No valés un cuerpo

Empecé a escribir cuando era adolescente. Tendría 11, 12 años. Era una nena con poca gracia física, más alta que el promedio de mi clase, plana de frente y voluminosa al dorso. Mi pelo, ciclotímico como la primavera, se crispaba con la humedad y tomaba vuelo propio. Lo más prominente de mi cara eran y son mis mejillas. Si a eso lo sumamos la miopía que me acompañaba desde los 7 años, mi rostro no era algo para el halago. Estaba lejos de ser una belleza, pero tampoco era, como solía decir mi mamá, una carita difícil. No calificaba para la categoría de linda y popular, como tampoco para la de nerd. Creo que es una condición que me tocó por ser la más chica. Los últimos tenemos un poco de cada cosa. Somos como la cena del 25 de diciembre, rejuntes de lo que quedó del almuerzo, que supieron ser sobras de la noche del 24.
Me quedaba ir por el camino del cerebrito. Pero para mi infortunio, en la repartija arbitraria de la génesis, la habilidad para las ciencias exactas me salteó. Todo contenido numérico o contable caía en el pozo ciego de mi marote. A pesar de ello, tenía muy buen trato con las profes de las ramas exactas. Con la de Matemáticas, por ejemplo, había una especie de simpatía manifiesta durante las clases, porque ella percibía mi atención esmerada, mi esfuerzo por tomar nota de todo y tener las tareas al día. Pero aquella relación fluida moría en las instancias de evaluación. No la culpo por detestar mi parsimonia en los exámenes. Recuerdo que entregaba las pruebas con las hojas un poco húmedas por el sudor de las manos y levemente borroneadas. Solo en esa materia, ok, también en Física y en Química, me abandonaba a la desprolijidad. Era de las últimas en transitar el corredor de la muerte, encorvada y temerosa, tragándome agua de moco y angustia. Algunas veces tenía la total certeza de que m había ido como el traste; otras, gimoteaba mirando al cielo como esperando el milagro del diosito al que tantas veces me hacían rezarle las monjas de azul sotana.

Mientras asimilaba el trauma mercantil, iba descubriendo que el arte de las Letras me calzaba mucho mejor, aunque la profesora de Literatura tenía una voz débil y monocorde, por eso no lograba captar la atención de su audiencia y menos seducirla a adentrarse en los mundos borgianos. De algún modo, esa falta de carisma mezclada con mi fascinación por las historias de las cuales poco recuerdo (tengo muy mala memoria) me llevaron a contar las mías. Y no puedo precisar el momento, pero dejé de hacer dibujitos en mis cuadernos y empecé a escribir fragmentos de mi adolescencia. Los diarios íntimos nunca me gustaron. Me parecían incómodos para escribir por su encuadernación y absurdos por la facilidad con la que podían violentarse sus candados. Recuerdo un cuaderno de tapa negra de pvc, con un corazón calado en el frente, de hojas blancas y de colores flúor. En él dejé que las palabras corrieran con libertad y contaran mi paso por la secundaria, como los ensayos para las misas tocando el bombo legüero, cantando en cuanta misión religiosa nos llevaran las monjas. Cualquier ocasión era propicia para pronuniciar a todo trapo el cancionero chupacirio o los hits de la Sole si lográbamos negociar un update del repertorio. Bendeciré al Señor en todo tiempo mientras viajo por las nubes voy llevando mi canción. Era feliz en esos espacios, me olvidaba de mi pelo marañoso, mis cachetes sobresalientes, mis anteojos de John Lennon. Lo daba todo a la hora de cantar, como había visto tantas veces a mi abuela Elsa.
Ella merece un párrafo aparte, la más mujer más hermosa de mi familia. Una artista anónima, que cantaba como un ángel soprano, pintaba hasta en las servilletas de papel poroso y dejaba su estela por donde fuera. Era una diosa encarnada en un ama de casa que se emperifollaba hasta para ir a la carnicería. No había quien no la recordara por su sola presencia, aunque no dijera ni una palabra. Su voz contundente envuelta en esa piel de porcelana blanca hacían de ella una mujer exquisita.
Volviendo a mi diario no tan íntimo, aquel cuaderno de portada especial, fue, entre otras cosas, pegoteado con pedacitos de guirnalda que guardaba de algún asalto en el que había bailado con el chico que me gustaba, quien con más cortesía que placer, me regalaba un tema de Ricky Martin. No fue una etapa fácil, pues la comunicación no se me daba naturalmente. No se me daba en lo más mínimo. Además, no me sentía muy cómoda con mi aspecto general: era flaca, tenía las piernas largas y una cara mofletuda que más allá de no encajar con el resto de mi percha, era constante punto de bullying de varones sabían cómo derribar mi autoestima en segundos. Desde ese entonces, me fui sumergiendo en mis hojas de alto gramaje, en las Rivadavia rayadas que abultaban mis carpetas, tomando el coraje para narrar lo que no me animaba a expresar. Y aunque muchos de aquellos anotadores, libretitas y cuadernos ya no están entre nosotros, de aquellos papelitos renací como Amelia: una voz que vino a contar historias con humor, acidez y dramatismo.

