Loop

Esa mente que tiene, cómo se expresa. Sus gustos, sus dudas, su fervor. 
Ese modo que tiene es un imán.

Son las 7.30 am del último domingo de agosto de 2021. El desvelo constituye una necesidad biológica de disponerme a escribir. Mis piernas sostienen el soporte por el que mis dedos liberan las líneas que te convocan, mientras un rayo de sol se cuela entre el espacio que separa a las cortinas, trazando una estela naranja sobre la mitad vacía de mi cama. Suena Aristimuño, suave, nostálgico y preciso:

Quiero besar tu mirada, antes que cierres los ojos.
Quiero besarte dormido y despertarme en tu boca.

Vos.

De vez en cuando, me convenzo de darle un descanso a la ilusión, pero mis argumentos no la disuaden.
¿Debería soltar la posibilidad de vos? ¿Debería abandonar este diario anacrónico en el que te comparto pedacitos de vida?

Quedé suspendida en el fervor de aquella tarde del 27 de diciembre de 2019, en la esquina de la luz. Desde algún tiempo impreciso, decreté a la intersección de Nicaragua y Arévalo, la más luminosa de toda Buenos Aires. Porque ahí te vi por primera vez y algo en mi cosmovisión cambió para siempre. O todo. ¿Aunque decir todo es no decir nada? Quedé prendida de esos 10 días en los que nuestras almas se conectaron de un modo mágico, orgánico, transparente.

El tiempo transcurrido puede sosegar el sentir, amansar el espíritu, encausar el vendaval. Pero no callarlo, reprimirlo, negarlo.

Mis deseos laten en ese aire cálido y húmedo, que entreveran sueño y realidad.

Estoy un loop de tus besos, de tu lengua, que hace, que dice, que provoca :::

El cuerpo que habito

Pasó tiempo. Pasó pandemia. Está pasando. Abro el placard una mañana cualquiera. Saco un pantalón de jean ajustado. Me lo pruebo. Demasiado apretado. Saco otro. Apretadísimo. Mi ojo virginiano y meticuloso serpentea la voluptuosidad de mis caderas asimétricas. Todo me calza horrible. Qué espanto. Miro el estante de nuevo. Tomo los jeans más anchos que encuentro. Mom jeans, un corte que vengo usando desde el primer confinamiento sentenciado en la Argentina. Porque no puedo soportar las curvas que delinean los otros pantalones, que no son recientes. Como tampoco lo es la necesidad de embolsarme. Me apego a la tendencia oversized y de entre casa que promueve la moda actual. Yendo de la cama al living, de la casa al chino, rigiéndome por un DNU tácito – decreto de necesidad y urgencia – que autoriza el disfraz de carpa, las ojotas con medias y otros cuantos cachetazos al buen vestir. Retiro los bifes, mezclar es divertido: rayados, cuadrillés, estampados, lisos, texturas, overlapping. Vestirse para mí es un juego. Cómo olvidar el fatídico jueves 19 de marzo de 2020. A partir de aquel primer anuncio de cuarentena, un objeto intrascendente se convierte en un elemento esencial de circulación: la ecobolsa. Ese trozo de friselina estampada es la excusa para salir a dar una vuelta cuando no tenés perro o no sos personal esencial. Un elemento textil se vuelve pieza fundamental del look ekeko.

Terminada la digresión fashionista, admito coquetear con lo estrafalario pero tolero mi actitud escondedora en el marco de lo cómodo, ligero y amorfo. Debajo de esas grandes capas de género, hay dimensión, materia, volumen. Un cuerpo con el cual hago y soy la que soy, del cual tengo que hacerme cargo.

