La piel expresa, la piel desprende

¿Será la piel la que exonere al alma de su calvario incesante?

Hace unos diez días, mis manos y brazos se cubrieron de un salpicado de ronchas de formas variadas que arrojaron dos diagnósticos: urticaria por contacto o liquen por estrés. Fuere uno o el otro, mi cuerpo se había convertido en lienzo de esas marcas y ampollas que se prendían y apagaban arbitrariamente, dolían, picaban o ambas. Para calmar la ansiedad y contribuir al proceso de curación, suspendí toda actividad que encendiera mis manos por el roce o fricción.

Durante aquellas noches de antihistamínicos y cremas, minutos antes de dormir, me aboqué a esa necesidad humana y evitable de buscarle un sentido emocional a la erupción. Estaba convencida de que no podía deberse al contacto con plantas, como afirmó con vehemencia  mi dermatóloga. Me quedaba asumir, entonces, que se trataba de alguna situación de estrés.

Por eso estoy acá, en este espacio sin fin, tan mío, de mi completa jurisdicción, intentando desenmarañar esa madeja de pensamientos enredados y latentes como mis ronchas. Sacar belleza del caos es virtud pero limpiar el desorden es salud. Con el escenario despejado y libre de distracciones vengo a hacerme cargo de mi brote. La piel se expresa, la piel desprende, el cuerpo libra lo que al alma oprime.

Cuántas veces puede el corazón desear con fervor sin querer aferrarse a ello.
Cuántas veces puede experimentar el paso de una estrella fugaz cuya estela permanece indeleble.
Cuántas veces puede andar necio y torpe tras un espejismo de amor.
Cuántas veces puede darse entero y vulnerable.

Tengo las mismas preguntas que al inicio de este recorrido textual. Cuando abrí el diario dispuesta a volcar experiencias y miserias, mi derrota ya estaba masticada. Maltrecha y resignada, junté mis pedacitos, los pegué como pude y armé un pasticcio de relatos amargos, ácidos, calientes y dulces.
Inquietudes. Ilusiones. Sueños. Desvelos. Desbordes. Qué hacer con tantos sustantivos. Escribir a más no poder, dejarse llevar por la electricidad y el frenesí de la liberación. Errática, estrepitosa, escéptica. Deseo, motor, hambre. Ciclo, karma, déjà vu.

Si llegaste hasta acá, mi vendaval ya es tuyo.

Ugarte y Arribeños

Jueves 6 de septiembre. Amanezco horas antes de que suene la alarma del celular, con un rayo partiéndome la cara y una resaca tinta amurándome la cabeza. Camino en dirección al baño, y mientras me lavo los dientes, abro la ducha. Una falsa ilusión de tiempo ganado, un derroche de agua. Me miro al espejo. Soy la detonación en persona. Me limpio el maquillaje de los ojos y entro a la ducha. Me pesan las copas y las piernas en iguales proporciones. Me seco y me visto rápido porque quedé con Padre que pasaba a buscarme a las 8.30 para ir a Belgrano. Me maquillo un poco para disimular la mirada acartonada. Una vez en la cocina, dirimo entre un café, un Alikal o un tostado. Una o todas las anteriores. Algo que absorba el malbec aniquilador. Empiezo por el Alikal y abandono las otras dos. Estoy en modo lento. Se me hace tarde. Bajo y me subo al auto de Padre que putea porque demoré 10 minutos. Es que no venía ningún ascensor, me excuso. Nos dirigimos a la zona del Barrio Chino. Padre tiene que ir al dentista por ahí cerca y de paso aprovechamos para ver qué tal los precios del pesca y otros insumos. Sí, voy con Padre. En otro momento me explayaré sobre el tema de compartir el trabajo con él. El tránsito, caótico. Típico de la 8.50 am. Sigamos el Waze, sugiero. Pero Padre, hombre obstinado si los hay, lo sigue un poco y otro poco hace la suya. Te dije que esto te marca el camino en tiempo real, viejo. Nos la damos de frente con un desvío producto de un camión pica veredas cuya obra no está señalizada, producto de la crisis que impide pagar la señalética vial o de una gestión desordenada que fabrica obra pública a troche y moche. Con más vueltas que calesita dominical, llegamos al dentista. Me bajo del auto medio boleada. Tengo para una hora más o menos. Tomate un café en Chef León mientras me esperás y te vas a comprar el pescado, dice Padre. Me tomo el café, después vamos juntos a Casa China, le digo. Estoy tan mareada que camino sin dirección. No quiero tomar café. Bueno, entro, pido un café y voy al baño. Mejor no. Camino.Voy hasta la casa de muebles de la esquina de Libertador y Ugarte. Está cerrada.Vuelvo a pasar por Chef León. No quiero café. Voy en busca del pescado. Doblo en Arribeños y dejo que mi sentido de la orientación siga su curso. En el camino, veo un perro asomarse por una ventana y le devuelvo la mirada. Me enamoré del can, le saco una foto y sigo viaje. Iberá. ¿Iberá? Creo que estoy yendo para el otro lado. Googlemapeo Casa China y confirmo una vez más que soy pésima para la geolocalización. Tomando la ruta inversa, paro en un almacén chino. Busco un agua de litro y medio. Es mucho, pienso. Me van a dar ganas de mear. Entre mi indecisión y la china atendiendo al proveedor de cigarros, devuelvo el agua a la góndola y me voy. Ya fue. Directo a Casa China. Mientras camino, Padre me llama y me dice que se liberó antes de tiempo y que a la vuelta tiene que pasar de nuevo a retirar algo. Nos encontramos en la esquina del dentista, caminamos unas cuadras más y llegamos al Disney del oriente. Después de pasar por variedades de té, granos, harinas, productos secos y otros, llegamos a la pescadería. Merluza, pez espada, gatuzo, congrio, lenguado, abadejo. Lo que más me cierra es el salmón blanco. Me acerco a los muchachos que manipulan pescado y pido 8 kg de salmón limpio, que son algo así como 20 kg de bicho entero. Mientras lo preparan ante la mirada atenta de Padre, paseo un poco, elijo algas y veo precios de salsas japo. Están imposibles. Padre también compra algunas cositas para consumo personal. Vamos a la caja, pagamos y nos vamos. El sol y el aire primaveral me oxigena. Veo puestos con flores y paro. Me compro dos plantas amarillas y las visualizo en mi balcón. Caminamos un poco más, llegamos a la esquina del dentista, en donde hay una parrilla cerrada al público con unos bancos en la vereda. Esperame acá que ya vengo, dice Padre. Por Arribeños, viene un hombre rengueando con un bastón en la mano derecha. Intercambiamos miradas, un suspiro profundo y nos sentamos, cada uno en un banco diferente. Al ver su mirada y su dificultad, siento que mi suspiro fue exagerado. Segundos después, un hombre de unos 50 años, se acerca y lo saluda. Parece que se conocen del barrio. Me quedé viudo el viernes, dice el hombre del bastón cuya voz se quiebra al dar la noticia. No me diga, Roberto, lo siento mucho. Mientras aquel hombre daba detalles de cómo partió su mujer, me quedé mirando a la nada. Sentí mi corazón desgranarse, la angustia que pesaba en mi garganta y una lágrima quemándome la mejilla bajo el inmenso sol que compartíamos Roberto, su vecino y yo en la esquina de Ugarte y Arribeños. Ya estoy, escucho la voz de Padre. Me levanté, cargué las bolsas y sentí el dolor de Roberto desprenderse como una estela en la brisa de la mañana.