DIARIO NO TAN ÍNTIMO

Escritura, catarsis, reflexiones. La vida vuelta ficción.

Si no hubiera sido por tu desamor, este blog nunca hubiera existido, sentencié. Cada vez que recuerdo el tono dramático con que dije esta frase, le vuelvo a agradecer en silencio al sujeto por el cuál comenzó esta locura del diario abierto. Porque este espacio, muy a mi pesar y en detrimento de mi obsesión por encontrar un género en la escritura, no es más que un lindo cuaderno de hojas de alto gramaje en el que vuelco experiencias.

Si no hubiera sido por tu desamor, este blog nunca hubiera existido, sentencié. Nada más cierto. Durante un tiempo considerable, busqué el amor en lugares equivocados. Y ese sujeto constituyó ese error espacial, temporal y existencial, porque, en última instancia, no estábamos destinados a ser.

Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio, afirma Cortázar en Rayuela.

Cómo llegué tan tarde a Rayuela. Releo ese dogma una y otra vez. ¡Eureka! Mi infortunio radica en que me he pasado gran parte de mi adolescencia tardía forzando al rayo, o tal vez, eligiendo un rayo sin filo, sin punta o de pocos vatios. El amor no se elige, Amelia. El amor no… el amor no un montón de cosas que vos y yo sabemos.

Esta mañana no tiene más que revelaciones. Mientras me dejo ser en esta página en blanco, escucho de refilón:

Uno es lo que es porque ha ido de fracaso en fracaso, confiesa Imanol Arias a Pablo Sirven en una entrevista transmitida en La Nación TV.

Brindo por eso y ¡que viva España, joder! Si en la vida todo hubiera sido éxito, Amelita Dinamita no hubiera existido. ¿A quién carajo le importás, Amelicéntrica? ¿Qué viniste a hacer al mundo? ¿Acaso modificás algo? ¿Por qué tantas preguntas?

A partir de tu desamor, querido sujeto, quedé librada al azar. Y una noche cualquiera, mientras escribía con rabia y tinta rosa las frases más crudas que me dedicaste, sentí un dulce ardor atravesándome el cuerpo, partiéndome los huesos, dejándome estaqueada en el medio de la cama entre sábanas, lindos cuadernos y biromes de colores.

 

Me levanté pensando en todo el amor que recibí el día de mi cumple. Llegó en múltiples formatos, a través de diversos canales y gestos. Amor de las personas de siempre, inquebrantable, y hoy, re-significado, lo tomo, lo guardo, lo atesoro. Amor nuevo de personas que la vida puso en este paso por el mundo para enseñarme que los caminos son infinitos, que las recetas funcionan para el Cuchi, que nada está garantizado porque somos responsables pero no dueños de nuestra existencia. ¿Recibo más de lo que merezco? No lo sé. Este año me trae a este espacio de gratitud y de una percepción más palpable del amor. Siempre fui una defensora del amor, lo anduve buscando, sí, pero tuve que conocer a su antónimo para apreciarlo, para abordarlo fuera de las teorías, las frases hechas y los modelos aprehendidos. Me siento desbordada, enérgica, en un estado de paz del que no quiero salir, disfrutando de una caricia que quiero perpetuar como la primavera. Porque el amor es eso que atraviesa el alma y la llena de calor de hogar, de aromas, de abrazos, de manos, de carcajadas, de música, de vida. Todo se eleva, se expande, se ilumina. El amor viene de lo genuino, como los ojos achinados de las chicas por encima de los barbijos cuando nos reencontramos la noche del 05/09, como la complicidad idiomática que desarrollamos con Carbonita, como la mano que me da Marian con el delivery los viernes a la noche: ¿lo lleva ella me lo llevo yo?, como las visitas de mi Natila y su Chimuela que mea toda la entrada de la emoción, como los colores de las astromelias que veo cuando llego a casa, como el saludo de mi ahijado a las 4 am, como el canto de cumpleaños de mis sobrinos y mi cuñada, como los mensajitos de Mamá y el casi abrazo de Papá, como las conversaciones eternas con mis amigas del taller, como perderse en un libro hasta altas horas de la noche, como abrir los ojos cada mañana y sentir cada parte del cuerpo, como el cielo gris que enaltece al sol cuando reaparece tras ausentarse unos cuantos días. El amor viene de esas tantitas cosas que solo puedo decir gracias a la vida.

Jueves 21 de mayo. Estoy tan opaca y chata como el paisaje que entra por mi ventana como un bloque gris, pesado y monótono. Me aferro al trabajo como la única boya que me mantiene a flote. No sé para dónde ir, solo tengo ese plástico naranja que abrazo con todo mi cuerpo porque es lo único que puedo tocar sin ponerlo en riego, y no por mi capacidad de destruir todo en segundos, sino por el virus que nos loopea en la incertidumbre. No puedo detenerme ahora, tengo que bracear un poco más para llegar a la orilla y recobrar fuerzas.

Pelear con proveedores, mirar qué están haciendo los otros, cagarse de frío parada en puertas ajenas. Defender tu guita, intercambiar ideas con amigos y colegas, reconquistar a tus clientes.

