El (des)amor de Santiago

Pienso en Santiago y en el fracaso de la empresa del amor. Pienso que el amor y el corazón participan de una sociedad del mal. El amor es el cerebro discursivo y el corazón, el comerciante que te convoca, te seduce y te convence  con alitas en el estómago y una musiquita que tarareás involuntariamente durante días, meses, tal vez años. Pero con el tiempo, esas cosquillas se vuelven retorcijones, y la cancioncita, un zumbido insoportable. El corazón aprovecha tu displicencia, tu debilidad y tu falta de juicio. Te deja en pelotas, desamparado y triste como el perro de mi vecino que aúlla golpeándose contra la puerta de entrada, receptora de su soledad autodestructiva. Los efectos colaterales del amor.¿Qué es el amor? ¿Fue lo que viví con Santiago? Aunque el final de la historia era cantado, lo di vuelta una y otra vez para encontrarle los agujeros y repararlos, con la ilusión de elegir mi propia aventura y de sabernos en un presente juntos, atravesando obstáculos, pero escribiendo ¿nuestra historia?

Amelia, dejalo ir. Santiago nunca dejó de mirarte como a una nena de 25 años proveedora de buenos momentos. La noche que nos vimos por primera vez, yo estaba con mi amiga de la primaria, la flaca, la que objeta el entramado de mis novelas, la que me alerta cuando estoy por entrar en la espiral del sufrimiento y me banca en el derrape emocional. Mientras bailábamos y tomábamos cerveza, se nos acerca un sujeto de unos treinta y pico de años. Llevaba un saco de corderoy marrón que parecía heredado de un abuelo de percha grande. Una mirada de la flaca bastó para informar que le parecía un pelotudo sin gracia. Nos contó que estaba con amigos celebrando la despedida de soltero de uno de ellos que se iba a convivir con la novia, sí, a convivir, no se casaba. Y aunque pasara holgadamente las tres décadas, más bien parecía que iba directo a Mataderos a ser despostado. Para el profesor de blazer marrón y sus discípulos acobardados, convivencia, casamiento y castración resultaban sinónimos. En esta historieta, la flaca y yo veníamos a ser una suerte de heroínas aniquiladoras del aburrimiento, distractoras de sentencia del melenudo a sacrificar. Teníamos que bailar un poco y entretener al condenado en su peregrinar a la crucifixión. Unos metros alejado de la escena bíblica, estaba Santiago. Me pareció que era el hombre más lindo que jamás había visto.Tenía pelo oscuro, medio despeinado y con algunas vetas blancas. Piel morena, ojos marrón intenso y nariz perfecta. Altura media y contextura delgada. Llevaba puesto un abrigo verde militar, un jean roto y zapatillas Converse. No pude sacarle la vista de encima hasta que empezamos a hablar. Me contó que trabajaba en ventas en una editorial, que acababa de volver de viaje y que tocaba en una banda. En ese momento, yo trabajaba en una multinacional, estaba muy cerca de recibirme de Licenciada en Comunicación y la música también formaba parte de mi vida. Había cierto magnetismo en el aire, pero al percibir su timidez, tomé la iniciativa y lo saqué a bailar. Y comprobé que su habilidad rítmica debía estar en sus manos, o en sus oídos. Entre cervezas y pisotones, nos besamos y la química fue tan evidente como su arritmia. Mientras tanto, la flaca estaba a punto de ser santificada por remarla sola con el discipulado. Yo la miraba con la boca diciéndole ya voy y los pies, bancame un ratito más. Cuando salí de mi enajenación adolescente y le dije a Santiago que tenía que irme, él sugirió que nos fuéramos juntos. Respondí que no podía porque tenía que llevar a la flaca a su casa. Una excusa berreta para hacerme la difícil y volver a verlo. Nunca me pidió mi número de teléfono y, a cambio, me dio su mail laboral, hecho sentó un precedente en el historial de los tipos de mi vida. Lo anoté emocionada, sin saber que pertenecería a la saga de los piratas de la que pronto me volvería lectora recurrente.

No aguanté más de un día y medio y le escribí un mail con un tono canchero, relajado, como de quien curte el palo del rock, o al menos eso creí. Cero rollo, cero mambo, cero historia, 000. Seguimos en contacto por Messenger. Mi pequeña porción pensante del cerebro percibía su evasiva al hecho de vernos de nuevo. Pero Santiago ponía excusas bastante convincentes o yo era lo suficientemente negada como para tragármelas todas, como la primera, la del celular roto. Hasta que no pudo esquivar más el bulto y después de mucho vaivén virtual, lo dijo.

  • No es que no quiera verte, pero…tengo novia.
  • ¿Vos me estás jodiendo, no? ¿Y por qué chapamos, entonces?
  • No sé, me dejé llevar, conectamos re bien y no creí que fueras a escribirme después de esa noche.

Lo puteé con toda la fuerza de la virtualidad y la espuma saliendo de la boca, brotando del teclado en un frenesí de frases inconexas. Amelia, tenés dos opciones: dejarlo como una casualidad de besos aislados o meterte de lleno en el barro furtivo. Y elegí gastar pólvora en chimangos, porque mientras más me convencía de estar haciendo lo incorrecto, más quería hacerlo. ¿En qué estaba pensando? Me atraganté con mis códigos y mi dignidad. Me limpié el culo con los valores, la moral, la monogamia y la elección del buen partido. A la mierda las fotos familiares, las monjas chupacirios y los enlatados de Disney.

