Amar te prende

Una vez sentí un amor tan desbordado que me llevó a emitir una declaración quizás prematura, impertinente, inapropiada. Ese texto nacido de las entrañas, expuso mis deseos, mis temores e inseguridades con un énfasis superlativo. Porque el ímpetu de querer darlo todo navegaba en un mar de incertidumbres, alimentando una ansiedad devoradora que pronto haría catarsis.
¿Pero acaso el amor no tiene la condición de inoportuno? ¿Cómo callar al alma en carne viva? ¿Cómo saciar la sed de la piel?

Los días de romance estaban contados. Uno asentado, el otro de visita. La razón lo anunciaba como un amor de verano pero el corazón lo iba edulcorando hasta llegar al límite de la diabetes. Obnubilada. Por su imagen, su manera de hablar, su léxico y su lengua, su sensibilidad y determinación. Alto en el cielo, hombre iluminado. Frenesí.

Fue un tiempo que guardo para siempre. Mis pies se desprendieron del asfalto caliente de diciembre cuando lo vi por primera vez. Durante aquellos días, nunca toqué el suelo. Sonreí hasta que me dolieron los cachetes. Vibré cada paso en colores hd. Sentí cada melodía recorrer mi cuerpo y mis labios. Reí hasta llorar y lloré hasta reír. Amé cada minuto con él y conté las horas para volverlo a ver. Sufrí su despedida anticipadamente. Escribí como si la vida se me fuera en cada frase que expresé con la precisión de un cirujano. Me entregué como a ningún hombre antes. Expansión.

Energía, seducción, complicidad, luz, disponibilidad, explosión. Amor. En esa vorágine de sentimientos, omití un pronóstico que indicaba fecha de caducidad. Cambiar el hasta siempre por el hasta pronto no mejoraría el panorama. Tras su anunciada partida, seguimos en contacto, a pesar de la distancia física y la diferencia horaria. Viví anhelando cada mensaje. Amé cada minuto con él y conté las horas para volverlo a encontrar. Ensayé y desplegué mi seducción a través de fotos y videos. Pero en una noche de desesperación, me senté frente a la pc vieja y volqué todo lo que había dentro de mí en el extenso mensaje que predijo la debacle de mi dignidad.

Explosión, sorpresa, enojo, desencanto, entierro, desesperación. Desamor. Me convertí en un sujeto rastrero implorando perdón. Silencio sepulcral y y mensajes sin leer. A una mujer de palabra no hay nada que la desespere más que el zumbido del vacío. Cuando pasó un tiempo impreciso, aflojó el enojo, pero la realidad ya no era ese rosado pomelo veraniego. Mantuve intacta mi iniciativa. Mensajes cortos, prolijos, cuidados, como para no espantarlo más ¿más, Carola? Así estuve dos años, esperando, mandando saludos relajados con cierta frecuencia, esperando sus respuestas limpias y correctísimas, intentando tener un lugar en su agenda, en su cabeza, en su corazón. Esperando, amainando mi ser, amoldándome a ver si eso lo traía de regreso a enero del 2020.

No me arrepiento de casi pedirle que se case conmigo a los 10 días de conocernos. No me arrodillé pero estuve cerquísima. Hubiera omitido unos cuantos detalles, seguro. Hubiera hablado solamente de mis pesares, también. Hubiera. Lo que hubiera editado ya no tiene sentido. 
Sí, quiero todo con vos pero sé que en este momento no podés dármelo y es posible que no puedas, ¿y si pudieras, cuándo sería?
Esa frase resume la angustia de mi contundente declaración. ¿Fue mucho? Un montón. No tengo defensa, I know. Me valió cara la osadía de vomitar ante aquel hombre perfecto, pero la celebro con la vehemencia de un evangelista. Porque era eso o enloquecer, si es que eso no era locura.

