bella no hace al buen servicio, tu negocio no es vender belleza estética, o tal vez sí, aplicada a un plato tentador, colorido y prolijo. Siempre tan prolija, vos, Amelia, se te torció el renglón del postre. Amelia, hay una mancha de salsa en uno de los menúes. Las manchas me cagan la vida, desde siempre, desde antes de nacer. No puedo las puedo tolerar. Ay pará, tengo la camisa manchada. No te manché, me dice el barman, es agua. Sé que no es agua, porque al secarse la tela, la aureola sigue intacta. Me remonto a la infancia, llena de torpezas y accidentes producto de mi forma atolondrada de andar, de jugar, de comer. Me manchaba siempre y mi mamá, reina del impoluto, atacaba con artillería química. Si estábamos comiendo en un restaurante, tomaba la botella de agua con gas y embebía una servilleta que frotaba enérgicamente sobre la superficie manchada. Si no era suficiente, me llevaba al baño, le untaba jabón y dele frote que te frote. Pero si era grasa de alguna salsa, aceite o achura, me tiraba sal para que se absorbiera. Ensuciarse hace bien en el mundo de los vende jabones. No en el mundo de Amelia. Yo era la impecabilidad con rulos. Impecable. Que no peca. No sí, yo peco, soy una gran pecadora, que casi garchó en presencia de la ley y unas cuantas veces en la cama de mis viejos cuando se iban de unos días a la costa. Ensuciarse hace bien, promueve el jabón Ala. Ensuciar la cama de los viejos después de coger, hace bien, y le da de comer a mi terapeuta. Este libro no trata de moralinas publicitarias, sino de la búsqueda del amor o algo parecido. Así que si tengo que ir a Mataderos en una cruzada por mi media res, agarro el auto y voy. Voy cabalgando en busca de mi trozo de carne y el camino me distraigo con algo mucho más sabroso y nocivo, las mollejas de corazón, que en mi opinión, son las más tiernas, pero hay quienes prefieren las de cuello o degolladura, no sé si por gusto o por costo. Este saber cárnico se lo debo a Ernesto, el galán de las carnes, que ahora lo tengo en Whatsapp y se zarpa en piola: A vos te lo entrego cuando quieras, mamita. Vos tenés coronita, decime a qué hora y estoy ahí. Chau SAME, 911 y Kiosko 24 hs. Ernesto brinda un servicio completo.

La que no entregaba era yo. Con Francisco, el correntino, salí casi 6 meses. Nos conocimos en la noche, por mi facilidad para la danza o porque los candidatos se me revelaban mejor en la oscuridad. El rompió el hielo y yo, mi vaso de trago largo. Hola, ¿no sos de acá, no? me preguntó con un acento de alguna provincia desconocida para mí. El tipo fantaseó con que yo venía de Paris o de alguna otra ciudad memorable. Lamento desilusionarte, pero soy más porteña que el tango. Hablamos lo que nos permitió el volumen de la música e intercambiamos los números de celular. Siempre fíjate que el flaco te pida el número, no que te cante el suyo. Si no te lo pide, no tiene interés o está comprometido. Chabón, anotate mi número si querés invitarme a salir, pensé. Pero el correntino me sorprendió y me pidió el número antes de que yo emprendiera la huida. Una semana después, me invitó a tomar algo a Million, un bar divino en una casona de estilo francés del siglo pasado. Una hora después de ponernos al día tomando unos tragos en el jardín, sugirió que nos fuéramos a su departamento. Aunque yo estaba algo pasada de copas, recuerdo que su casa quedaba cerca del consultorio de mi tía, por Marcelo T. de Alvear y Talcahuano. Claro, Amelia, te invitó a un bar cerca de su bulo, ¿cómo puede ser que te percates de este detalle mientras relatás esta historia, casi 12 años después? No, Amelia. A su casa no. Bueno ya estamos cerca. Mierda, ¿no sabés decir que no, pendeja? Corrientes no está mal, parece más o menos serio, sé que no te seduce demasiado pero dale para adelante. ¿Y ahora qué? Le vas a tener que decir que estás a medio estrenar. Aunque en realidad seguís siendo una virga, por más que hayas conocido una chota. ¿Le vas a decir algo de la puntita? Si tiene experiencia, se va a dar cuenta solo. Ahí estamos, en su habitación, iluminada como la guardia de un hospital. Intuyo que debe tener lámpara bajo consumo, delatora del pelo del bozo que me olvidé de sacar con la pincita. ¿Me depilé la tira de cola? No me acuerdo, creo que sí. El está demasiado caliente y