Santiago me apodó Campanita, Campis, y fui por mucho tiempo, su rato de magia para paliar la monotonía rutinaria. Con él, practicaba una suerte de discurso en el que podía prescindir de los hombres, mientras intentaba hurgar hasta el fondo, entender por qué Santiago no sentía culpa y saber si pensaba en mí como algo más que un neutralizador del aburrimiento monogámico. En mis pensamientos, se filtraba un final trillado de comedia romántica en la que todo se resuelve por obra del destino. Santiago me parecía un infeliz, un egoísta, un sorete, pero no podía evitar quererlo, y a medida que lo iba descamando y despinando, sus miserias salían a la luz. Empecé a apiadarme de su historia y a dejar de creerme mejor que él. Compartimos vino, música, sexo y culpa. Algunas veces, él venía a mi casa cuando mis viejos no estaban. Pero casi siempre, yo iba a la suya, cuando todavía no convivía con su novia. Pasábamos un par de horas y nos despedíamos a eso de las dos o tres de la mañana, pero nunca dormíamos juntos. No éramos grandes amantes, no había grandes despliegues, supongo que por ese alguien perjudicado, ese fantasma que inhibía un polvo intenso, un abrazo o cualquier otro gesto de cariño. El hecho de que no esperara de mí un gran desempeño en la cama, me tranquilizaba. Nuestra dinámica consistía en no recriminarnos nada. Los meses pasaban y ese principio de comodidad, se transformó en deseos sin expresar y en desilusiones que empecé a escribir en un cuaderno. La idea de que Santiago ya tenía su proveedora de amor, fue cobrando peso y arraigándose en mi cabeza cada vez que pensaba en él. Acepté las reglas del juego y desestimando mis chances de alterarlas, iba y venía, saliendo con uno y con otro, tratando de olvidarlo, pero ahí estaba él, ineludible como mi marca de varicela en la mejilla izquierda. Aunque intentara cubrirlo, aunque me enojara conmigo por aceptar esos ratos juntos, una parte de él ejercía una tracción inevitable. Y no eran sus palabras, sus silencios, sus ausencias, su música o su sexo. Era él y su imposibilidad de ser para mí, era él y su elección, era él y su rechazo. Para mí, enamorarme era querer lo que no era para mí. Hasta que un día, él suspendió el juego. Me dijo que sentía cosas fuertes por mí. ¿Por qué no te quedas a dormir? ¿Por qué no podemos disfrutar un poco más? Cuando lo dijo, seguía con ella. Esa salvedad en el juego, respondía al último recurso que no puedo titular de otra forma que manotazo de ahogado.

Sí, flaca, tenés razón, estoy revolviendo la basura, comiendo migajas. Debería haber abandonado la misión cuando me dijo que tenía novia. Pero no dejé de buscarlo, me fui encallando en su cama, en su cabeza, en su vida, o tal vez él se enraizó en mi cama, en mi cabeza, en mi vida.  Cómo yo, que siempre había soñado con enamorarme, con un querer recíproco, estaba en el ensayo de una obra tan obvia, viéndome a escondidas con un tipo que las había hecho todas y que era incapaz de amarme. Santiago se había casado muy chico con una mujer que intuyo, fue el gran y único amor de su vida, con la que tuvo un hijo del cual hablaba muy poco conmigo; se había divorciado y opinaba del amor de un modo pesimista. Había curtido el palo del rock hasta conocer a la que era su novia cuando nos conocimos, que por lo poco que supe, era una chica bien. Los dos nos creímos el cuento no oficial en el que yo era su Campanita, y él, mi Pinocho. Porque era un mentiroso que me usaba matar su ostracismo y al que yo usaba para sentirme, no sé, viva. Yo era un fraude en el reino de las hadas, por farsante y rompe hogares. Nos veíamos un día a la semana. Escuchábamos música, tomábamos vino, picábamos algo, escuchábamos música, él tocaba la guitarra o el piano, nos besábamos. Yo le inventaba besos, se los actuaba, hacía chistes, dejaba que él de a poco se fuera abriendo, pero no hacía preguntas. Y me ponía seria si me preguntaba algo de mi vida aunque me daba la sensación de que nunca me escuchaba. No había espacio para el drama, porque éramos como amigos. No, amigos no, conocidos. No, conocidos no, amantes. Amantes me parecía un término de novela, de historias de grandes, historias complicadas, rebuscadas, incongruentes. Amantes, éramos amannnntes. Con esa n de novia que no iba a ser, n de no, n de nunca. Una relación de amantes era lo que teníamos. La primera vez que cogimos no fue una experiencia inolvidable. Con el correr de los encuentros, de vez en cuando, intentaba ahondar en mis placeres pero yo no sabía que contestar, algo que hoy atribuyo a mi falta de experiencia. Los días posteriores sucedían con un par de mensajes de cortesía hasta la próxima visita. A él le bastaba una noche y yo me convencía de que esa frecuencia era conveniente. Cuando quería molestarlo, le contaba que salía con otros tipos, que él no era el único, ni yo su hada, y que ese vínculo que manteníamos tenía fecha de caducidad. Pero Santiago no creía en mis amagues de terminar y la verdad es que yo tampoco. Porque siempre volvía a él, aunque pasaran semanas sin vernos. Cuando  me escribía las dos palabras mágicas quiero verte, yo me encendía por él y cancelaba mis planes. Y esas noches en que el ritual se repetía, fui despegándome de la idea de que Santiago era el tipo más frío, egoísta y banal que había conocido. El infeliz, el inseguro, el sorete eterno.

