Cuestión de tiempo

Me considero una mujer de estos tiempos. Desde que estoy sola y tengo ganas de conocer a alguien, probé varios medios para conocer hombres. Apps de citas, salidas a bares con amigas, asados, cursos, boliches y hasta las famosas previas de épocas adolescentes.

Me considero una mujer de estos tiempos. Y con eso me refiero a que no espero que un hombre me pase a buscar, pague una cena y me devuelva a mi casa sin tocarme un pelo. Si eso pasara, no me ofende, pero pensaría que se trata de una especie en extinción. Soy de armas tomar y no me sonroja adoptar un rol que antes se consideraba masculino. Sí alguien me interesa, doy el primer paso. No lo pienso, no tengo estrategias, no cuento los mensajes enviados ni el tiempo que pasa entre uno y otro. Me fastidian los números.

A pesar de mi desfachatez y de tener un doctorado en primeras citas, me reconozco cansada. Agotada mentalmente de tener que anticipar que el día uno no voy a coger, que no quiero ir a la casa del tipo con el que acabo de compartir una cena, un helado, unas birras. ¿Por qué? ¿Por qué debería tener que adelantar que aunque no me dejes pagar la propina, hoy no vamos a coger? Noto que algo te urge y te pregunto si te debo algo por la invitación o si te olvidaste el gas prendido.

Me embola ser literal pero me encuentro siéndolo. Sí, algunas primeras citas terminaron en su casa o en la mía. No es una contradicción, a veces todo fluye de una manera tan orgánica que dejarse llevar es inevitable; otras, gana impulso o la necesidad.

Me considero una mujer de estos tiempos. En la vorágine de un mundo seteado en la velocidad de una Insta Story, me encuentro dando explicaciones para proteger un bien tan preciado como el tiempo. Te ahorro la salida – no digamos cita porque he notado casos de alergia mortal al término –  si tu expectativa final es ponerla la primera vez que nos veamos. Te ahorro la molestia de tener que agradarnos en demasía para terminar en tu cama o en la mía. Te ahorro la dificultad de tener que leerme entre líneas para neutralizar el efecto de un machismo que sigue vigente.

Expuesto lo anterior, retomo lo que parece una objeción, porque nadie está librado a que un par de copas, un instinto animal o la mera intuición, tengan como consecuencia un pernocte en tu casa o en la mía. Pueden pasar muchas cosas o ninguna, porque así es la vida. Podemos tener un sexo inolvidable o para el olvido, porque así es la vida. Pero, guess what. A pesar de nuestra evolución y nuestra lucha por la igualdad, a la hora de coger mujeres y hombres nos diferenciamos. Eso no se juzga como bueno o malo. Es y debe ser en su esplendor.

Yo, Amelita Dinamita, sostengo el estandarte de la diferencia porque eso me hace mujer.
Yo, Amelita Dinamita, soy sensible, delicada y me gusta coger. Todo eso puede convivir en una misma frase sin prejuicio alguno.
Yo, Amelita Dinamita, invito a mis amigos de siempre y a los hombres que me estén leyendo a que respetemos lo que nos distingue o lo revaloricemos, seamos lo que seamos. Garches, amigos, amantes, novios, matrimonios.

Démonos la chance de trascender esos clichés aún vigentes. Si yo no acabo, eso no me hace frígida. Si a vos no se te para, eso no te hace menos macho. El sexo, es sin lugar a dudas, otra forma de comunicarse. En la comunicación, hay emisores y receptores que intercambian información, mensajes verbales, gestos, silencios, valiéndose de códigos en común. La buena comunicación es un arte y dominar un arte, es cuestión de tiempo.