Y entre alguno de esos mensajes esporádicos, deslizó que volvía a la Argentina, y casi que me morí de un paro cardíaco pero no, porque acá estoy activando mi dinamita. Y nos volvimos a ver en un lapso en que él estuvo antes de su regreso definitivo. Y yo me comporté como una lady que nunca soy. Creí que ser atinada era lo que correspondía. Por una vez en tu vida, Carola, no te muestres tanto, pensé. No sé cómo sostuve mi mandíbula cuando lo escuché decir por qué volvía a Buenos Aires. Seguro apreté tanto los dientes que recrudecí mi bruxismo. No dije mucho en aquella cena, me dediqué a escuchar. Y esa noche dormimos juntos y un montón de detalles que no voy a dar. No lo abracé tanto como hubiera querido. No lo acaricié con esa delicada motricidad que pude proveerle a pesar de mis toscas manos. No lo besé con la vehemencia que me provocaba todo él. Cerqué mi vendaval. No fui yo. No podía ser yo. 

Tenía que retirarme con altura, por encima de mis 175 cm. Y no escribir después de coger porque así se estila en lo casual, obvio, y desear un buen viaje, menos. ¿Te voy a extrañar? Desubicadísimo. Y no preguntar cuándo volvés definitivamente, y no pensar y no nada. Nada. Nada. No cabe una puta ilusión. Me mordí los dientes, la lengua y cerré el culo, por las dudas.

Amar a alguien que no está disponible duele fuerte como los huesos de un viejo cuando hay humedad.

La piel expresa, la piel desprende

¿Será la piel la que exonere al alma de su calvario incesante?

Hace unos diez días, mis manos y brazos se cubrieron de un salpicado de ronchas de formas variadas que arrojaron dos diagnósticos: urticaria por contacto o liquen por estrés. Fuere uno o el otro, mi cuerpo se había convertido en lienzo de esas marcas y ampollas que se prendían y apagaban arbitrariamente, dolían, picaban o ambas. Para calmar la ansiedad y contribuir al proceso de curación, suspendí toda actividad que encendiera mis manos por el roce o fricción.

Durante aquellas noches de antihistamínicos y cremas, minutos antes de dormir, me aboqué a esa necesidad humana y evitable de buscarle un sentido emocional a la erupción. Estaba convencida de que no podía deberse al contacto con plantas, como afirmó con vehemencia  mi dermatóloga. Me quedaba asumir, entonces, que se trataba de alguna situación de estrés.

Por eso estoy acá, en este espacio sin fin, tan mío, de mi completa jurisdicción, intentando desenmarañar esa madeja de pensamientos enredados y latentes como mis ronchas. Sacar belleza del caos es virtud pero limpiar el desorden es salud. Con el escenario despejado y libre de distracciones vengo a hacerme cargo de mi brote. La piel se expresa, la piel desprende, el cuerpo libra lo que al alma oprime.

Cuántas veces puede el corazón desear con fervor sin querer aferrarse a ello.
Cuántas veces puede experimentar el paso de una estrella fugaz cuya estela permanece indeleble.
Cuántas veces puede andar necio y torpe tras un espejismo de amor.
Cuántas veces puede darse entero y vulnerable.

Tengo las mismas preguntas que al inicio de este recorrido textual. Cuando abrí el diario dispuesta a volcar experiencias y miserias, mi derrota ya estaba masticada. Maltrecha y resignada, junté mis pedacitos, los pegué como pude y armé un pasticcio de relatos amargos, ácidos, calientes y dulces.
Inquietudes. Ilusiones. Sueños. Desvelos. Desbordes. Qué hacer con tantos sustantivos. Escribir a más no poder, dejarse llevar por la electricidad y el frenesí de la liberación. Errática, estrepitosa, escéptica. Deseo, motor, hambre. Ciclo, karma, déjà vu.

Si llegaste hasta acá, mi vendaval ya es tuyo.

Loop

Esa mente que tiene, cómo se expresa. Sus gustos, sus dudas, su fervor. 
Ese modo que tiene es un imán.