¿Pero, Santiago, no te da culpa estar acá conmigo? ¿Y vos, Amelia, no pensás en que yo tengo una historia con otra mina y vos estás en el medio? Ese diálogo no existió, al menos no con esas palabras. Y así yo pasaba de víctima a victimaria, siendo la hija de la mierda que cagaba la relación de Santiago con ella. Era la criminal disfrazada de hada trola que venía a rescatarlo de la monotonía infernal, a enamorarlo con un polvo mágico capaz de recuperar al tipo más triste y escéptico del mundo. Qué ingenua, la gente no cambia, no cambia si no quiere, se estanca si quiere. Me fui amigando con la palabra amantes, porque yo no era mejor persona que él, y porque La Culpa, el cuarto personaje que emergía de nuestra cama cada vez que cogíamos, no era tan fuerte como para destruirlo todo. Yo me enfrentaba con La Culpa, sin poder derrotarla. Tenía la esperanza de que su papel fuera secundario al punto de ir perdiendo protagonismo en la historia y desaparecer el día en que Santiago fuera libre. Porque quería que dejara a su novia, pero no dejaba de pensar que cuando yo ocupara ese lugar, una nueva Campanita irrumpiría en su vida para salvarlo de mí.

R.I.P prince charming of all ages

En breve se cumple un año desde que me separé. Durante todo ese tiempo, transité las reconocidas etapas de las que han hablado psicologías y gurúes de toda índole. Leí libros acerca del amor, lloré los domingos y algún que otro día de semana, miré películas de clichés amorosos, escuché consejos diversos que sugerían dejar de buscar, porque el amor llega solo.

Yo, que vengo de una cultura del hacer que las cosas pasen, no concibo la calma y la espera del rayo amoroso que te parte al medio. Hiperquinesia mediante, me valgo de los recursos que tengo a mano, como invitaciones que derivan de reuniones y eventos, en escasas oportunidades, y otras tantas provenientes de Apps de citas.

Como me propuse hace rato, salgo sin expectativas, pero con la idea de pasar un buen momento y llevarme una pincelada de la vida de alguien. Dado que muchas salidas involucran gastronomía, dejo mi bagaje a un lado y me dispongo a pasarla bien, en serio. Pero esa mochila vuelve ya que en reiteradas veces me proponen elegir el lugar porque yo soy gastronómica. Considerando el bolsillo y lo poco que puedo llegar a intuir del partenaire, opto por algo no muy pretencioso, suponiendo que, en el mejor de los casos, el tipo invite todo. Por lo tanto, me mantengo entre el barcito relajado y el Street food.

La vida no deja de darme señales matemáticas, a mí, que soy una mujer de muchas letras y pocos números. La cantidad y multiplicidad de citas atravesadas conducen a un mismo denominador común: el destrato hacia la mujer no distingue origen socio-económico ni generación del sujeto. No se trata de pagar una cuenta a medias, que para algunas mujeres, es inconcebible. Es una sumatoria de factores que hacen que una mina sienta que el hombre que tiene enfrente está incompleto, roto, desdibujado. Ejemplifico lo anterior. Yo, mujer de 33 años, salgo con alguien. Me valgo de mis medios para llegar al lugar acordado, se sucede el encuentro y no se da la chispa, llega el momento de pagar la cuenta y lo hacemos a medias, y yo dejo propina porque el sujeto se considera mal atendido. Nos despedimos. ¿Te llevo o te vas caminando? me pregunta, total estás cerca ¿no?. Me pregunta si me voy caminando 5 cuadras a las 12.00 de la noche.  Parece un barrio en el que nunca pasa nada, pero puede pasar. Como no puedo creer la pregunta que me acaba de hacer, decido irme sola. El tipo tiene 40 años y un hijo, se supone que pertenece a una generación en la que todavía se cuidan las formas del caballero. Ese hombre se comporta así, y uno de 30, también, y uno de 28, igual que los dos anteriores. No es avaricia, no es mezquindad, es desconsideración. Si no te gustó la mina, igual acompañala a su casa, más si estás en auto. Si solo te la garchaste, procurá un mensaje para saber que llegó bien a su casa. Pareciera que cuidar a una mujer solo aplica a familiares cercanos, novias o esposas.
Al principio creía que esta actitud desconsiderada era una cuestión generacional, algo del millennial relajado. Mi entrenador, con el que hablo de estos temas, me dice que los hombres van a decirte cosas lindas o a comportarse como caballeros solo si te quieren coger. Y yo le digo que ni para coger veo esas actitudes, si es que ese fuera el motivo para ser un poco charming. La realidad supera cualquier hipótesis acerca de por qué un tipo de 40 años se comporta con el relajo de uno de 25. Es una cuestión de valores perdidos, u olvidados, si queremos ser menos fatalistas. Hay actitudes que no pueden confundirse con feminismo o machismo, esos son determinismos que no llevan a buen puerto. Estas situaciones me molestan y mucho. Querés que pague mi parte, la pago, y también, dejo la propina. Te hacés el boludo para no acompañarme a mi casa, me voy sola. Ahora si dejaste el auto o no tenés, y no te alcanza para el Uber, jodete. Caminá hasta un cajero y procurate efectivo. Es tu problema, como es el mío llegar a casa.