No vales un cuerpo, vales un texto.

Casar

Será el escepticismo de lo vivido, un cuaderno de desilusiones o el devenir de una madurez cítrica, pero cada vez me resulta menos atractivo el sacramento matrimonial. No voy a criticar a los cientos de historias de muchachitas llevadas al altar por príncipes corpulentos y bien intencionados, no. Ya desmitificamos esas ideas patriarcales de linditas cuyo único propósito en la vida era ser rescatadas de las brujas deseosas de belleza y juventud eterna, con nuevos relatos y luchas feministas de tode tipe. Claro que cuando Walt escribió aquellos cuentos de amor en los años cincuenta, masificados por los VHS, las brujitas ignoraban el mundo de la cirugía plástica. De todos modos, era mucho más divertida la alquimia y la persecución permanente que despilfarrar dólares en plásticos, hilos metálicos e inyecciones de sustancias oleosas. Por suerte, Disney vio venir el bardo feminazi y encaró nuevas historias desde la óptica de las villanas.
Estas criaturas, mal catalogadas como envidiosas, eran unas verdaderas emprendedoras, artífices de planes maquiavélicos sin igual. Mujeres con mini pymes que empleaban a unos cuantos malandras buenos para nada. Claro que no habían nacido malitas, no. Maléfica, por ejemplo, tuvo un noviecito que piró por la ambición y la dejó, sumado a que vino un rey hijo de mil a cagarle las tierras. Male, recontra potra y empoderadísima, lo venció con su ejército, ¿y qué hizo el machirulazo? Ofreció a su hija en matrimonio al tipo que asesinara a la pobre y potranca de Male. Quilombo y más quilombo con efectos Disney reloaded. Detenida en el semáforo de Directorio y Carabobo, con las manos abrazando el volante de mi Golfito azul, lo vi tan claro a través de mis cristales gruesos un poco toqueteados. El futuro padre de mis hijes. Un hombre de estatura media, robusto, de manos grandes y callosas, me cargaba en su espalda, dando pasos lentos y firmes, camino al altar de acero desinfectado.
Él, de blanco percudido, con algunas manchas oxidadas, botas negras y cofia traslúcida, tarareaba nuestra canción. Yo, bien mudita, de rojo y rosado rubicundo, alardeaba mis capas de grasita brillosa y suculenta. Hernias, sacrificio y rock and roll.