Discutir con carniceros, probar nuevos, desecharlos. El último ya es historia, porque no puede creer cómo su ojo de bife no es una manteca o cómo los pecetos que me mandó intercalados con nalga, parecen de mamut. O lo que es peor, no son pecetos, son nalgas. Me quiere seguir vendiendo pero no abandona la pedantería y yo, que estoy con la mecha más corta que nunca, me resisto a escuchar su concatenación de audios y a perder tiempo en capturas de pantallas de clientes que le acarician el lomo. Pienso que sus vacas son viejas y gordas y como sigue atosigándome con su voz irritante, le digo que no me gusta su carne, sus formas, su tono. Si después de 7 años no distingo un peceto de una nalga, me tomo un shot de lavandina concentrada.

Buscar precio entre los verduleros es otro entretenimiento. Entre papa, batata y cebollón, intento procesar los acontecimientos del último fin de semana y voy pensando cómo resolver la toma de pedidos del delivery del Cuchi. Este compromiso con mi negocio me salva del encierro, la paja mental, la carencia del tacto humano. Pero este espacio que es infinito y maleable, le quita drama, cuerpo y dolor a mi existencia. Ya sé quién puede darme una mano con el deli. De forma temporal, claro, porque nada es definitivo. ¿Acaso algo lo es?

Se fue otra noche, mientras sigo dándole forma a esta realidad. Cuando cierro el turno, se apagan las hornallas y se guardan los pizarrones, vuelvo a la quietud de mi casa, a la cama mitad caliente mitad fría, a la certeza de mi destino como eterno unipersonal.

Tenemos un grupo de WhatsApp con mis amigas del taller de Literatura. Hablamos de la vida, del trabajo, de nuestras realidades en la Argentina y fuera de ella. De las que quedamos, de las que se fueron, de las que se irán. De los hijos, de cómo crecen, de cómo se vuelven independientes. De los hombres, de los compañeros de vida, de los chongos. Qué paja las primeras citas. Dejen de perder el tiempo en Apps. Nos llevamos bien, nos matamos a veces pero lo normal de estar juntos todo el día y solos. Cada una con sus vivencias. Soy la menor del grupo, y por eso, algunas creen que conservo intacta cierta ilusión que prefieren no neutralizar. No se equivocan, a pesar de mis cientos, ¿cientos? (exagerada ella, siempre) de primeras citas, de algún modo, conservo cierta fantasía. No me enorgullezco ni me ruborizo. Debo ser una idealista del amor, una romántica empedernida, una jodida implacable que todavía no encontró la horma de su zapato. Claro, ancho 40 y medio y largo 41, no cualquiera maneja el calzado a medida. No me enorgullezco ni me ruborizo. Aunque mis relatos estén más cerca de un asiento contable que de las historias de amor.

Sigo apostando de un modo calculado. Era hora de que calcularas un poco, Amelita. Tan soñadora, vos. Tan novelera, vos. Tan dramática, vos. Tan manipuladora, vos. Tan enojona, vos. Tan caprichosa, vos. Tan de ir con tu corazoncito lábil, casi fuera de tu cuerpo, como una ofrenda para regalar a cualquier gil que te presta un poco de atención. Pero no me como el cliché de enfocarse en uno mismo porque para estar bien con otro, hay que estar bien con uno mismo. Astrólogos, coachs, gurúes repiten ese mensaje hasta el hartazgo en cientos de citas y alguna que otra reflexión personal. Me siento bien conmigo, tengo la suerte de hacer cosas que me gustan, de conocer otros mundos además del gastronómico, de aprender de personas con otros saberes que me fascinan, de tener el deseo como motor, de viajar con mi imaginación cuando no puedo tomarme un avión a la loma del ogt. Llegoa la conclusión de que tanto hedonismo lo convierte a uno en un sorete a la hora de relacionarse con otros, pierde la comunicación real y la empatía se vuelve un concepto completamente ajeno. Tengo que dejar de mirarme el agujero que tengo en la panza, abandonar mi frasco, levantar la vista para ver que Elena se rie como una loca, que ya come banana, batata y pescado al vapor, aunque la palta sola no le cabe tanto. Tengo que cumplir viejas promesas, y reservar la parilla para que Flor y Pepe hagan el asado dominguero tantas veces anunciado. Tengo que salirme de los quilombos del rubro y dejar de caminar en L preguntándome si soy feliz con las decisiones que tomo o si estoy tomando decisiones.

Tanto auto-foco me ha vuelto un ser hostil y pinchudo que se irrita cuando los hechos no se dan dentro de lo esperado, lo esperado para mí. Trabajo en una versión propia mejorada y el tiro me sale por la culata. Hasta que paro el carro, me doy un baño de realidad, entro al Hospital Infantil Gutiérrez y veo más allá de mi ombligo. Hay gente que asume lo que le toca en una cama, conectada a una máquina, entre 4 paredes en las que apenas pasa un rayo de luz. Madurá, Amelia. Tenés un cuerpo entero que puede levantarse de la cama todos los días y una mente activa y sana, aunque lo último podríamos objetarlo con solo leer algo de lo que escribís. Me fui por las ramas del árbol de la puerta del Cuchi que crecieron tanto que tapan el nombre del toldo.