El rayo

Si no hubiera sido por tu desamor, este blog nunca hubiera existido, sentencié. Cada vez que recuerdo el tono dramático con que dije esta frase, le vuelvo a agradecer en silencio al sujeto por el cuál comenzó esta locura del diario abierto. Porque este espacio, muy a mi pesar y en detrimento de mi obsesión por encontrar un género en la escritura, no es más que un lindo cuaderno de hojas de alto gramaje en el que vuelco experiencias.

Si no hubiera sido por tu desamor, este blog nunca hubiera existido, sentencié. Nada más cierto. Durante un tiempo considerable, busqué el amor en lugares equivocados. Y ese sujeto constituyó ese error espacial, temporal y existencial, porque, en última instancia, no estábamos destinados a ser.

Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio, afirma Cortázar en Rayuela.

Cómo llegué tan tarde a Rayuela. Releo ese dogma una y otra vez. ¡Eureka! Mi infortunio radica en que me he pasado gran parte de mi adolescencia tardía forzando al rayo, o tal vez, eligiendo un rayo sin filo, sin punta o de pocos vatios. El amor no se elige, Amelia. El amor no… el amor no un montón de cosas que vos y yo sabemos.

Esta mañana no tiene más que revelaciones. Mientras me dejo ser en esta página en blanco, escucho de refilón:

Uno es lo que es porque ha ido de fracaso en fracaso, confiesa Imanol Arias a Pablo Sirven en una entrevista transmitida en La Nación TV.

Brindo por eso y ¡que viva España, joder! Si en la vida todo hubiera sido éxito, Amelita Dinamita no hubiera existido. ¿A quién carajo le importás, Amelicéntrica? ¿Qué viniste a hacer al mundo? ¿Acaso modificás algo? ¿Por qué tantas preguntas?

A partir de tu desamor, querido sujeto, quedé librada al azar. Y una noche cualquiera, mientras escribía con rabia y tinta rosa las frases más crudas que me dedicaste, sentí un dulce ardor atravesándome el cuerpo, partiéndome los huesos, dejándome estaqueada en el medio de la cama entre sábanas, lindos cuadernos y biromes de colores.

 

Cuestión de tiempo

Me considero una mujer de estos tiempos. Desde que estoy sola y tengo ganas de conocer a alguien, probé varios medios para conocer hombres. Apps de citas, salidas a bares con amigas, asados, cursos, boliches y hasta las famosas previas de épocas adolescentes.

Me considero una mujer de estos tiempos. Y con eso me refiero a que no espero que un hombre me pase a buscar, pague una cena y me devuelva a mi casa sin tocarme un pelo. Si eso pasara, no me ofende, pero pensaría que se trata de una especie en extinción. Soy de armas tomar y no me sonroja adoptar un rol que antes se consideraba masculino. Sí alguien me interesa, doy el primer paso. No lo pienso, no tengo estrategias, no cuento los mensajes enviados ni el tiempo que pasa entre uno y otro. Me fastidian los números.

A pesar de mi desfachatez y de tener un doctorado en primeras citas, me reconozco cansada. Agotada mentalmente de tener que anticipar que el día uno no voy a coger, que no quiero ir a la casa del tipo con el que acabo de compartir una cena, un helado, unas birras. ¿Por qué? ¿Por qué debería tener que adelantar que aunque no me dejes pagar la propina, hoy no vamos a coger? Noto que algo te urge y te pregunto si te debo algo por la invitación o si te olvidaste el gas prendido.

Me embola ser literal pero me encuentro siéndolo. Sí, algunas primeras citas terminaron en su casa o en la mía. No es una contradicción, a veces todo fluye de una manera tan orgánica que dejarse llevar es inevitable; otras, gana impulso o la necesidad.

Me considero una mujer de estos tiempos. En la vorágine de un mundo seteado en la velocidad de una Insta Story, me encuentro dando explicaciones para proteger un bien tan preciado como el tiempo. Te ahorro la salida – no digamos cita porque he notado casos de alergia mortal al término –  si tu expectativa final es ponerla la primera vez que nos veamos. Te ahorro la molestia de tener que agradarnos en demasía para terminar en tu cama o en la mía. Te ahorro la dificultad de tener que leerme entre líneas para neutralizar el efecto de un machismo que sigue vigente.

Expuesto lo anterior, retomo lo que parece una objeción, porque nadie está librado a que un par de copas, un instinto animal o la mera intuición, tengan como consecuencia un pernocte en tu casa o en la mía. Pueden pasar muchas cosas o ninguna, porque así es la vida. Podemos tener un sexo inolvidable o para el olvido, porque así es la vida. Pero, guess what. A pesar de nuestra evolución y nuestra lucha por la igualdad, a la hora de coger mujeres y hombres nos diferenciamos. Eso no se juzga como bueno o malo. Es y debe ser en su esplendor.

Yo, Amelita Dinamita, sostengo el estandarte de la diferencia porque eso me hace mujer.
Yo, Amelita Dinamita, soy sensible, delicada y me gusta coger. Todo eso puede convivir en una misma frase sin prejuicio alguno.
Yo, Amelita Dinamita, invito a mis amigos de siempre y a los hombres que me estén leyendo a que respetemos lo que nos distingue o lo revaloricemos, seamos lo que seamos. Garches, amigos, amantes, novios, matrimonios.