Son las 7.30 am del último domingo de agosto de 2021. El desvelo constituye una necesidad biológica de disponerme a escribir. Mis piernas sostienen el soporte por el que mis dedos liberan las líneas que te convocan, mientras un rayo de sol se cuela entre el espacio que separa a las cortinas, trazando una estela naranja sobre la mitad vacía de mi cama. Suena Aristimuño, suave, nostálgico y preciso:

Quiero besar tu mirada, antes que cierres los ojos.
Quiero besarte dormido y despertarme en tu boca.

Vos.

De vez en cuando, me convenzo de darle un descanso a la ilusión, pero mis argumentos no la disuaden.
¿Debería soltar la posibilidad de vos? ¿Debería abandonar este diario anacrónico en el que te comparto pedacitos de vida?

Quedé suspendida en el fervor de aquella tarde del 27 de diciembre de 2019, en la esquina de la luz. Desde algún tiempo impreciso, decreté a la intersección de Nicaragua y Arévalo, la más luminosa de toda Buenos Aires. Porque ahí te vi por primera vez y algo en mi cosmovisión cambió para siempre. O todo. ¿Aunque decir todo es no decir nada? Quedé prendida de esos 10 días en los que nuestras almas se conectaron de un modo mágico, orgánico, transparente.

El tiempo transcurrido puede sosegar el sentir, amansar el espíritu, encausar el vendaval. Pero no callarlo, reprimirlo, negarlo.

Mis deseos laten en ese aire cálido y húmedo, que entreveran sueño y realidad.

Estoy un loop de tus besos, de tu lengua, que hace, que dice, que provoca :::

Cuarentena – La boya

Jueves 21 de mayo. Estoy tan opaca y chata como el paisaje que entra por mi ventana como un bloque gris, pesado y monótono. Me aferro al trabajo como la única boya que me mantiene a flote. No sé para dónde ir, solo tengo ese plástico naranja que abrazo con todo mi cuerpo porque es lo único que puedo tocar sin ponerlo en riego, y no por mi capacidad de destruir todo en segundos, sino por el virus que nos loopea en la incertidumbre. No puedo detenerme ahora, tengo que bracear un poco más para llegar a la orilla y recobrar fuerzas.

Pelear con proveedores, mirar qué están haciendo los otros, cagarse de frío parada en puertas ajenas. Defender tu guita, intercambiar ideas con amigos y colegas, reconquistar a tus clientes.

Discutir con carniceros, probar nuevos, desecharlos. El último ya es historia, porque no puede creer cómo su ojo de bife no es una manteca o cómo los pecetos que me mandó intercalados con nalga, parecen de mamut. O lo que es peor, no son pecetos, son nalgas. Me quiere seguir vendiendo pero no abandona la pedantería y yo, que estoy con la mecha más corta que nunca, me resisto a escuchar su concatenación de audios y a perder tiempo en capturas de pantallas de clientes que le acarician el lomo. Pienso que sus vacas son viejas y gordas y como sigue atosigándome con su voz irritante, le digo que no me gusta su carne, sus formas, su tono. Si después de 7 años no distingo un peceto de una nalga, me tomo un shot de lavandina concentrada.

Buscar precio entre los verduleros es otro entretenimiento. Entre papa, batata y cebollón, intento procesar los acontecimientos del último fin de semana y voy pensando cómo resolver la toma de pedidos del delivery del Cuchi. Este compromiso con mi negocio me salva del encierro, la paja mental, la carencia del tacto humano. Pero este espacio que es infinito y maleable, le quita drama, cuerpo y dolor a mi existencia. Ya sé quién puede darme una mano con el deli. De forma temporal, claro, porque nada es definitivo. ¿Acaso algo lo es?

Se fue otra noche, mientras sigo dándole forma a esta realidad. Cuando cierro el turno, se apagan las hornallas y se guardan los pizarrones, vuelvo a la quietud de mi casa, a la cama mitad caliente mitad fría, a la certeza de mi destino como eterno unipersonal.