Sigo apostando con cierta estrategia. Ay, Amelia, ahora sos estratega. Pero mirala a ella, que ya se la dio en la frente, la rodilla y la pera,  parace que tiene un plan. Se comió que era política. Mamá, vos nunca me dijiste nada para que me la crea un poco, así que en respuesta a ese complejo no tratado en terapia, voy a compartir estos 7 consejos de influencer sin influenciados:

  1. Evitar la palabra cita al acordar un potencial encuentro con un sujete. Aflojemos con la pelotudés del inclusive, que el tema no va por ahí. Cita es un término demodé y genera cierta cuarentena a lo coronavirus.
  2. Elegir un lugar neutral.  A lo de ni en tu casa, ni en la mía ni en un telúrico te agrego: elegir un lugar que no conozcas, o al que tengas ganas de ir a pasear, a comer, a beber. Una experiencia nueva te permite amortizar cualquier situación incómoda, a saber, falta de diálogo, conexión, química o sentido del humor. Si tenés que subtittular, ahí no es.
  3. Tener claro que química mata ilusión. El biri biri se puede ir alegremente a la mierda con solo rozarle los labios y no sentir el chispazo. It´s a kind of magic. En serio, se va todo al carajo sin chemistry loco. Claro, ahora entiendo todo. Cuando explicaban física y química, yo le daba al bombo leguero en la clase de música, o escribía pelotudeces en las hojas Rivadavia. Hoy lo vi a Fulanito y bailamos uno de Ricky Martin. Corazoncito, sticker, sticker posta, de felpa eh;  pedazo de guirnalda de un asalto pegado con cinta scotch del lado de atrás. Siempre prolijita, Amelia. Y pensar que la gente se casaba virgen, abueeelaaaa qué hiciste.
  4. Usar el predictivo. Una palabra impertinente puede dar pie a una conversación hilarante. No hay torso, billete, título u oficio que supla al uso correcto de la Lengua.
  5. Manejar expectativa cero. Ilusión cero. Alcohol cero. Paráaaaa. Porque nada puede garantizar una experiencia feliz, no importa la fuente de la que proceda el candidato, si su currículum fue referido por alguien de suma confianza, o fue reclutado personalmente. En tiempos modernos, de poco sirve haber hablado un mes, dos días, reconocer su voz o compartir fotos del perro, el sobrino o el florero.
  6. Reconocer cuando el otro está en un channel diferente, bebé. Sí, queride, toma tus cartas, tus cosas y nunca te arrepientas, dame la mano, un beso y pega la vuelta. Flasheó Agostini la piba. En serio, jugá limpio. Si no te gusta que te fantasmeen, no fantasmees. No te dejes fantasmear por ningún sujete que convulsiona con emojis o le huye al feedback.
  7. Marikondear la chongoteca. El orden y limpieza trae alegría. Reciclar hace bien. Si ya no te hace feliz, afuera.
    Que lo único que te deje recalculando sea la gallega del Waze. Les ame, Ame 🙂

Febrero. Me dejo ser. Siento el aire liviano. Quiero pintar todo de rojo. Tengo que hacer más acciones con bodegas. Se casa mi mejor amiga en unos días. Desarmo sillas, las retapizo. Sueño que soy una restauradora: de panzas, de muebles, de cachivaches. Escribo en momentos de desvelo. Diseño las piezas de comunicación del día de los enamorados para el Cuchi y el salón. Escucho playlists de canciones románticas, y le doy repeat a los temas que me desgarran. Me gusta sentir el ardor de las lágrimas corriendo por mis mejillas. No es difícil que una letra me conmueva. Soy más romántica que un posible dúo de Mon Laferte y Ed Sheeran (si el Arjona sajón grabó con Paulito Londra, todo es un posible featuring) y otras cuantas melodías caldeadas de cursilerías. Corazones, flechas, dagas, ¿dragones? Rojo, mucho. Un montón. Los detractores dirán que el 14 de febrero o el mes del amor, es una acción de marketing para vender más chocolates, para fajarte con las flores, las escapadas y las cenas especiales. Los partidarios diremos que se trata de aprovechar el ambiente cachondo para fomentar el encuentro, el reencuentro, el diálogo, el sexo, la intimidad, el sexo, sí, dos veces, tres, cuatro… Está faltando mucha comunicación y no lo digo para que me contraten aunque mal no me vendrían unas changas. Involucrarse es de goma, tolerar es de boludo y profundizar, ¿qué es eso? Aunque navegar historias ajenas es mucho más patético que lo anterior. Si tenés a tu persona favorita al lado, soltá lo que estés haciendo, dejá de mirar las pelotudeces que te querés comprar. La oferta seguirá mañana, porque nadie vende un carajo, sin Macri, con Alberte, Cristine, whatever. Decile cuanto la querés, del modo que te salga. No repitas gestos, pensate algo nuevo. Y hacéselo saber, aunque el gesto y la notificación te parezcan redundantes. No siempre menos es más. Me acuerdo de vos, mi amor. Permitite un poco de cursilería. Bailate un lento en el living, sí, que vuelvan los lentos. Esa sí fue una buena campaña, la publicidad argentina tiene cosas grandiosas. CAE, agradecido. Me fui de tema. Mi deseo en este febrero es para un presente continuo: amémonos más, no para la foto, el video o la gilada que nos mira por IG. Conectémonos más con lo humano, con el momento, con las sensaciones, con los sentimientos. Este mensaje va para mi Amelia que es bastante propensa a papar moscas y comunicar cualquier nimiedad que pasa por su intensa mente. Esto también le cabe al que esté solo, chongueando, pescando. Aflojale a los emojis, mostre. Salí a tomar un café, una birra, una copa de vino. Solo, con un amigo, una amiga, un match, con quien sea. Sí, incluso el 14 de febrero. No paniquees. Los camareros no tienen ni puta idea de tu estado civil. Una cita en Valentines no significan mariachis o promesas de amor. O tal vez sí, pero quién sabe.