 

Ugarte y Arribeños

Jueves 6 de septiembre. Amanezco horas antes de que suene la alarma del celular, con un rayo partiéndome la cara y una resaca tinta amurándome la cabeza. Camino en dirección al baño, y mientras me lavo los dientes, abro la ducha. Una falsa ilusión de tiempo ganado, un derroche de agua. Me miro al espejo. Soy la detonación en persona. Me limpio el maquillaje de los ojos y entro a la ducha. Me pesan las copas y las piernas en iguales proporciones. Me seco y me visto rápido porque quedé con Padre que pasaba a buscarme a las 8.30 para ir a Belgrano. Me maquillo un poco para disimular la mirada acartonada. Una vez en la cocina, dirimo entre un café, un Alikal o un tostado. Una o todas las anteriores. Algo que absorba el malbec aniquilador. Empiezo por el Alikal y abandono las otras dos. Estoy en modo lento. Se me hace tarde. Bajo y me subo al auto de Padre que putea porque demoré 10 minutos. Es que no venía ningún ascensor, me excuso. Nos dirigimos a la zona del Barrio Chino. Padre tiene que ir al dentista por ahí cerca y de paso aprovechamos para ver qué tal los precios del pesca y otros insumos. Sí, voy con Padre. En otro momento me explayaré sobre el tema de compartir el trabajo con él. El tránsito, caótico. Típico de la 8.50 am. Sigamos el Waze, sugiero. Pero Padre, hombre obstinado, lo sigue un poco y otro poco hace la suya. Te dije que esto te marca el camino en tiempo real, viejo. Nos la damos de frente con un desvío producto de un camión pica veredas cuya obra no está señalizada, producto de la crisis que impide pagar la señalética vial o de una gestión desordenada que fabrica obra pública a troche y moche. Con más vueltas que calesita dominical, llegamos al dentista. Me bajo del auto medio boleada. Tengo para una hora más o menos. Tomate un café en Chef León mientras me esperás y te vas a comprar el pescado, dice Padre. Me tomo el café, después vamos juntos a Casa China, le digo. Estoy tan mareada que camino sin dirección. No quiero tomar café. Bueno, entro, pido un café y voy al baño. Mejor no. Camino.Voy hasta la casa de muebles de la esquina de Libertador y Ugarte. Está cerrada.Vuelvo a pasar por Chef León. No quiero café. Voy en busca del pescado. Doblo en Arribeños y dejo que mi sentido de la orientación siga su curso. En el camino, veo un perro asomarse por una ventana y le devuelvo la mirada. Me enamoré del can, le saco una foto y sigo viaje. Iberá. ¿Iberá? Creo que estoy yendo para el otro lado. Googlemapeo Casa China y confirmo una vez más que soy pésima para la geolocalización. Tomando la ruta inversa, paro en un almacén chino. Busco un agua de litro y medio. Es mucho, pienso. Me van a dar ganas de mear. Entre mi indecisión y la china atendiendo al proveedor de cigarros, devuelvo el agua a la góndola y me voy. Ya fue. Directo a Casa China. Mientras camino, Padre me llama y me dice que se liberó antes de tiempo y que a la vuelta tiene que pasar de nuevo a retirar algo. Nos encontramos en la esquina del dentista, caminamos unas cuadras más y llegamos al Disney del oriente. Después de pasar por variedades de té, granos, harinas, productos secos y otros, llegamos a la pescadería. Merluza, pez espada, gatuzo, congrio, lenguado, abadejo. Lo que más me cierra es el salmón blanco. Me acerco a los muchachos que manipulan pescado y pido 8 kg de salmón limpio, que son algo así como 20 kg de bicho entero. Mientras lo preparan ante la mirada atenta de Padre, paseo un poco, elijo algas y veo precios de salsas japo. Están imposibles. Padre también compra algunas cositas para consumo personal. Vamos a la caja, pagamos y nos vamos. El sol y el aire primaveral me oxigena. Veo puestos con flores y paro. Me compro dos plantas amarillas y las visualizo en mi balcón. Caminamos un poco más, llegamos a la esquina del dentista, en donde hay una parrilla cerrada al público con unos bancos en la vereda. Esperame acá que ya vengo, dice Padre. Por Arribeños, viene un hombre rengueando con un bastón en la mano derecha. Intercambiamos miradas, un suspiro profundo y nos sentamos, cada uno en un banco diferente. Al ver su mirada y su dificultad, siento que mi suspiro fue exagerado. Segundos después, un hombre de unos 50 años, se acerca y lo saluda. Parece que se conocen del barrio. Me quedé viudo el viernes, dice el hombre del bastón cuya voz se quiebra al dar la noticia. No me diga, Roberto, lo siento mucho. Mientras aquel hombre daba detalles de cómo partió su mujer, me quedé paralizada. Sentí mi corazón desgranarse, la angustia que pesaban en mi garganta y una lágrima quemándome la mejilla bajo el inmenso sol que compartíamos Roberto, su vecino y yo en la esquina de Ugarte y Arribeños. Ya estoy, escucho la voz de Padre. Me levanté, cargué las bolsas y sentí el dolor de Roberto desprenderse como una estela en la brisa de la mañana.