No tiene sentido embalarlo, negarlo, ocultarlo. Como tampoco lo tiene perder tiempo frente al espejo estudiando cómo disimular mi anatomía, fruto de una genética de formas contundentes sumado a hábitos adquiridos en la vida adulta, a la joie de vivre. Como no tiene gollete que durante años haya rechazado la playa como lugar para vacacionar por considerarla un destino de alta exposición, un guiso de siluetas multiformes y semi desnudas que se pasean escasas de trapos. Porque mi humanidad no sabe cómo transitar esa pasarela del infierno hacia el mar. Mi ego corporizado no soporta el peso de la mirada ajena. ¿De qué mirada? ¿Quién es ese otro? Sos tu propia espectadora y verduga en ese periplo hacia la orilla. Como sí amerita mencionar el bullying sufrido durante alguna etapa de la vida, que caló profundo, tanto que nos pasamos la adultez buscando maneras de mejorar lo que nos fue dado o de capitalizar la cualidad que fue objeto de burla, que nos hizo sentir excluidos o autoexcluirnos.

Es posible que muchos de nosotros no hayamos sido educados en la diversidad. Porque cada década tuvo su anatomía hegemónica. Armónico, bello, pulposo, sanito, saludable, fit, cualquiera sea el término que el sistema hubiera impuesto, estaba lejos de promover la variedad. Es posible que creamos que somos más amplios de lo que fueron nuestros ancestros o fuimos en otros tiempos. Pero aceptar y aceptarse requiere de un ejercicio permanente de reflexión y empatía. Una práctica que involucra una mirada superadora, que abra el diálogo, que nutra, que escuche voces con matices diferentes. Pensar antes de hablar, escuchar con atención y despojo, evitar la opinión no solicitada. La verdadera inclusión está en constante evolución.

Lucía

Me bajo del auto como cualquier otra noche en la que vuelvo de entregar pedidos. En diagonal a mí, un chico delgado y de rulos, espera en la esquina de Achaval y José Bonifacio. Me pregunto a quién, como si fuera algo de mi incumbencia o más bien, un instante que me saca del aburrimiento. Miro alrededor y veo un auto gris deteniendo su marcha. Se abre la puerta izquierda trasera y baja ella, con su cabello rubio, largo y lacio. Lleva campera de jean y un short que deja al descubierto su juventud. Él la toma de la cintura, le corre el barbijo y se besan. Vuelvo a mi trabajo con ese cuadro en mi cabeza. Con la sensación de electricidad vuelta calor que te recorre el cuerpo al besarte con esa persona que te eleva de la superficie y con quien no importa si te tropezás con la primera baldosa floja al salir de esa explosión de confeti. Camino hacia el Cuchi. Supongo que ellos habrán ido en dirección contraria. Entro al restaurante, me pongo alcohol del pulverizador, hago un paneo general. Me dirijo a la caja, chequeo los pedidos y los tiempos de las comandas del salón. Paso por las mesas buscando aprobación. Todos los clientes están satisfechos y eso me relaja. Me siento a la barra, me sirvo una copa de Cabernet, saco mi cuaderno de tapa naranja y una birome violeta. Está húmedo y ondulado, y al abrirlo descubro que las hojas están parcialmente borroneadas pero legibles. El fucking alcohol tuvo intensiones de borrar mis últimos registros, pero fracasó. Mientras escribo algunas frases disparadoras, miro hacia la puerta. La parejita de la esquina estaba entrando a comer. Su frescura inundó el lugar. Los recibí, les pregunté los nombres, números de DNI y de celular y les tomé la fiebre: Lucía y Mateo. No tenían más de 20 años. Se sentaron en una mesa de dos. Ella pidió los ñoquis gratinados a la crema de espinacas y él, a la bolognesa de roast beef. Al quitarse los barbijos, completé las figuras bellas y radiantes que suponía. Se miraban como queriendo atravesarse. En realidad, yo solo veía la mirada de Lucía, porque Mateo estaba de espaldas. Mesa mediante, no hay como el brillo que destilan esos círculos profundos para expresar el lenguaje que las palabras no pueden. Mesa mediante, no hay como las manos que se buscan esquivando la vajilla, como en un juego de obstáculos. Con Lucía y Mateo, volví a esa esquina. A esa tarde de verano, a diciembre post Navidad, al relato de tus sueños, al primer beso, al paseo por las calles intervenidas de arte. Al arte de tu espalda, a los delirios, a las canciones oportunas, al aceite de menta y al macchiato de la mañana.