35 años de amor

Me levanté pensando en todo el amor que recibí el día de mi cumple. Llegó en múltiples formatos, a través de diversos canales y gestos. Amor de las personas de siempre, inquebrantable, y hoy, re-significado, lo tomo, lo guardo, lo atesoro. Amor nuevo de personas que la vida puso en este paso por el mundo para enseñarme que los caminos son infinitos, que las recetas funcionan para el Cuchi, que nada está garantizado porque somos responsables pero no dueños de nuestra existencia. ¿Recibo más de lo que merezco? No lo sé. Este año me trae a este espacio de gratitud y de una percepción más tangible. Siempre fui una defensora del amor, lo anduve buscando, sí, pero tuve que conocer su contra-cara para abordarlo fuera de las teorías, las frases hechas y los modelos aprehendidos. Me siento desbordada, enérgica, en un estado de paz del que no quiero salir, disfrutando de una caricia que quiero perpetuar como la primavera. Porque el amor es una fuerza que atraviesa el alma y la llena de calor de hogar, de aromas, de abrazos, de manos, de carcajadas, de música, de vida. Todo se eleva, se expande, se ilumina. El amor viene de lo genuino, como los ojos achinados de las chicas por encima de los barbijos cuando nos reencontramos la noche del 05/09, como la complicidad idiomática que desarrollamos con Carbonita, como la mano que me da Marian con el delivery los viernes a la noche: ¿lo lleva ella o me lo llevo yo?, como las visitas de mi Natila y su cachorra Chimuela emocionada y meona, como los colores de las astromelias que veo cuando llego a casa, como el saludo de mi ahijado a las 4 am, como el canto de cumpleaños de mis sobrinos y mi cuñada, como los mensajitos de Mamá y el casi abrazo de Papá, como las conversaciones eternas con mis amigas del taller, como perderse en un libro hasta altas horas de la noche, como abrir los ojos cada mañana y sentir cada parte del cuerpo, como el cielo gris que enaltece al sol cuando reaparece tras ausentarse unos cuantos días. El amor viene de esas tantitas cosas que solo puedo decir gracias a la vida.

Asiento de citas

Tenemos un grupo de WhatsApp con mis amigas del taller de Literatura. Hablamos de la vida, del trabajo, de nuestras realidades en la Argentina y fuera de ella. De las que quedamos, de las que se fueron, de las que se irán. De los hijos, de cómo crecen y se vuelven difíciles y lejanos. De los hombres, de los compañeros de vida, de los chongos.
Qué paja las primeras citas.
Dejen de perder el tiempo en Apps.
Nos llevamos bien, nos matamos a veces pero lo normal de estar juntos todo el día y solos.
Cada una con su realidad. Soy la menor del grupo, y por eso, las chicas creen que conservo cierta ilusión que prefieren no neutralizar. No se equivocan, a pesar de mis cientos de primeras citas, de algún modo inexplicable, conservo un saldito de fantasía. ¿Demasiadas citas, te parece? No me enorgullezco ni me ruborizo. Debo ser una idealista del amor, una romántica empedernida o una jodida implacable que todavía no encontró la horma de su zapato. Claro, ancho 40 y medio y largo 41, no cualquiera maneja el calzado a medida. Como buena hija de emprendedor, no me rindo y no niego que mis relatos estén más cerca de un asiento contable que de historias amorosas exitosas.

Sigo apostando de un modo calculado. Era hora de que calcularas un poco, Amelita. Tan soñadora, dramática, manipuladora, enojona, caprichosa, novelera. Tan de ir con tu corazoncito lábil, casi fuera de tu cuerpo, como una ofrenda para regalar a cualquier gil que te presta un poco de atención. Puede ser que tenga alguna expectativa, no lo niego. Pero si no, ¿para qué activo toda esta maquinaria infernal? Esa cuestión livianita y desinteresada que nos propone la virtualidad nos ha vuelto unos soretes, y con este enunciado me disculpo de haber sido una mierda con algún chongo. Y con chongo, me refiero a aquel con el que hubo más que palabras bonitas, emojis y boludinas, hubo encuentro en el mundo físico. Como si el tiempo no valiera de nada, como si aquella persona con la que compartiste algo no fuese más que una foto de un desconocido ¿Qué pasó? Nos estamos deshumanizando. Y es loco, porque la ecología se quema las pestañas promoviendo campañas alentadoras del consumo inteligente, de reducción de basura, y toda una perorata no menor. Y muchos compramos ese speech, queremos ser ecológicos, considerados con el medio ambiente, pero no podemos comportarnos como humanos con otros humanos. Porque todo dura lo que una historia en Insta. Todo debe ser chill, que fluya bebé. Y nada menos fluido que coger con un extraño del que tenés un par de chats, algunos llamados y una grilla de fotos especialmente elegida para encantar.
Tanto hedonismo me desconecta de lo que verdaderamente importa. Debe ser que estoy demasiado enfocada en los chongos. Basta de decir chongo. Empecemos por ahí. Tengo que dejar de mirarme el agujero que tengo en la panza, abandonar mi frasco, levantar la vista para ver que Elena se ríe como una loca, que ya come banana, batata y pescado al vapor, aunque la palta sola no le cabe tanto. Tengo que reservar la parrilla para que Flor y Pepe hagan el asado dominguero tantas veces prometido. Tengo que salirme de los quilombos diarios del restaurante y encauzarme en mi proyecto de comunicadora. Tantos tengo, tengo.

