El triunfo del corazón

Cuando te conocí, todavía cargaba una mochila de incontables inseguridades.
Desde ese momento, la dejé a un costado para aventurarme en el camino. Durante ese trayecto, mi voz fue tomando peso mientras las otras se apagaban. Mi corazón se fue manifestando. Deseo, ansiedad, angustia, desilusión, ilusión, felicidad, pasión, amor. Empecé a sentir como cada una de esas palabras atravesaba mi cuerpo sin recaudos. A escribir con un fervor parecido a nada de lo que hubiera experimentado antes.  A dejar el alma en cada canción que pudiera pronunciar.

Cuando te conocí, mi tiempo dejó de tener sentido. Quedé a merced de cada uno de nuestros encuentros con el único propósito de disfrutarlo cuanto durara. Con lo poco que quedaba de mi conciencia, intenté emprender otros caminos, pero no pude. O no quise. Algo me decía que mi destino estaba cerca tuyo, no importaba de qué forma. No había lugar para razonar o encontrar una lógica de acción diferente. Todo me llevaba a vos.

Cuando te conocí, descubrí lo hermoso de besar con el alma, de poder acariciar, de sostener una mirada, de contemplar un cielo con estrellas, de despertar en la misma cama, de verte dormir, de verte sonreír… (de dejar puntos suspensivos para completar este párrafo con todo lo que omití).

Y reconocí cómo había cambiado. Había dejado de pensar cada paso que daba. Las emociones me estaban gobernando.