Esta web que no tiene un fin, representa mi modo de vivir la vida, la forma en que el mundo me atraviesa, me conmueve, me estimula. Voy profundo, calo hondo, rompo la superficie para dejarme sorprender. Soy requechos de las cosas que junto por ahí, de las que algunos ensalzan, de las que otros descartan. Mis sentidos están alertas para levantar información incluso a la vuelta de mi casa, por la misma vereda que transito cientos de veces. Incluso el excremento que dejó de regalo el perro del vecino en el árbol del local, me moviliza y me lleva a pensar que el sorete solo es producto una descarga animal y no es culpable de su asquerosa condición, a diferencia del verdadero responsable, el vecino que se regocija de placer al verme agachada juntando la mierda de su mascota. Un día, voy a levantar el bodoque de mierda, y si no es ese, uno que sea lo suficientemente grande y con valor y altura, que tengo y mucha, voy a embadurnarle los dos parabrisas de su auto negro brillante recién encerado, con el que se pasea a ventanilla baja haciéndose el banana.

Víspera de Nochebuena. Estoy sentada en la mesa 1, que está armada para 6 personas. La ocupé porque está cerca de un toma y necesito cargar mi computadora. A mi derecha, están mi padre y sus amigos de San Lorenzo. Discuten de política, macristas contra kichneristas y a la inversa. Me entretienen el oído mientras escribo estas líneas. Siento cierta nostalgia por los pedacitos de vida que van quedando atrás, sobre los que vuelvo con la mente y el corazón y no para hacer un balance, porque es algo que escapa de mis habilidades y tampoco me interesa, sino para agradecer. Las circunstancias socio económicas no fueron las mejores, de hecho, no lo son desde que tengo uso de razón (no me juzguen si me llegó tarde). Bla, bla bla. En la Argentina, vivimos sorteando obstáculos producto de muchos factores, pero el más fuerte, la soberbia humana. La vida del emprendedor involucra estar un paso adelante, y me remito a mi ejemplo primario, mi viejo. Después, la vida, mi experiencia en El Cuchi, el día a día. Si te dormís, sos cartera, zapato y billetera. Si delirás, vas directamente a un fondo de comercio. Si la tenés atada, y esto refiere a la vaca, con perdón de los veganes que lean este texto, armás un plan de negocios con un proyectito que prometa una rentabilidad contundente al cabo de un año, y seguro te caen inversores de punta. Solo hay que encontrar el nicho y el gil que ponga la tarasca. Una boludés. Pero never give up, bro. Meloneá, meloneá, meloneá, porque está en temporada, rico, dulce, solo o con Crudo. Pero atenti con el verdulero que te lo huele en la cara y después, sabe a trapo mojado. Por eso, mi consejito: no manoseen a la vista del comerciante, cuando se da vuelta a pesar el primer insumo, acérquense al cajón que más les guste, sientan la firmeza de la fruta, la tersura de su piel, háganla suya y mándense directamente a la balanza con los tres duraznos en plan te ayudo así atendés al que sigue, sonrisita, guiño o manito en la espalda. ¿Te das cuenta? Eso es tener la economía en el balero. No vuelven más, no, mentira. No te cagan más, seguro.