35 años de amor

Me levanté pensando en todo el amor que recibí el día de mi cumple. Llegó en múltiples formatos, a través de diversos canales y gestos. Amor de las personas de siempre, inquebrantable, y hoy, re-significado, lo tomo, lo guardo, lo atesoro. Amor nuevo de personas que la vida puso en este paso por el mundo para enseñarme que los caminos son infinitos, que las recetas funcionan para el Cuchi, que nada está garantizado porque somos responsables pero no dueños de nuestra existencia. ¿Recibo más de lo que merezco? No lo sé. Este año me trae a este espacio de gratitud y de una percepción más tangible. Siempre fui una defensora del amor, lo anduve buscando, sí, pero tuve que conocer su contra-cara para abordarlo fuera de las teorías, las frases hechas y los modelos aprehendidos. Me siento desbordada, enérgica, en un estado de paz del que no quiero salir, disfrutando de una caricia que quiero perpetuar como la primavera. Porque el amor es una fuerza que atraviesa el alma y la llena de calor de hogar, de aromas, de abrazos, de manos, de carcajadas, de música, de vida. Todo se eleva, se expande, se ilumina. El amor viene de lo genuino, como los ojos achinados de las chicas por encima de los barbijos cuando nos reencontramos la noche del 05/09, como la complicidad idiomática que desarrollamos con Carbonita, como la mano que me da Marian con el delivery los viernes a la noche: ¿lo lleva ella o me lo llevo yo?, como las visitas de mi Natila y su cachorra Chimuela emocionada y meona, como los colores de las astromelias que veo cuando llego a casa, como el saludo de mi ahijado a las 4 am, como el canto de cumpleaños de mis sobrinos y mi cuñada, como los mensajitos de Mamá y el casi abrazo de Papá, como las conversaciones eternas con mis amigas del taller, como perderse en un libro hasta altas horas de la noche, como abrir los ojos cada mañana y sentir cada parte del cuerpo, como el cielo gris que enaltece al sol cuando reaparece tras ausentarse unos cuantos días. El amor viene de esas tantitas cosas que solo puedo decir gracias a la vida.

El comedero

Estuvo todo riquísimo, como siempre. Esas fueron las palabras de Pablo, un cliente habitué, celíaco, que cena temprano junto a su mujer Sol y su hijita Paz, también celíaca. Ese como siempre resonó en mi cabeza por unos segundos, provocándome una sonrisa de felicidad, porque es cierto que a pesar de que reniego, una parte de mí es responsable de ese éxito y mi papá tiene razón cuando me dice que me cuesta disfrutar de los logros. Pero el pez por la boca muere. O el muerto se ríe del degollado, creo, porque siempre él o yo siempre estamos buscándole la espina a la merluza, solo que nos turnamos, pero suelo ser yo la que se lleva todos los premios. Que no disfruto, puede ser, y creo que no lo hago desde que tengo uso de razón, de intensa razón, de intensa razón inconformista. Nunca es suficiente, podrías hacerlo mejor, es un mantra que resuena en mi cabeza una y otra vez. Cuando miro el logo que diseñé, pienso si no hubiera sido mejor llamar a un diseñador gráfico. Llamo a un experto recomendado, coordinamos una entrevista, intercambiamos ideas y seguimos en contacto vía mail. Al cabo de unos días, recibo 3 logos casi idénticos. Ninguno me conmueve lo suficiente como para avanzar, pago por el trabajo realizado e interrumpo el desarrollo de la marca. Lo que me propuso lo puedo hacer yo, pienso mientras reveo las imágenes. Prescindo del diseñador, no sé si por miserable o por autosuficiente. Hago mis bocetos, me baso en el concepto de una firma que pensé originalmente, me divierto probando y descartando tipografías hasta encontrar la que refleje el verdadero espíritu del Cuchi. El nombre se le ocurrió a Nati, mi hermana, que hoy ya no participa del restaurante. Me sacaste las rueditas de la bici, le dije cuando me dijo que se bajaba de la gastronomía, que la atención al público no era para ella, que prefería hacer los números pero no lidiar con la clientela.