Démonos la chance de trascender esos clichés aún vigentes. Si yo no acabo, eso no me hace frígida. Si a vos no se te para, eso no te hace menos macho. El sexo, es sin lugar a dudas, otra forma de comunicarse. En la comunicación, hay emisores y receptores que intercambian información, mensajes verbales, gestos, silencios, valiéndose de códigos en común. La buena comunicación es un arte y dominar un arte, es cuestión de tiempo.

 

Ugarte y Arribeños

Jueves 6 de septiembre. Amanezco horas antes de que suene la alarma del celular, con un rayo partiéndome la cara y una resaca tinta amurándome la cabeza. Camino en dirección al baño, y mientras me lavo los dientes, abro la ducha. Una falsa ilusión de tiempo ganado, un derroche de agua. Me miro al espejo. Soy la detonación en persona. Me limpio el maquillaje de los ojos y entro a la ducha. Me pesan las copas y las piernas en iguales proporciones. Me seco y me visto rápido porque quedé con Padre que pasaba a buscarme a las 8.30 para ir a Belgrano. Me maquillo un poco para disimular la mirada acartonada. Una vez en la cocina, dirimo entre un café, un Alikal o un tostado. Una o todas las anteriores. Algo que absorba el malbec aniquilador. Empiezo por el Alikal y abandono las otras dos. Estoy en modo lento. Se me hace tarde. Bajo y me subo al auto de Padre que putea porque demoré 10 minutos. Es que no venía ningún ascensor, me excuso. Nos dirigimos a la zona del Barrio Chino. Padre tiene que ir al dentista por ahí cerca y de paso aprovechamos para ver qué tal los precios del pesca y otros insumos. Sí, voy con Padre. En otro momento me explayaré sobre el tema de compartir el trabajo con él. El tránsito, caótico. Típico de la 8.50 am. Sigamos el Waze, sugiero. Pero Padre, hombre obstinado si los hay, lo sigue un poco y otro poco hace la suya. Te dije que esto te marca el camino en tiempo real, viejo. Nos la damos de frente con un desvío producto de un camión pica veredas cuya obra no está señalizada, producto de la crisis que impide pagar la señalética vial o de una gestión desordenada que fabrica obra pública a troche y moche. Con más vueltas que calesita dominical, llegamos al dentista. Me bajo del auto medio boleada. Tengo para una hora más o menos. Tomate un café en Chef León mientras me esperás y te vas a comprar el pescado, dice Padre. Me tomo el café, después vamos juntos a Casa China, le digo. Estoy tan mareada que camino sin dirección. No quiero tomar café. Bueno, entro, pido un café y voy al baño. Mejor no. Camino.Voy hasta la casa de muebles de la esquina de Libertador y Ugarte. Está cerrada.Vuelvo a pasar por Chef León. No quiero café. Voy en busca del pescado. Doblo en Arribeños y dejo que mi sentido de la orientación siga su curso. En el camino, veo un perro asomarse por una ventana y le devuelvo la mirada. Me enamoré del can, le saco una foto y sigo viaje. Iberá. ¿Iberá? Creo que estoy yendo para el otro lado. Googlemapeo Casa China y confirmo una vez más que soy pésima para la geolocalización. Tomando la ruta inversa, paro en un almacén chino. Busco un agua de litro y medio. Es mucho, pienso. Me van a dar ganas de mear. Entre mi indecisión y la china atendiendo al proveedor de cigarros, devuelvo el agua a la góndola y me voy. Ya fue. Directo a Casa China. Mientras camino, Padre me llama y me dice que se liberó antes de tiempo y que a la vuelta tiene que pasar de nuevo a retirar algo. Nos encontramos en la esquina del dentista, caminamos unas cuadras más y llegamos al Disney del oriente. Después de pasar por variedades de té, granos, harinas, productos secos y otros, llegamos a la pescadería. Merluza, pez espada, gatuzo, congrio, lenguado, abadejo. Lo que más me cierra es el salmón blanco. Me acerco a los muchachos que manipulan pescado y pido 8 kg de salmón limpio, que son algo así como 20 kg de bicho entero. Mientras lo preparan ante la mirada atenta de Padre, paseo un poco, elijo algas y veo precios de salsas japo. Están imposibles. Padre también compra algunas cositas para consumo personal. Vamos a la caja, pagamos y nos vamos. El sol y el aire primaveral me oxigena. Veo puestos con flores y paro. Me compro dos plantas amarillas y las visualizo en mi balcón. Caminamos un poco más, llegamos a la esquina del dentista, en donde hay una parrilla cerrada al público con unos bancos en la vereda. Esperame acá que ya vengo, dice Padre. Por Arribeños, viene un hombre rengueando con un bastón en la mano derecha. Intercambiamos miradas, un suspiro profundo y nos sentamos, cada uno en un banco diferente. Al ver su mirada y su dificultad, siento que mi suspiro fue exagerado. Segundos después, un hombre de unos 50 años, se acerca y lo saluda. Parece que se conocen del barrio. Me quedé viudo el viernes, dice el hombre del bastón cuya voz se quiebra al dar la noticia. No me diga, Roberto, lo siento mucho. Mientras aquel hombre daba detalles de cómo partió su mujer, me quedé mirando a la nada. Sentí mi corazón desgranarse, la angustia que pesaba en mi garganta y una lágrima quemándome la mejilla bajo el inmenso sol que compartíamos Roberto, su vecino y yo en la esquina de Ugarte y Arribeños. Ya estoy, escucho la voz de Padre. Me levanté, cargué las bolsas y sentí el dolor de Roberto desprenderse como una estela en la brisa de la mañana.