En fin, sigo apostando a lo que sea que pueda proveerme este mundo de hoy. Como la sabiduría que plasmo en estos 7 consejos que nadie me pidió para desenvolverte en las Apps de citas:

  1. Evitar la palabra cita al acordar un potencial encuentro con un sujete. Aflojemos con la pelotudés del inclusive, que el tema no va por ahí. Cita es un término demodé y genera cierta actitud de cuarentena estricta.
  2. Elegir un lugar neutral.  A lo de ni en tu casa, ni en la mía ni en un telúrico te agrego: elegir un lugar que no conozcas, o al que tengas ganas de ir a pasear, a comer, a beber, a rollear, whatever. Una experiencia más craneada te permite amortizar cualquier situación incómoda, a saber: falta de diálogo, conexión, química o sentido del humor. Si tenés que subtitular, ahí no es.
  3. Tener claro que química mata ilusión. El biri biri se puede ir alegremente a la mierda con solo rozarle los labios y no sentir el chispazo. It´s a kind of magic. En serio, se va todo al carajo sin chemistry. Cuando explicaban física y química, yo le daba al bombo leguero en la clase de música. ¿Se ve que no prestaba atención? O escribía pelotudeces en las hojas Rivadavia: hoy lo vi a Fulanito y bailamos un lento de Ricky Martin. Corazoncito, sticker, sticker posta, de felpa; pedazo de guirnalda de un asalto pegado con cinta scotch del lado de atrás. Porque ante todo, prolijita.
  4. Usar el predictivo. Una palabra impertinente puede dar pie a una conversación hilarante. No hay torso, billete, título u oficio que supla al uso correcto de la Lenguay del ingenio.
  5. Manejar expectativa cero. Ilusión cero. Alcohol cero. Pará. Porque nada puede garantizar una experiencia feliz, no importa la fuente de la que proceda el candidato, si su currículum fue referido por alguien de suma confianza, o fue reclutado personalmente. En tiempos modernos, de poco sirve haber intercambiado tu visión del mundo o unos cuantos fluidos.
  6. Reconocer cuando el otro está en un channel diferente, bebé. Sí, queride, toma tus cartas, tus cosas y nunca te arrepientas, dame la mano, un beso y pega la vuelta. En serio, jugá limpio. Si no te gusta que te ghosteen, no ghostees. No te dejes fantasmear por ningún sujete que convulsione con emojis o le huya al feedback.
  7. Marikondear la chongoteca. El orden y limpieza trae alegría. Reciclar hace bien. Si ya no te hace feliz, afuera.
    Que lo único que te deje recalculando sea la gallega del Waze.