No es casual que hace días, o tal vez años, le doy vueltas al hecho de escribir acerca de cómo conocí a mi primer amor de verdad, mi ex. En todas estas páginas no hice más que reescribir anécdotas acerca de los tipos que rompieron mi alma con mi consentimiento. Será que tanto pijazo fue la excusa para evitar lo genuino, permanente, aburrido, insoportable, amoroso, tierno, monótono. El primer hombre que conoció mi intensidad y se quedó para aguantarla fue Pablo. Pablo no tiene seudónimo, es y será Pablo en este texto y fuera de él. Claro que antes de Pablo, tuve que sortear algunas piedras, como los gestos del rosarino que flasheó amor en Purmamarca y me llenó de Bonobones la maceta del hostel custodiado por una tierna llama que luego degustamos en milanesas, empanadas y otras delicias autóctonas. Ese carilindo romanticón tenía mucho de lo que me gustaba de un hombre: profesional de la arquitectura, buen fotógrafo, curioso, reflexivo, divertido, atento. Fue una ilusión la de volver a encontrarnos tiempo después del cerro, el mate y la peña. Cuando cada uno regresó a su ciudad, seguimos hablando por Whatsapp, hasta que un día me dijo: perdoname si no te respondo, acaba de llegar mi novia.
Explicar otra decepción no agrega color al texto. Este sujeto, tal vez fue el más astuto al permitirse la piratería fuera de su ciudad natal. Amelia, hay algo en tu energía, estás dando una imagen que los tipos malinterpretan, no te valorás lo suficiente. ¿WTF? Después de reordenar lápidas, ignorar llamados y escupir bombones, me tomé un descanso. El resentimiento hacia el mundo chongueril duró lo que mi instinto se mantuvo contenido, hasta que en algún lado escuché a alguien hablar del tema, o posiblemente, algún algoritmo de internet pensó que ya había sufrido lo suficiente y me sugirió bajarme una App de citas. Así es, más o menos, como llegué a Tinder y al modo no menos casual de conocer pijas multiformato. Esta aplicación es una suerte de catálogo fotográfico de hombres y mujeres, un book interminable de escaso contenido literario, en el que pocos se toman el trabajo de completar el currículum con datos atractivos. Y aún teniendo una carta de presentación potable para complementar a una buena selección de fotos, o a la inversa, la experiencia te lleva a desconfiar del marketing personal. No somos los que decimos ser, pegamos una figurita en cuanta red social se presenta, adaptando el marco a cada plataforma. Volviendo a Tinder, se la categoriza como una herramienta para encuentros casuales, y aunque quieras explicar que tu interés va más allá del goce carnal, no faltará quien intente torcer tu voluntad. ¿Cómo funciona? Después de configurar cuestiones relacionadas a sexo, edad y rango geográfico, se accede a los perfiles, que no son más que una foto o selección de ellas, con un nombre, y debajo, dos íconos que representan tu decisión: si deslizás tu dedo hacia el corazón, le das; hacia la cruz, no le das. Si tu juicio frívolo dicta que tu elección fue errónea porque viste de cerca la foto, no te gustó la pose, el fondo, o te inquieta saber si los niños son los hijos, se puede bloquear ese perfil para que nunca más se te oferte. Te convertís en persona una vez que concretás una cita cara a cara. Ni siquiera el tiempo que destines a tratar de conocer a esa persona por chat, que puede iniciarse en la aplicación, y luego pasar a WhatsApp, que es otra aplicación que pareciera avanzar hacia cierta intencionalidad real, ni siquiera esa cotidianidad compartida en el fluir de mensajes y audios, puede reemplazar al hecho físico de compartir un café, una birra o un polvo. Las experiencias son acumulables como los contactos que van llenando tu agenda. Sí, podés coger en cuestión de minutos u horas, sobretodo si tu charla empieza cerca de la nochecita de un día cualquiera. Aunque manifiestes que no estás interesada en un garche express, cualquier sujeto puede sorprenderte entre mensaje y mensaje: me voy a duchar, linda! acompañado de una foto mitad torso, mitad calzón, sin jeta. Eso es lo que yo llamo, la foto p, o foto pija, también podría ser la foto banana o berenjena, pero la foto p tiene más impacto. Si respondés con tu foto p, o bueno, foto c, entrás en la dinámica del sexting*, y es posible, que no haya retorno. La única manera de no tocar fondo es suspender el estofado de cuerpos, voces, pijas, culos, tetas y conchas por un rato. El caldo se vuelve tan denso y oscuro, que te colma hasta reventar, hasta estallar en pedazos, hasta deconstruirte en las partes del todo. Ahí estás, otra vez flotando entre la tripa gorda y la pata de chancho. Tengo que encontrar el modo de comer a mi ritmo. Pero no voy a renunciar a la carne, me niego a ser veggie como también a intercambiar figuritas con mis amigas, con amigas de mis amigas, con amigas de amigas de mis amigas. Late, nola. Es posible que hayas compartido chongo con alguna conocida y hasta tengas la sororidad de advertir a otras mujeres, en caso de que tu cita haya sido un completo desastre. Ojo que este flaco se queja del precio de las rabas. Vas a tener que comer papas fritas, o conformarte con el maní toqueteado. Sí, entre nosotras nos apoyamos y compartimos las fotos y prontuarios para allanarle el camino a las que vendrán. Por momentos, quiero dejar de probar, de salir, de tener que mostrarme encantadora. Ya fue, que se me vean los hilos. Una esperanza asoma cuando conocés a un flaco que te gusta y cumple ciertos requisitos mínimos como para darle una chance de conocerlo. Relajate, disfrutá, sé vos. Cuando te encanta y le encantás, todo parece encaminarse. Pero el disgusto llega pronto. Unos días después, deja de saludar primero, tarda en responder, ignora tus mensajes. No le gustaste, algo no le gustó, algo que dijiste, algo que pensaste en voz alta. Desaparece, se lo traga la tierra, como a los muertos del mundo físico. No todos los chongos virtuales mueren después de corporizarse, algunos nunca cruzan el umbral, son almas con insomnio que deambulan en el limbo virtual hasta desvanecerse, son avestruces curiosos sin apetito. Se acaba de separar, se bajó la app para joder, no sabe lo que quiere, está saliendo con varias a la vez, la otra le gustó más, está confundido, volvió con la ex. Podrías seguir elucubrando posibilidades acerca de por qué alguien desaparece sin dejar rastros, eliminándote de su vida como si fueras un mensaje equivocado. El muerto se ríe del degollado, como si vos no hubieras fantasmeado alguna vez, como si no hubieras caído en la tentación o, mejor dicho, en la desconsideración de tomarte el palo sin previo aviso. Cualquier excusa para dejar de ver a alguien suena berreta y la honestidad, innecesariamente cruel. El silencio comunica, basta disiparse en la virtualidad para dar aviso. Después de un par de pajas mentales intentando descubrir el móvil, nos gana el pragmatismo de un posteo instagramero: adiós a los que se fueron, gracias a los que se quedaron y bienvenidos los que vienen.

El gatofloro, octubre de 2011- marzo de 2014
Empleado de área comercial en editorial de renombre, músico aficionado. Huérfano. Fallece el 13 de marzo de 2014, poniendo fin a su infelicidad agonizante. Yo al final quería curtir y vos no me querías ver, fueron sus últimas palabras. Descansa en paz en las calles Ortega y Gasset y Luis María Campos.

El provinciano, ¿?
Abogado independiente, militante de partidos fantasmas, masticador incansable. Acusado de querer metérsela en seco, también a la hermana de la redactora. Visto por última vez en Libertad y Lavalle. Se ignora la fecha de su muerte.