El Cuchitril surgió en uno de esos tantos abrumadores días de obra mientras Nati caminaba entre los escombros de un ph en ruinas. No imaginábamos cómo alguien podía vivir entre esas paredes prutefactas, resplandecientes de mugre, dejadez y decadencia. Fue lindo ese proceso de armar algo desde la nada. La parte más entretenida vino después de la obra húmeda. Mi papá iba a cuanto remate se publicaba y de repente se aparecía en la puerta del Cuchi con un flete lleno de sillas que olían a melancolía de final inexorable. Yo pensaba en la energía de esos muebles fracasados en otro domicilio, y también, en la antigua dueña de la casa que se había desvanecido junto con la estructura original, y cuyo espíritu, creíamos, se hacía presente en el ascensor, un aparato infernal, nuevo y caprichoso, que nos asustaba con su ir y venir arbitrario cuando nos quedábamos solas al cierre del restaurante. El Cuchitril pronto se convertiría en El Cuchi, no solo para nuestra familia, sino para nuestros clientes.

Mis padres me soñaron en el barrio de Caballito, en la calle José Bonifacio casi llegando a la esquina de Achaval. Desde el primer día, decretaron que mi nombre comenzaría con c. Cuando escuché a mi mamá pronunciar Cuchitril, dudé un poco. Pero después de pensar en los apodos que me dirían mis amigos, me quedé más tranquilo – no quería tener un nombre que la gente no pudiera abreviar -. Me estoy poniendo lindo para recibirlos, El Cuchi.

Ese mensaje circuló entre los vecinos antes de la apertura. Hoy, El Cuchi tiene un año y dos meses y mantiene la propuesta original: un restaurante y bar porteño que coquetea con recetas mediterráneas y ofrece espacio para pequeños eventos. 
Nunca es suficiente y no hay que dormirse en los laureles y otras hierbas, porque la competencia no va a tardar en llegar. hay que dormirse porque la competencia no va a tardar en llegar. Arrancamos a sugerir un plato especial cada día, sumamos una noche de música en vivo, y hasta me doy el lujo de acompañar al músico interpretando temas clásicos de épocas vividas por otros. Toda mi energía al servicio de esta casa que dista mucho de lo que su nombre sugiere. Deberían verme escribir los pizarrones, borrando las cursivas desparejas con un trapo húmedo. Qué obsesión por lo recto, Amelia. Por lo recto y por la ortografía. Me duelen los tres signos de exclamación tanto como las MAYÚSCULAS que usa el mozo para escribir un mensaje de tiza. NO TE PIERDAS!!! Reconozco esta nimiedad, pero solo el tiempo y la experiencia me pondrán en el lugar que corresponde, la caligrafía bella no hace al buen servicio, tu negocio no es vender belleza estética, o tal vez sí, aplicada a un plato tentador, colorido y prolijo. Siempre tan prolija, vos, Amelia, se te torció el renglón del postre. Amelia, hay una mancha de salsa en uno de los menúes. Las manchas me cagan la vida, desde siempre, desde antes de nacer. No puedo las puedo tolerar. Ay pará, tengo la camisa manchada. No te manché, me dice el barman, es agua. Sé que no es agua, porque al secarse la tela, la aureola sigue intacta. Me remonto a la infancia, llena de torpezas y accidentes producto de mi forma atolondrada de andar, de jugar, de comer. Me manchaba siempre y mi mamá, reina del impoluto, atacaba con artillería química. Si estábamos comiendo en un restaurante, tomaba la botella de agua con gas y embebía una servilleta que frotaba enérgicamente sobre la superficie manchada. Si no era suficiente, me llevaba al baño, le untaba jabón y dele frote que te frote. Pero si era grasa de alguna salsa, aceite o achura, me tiraba sal para que se absorbiera. Ensuciarse hace bien en el mundo de los vende jabones. No en el mundo de Amelia. Yo era la impecabilidad con rulos. Impecable. Que no peca. No sí, yo peco, soy una gran pecadora, que casi garchó en presencia de la ley y unas cuantas veces en la cama de mis viejos cuando se iban de unos días a la costa. Ensuciarse hace bien, promueve el jabón Ala. Ensuciar la cama de los viejos después de coger, hace bien, y le da de comer a mi terapeuta. Este libro no trata de moralinas publicitarias, sino de la búsqueda del amor o algo parecido. Así que si tengo que ir a Mataderos en una cruzada por mi media res, agarro el auto y voy. Voy cabalgando en busca de mi trozo de carne y el camino me distraigo con algo mucho más sabroso y nocivo, las mollejas de corazón, que en mi opinión, son las más tiernas, pero hay quienes prefieren las de cuello o degolladura, no sé si por gusto o por costo. Este saber cárnico se lo debo a Ernesto, el galán de las carnes, que ahora lo tengo en Whatsapp y se zarpa en piola: A vos te lo entrego cuando quieras, mamita. Vos tenés coronita, decime a qué hora y estoy ahí. Chau SAME, 911 y Kiosko 24 hs. Ernesto brinda un servicio completo.