El cuadro perfecto

Hay una especie de relación mágica entre las casi 8 de la noche del domingo, la sensualidad de la guitarra de Joe Pass que empieza a sonar y el cuadro multicolor de la ciudad tras mi ventana.
Es como si el tiempo se detuviera a pesar de la inexorable caída de la noche, como si se suspendiera su curso mientras las palabras deambulan en mi mente, que las examina en busca de la combinación perfecta, que luego viaja a través de mi cuerpo. Corre como un fluido ligero que sale por mi costado derecho, baja por la oreja, sigue por el cuello y el hombro, cae serpenteando el brazo para llegar a la mano que sostiene el lápiz que vuelve tangibles mis pensamientos.
En cada frase, se manifiesta mi interior pujante. Un interior al filo de lo exterior, que necesita compartirse, revelarse. Un alma que se hace presente mientras anochece y escribo con los últimos rayos de luz que me ofrece la obra citadina, al compás de la guitarra de Joe. Y la magia continúa con las primeras luces naranjas que asoman entre las copas verdes y las masas de ladrillos y tejas negras. Mientras imagino quienes viven dentro de esos bloques multiformes, pienso qué estarás haciendo. Pienso cuánto te disgusta el domingo a esta hora en la que yo disfruto de mi soledad, la música y la foto del paisaje urbano.
¿Será un encuentro desafortunado el de tu desgano y mi placer nostálgico en esta tarde apacible? ¿Será que cuanto más floto, más te arraigás a la tierra? Es posible. Pero eso no me detiene de imaginarnos. Recostados en el sillón, compartiendo un vino mientras nos acariciamos al compás de Joe ahora acompañado por Ella*, amalgamándonos con la brisa que entra por el balcón, compitiendo por no pestañar como dos niños que no quieren perder ese instante que se diluye en un abrir y cerrar de ojos.

*En alusión a la reina del jazz, lady Ella Fitzgerald. 

El plantón

Entiendo por qué el actor disfruta tanto su trabajo. La posibilidad de jugar a ser otro, de caracterizar a un personaje que nada tiene que ver con vos, tu realidad, creencia o idiosincracia, es una experiencia liberadora. Refugiándome en la idea de que todo es parte de una interpretación, me meto en la piel de una loser.

Sábado 00.00 h., decido salir a tomar algo. Sola. Me emperifollo con la necesidad de testosterona repiqueteando como canilla con cuerito roto. Mientras me delineo los ojos frente al espejo, recuerdo a un grupo de latinos que conocí en un bar, de los cuales uno cautivó mi biología sin decir una palabra. Su imagen nítida es suficiente para poner en marcha mi motor. Me calzo unos jeans ajustados, las botas negras fotoshopeadoras de gemelos potentes, un sweater tejido a mano, mi tapado rojo y una boina. Me subo al auto y manejo hacia Palermo. Destino, Costa Rica y Armenia. Estaciono y camino con toda la elegancia que permite una madrugada de asfalto enjabonado. Llego a la puerta del bar y veo masculinos y femeninas que intercambian risas, gestos y números de teléfonos. No tengo previsto cruzarme con nadie conocido pero hago frente a las casualidades del destino. Estoy esperando a unos amigos, aclaro enérgicamente. Dicho esto, entro al bar y me acerco a la barra, extraigo de mi bolso beatle mi celular e intercambio SMS con una amiga que disfruta de la noche porteña en otros pagos. La carencia de comunicación in situ me lleva escribir mensajes sin desprender la vista del teléfono, mientras suena Depeche Mode y la gente toma cerveza, fernet y otros brebajes. Todos están en grupos menos yo. Saco mi vale de consumición de 25 pesos, pido una Corona con limón y acomodo mi traste en una banqueta que parecía estar esperándome. Doy el primer sorbo. Este pibe no viene, digo en una voz alta incapaz de neutralizar el barullo ambiente mientras hago calesitar la botella y en un error de cálculo, derramo parte de su contenido en la mesada de la barra. Me disculpo con el barman como si estuviera prestándome atención y sigo actuando mi decepción. Hago una panorámica para ver si encuentro a los chicos latinos. Son casi las 3 de la mañana y ni noticias. Pienso que es hora de irme. No conforme con el papel de solitaria en aquel antro oscuro, imagino otra locación en la que podrían estar los hermanos latinoamericanos. La noche sigue desapacible pero eso no me detiene.

Me subo al auto y hago un par de cuadras para cruzar al otro lado de Juan B Justo. Llego a la puerta de Makena, un reducto rocker y funky. 10 pesos al grandote de la entrada y pasá, nena. Dentro del lugar, unas pocas mesas, un par de desgarbados, pelilargos, morrudos, alguna que otra Fabiana*en la barra, cada uno en su propio mambo. A falta de calor humano y exceso de metro cuadrado disponible, siento mi soledad expuesta y vulnerable, y mi boina estilo conductor de tranvías en el centro de la pista. Tomo mi teléfono y actúo mensajes que no envío. Minutos después, se me acerca un pibe y me comenta que tiene una banda, que es la primera vez que va al bar por el cumpleaños de un amigo. Para acotar algo de color, le cuento de mi plantón y me desquito un rato contra el género masculino como para sumarle drama. Flaca, no te enrosques, me dice. Me integra al grupo, hago un saludo general a los amigos y amigas, y bailamos un poco al ritmo de Michael Jackson. Me ofrece fumar. ¿Cigarrillos?, pregunto tímidamente. No, corazón, y pela un churro de dudosa procedencia. Lo único que fumo son habanitos de chocolate, gracias igual. Alegando cansancio, me despido del pibe de Flores y los Fasolitas*. Cruzo la entrada de Makena y con cara de desasosiego, saludo al grandote, ¿podés creer que me plantaron? digo con una sonrisa torcida. Ahora tenés algo para escribir en tu diario, me responde con una palmada en el hombrito.