El cuadro perfecto

Hay una especie de relación mágica entre las casi 8 de la noche del domingo, la sensualidad de la guitarra de Joe Pass que empieza a sonar y el cuadro multicolor de la ciudad tras mi ventana.
Es como si el tiempo se detuviera a pesar de la inexorable caída de la noche, como si se suspendiera su curso mientras las palabras deambulan en mi mente, que las examina en busca de la combinación perfecta, que luego viaja a través de mi cuerpo. Corre como un fluido ligero que sale por mi costado derecho, baja por la oreja, sigue por el cuello y el hombro, cae serpenteando el brazo para llegar a la mano que sostiene el lápiz que vuelve tangibles mis pensamientos.
En cada frase, se manifiesta mi interior pujante. Un interior al filo de lo exterior, que necesita compartirse, revelarse. Un alma que se hace presente mientras anochece y escribo con los últimos rayos de luz que me ofrece la obra citadina, al compás de la guitarra de Joe. Y la magia continúa con las primeras luces naranjas que asoman entre las copas verdes y las masas de ladrillos y tejas negras. Mientras imagino quienes viven dentro de esos bloques multiformes, pienso qué estarás haciendo. Pienso cuánto te disgusta el domingo a esta hora en la que yo disfruto de mi soledad, la música y la foto del paisaje urbano.
¿Será un encuentro desafortunado el de tu desgano y mi placer nostálgico en esta tarde apacible? ¿Será que cuanto más floto, más te arraigás a la tierra? Es posible. Pero eso no me detiene de imaginarnos. Recostados en el sillón, compartiendo un vino mientras nos acariciamos al compás de Joe ahora acompañado por Ella*, amalgamándonos con la brisa que entra por el balcón, compitiendo por no pestañar como dos niños que no quieren perder ese instante que se diluye en un abrir y cerrar de ojos.

*En alusión a la reina del jazz, lady Ella Fitzgerald. 

El plantón

Entiendo por qué el actor disfruta tanto su trabajo. La posibilidad de jugar a ser otro, de caracterizar a un personaje que nada tiene que ver con vos, tu realidad, creencia o idiosincracia, es una experiencia liberadora. Refugiándome en la idea de que todo es parte de una interpretación, me meto en la piel de una loser.

Sábado 00.00 h., decido salir a tomar algo. Sola. Me emperifollo con la necesidad de testosterona repiqueteando como canilla con cuerito roto. Mientras me delineo los ojos frente al espejo, recuerdo a un grupo de latinos que conocí en un bar, de los cuales uno cautivó mi biología sin decir una palabra. Su imagen nítida es suficiente para poner en marcha mi motor. Me calzo unos jeans ajustados, las botas negras fotoshopeadoras de gemelos potentes, un sweater tejido a mano, mi tapado rojo y una boina. Me subo al auto y manejo hacia Palermo. Destino, Costa Rica y Armenia. Estaciono y camino con toda la elegancia que permite una madrugada de asfalto enjabonado. Llego a la puerta del bar y veo masculinos y femeninas que intercambian risas, gestos y números de teléfonos. No tengo previsto cruzarme con nadie conocido pero hago frente a las casualidades del destino. Estoy esperando a unos amigos, aclaro enérgicamente. Dicho esto, entro al bar y me acerco a la barra, extraigo de mi bolso beatle mi celular e intercambio SMS con una amiga que disfruta de la noche porteña en otros pagos. La carencia de comunicación in situ me lleva escribir mensajes sin desprender la vista del teléfono, mientras suena Depeche Mode y la gente toma cerveza, fernet y otros brebajes. Todos están en grupos menos yo. Saco mi vale de consumición de 25 pesos, pido una Corona con limón y acomodo mi traste en una banqueta que parecía estar esperándome. Doy el primer sorbo. Este pibe no viene, digo en una voz alta incapaz de neutralizar el barullo ambiente mientras hago calesitar la botella y en un error de cálculo, derramo parte de su contenido en la mesada de la barra. Me disculpo con el barman como si estuviera prestándome atención y sigo actuando mi decepción. Hago una panorámica para ver si encuentro a los chicos latinos. Son casi las 3 de la mañana y ni noticias. Pienso que es hora de irme. No conforme con el papel de solitaria en aquel antro oscuro, imagino otra locación en la que podrían estar los hermanos latinoamericanos. La noche sigue desapacible pero eso no me detiene.