La que no entregaba era yo. Con Francisco, el correntino, salí casi 6 meses. Nos conocimos en la noche, por mi facilidad para la danza o porque los candidatos se me revelaban mejor en la oscuridad. El rompió el hielo y yo, mi vaso de trago largo. Hola, ¿no sos de acá, no? me preguntó con un acento de alguna provincia desconocida para mí. El tipo fantaseó con que yo venía de Paris o de alguna otra ciudad memorable. Lamento desilusionarte, pero soy más porteña que el tango. Hablamos lo que nos permitió el volumen de la música e intercambiamos los números de celular. Siempre fíjate que el flaco te pida el número, no que te cante el suyo. Si no te lo pide, no tiene interés o está comprometido. Chabón, anotate mi número si querés invitarme a salir, pensé. Pero el correntino me sorprendió y me pidió el número antes de que yo emprendiera la huida. Una semana después, me invitó a tomar algo a Million, un bar divino en una casona de estilo francés del siglo pasado. Una hora después de ponernos al día tomando unos tragos en el jardín, sugirió que nos fuéramos a su departamento. Aunque yo estaba algo pasada de copas, recuerdo que su casa quedaba cerca del consultorio de mi tía, por Marcelo T. de Alvear y Talcahuano. Claro, Amelia, te invitó a un bar cerca de su bulo, ¿cómo puede ser que te percates de este detalle mientras relatás esta historia, casi 12 años después? No, Amelia. A su casa no. Bueno ya estamos cerca. Mierda, ¿no sabés decir que no, pendeja? Corrientes no está mal, parece más o menos serio, sé que no te seduce demasiado pero dale para adelante. ¿Y ahora qué? Le vas a tener que decir que estás a medio estrenar. Aunque en realidad seguís siendo una virga, por más que hayas conocido una chota. ¿Le vas a decir algo de la puntita? Si tiene experiencia, se va a dar cuenta solo. Ahí estamos, en su habitación, iluminada como la guardia de un hospital. Intuyo que debe tener lámpara bajo consumo, delatora del pelo del bozo que me olvidé de sacar con la pincita. ¿Me depilé la tira de cola? No me acuerdo, creo que sí. El está demasiado caliente y yo, intento disimular mi falta de relajo y la transpiración nerviosa que emana mi piel. Trato de no pensar, porque siempre pienso pienso pienso, pasa que triple pienso y me olvido de existir. Otra vez, se me cierra el culo, el culo no, los otros agujeros. Vamos nena, abrite, abrí las gambas, abrite al placer y relajate. Cierro los ojos un momento. Pienso en Corrientes, en el campo, en los hombres fuertes de campo, con las manos ásperas y la piel bronceada y curtida por el sol de los que amanecen con el cantar animal. Me transformo en un animal, un poco retobado al principio, y luego de oler a Corrientes, me quedo manso, dejo que me rodee, me embista y empuñe su vaina. Tranquila, Amelia, ya la tenés adentro. Los ojos de Corrientes brillan de júbilo y los míos, supongo que de gozo. ¿A quién quiero engañar? No acabé, ni siquiera me mojé un poco. Tras algunas exhalaciones profundas, Francisco empezó con un cuestionario que pareció un examen pre-quirúrgico, fue algo incómodo explicarle el intento fallido de su antecesor, pero su cara cambió ante la idea de ser mi profesor