yo, intento disimular mi falta de relajo y la transpiración nerviosa que emana mi piel. Trato de no pensar, porque siempre pienso pienso pienso, pasa que triple pienso y me olvido de existir. Otra vez, se me cierra el culo, el culo no, los otros agujeros. Vamos nena, abrite, abrí las gambas, abrite al placer y relajate. Cierro los ojos un momento. Pienso en Corrientes, en el campo, en los hombres fuertes de campo, con las manos ásperas y la piel bronceada y curtida por el sol de los que amanecen con el cantar animal. Me transformo en un animal, un poco retobado al principio, y luego de oler a Corrientes, me quedo manso, dejo que me rodee, me embista y empuñe su vaina. Tranquila, Amelia, ya la tenés adentro. Los ojos de Corrientes brillan de júbilo y los míos, supongo que de gozo. ¿A quién quiero engañar? No acabé, ni siquiera me mojé un poco. Tras algunas exhalaciones profundas, Francisco empezó con un cuestionario que pareció un examen pre-quirúrgico, fue algo incómodo explicarle el intento fallido de su antecesor, pero su cara cambió ante la idea de ser mi profesor sexual. A pesar de que no moría de amor por él, me di la chance de salir con este abogado, correntino, apasionado por la política, de modales ordinarios y pésimo vestir. Íbamos de copas, a ver bandas chicas, a bailar funk, me quedaba a dormir a su casa, lo acompañaba a comprar al súper, cocinábamos juntos, o mejor dicho, yo lo miraba cocinar. Qué extraño, dormir en la casa de este tipo. Cómo ronca, ¿tendrá sinusitis o sueño pesado? Me incomodaba la intimidad con él, su forma de tocarme, de provocarme. La mayor parte de las veces, me abría la puerta de su casa y me arrinconaba como perro en celo. Si el flaco te gustase, eso no me molestaría en absoluto, me dijo la flaca en una de nuestras tantas charlas telefónicas. No sé, amiga, me siento un agujero, siento que no me presta atención cuando hablo, no le interesa lo que digo o piensa que soy frívola porque no tengo ideales políticos. Y lo peor de todo, tiene modales asquerosos. Llegué a pensar que pasó hambre, que proviene de una familia de muchos hermanos o tal vez, se crió entre bestias depredadoras. La primera noche que fuimos a cenar afuera, sentí vergüenza ajena. El correntino no levantó la vista del plato, hizo chillar los cubiertos haciéndome doler los dientes y antes de que yo apoyara los míos, me preguntó: ¿esto no lo comés, no? Puede que sean detalles. Dentro de todo, parece un tipo serio, quiere ponerse de novio y ponerla seguido. O ponerla seguido y ponerse de novio. ¿Acaso no era eso lo que querías? Pasaban los días y el se mostraba preocupado de que yo estuviera trabada para tener relaciones. Es cierto, lo nuestro no fluía, o yo no fluía. Creía que era cuestión de tiempo, de confianza y de sacarle presión al tema. Tanto insistió con mi imposibilidad de goce, que habló con su amigo ginecólogo y me agendó una cita. Sí, accedí a que un amigo suyo me ponga en los estribos para examinar mis genitales con un espéculo. ¿Estás conforme, Francisco? Pero eso no fue suficiente, y su preocupación crecía directamente proporcional a mi hermetismo. Cuanto más insistía, más me cerraba. Finalmente, sugirió que fuera a ver a un sexólogo, porque según Corrientes, lo mío era falta de deseo. Ah boeeee, nonono, eso ya es demasiado. Disipé la idea de visitar a otro profesional, y me propuse relajarme. Y mientras él me sostenía las piernas, lo hice, me relajé y conecté. Conecté con su entrada, esa superficie lisa y brillante digna del kipá. Deber ser eso, debe ser que cuando me acerca la lengua para chuparme la concha el brillo de su pelada me distrae. Es algo superficial, al igual que sus ruidos molestos al comer y los ronquidos profundos. Me perturba lo banal pero más la forma en que me subestima y me desacredita por no tener una bandera que defender. No, Francisco, te agradezco la preocupación, pero no voy a visitar a un sexólogo. Mientras los meses pasaron, mi incomodidad creció a la par de mi disgusto. Era algo tan simple y lo tenía delante de mis ojos: Corrientes no me gustaba y tenía que darle el olivo. Pese a mi esbozo de frases culminantes, recurrí a la más trillada, no sos vos soy yo, y así concluí la historia con el correntino que comía como cogía.

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