El culposo,  julio de 2011 – febrero de 2012
Ingeniero en telecomunicaciones en importante empresa nacional proveedora de servicios de tv por cable. Amante de los rollers y los cómics. Escurridizo, falsificador. Fallece en febrero de 2012, tras una cobarde retirada de la guerra. Sus restos yacen en el Cementerio de los Cagones. 

El animal, marzo de 2013 – octubre de 2013
Abogado eficiente, fanático de los deportes, portador de un lomo infernal, amante cumplidor. Desaparece sin dejar rastros en octubre de 2013. Tuvo una aparición post mórtem el pasado febrero de 2014, en una bonita provincia del norte.

El candidato, marzo de 2014 – ¿?
Licenciado en comercio internacional, emprendedor nato, tipo de armas tomar. Generoso, sociable y cariñoso. Galán para enamorarse en dos citas. Visto por última vez en la calle Honduras al 5000. Deja su país para capacitarse en el exterior y ver crecer a su sobrino, hijo de su hermana radicada en los Estados Unidos. 

Decidí empezar un obituario porque tengo déficit de memoria. De ahora en más todos mis muertos o los que han matado mi ilusión, van a tener su fecha de nacimiento y de defunción, no para dejar constancia de su existencia en mi línea de tiempo, sino para ordenar este caos de hombres que entran y salen del texto caprichosamente. 

Hay algo de masoquismo en quien escribe, cierto goce en el sufrimiento. Soy una p de pánfila, una p de perdedora, una p de patética, una p de paria. Sin esta p de padecimiento, tendría que narrar cosas felices, sosas, cursis, empalagosas, y de eso, no puedo hablar demasiado, porque así como en la vida, en el texto, la felicidad es un instante, un resultado, una conquista y a otra cosa. La felicidad es un trabajo, es cosa seria. Por eso, como dice Euge, mejor disfrutá la previa, porque la fiesta pasa volando.Y post evento,¿qué nos queda? Aferrarnos a las fotos, videos, capturas, anécdotas que repetimos durante los meses posteriores. La felicidad es un espejismo. Como Fabián, el armenio que apareció en una fiesta a mediados de 2012, mientras con Santiago íbamos y veníamos y yo hacía un esfuerzo por conocer a otro que borrara esa mancha en mi historia. Aunque para mi desgracia, la tela ya estaba percudida. Fabián se acercó esa noche y me dijo, ¿vos sos Amelita? Eh, sí, le respondí, ¿vos quién sos? Soy Fabián, me dijo. Amigo de Juani, el hermano de tu amiga del colegio, no te acordás, pero hablábamos por ICQ hace un par de años. No recuerdo haberme apretado a ningún Fabián, pensé. Y en esa nube caótica, plop, ventana de ICQ. Fabián tenía 19, yo 14 o 15. Solo chateábamos, y éramos demasiado púberes o tímidos como para romper el hielo en una heladería. No puedo creer, estás igual que en las fotos, me dijo. Yo no sabía si ser la versión femenina de Dorian Gray era un halago, porque según Fabi yo tenía 26 años pero parecía de 14. En esa noche de fiesta, charlamos un largo rato y cuando le dije que tenía que irme, me pidió mi número de celu. Si apunta tu número, es que está interesado, diría mi amiga Agostina, que volvió de Madrid y dice carretera en lugar de autopista. Unos días después de ese finde, Fabi me escribió un mensajito y empezamos a chatear por SMS. Me contó que se había recibido de Ingeniero en telecomunicaciones, que estaba trabajando para Cablevisión, que tenía muchas reuniones con chinos y unas cuantas cosas más que me parecían fascinantes. Yo le conté que había estudiado Diseño de indumentaria en la UBA y que casi terminando el primer año, decidí cambiar de rumbo porque no me veía futuro en la moda. Así que nada, sabía que lo mío era la expresión y acá estoy, estudiando Comunicación en la UCA, enuncié orgullosa. Nuestras conversaciones se volvieron cada vez más frecuentes. Me llamaba por teléfono, nos mandábamos mails con canciones o videos que nos gustaban. Y entre una cosa y otra, se me ocurrió preguntarle si estaba con alguien. Estoy de novio, respondió. ¿Qué onda? ¿Se pusieron todos de acuerdo? Es un hecho, desde que conocí a Santiago, estoy condenada a lidiar con tipos inseguros que necesitan saber si todavía tienen chances en el mercado femenino, o solo quieren histeriquear, y yo entro, como un caballo, como una potra indomable. Fuck, otra vez haciendo de la amiguita psicóloga que te presta la oreja y te coge en el sueño. Fabián sostenía muy fuerte el estandarte de la amistad y yo solo pensaba en cómo derribarlo. Fuimos conociéndonos, buscándonos, compartiendo momentos ordinarios. Salimos a comer, a tomar helado, otra vez a comer, al cine. A la salida del trabajo, cuando yo todavía trabajaba en 25 de Mayo y Corrientes, nos encontrábamos en Puerto Madero para andar en rollers y nos quedábamos hasta tarde. Amaba saber que tenía esa cita sobre ruedas. Me sentía la protagonista de una novela teen, la bella virga, recontra caliente con el vampiro pálido que la protegía de su pija y el mordiscón transformador. Contenerse se volvía cada vez más difícil. Nos veíamos demasiado, Fabián me gustaba y yo a él. Una noche después de cenar, nos quedamos hablando en su auto. Pasamos tanto tiempo charlando que amaneció. Me dijo que no sabía qué hacer, que estaba confundido, que nunca le había pasado algo así durante su noviazgo, que yo lo había hecho replantearse no solo su relación sino otras cuestiones de su vida. Fue la primera vez que habló de su novia. Me dijo que la conocía hace mucho, que también era armenia, y que ambas familias esperaban que se casaran, que era lo que tenía que hacer. Toda este drama del amor imposible se acentuaba con la presión que Fabián sentía ante sus expectativas y las ajenas. El quería llegar a los 30 años con su futuro resuelto. Su destino se veía demasiado claro y trazado en oposición al mío, difuso e incierto. Él me hacía preguntas muy específicas y yo respondía sin certezas. Amelia, cómo te gusta embarrarte. No hay atisbo de que Fabián pele los huevos para enfrentarse a su novia, a la comunidad armenia y a la mar en coche. Le pregunté si quería que dejásemos de vernos y me respondió que no, que solo quería que yo supiera lo que le estaba pasando. Seguimos viéndonos, compartiendo tardes, como aquella vez que le conté que estaba muy triste porque mi madrina había fallecido: nos vimos en nuestro punto de encuentro para ir a rollear. Llegó con un chocolate gigante y una caja de pañuelos de papel. Me los entregó con solemnidad. Aunque la seriedad quedó olvidada en aquel pernocte automotriz, Fabián se las ingeniaba para intercalar preguntas acerca de cómo era yo en una relación, qué planes tenía, si quería casarme y tener hijos, entre otras cosas. Yo veía todo eso tan lejano que me sentía incapaz de responder algo de su agrado. En su cabeza iba completando los cuadrantes de mi análisis FODA: fortalezas, oportunidades, debilidades y amenazas. Porque claro, mirá si dejaba a la novia, a la comunidad armenia y a la mar en coche para estar conmigo y lo nuestro no funcionaba. Fabi quería consistencia y yo quería experiencia, él pensaba en romance, yo, en carne. Necesitaba demostrarle que frente a tanta mentalidad, tanto estado analítico, lo único que podía darle una respuesta primaria y primitiva, era el contacto físico. Una vez, se invitó a mi casa a cenar, en ese momento la de mis viejos, que estaban de viaje. Terminada la cena, nos fuimos al living a escuchar música y al rato me dijo de subir a mi habitación. ¡Al fin! pensé. Nos sentamos en mi cama. Miré a mi alrededor y sentí que mi cuarto acompañaba la escena infantil que estábamos viviendo: animalitos de peluche, cuadritos, fotos viejas, libros de Harry Potter. Nuestro silencio cortaba el aire, aunque de fondo se oyera la voz de Bono en la canción Bad. De pronto, sentí una mano de Fabi acariciándome la espalda. Me estremecí. Había esperado ese momento mucho tiempo. Me di vuelta para mirarlo y me acerqué como para darle un beso. Me corrió la cara. Cuando volví a sus ojos, los tenía llenos de lágrimas. No me dio lástima, en cambio yo, yo me dí lástima, me di la di en la pileta vacía. Bajo a abrirte, le dije. Y se fue, con la cabeza gacha, colgándome las ganas en el placard. Al otro día, me llamó varias veces, pero no lo atendí. Pasó una semana, y le escribí un mail, diciéndole que me había lastimado y que estaba equivocado si creía estar libre de pecado por no haber probado la carne, porque también se pecaba de pensamiento. Después de mi enojo, volvimos a hablar por teléfono. Esa tarde en la que hicimos algo parecido a las paces, llovía a cántaros. Me preguntó qué estaba haciendo y en dónde estaba. ¿Acaso importa?, le respondí. Mientras ordenaba unos apuntes viejos de la facultad, me llega un mensaje: estoy en la puerta. Otra vez, un retorcijón esperanzador. Bajo a abrirle entre contenta y nerviosa y lo encuentro empapado, subido a su bici. ¿Querés pasar? le pregunté. No, solo venía a decirte que me importás mucho. Y me besó bajo la lluvia, en la puerta de rejas. Me dio un beso que después de tanto esperar, me pareció insípido, incoloro y seco, digno de un culposo. Al día siguiente, me llamó para decirme que estaba arrepentido, que había sido un error, que iba a tratar de seguir con su vida y que lo mejor era no vernos más. Chau, Fabián, deseo que se te vuelen las chapas, que te caigan soretes de punta, que te parta un rayo.