Este es mi diario, que no tiene candados para violar con clips, que no tiene reparos, que hace público lo privado, como esta historia del plantón que nunca existió.

*la generalización de Fabiana alude a la famosa cantante argentina de rock, Fabiana Cantilo.
*el pibe de Flores y los Fasolitas podría ser el nombre de una banda, ojo.
Basado en hechos reales acontecidos en la época en que entrar a un boliche costaba 10 pesos.
Amelia Dinamita. Todos los derechos reservados.

Un cuerpo sin cabeza

Desde la separación, transito un camino incierto. Estoy la deriva. Me convertí en un cuerpo sin cabeza, le dije a mi terapeuta. Ese deseo de ser vista como alguien deseable, se había vuelvo una realidad extravagante, un traje prestado, un mundo de alguien más. Me transformé en una mujer objeto, una vuelta al perro, un teléfono que uno no quiere perder.
Ésta no sos vos, Amelia. 
Sos una sustancia volátil, una cosa amorfa, un elemento funcional a un sistema de vínculos desabridos y conexiones intermitentes.
Ésta no sos vos, Amelia.
Tenés sexo con tipos que te dicen lo que querés escuchar, que no dicen nada, o peor, que dicen no necesitar nada y los encuentros concluyen en una sesión de terapia con palmadita en la espalda.
Ésta no sos vos, Amelia.
Hasta acá llegaste. Guardá tus encantos para alguien más. No voy a dejar de ser yo, solo porque el otro no sabe recibir mi cordialidad o malinterpreta mi sensibilidad, no es mi problema.
Estoy entre desilusionada e intolerante. 
No sé si es la recesión, pero pasarla bien en tiempos de crisis implica ahorrarse las citas y pasar directo al cuarto. Hay poco trato cara a cara. Las redes sociales propulsan una copia berreta del Da para darse. Si estás en línea, sola y disponible, sos carne de cañón. Fueguito, babita, corazoncito. ¿En qué andás? En auto, gil.
No, no es la crisis. Es la avaricia, el egoísmo y la paja de tener que gustarle a alguien más allá del cuerpo. Para qué voy a intentar conquistarte. Si no sos vos, es la que sigue. 
Estoy entre desilusionada e intolerante.
Sé lo que es salir con uno y con otro, entrar en modo conocer, no manejar certezas, no parecer desesperado, ser oportuno al enviar un mensaje. Todo lo anterior me resulta menos tedioso que ser mujer y producirme al pedo. Porque en la era digital, el tipo se anuncia una y mil veces, te invita a salir pero no te invita, lo invitás pero no define, arma un plan y lo desarma, ve el mensaje pero no lo ve. Porque se queda dormido antes de cancelar. Al día siguiente, te escribe como si nada, porque claro, no debe explicaciones en el mundo físico, pero en la despersonalización de la virtualidad sí debería y entonces te manda la excusa del pibito que no hizo la tarea. Ni para coger le ponés onda, macho.
Sí soy yo, necesitada y vulnerable. Algo estoy haciendo mal porque no tengo lo que quiero. Aburrida de llegar al mismo resultado una y otra vez, me propongo deshacerme de los contactos que me convocan al mismo juego, y cuando llega el mensaje nn de las 02.00 am, respondo:
Sujeto: _¿En qué andas?
Amelita: _Sory que no te contesté antes. Hasta acá llegué. Creo que queremos cosas diferentes.
S: _¿Qué cosas? No te entiendo.
A: _Quiero salir, hacer algún plan, más temprano, en otro momento. 

S: _¿De qué hablás? Pensá lo que quieras, no hables como si supieras lo que me pasa.
A: _Hablo por cómo actuás conmigo. Cómo voy a saber lo que te pasa si solo me buscás para coger. No me contás de vos y tampoco te interesa saber de mí. Te propuse varios planes y te hiciste el boludo. No hay mucho más que decir.
S:_ Qué pena, justo te iba a decir de hacer algo.
A: _ Justo.
S: _Entro en una reunión. ¿Hablamos después?
A: _Dale. Suerte.
Esa fue la última vez que hablamos. Me siento liviana, suelta, coherente. Voy a mi habitación, miro la cama y algo no me convence. Y como si algo se me hubiera revelado, saco las sábanas usadas y pongo unas limpias. Como un símbolo de mi bautismo, como el inicio de una depuración. Bienvenida a tu cuerpo, Amelia.