Me subo al auto y hago un par de cuadras para cruzar al otro lado de Juan B Justo. Llego a la puerta de Makena, un reducto rocker y funky. 10 pesos al grandote de la entrada y pasá, nena. Dentro del lugar, unas pocas mesas, un par de desgarbados, pelilargos, morrudos, alguna que otra Fabiana*en la barra, cada uno en su propio mambo. A falta de calor humano y exceso de metro cuadrado disponible, siento mi soledad expuesta y vulnerable, y mi boina estilo conductor de tranvías en el centro de la pista. Tomo mi teléfono y actúo mensajes que no envío. Minutos después, se me acerca un pibe y me comenta que tiene una banda, que es la primera vez que va al bar por el cumpleaños de un amigo. Para acotar algo de color, le cuento de mi plantón y me desquito un rato contra el género masculino como para sumarle drama. Flaca, no te enrosques, me dice. Me integra al grupo, hago un saludo general a los amigos y amigas, y bailamos un poco al ritmo de Michael Jackson. Me ofrece fumar. ¿Cigarrillos?, pregunto tímidamente. No, corazón, y pela un churro de dudosa procedencia. Lo único que fumo son habanitos de chocolate, gracias igual. Alegando cansancio, me despido del pibe de Flores y los Fasolitas*. Cruzo la entrada de Makena y con cara de desasosiego, saludo al grandote, ¿podés creer que me plantaron? digo con una sonrisa torcida. Ahora tenés algo para escribir en tu diario, me responde con una palmada en el hombrito.

Este es mi diario, que no tiene candados para violar con clips, que no tiene reparos, que hace público lo privado, como esta historia del plantón que nunca existió.

*la generalización de Fabiana alude a la famosa cantante argentina de rock, Fabiana Cantilo.
*el pibe de Flores y los Fasolitas podría ser el nombre de una banda, ojo.
Basado en hechos reales acontecidos en la época en que entrar a un boliche costaba 10 pesos.
Amelia Dinamita. Todos los derechos reservados.