sexual. A pesar de que no moría de amor por él, me di la chance de salir con este abogado, correntino, apasionado por la política, de modales ordinarios y pésimo vestir. Íbamos de copas, a ver bandas chicas, a bailar funk, me quedaba a dormir a su casa, lo acompañaba a comprar al súper, cocinábamos juntos, o mejor dicho, yo lo miraba cocinar. Qué extraño, dormir en la casa de este tipo. Cómo ronca, ¿tendrá sinusitis o sueño pesado? Me incomodaba la intimidad con él, su forma de tocarme, de provocarme. La mayor parte de las veces, me abría la puerta de su casa y me arrinconaba como perro en celo. Si el flaco te gustase, eso no me molestaría en absoluto, me dijo la flaca en una de nuestras tantas charlas telefónicas. No sé, amiga, me siento un agujero, siento que no me presta atención cuando hablo, no le interesa lo que digo o piensa que soy frívola porque no tengo ideales políticos. Y lo peor de todo, tiene modales asquerosos. Llegué a pensar que pasó hambre, que proviene de una familia de muchos hermanos o tal vez, se crió entre bestias depredadoras. La primera noche que fuimos a cenar afuera, sentí vergüenza ajena. El correntino no levantó la vista del plato, hizo chillar los cubiertos haciéndome doler los dientes y antes de que yo apoyara los míos, me preguntó: ¿esto no lo comés, no? Puede que sean detalles. Dentro de todo, parece un tipo serio, quiere ponerse de novio y ponerla seguido. O ponerla seguido y ponerse de novio. ¿Acaso no era eso lo que querías? Pasaban los días y el se mostraba preocupado de que yo estuviera trabada para tener relaciones. Es cierto, lo nuestro no fluía, o yo no fluía. Creía que era cuestión de tiempo, de confianza y de sacarle presión al tema. Tanto insistió con mi imposibilidad de goce, que habló con su amigo ginecólogo y me agendó una cita. Sí, accedí a que un amigo suyo me ponga en los estribos para examinar mis genitales con un espéculo. ¿Estás conforme, Francisco? Pero eso no fue suficiente, y su preocupación crecía directamente proporcional a mi hermetismo. Cuanto más insistía, más me cerraba. Finalmente, sugirió que fuera a ver a un sexólogo, porque según Corrientes, lo mío era falta de deseo. Ah boeeee, nonono, eso ya es demasiado. Disipé la idea de visitar a otro profesional, y me propuse relajarme. Y mientras él me sostenía las piernas, lo hice, me relajé y conecté. Conecté con su entrada, esa superficie lisa y brillante digna del kipá. Deber ser eso, debe ser que cuando me acerca la lengua para chuparme la concha el brillo de su pelada me distrae. Es algo superficial, al igual que sus ruidos molestos al comer y los ronquidos profundos. Me perturba lo banal pero más la forma en que me subestima y me desacredita por no tener una bandera que defender. No, Francisco, te agradezco la preocupación, pero no voy a visitar a un sexólogo. Mientras los meses pasaron, mi incomodidad creció a la par de mi disgusto. Era algo tan simple y lo tenía delante de mis ojos: Corrientes no me gustaba y tenía que darle el olivo. Pese a mi esbozo de frases culminantes, recurrí a la más trillada, no sos vos soy yo, y así concluí la historia con el correntino que comía como cogía.