El día de

Pero cómo, ¿el amor no llega solo? ¿Tengo que salir a buscarlo? Casi un cuarto de siglo, nunca tuve un novio y todavía soy virgen. ¿Sigo esperando al indicado? Ya fue, pruebo con el próximo. Pero pará, ¿me pongo un cartel de led que diga Soy Virga o mejor que lo descubra? La víctima es un chico que conocí en un boliche, en el que chapamos e intercambiamos números de teléfono. El paso siguiente es coordinar una salida. Se llama Gonzalo. Su perfil lo describe fachero, estudioso, trabajador, viajado. Y amante de su propio reflejo. Las charlas se entre cortan, me aburro, mucho. No tenemos nada en común y en el humor hacemos agua. No magic, no birds ni panzas excitadas. Solo transpiración fría y nervios de principiante. Pero bueno, Amelia, a vos no hay poronga que te venga bien. A todos los platos les buscás el pelo. Si es bohemio, no porque vive en un cuchitril y andá a saber cuándo cambió las sábanas por última vez. Además, seguro coge sin forro porque es antisistema.

Volvamos a Gonzalo. Es la segunda vez que nos vemos. Hoy es la noche de. Para él, una puesta más y para mí, un estreno. Me pasa a buscar en auto por la casa de mis viejos. En el viaje no hablamos mucho y procuro no acotar boludeces producto de mi intolerancia a los baches sonoros. Pienso que vamos a cenar, pero no. El tipo para en un kiosco. Va a comprar chicles o cigarrillos o forros. Los forros ya los debe tener y no fuma. Unos minutos después, abre el auto y guarda dos cervezas Q de 750 cc que no recuerdo haber probado. ¿Me estás jodiendo? Me la quiere poner con dos birras Q. Tranquila, Amelia. Ya estás jugada. Vas camino a la desfloración. Llegamos a un edificio viejo ubicado en una calle angosta de Microcentro. Por lo menos, no vamos a un telo pedorrón en donde me cuestionaría el mismo asunto de la reposición de la blanquería. ¿Sos joda? Es el despacho de tu viejo. Una oficina con olor a cartón rancio. Un escritorio maltrecho, unos cuadritos honoríficos, papeles y más papeles. Un sillón de cuero marrón con un resorte dispuesto a romperme el culo. ¿Qué hacés acá, Amelia? Vas a garchar en presencia de la ley. Un habeas corpus para mí, por favor. Le tendría que haber anticipado mi condición V, capaz hubiera considerado un bulo más acogedor, supongo. ¿Qué hago ahora? ¿Me pongo en bolas? No bueno, él me saca la ropa y yo le desabrocho lo que tenga más a mano. Ahí estamos, como vinimos al mundo. Yo, cagada de frío y rígida como jamón curado. Nos besamos y nos acariciamos un poco mientras el me va llevando hasta el sillón desvirgador. Yo calculo el ángulo de apertura de gambas y voy notando cómo se resisten en defensa de mi acceso principal. Relajate, Amelia. El tipo va a entrar con la topadora en cualquier momento. No, esperá un poco, Gonza. Y en un tono casi inaudible, le vomito la verdad. Fue como tirarlo en agua helada para cortarle la cocción. Recalcula uno segundos, me dice algo que suena parecido a esto no te va a doler y retoma su labor. Luego de varios intentos forzosos, damos por concluida la cita y me devuelve a mi casa paterna, a mi entender, semi desvirgada. Gonzalo no hubiera podido encontrarme el punto justo. Yo ni siquiera sabía qué corte me gustaba y menos, mi punto de cocción. Pero por algo, se empieza.

Diciembre de 2017 – Angostura

Te lloré con un cantante de voz ronca en modo repeat, recordando tu sonrisa y el brillo sincero de tus ojos. Duele lo que no pudimos y sana la esperanza de pensarnos felices en caminos paralelos. Lo intentamos. Hoy abrazo sueños y proyectos que escribo entre tareas realizadas y a realizar. Analizo mis inquietudes y mis miedos. Me pregunto qué aprendí y aprehendí. No soy la misma que antes de conocerte y vivir un pedacito de vida juntos. Crecí, crecimos. Aunque nos parezca imperceptible, aunque pensemos que no hemos hecho grandes cambios. No hace falta patear el tablero, tatuarse o cortarse el pelo. La transformación sucede. Podemos pensar que no hay nada más por hacer, asumir la situación que nos toca o activar la mente y el cuerpo para ir en busca de una versión mejorada de cada uno.

Todo me ha costado mucho desde que tengo uso de razón, pero ya no lo sufro ni lo padezco. Es cierto que me cuesta soltar y a veces me resulta un fastidio mi naturaleza sensible. Porque soy muy arraigada, extremadamente miope*, demasiado pensante o locamente impulsiva. Pero estoy acá haciéndome cargo de mi humanidad. Toco la superficie y me sumerjo en la historia que escribo en este archivo, en el cuaderno rojo de hojas gruesas, en las servilletas de bar que raspan los labios. Miro el sol que cae en la tarde y agradezco este jueves de diciembre que antecede al año que termina. El 2017 me deja un cajón de experiencias que me traen hasta este estado de emociones alteradas. Siento el espesor de la saliva al tragar. Es angustia, angostura, estrechez. Me achica, me estruja, me encoge el cuerpo y el corazón. Escribo con las lágrimas al filo de las letras, porque no me siento lo suficientemente distante del texto. Pero no borro, no anulo, no reescribo. Dejo correr las palabras que siguen componiendo la obra, que son y serán parte de mí. 

*Incapacidad para ver cosas que son muy claras y fáciles de entender o para darse cuenta con perspicacia de algún asunto.