Un cuerpo sin cabeza

Desde la separación, transito un camino incierto. Estoy la deriva. Me convertí en un cuerpo sin cabeza, le dije a mi terapeuta. Ese deseo de ser vista como una diosa, se había vuelvo una realidad extravagante, un traje prestado, un mundo de alguien más. Me transformé en una mujer objeto, una vuelta al perro, un teléfono que uno no quiere perder.
Ésta no sos vos, Amelia. 
Sos una sustancia volátil, una cosa amorfa, un elemento funcional a un sistema de vínculos desabridos y conexiones intermitentes.
Ésta no sos vos, Amelia.
Tenés sexo con tipos que te dicen lo que querés escuchar, que no dicen nada, o peor, que dicen no necesitar nada y los encuentros concluyen en una sesión de terapia con palmadita en la espalda.
Ésta no sos vos, Amelia.
Hasta acá llegaste. Guardá tus encantos para alguien más. Pero no, no voy a  dejar de ser yo, si el otro no sabe recibir mi cordialidad o malinterpreta mi sensibilidad, no es mi problema.
Estoy entre desilusionada e intolerante. 
No sé si es la recesión, pero pasarla bien en tiempos de crisis implica ahorrarse las citas y pasar directo al cuarto. Hay poco trato cara a cara. Las redes sociales propulsan una copia berreta del Da para darse. Si estás en línea, sola y disponible, sos carne de cañón. Fueguito, babita, corazoncito. ¿En qué andás? En auto, gil.
No, no es la crisis. Es la avaricia, el egoísmo y la paja de tener que gustarle a alguien más allá del cuerpo. Para qué voy a intentar conquistarte si ya sabemos para qué estamos. Estoy entre desilusionada e intolerante.
Sé lo que es salir con uno y con otro, entrar en modo conocer, no manejar certezas, no parecer desesperado, ser oportuno al enviar un mensaje. Todo lo anterior me resulta menos tedioso que ser mujer y producirme al pedo. Porque en la era digital,  el tipo se anuncia una y mil veces, te invita a salir pero no te invita, lo invitás vos pero no define, arma un plan y lo desarma, ve el mensaje pero no lo ve. Porque se queda dormido antes de cancelar. Al día siguiente, te escribe como si nada, porque claro, no debe explicaciones en el mundo físico, pero sí en la despersonalización de la virtualidad, y entonces te manda la excusa del pibito que no hizo la tarea. Ni para coger le ponés onda, macho.
Sí soy yo, necesitada y vulnerable. Algo estoy haciendo mal porque no tengo lo que quiero. Aburrida de llegar al mismo resultado una y otra vez, me propongo deshacerme de los contactos que me convocan al mismo juego, y cuando llega el mensaje impersonal de las 02.00 am, respondo:
Sujeto: _¿En qué andas?
Amelita: _Sory que no te contesté antes. Hasta acá llegué. Creo que queremos cosas diferentes.
S: _¿Qué cosas? No te entiendo.
A: _Quiero salir, hacer algún plan, más temprano, en otro momento. Me doy cuenta de que estás en otra.

S: _¿De qué hablás? Pensá lo que quieras, no hables como si supieras lo que me pasa.
A: _Hablo por cómo actuás conmigo. Cómo voy a saber lo que te pasa si solo me buscás para coger. No me contás de vos y tampoco te interesa saber de mí. Te propuse varios planes y nada. No hay mucho más que decir.
S:_ Qué pena, justo te iba a decir de hacer algo.
A: _ Justo.
S: _Entro en una reunión. ¿Hablamos después?
A: _Dale. Suerte.
Esa fue la última vez que hablamos. Me siento aliviada, coherente, fuerte en mis convicciones. Voy a mi habitación, miro la cama y algo no me convence. Y como si algo se me hubiera revelado, saco las sábanas usadas y pongo unas limpias. Como un símbolo de mi bautismo, como el inicio de una depuración. Bienvenida a tu cuerpo, Amelia.

El día de

Pero cómo, ¿el amor no llega solo? ¿Tengo que salir a buscarlo? Casi un cuarto de siglo, nunca tuve un novio y todavía soy virgen. ¿Sigo esperando al indicado? Ya fue, pruebo con el próximo. Pero pará, ¿me pongo un cartel de led que diga Soy Virga o mejor que lo descubra? La víctima es un chico que conocí en un boliche, en el que chapamos e intercambiamos números de teléfono. El paso siguiente es coordinar una salida. Se llama Gonzalo. Su perfil lo describe fachero, estudioso, trabajador, viajado. Y amante de su propio reflejo. Las charlas se entre cortan, me aburro, mucho. No tenemos nada en común y en el humor hacemos agua. No magic, no birds ni panzas excitadas. Solo transpiración fría y nervios de principiante. Pero bueno, Amelia, a vos no hay poronga que te venga bien. A todos los platos les buscás el pelo. Si es bohemio, no porque vive en un cuchitril y andá a saber cuándo cambió las sábanas por última vez. Además, seguro coge sin forro porque es antisistema.