Los chapones

La siguiente película contiene lenguaje adulto y escenas de desnudez. De desnudez no, inapropiadas tal vez, impertinentes para la locación. La permanencia de los niños, clientes y mozos frente a las mismas es exclusiva responsabilidad de los señores dueños del local. Llegaron los chapones, exclamó la cajera, segundos después de que sonara el timbre y Roberto abriera la puerta. ¿En dónde los ubico? Los chapones no son chapas grandes, no. Los chapones son una pareja de jóvenes de treinta y pico que vienen a amarse al living del Cuchi. Son reconocidos como los efervescentes que se sientan en los sillones y se manosean impunemente frente a la cámara que no llega a captar sus rostros, pero sí el resto de sus cuerpos flameantes. Esos que piden todo de a dos, dos Ferné, dos Campari, dos porrones y no porque haya Happy Hour. Cuando llegan recalientes, van directo a los sillones. Pero cuando les falta la previa, se sientan en una mesita cercana al living, piden algo de comer para recobrar energías y seguir con el gratuito y cachondo espectáculo, y les vuelve el alma al cuerpo, les vuelve el alma porno, o exhibicionista, o romántica, o las tres juntas, o la combinación de dos, o de tres almas. Su simbiosis es perfecta. Los dos, de pelo corto, de alturas y contexturas casi idénticas. Ella parece docente de la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires, y él parece filósofo, o sociólogo, o militante, de esos calentadores de pupitre que yacen en la puerta de la facu y son más longevos que un potus. Pero él no se recibió de nada. Se dedica al comercio de algo. Tal vez venda drogas duras. O capaz tenga una ferretería. Sí, es ferretero. De ella, solo dijimos que parecía docente universitaria. Pero bien podría ser veterinaria, o psicóloga, o artista plástica. O tal vez ella es la militante y él, el docente y entre pupitres y quema de libros, se dio el flechazo. O ella necesitaba un clavo fácil para colgar una de sus obras en el living de su casa, un día fue a la ferretería del barrio y él la atendió amablemente. Le dio el clavo fácil y se fulminaron con las miradas. Y así, semana tras semana, ella iba a la ferretería con la excusa del clavo fácil y las mil y un muestras de arte. Sea cual fuera la génesis de este amor, lo que importa es el presente y la intensidad con la que viven este apasionado romance, no apto para eyaculadores precoces. Porque Mariana y Marcelo no conocen límites a la hora de amarse. Después del Salmón rosado con reducción de aceto y arroz yamaní con vegetales, pidieron Pinchos de fruta con mini fondue de chocolate. La compartieron, obvio. Comieron todas las frutas dejando las frutillas para el final, en el que hubo lugar para ratones de todo tipo. Mariana contempló la frutilla en el plato y sonrió. Levantó el palito de brochette, pinchó su cuerpo rojo y carnoso, y lo mojó en el chocolate apenas tibio. Amagó acercársela a su boca, y luego la paseó frente a los ojos de Marcelo, que jadeaba hambriento. Se la va a dar de comer en la boca, exclamó el barman mientras él, la cajera y los camareros miraban expectantes desde la central de cámaras en la planta baja. Mariana abrió la boca y tras un movimiento de manos imperceptible, pintó, con la puntita color chocolate, la boca de un Marcelo prendido fuego. Segundos después de relamerse las bocas, Mariana y Marcelo pidieron la cuenta, con la intención de concluir su final feliz en otro domicilio.