Dejé de pensar en mi cuerpo como algo desagradable, como algo desagradable para mí. Me amigué con las formas que asientan los años y mis hábitos de vida que involucran el buen comer y beber. Pasé mucho tiempo obsesionada con el espejo y mis rendondeces ineludibles de la cara y el grosor de mis piernas y el volumen de mis nalgas y… tantas otras líneas que podrían ser de otra manera pero no son.

Dejé de pensar en mi cuerpo como un envase. Me centré en el contenido. Procuré llenarlo de experiencias, impresiones, textos. Descubrí que todo lo que cabe en ese recipiente es lo que le da sentido a la existencia: el conocimiento, las vivencias, los aromas, los sabores, los sonidos o la música, ay, la música que atraviesa cada estado, las luces, las sombras, los paisajes, el amanecer, la noche, llena de luces, el movimiento, la quietud, la oscuridad, la alegría, el dolor, las ausencias. Los logros, los fracasos, la ansiedad, la angustia, la felicidad. El cuerpo atraviesa cada una de esas sensaciones y todo lo que nos dejan. Nada es más placentero que sentirse vivo, en ese cuerpo. Ahí es donde experimento la verdadera unicidad, ahí es donde me siento plena de ser la que soy contenida en esas formas. No hay otro cuerpo igual al mío, porque no hay otro relleno igual al mío. Y ahí es donde radica el sentido del cuerpo, el de ser recipiente de todo lo que nos define.