Volvamos a Gonzalo. Es la segunda vez que nos vemos. Hoy es la noche de. Para él, una puesta más y para mí, un estreno. Me pasa a buscar en auto por la casa de mis viejos. En el viaje no hablamos mucho y procuro no acotar boludeces producto de mi intolerancia a los baches sonoros. Pienso que vamos a cenar, pero no. El tipo para en un kiosco. Va a comprar chicles o cigarrillos o forros. Los forros ya los debe tener y no fuma. Unos minutos después, abre el auto y guarda dos cervezas Q de 750 cc que no recuerdo haber probado. ¿Me estás jodiendo? Me la quiere poner con dos birras Q. Tranquila, Amelia. Ya estás jugada. Vas camino a la desfloración. Llegamos a un edificio viejo ubicado en una calle angosta de Microcentro. Por lo menos, no vamos a un telo pedorrón en donde me cuestionaría el mismo asunto de la reposición de la blanquería. ¿Sos joda? Es el despacho de tu viejo. Una oficina con olor a cartón rancio. Un escritorio maltrecho, unos cuadritos honoríficos, papeles y más papeles. Un sillón de cuero marrón con un resorte dispuesto a romperme el culo. ¿Qué hacés acá, Amelia? Vas a garchar en presencia de la ley. Un habeas corpus para mí, por favor. Le tendría que haber anticipado mi condición V, capaz hubiera considerado un bulo más acogedor, supongo. ¿Qué hago ahora? ¿Me pongo en bolas? No bueno, él me saca la ropa y yo le desabrocho lo que tenga más a mano. Ahí estamos, como vinimos al mundo. Yo, cagada de frío y rígida como jamón curado. Nos besamos y nos acariciamos un poco mientras el me va llevando hasta el sillón desvirgador. Yo calculo el ángulo de apertura de gambas y voy notando cómo se resisten en defensa de mi acceso principal. Relajate, Amelia. El tipo va a entrar con la topadora en cualquier momento. No, esperá un poco, Gonza. Y en un tono casi inaudible, le vomito la verdad. Fue como tirarlo en agua helada para cortarle la cocción. Recalcula uno segundos, me dice algo que suena parecido a esto no te va a doler y retoma su labor. Luego de varios intentos forzosos, damos por concluida la cita y me devuelve a mi casa paterna, a mi entender, semi desvirgada. Gonzalo no hubiera podido encontrarme el punto justo. Yo ni siquiera sabía qué corte me gustaba y menos, mi punto de cocción. Pero por algo, se empieza.

Diciembre de 2017 – Angostura

Te lloré con un cantante de voz ronca en modo repeat, recordando tu sonrisa y el brillo sincero de tus ojos. Duele lo que no pudimos y sana la esperanza de pensarnos felices en caminos paralelos. Lo intentamos. Hoy abrazo sueños y proyectos que escribo entre tareas realizadas y a realizar. Analizo mis inquietudes y mis miedos. Me pregunto qué aprendí y aprehendí. No soy la misma que antes de conocerte y vivir un pedacito de vida juntos. Crecí, crecimos. Aunque nos parezca imperceptible, aunque pensemos que no hemos hecho grandes cambios. No hace falta patear el tablero, tatuarse o cortarse el pelo. La transformación sucede. Podemos pensar que no hay nada más por hacer, asumir la situación que nos toca o activar la mente y el cuerpo para ir en busca de una versión mejorada de cada uno.

Todo me ha costado mucho desde que tengo uso de razón, pero ya no lo sufro ni lo padezco. Es cierto que me cuesta soltar y a veces me resulta un fastidio mi naturaleza sensible. Porque soy muy arraigada, extremadamente miope*, demasiado pensante o locamente impulsiva. Pero estoy acá haciéndome cargo de mi humanidad. Toco la superficie y me sumerjo en la historia que escribo en este archivo, en el cuaderno rojo de hojas gruesas, en las servilletas de bar que raspan los labios. Miro el sol que cae en la tarde y agradezco este jueves de diciembre que antecede al año que termina. El 2017 me deja un cajón de experiencias que me traen hasta este estado de emociones alteradas. Siento el espesor de la saliva al tragar. Es angustia, angostura, estrechez. Me achica, me estruja, me encoge el cuerpo y el corazón. Escribo con las lágrimas al filo de las letras, porque no me siento lo suficientemente distante del texto. Pero no borro, no anulo, no reescribo. Dejo correr las palabras que siguen componiendo la obra, que son y serán parte de mí. 

*Incapacidad para ver cosas que son muy claras y fáciles de entender o para darse cuenta con perspicacia de algún asunto.