18 de mayo de 2019

Estoy sentada frente al tótem que anuncia las partidas de los vuelos, en el aeropuerto de Ezeiza. Mientras espero a que se enfríe el café quemado que intento tomar de a sorbos del vaso de telgopor, detengo la vista en un avión de Iberia del que desprende una manga por la que intuyo, habrán circulado pasajeros unas horas antes. De tanto ir al baño, llegué al último llamado de mi zona, la 2, fila 30, asiento A, del lado de la ventana. Buen día, me sonríe la primera azafata. Buen día, muchas gracias, le respondo. Antes de sentarme, acomodo la carry on casi vacía en el porta equipajes. Del lado del pasillo, se sienta la señora B. Estoy nerviosa, un poco, pero no tanto como en otros viajes. ¿Será que estoy sola? ¿Será que me avergüenza expresar el miedo por temor a que la señora B lo absorba debido a la estrechez de los asientos en la clase turista? Ya estoy acá, sentada en la aeronave presurizada, controlando mi respiración, hablándole a mi claustrofobia para que no se manifieste. Amelia, abrochate el cinturón y entregate al placer de volar. Se te vienen todos los eslogan de aerolíneas varias pero ninguno te convence. Iniciás la charla con la señora B, o ella da el primer paso. No recordás quién rompe el hielo. Mientras informan las normas de seguridad en tu mini pantalla, hablás de la vida con la señora B. Lo primero que decís es que es tu primer viaje sola. Sí, lo decís con una sonrisa, como la de una abuela orgullosa que muestra la foto de su primer nieto. Mierda, estoy viajando sola, por primera vez en mis 33 años de vida. La señora B, a la que en reiteradas veces nombraré de este modo porque nunca supe su nombre aún en la manga transportadora de valijas, me cuenta que va a visitar a su hija a Palm Beach, un pueblo de Florida que queda a una hora y media de Miami. Comenta que su hija vive ahí hace 8 años, que está casada y tiene una nieta, y que su otro hijo, vive en Córdoba de donde es oriunda toda la familia. Así que ella vive sola en la provincia de Buenos Aires, porque enviudó hace un mes y medio. Cuando habla de su marido, los ojos se le humedecen y la voz se le quiebra. Me emociona pero me contengo, porque por una vez en mi bendita vida, me propuse ser fuerte. Me comprometí a disfrutar desde que me senté en esa silla incómoda que acrecienta mi dolor de ciático. Qué bien que sigas adelante, que no te prives de ir a visitar a tu hija y a tu nieta, le digo. Admiro su fortaleza, a medida que habla de su esposo con tanto amor, y percibo su tristeza en el tono de su voz. Se nota cuánto lo extraña, y su fuerza interior para levantarse todos los días e ir a trabajar. Ahí está la señora B, enfrentando su dolor, sentada a mi lado, yendo a visitar a su hija, a su nieta y a su yerno. Me olvido de todo, mi miedo se disipa ante la admiración que siento por esa mujer que apenas conozco. Dejamos de hablar cuando llega el desayuno. La veo cansada y la dejo dormir, algo que a mí me cuesta mucho. Aprovecho la tablita de la mesa para escribir, mientras escucho una playlist de música chill, con mi compañera, la turbulencia. Turbulencia, no te pienso, pienso en Josefina María diciéndome que son pozos de aire, no pienso en Josefina María, pienso en contar esta historia de viaje. No quiero escribir más. Quiero relajar todas las partes de mi cuerpo. Tengo muchas ganas de mear. El baño está justo detrás nuestro, algo de lo que no me percaté al hacer el check in online. Igual, no circula mucha gente, a diferencia de otros viajes en que la gente va y viene todo el tiempo, pidiendo re fill, estirando las piernas, rompiendo las bolas. Me estoy meando pero la señora B está inmersa en el sueño profundo. Ya conversamos mucho, tenemos cierta confianza y eso me inhibe la interrupción de su descanso. Contengo mi vejiga inquieta como el avión en turbulencia. Amelia, qué pelotuda. No entendiste el plano del avión al hacer el check in, como tampoco consideraste la necesidad de mear a la hora de elegir entre ventana o pasillo. Necesito dejar de pensar en el líquido amarillento que juega dentro de mi pelvis. ¿La despierto o voy a mear con ella cuando tenga ganas? ¿Y si sale a mear dentro de dos horas? La despierto y emprendo mi acuosa misión. Tras orinar largo y tendido, Bradley Barba Cooper. Digo eso a medida que avanza la peli A Star is Born en mi pantalla minúscula. Bradley Barba Cooper me hizo olvidar del meo, el miedo y las horas restantes.    Bradley interpreta a un músico y productor alcohólico. Lo amo, lo amo a él y a Gaga sin maquillaje desplegando talento. Los amo a ambos y a mi vejiga vacía y apacible. Cooper, en cuero y cantando. Me quiero casar con Cooper y con Gaga. A esta altura, en las alturas, la copa de vino del almuerzo y el clonazepam hablan por mí. No veo nada, y no es por el vino y la sub-lingual, es porque el avión se puso en modo dormir, y las persianitas plásticas están bajas. Las luces laterales no iluminan lo suficiente, se me deforma la letra y se me forma el sueño. Feliz descanso, señora B, Bradley Barba Cooper y Gaga.