Intensa Mente

Febrero. Me dejo ser. Siento el aire liviano. Quiero pintar todo de rojo. Tengo que hacer más acciones con bodegas. Se casa mi mejor amiga en unos días. Desarmo sillas, las retapizo. Sueño que soy una restauradora: de panzas, de muebles, de cachivaches. Escribo en momentos de desvelo. Diseño las piezas de comunicación del día de los enamorados para el Cuchi y el salón. Escucho playlists de canciones románticas, y le doy repeat a los temas que me desgarran. Me gusta sentir el ardor de las lágrimas corriendo por mis mejillas. No es difícil que una letra me conmueva. Soy más romántica que un posible dúo de Mon Laferte y Ed Sheeran (si el Arjona sajón grabó con Paulito Londra, todo es un posible featuring) y otras cuantas melodías caldeadas de cursilerías. Corazones, flechas, dagas, ¿dragones? Rojo, mucho. Un montón. Los detractores dirán que el 14 de febrero o el mes del amor, es una acción de marketing para vender más chocolates, para fajarte con las flores, las escapadas y las cenas especiales. Los partidarios diremos que se trata de aprovechar el ambiente cachondo para fomentar el encuentro, el reencuentro, el diálogo, el sexo, la intimidad, el sexo, sí, dos veces, tres, cuatro… Está faltando mucha comunicación y no lo digo para que me contraten aunque mal no me vendrían unas changas. Involucrarse es de goma, tolerar es de boludo y profundizar, ¿qué es eso? Aunque navegar historias ajenas es mucho más patético que lo anterior. Si tenés a tu persona favorita al lado, soltá lo que estés haciendo, dejá de mirar las pelotudeces que te querés comprar. La oferta seguirá mañana, porque nadie vende un carajo, sin Macri, con Alberte, Cristine, whatever. Decile cuanto la querés, del modo que te salga. No repitas gestos, pensate algo nuevo. Y hacéselo saber, aunque el gesto y la notificación te parezcan redundantes. No siempre menos es más. Me acuerdo de vos, mi amor. Permitite un poco de cursilería. Bailate un lento en el living, sí, que vuelvan los lentos. Esa sí fue una buena campaña, la publicidad argentina tiene cosas grandiosas. CAE, agradecido. Me fui de tema. Mi deseo en este febrero es para un presente continuo: amémonos más, no para la foto, el video o la gilada que nos mira por IG. Conectémonos más con lo humano, con el momento, con las sensaciones, con los sentimientos. Este mensaje va para mi Amelia que es bastante propensa a papar moscas y comunicar cualquier nimiedad que pasa por su intensa mente. Esto también le cabe al que esté solo, chongueando, pescando. Aflojale a los emojis, mostre. Salí a tomar un café, una birra, una copa de vino. Solo, con un amigo, una amiga, un match, con quien sea. Sí, incluso el 14 de febrero. No paniquees. Los camareros no tienen ni puta idea de tu estado civil. Una cita en Valentines no significan mariachis o promesas de amor. O tal vez sí, pero quién sabe.

Requechos

Esta web que no tiene un fin, representa mi modo de vivir la vida, la forma en que el mundo me atraviesa, me conmueve, me estimula. Voy profundo, calo hondo, rompo la superficie para dejarme sorprender. Soy requechos de las cosas que junto por ahí, de las que algunos ensalzan, de las que otros descartan. Mis sentidos están alertas para levantar información incluso a la vuelta de mi casa, por la misma vereda que transito cientos de veces. Incluso el excremento que dejó de regalo el perro del vecino en el árbol del local, me moviliza y me lleva a pensar que el sorete solo es producto una descarga animal y no es culpable de su asquerosa condición, a diferencia del verdadero responsable, el vecino que se regocija de placer al verme agachada juntando la mierda de su mascota. Un día, voy a levantar el bodoque de mierda, y si no es ese, uno que sea lo suficientemente grande y con valor y altura, que tengo y mucha, voy a embadurnarle los dos parabrisas de su auto negro brillante recién encerado, con el que se pasea a ventanilla baja haciéndose el banana.

Melón

Víspera de Nochebuena. Estoy sentada en la mesa 1, que está armada para 6 personas. La ocupé porque está cerca de un toma y necesito cargar mi computadora. A mi derecha, están mi padre y sus amigos de San Lorenzo. Discuten de política, macristas contra kichneristas y a la inversa. Me entretienen el oído mientras escribo estas líneas. Siento cierta nostalgia por los pedacitos de vida que van quedando atrás, sobre los que vuelvo con la mente y el corazón y no para hacer un balance, porque es algo que escapa de mis habilidades y tampoco me interesa, sino para agradecer. Las circunstancias socio económicas no fueron las mejores, de hecho, no lo son desde que tengo uso de razón (no me juzguen si me llegó tarde). Bla, bla bla. En la Argentina, vivimos sorteando obstáculos producto de muchos factores, pero el más fuerte, la soberbia humana. La vida del emprendedor involucra estar un paso adelante, y me remito a mi ejemplo primario, mi viejo. Después, la vida, mi experiencia en El Cuchi, el día a día. Si te dormís, sos cartera, zapato y billetera. Si delirás, vas directamente a un fondo de comercio. Si la tenés atada, y esto refiere a la vaca, con perdón de los veganes que lean este texto, armás un plan de negocios con un proyectito que prometa una rentabilidad contundente al cabo de un año, y seguro te caen inversores de punta. Solo hay que encontrar el nicho y el gil que ponga la tarasca. Una boludés. Pero never give up, bro. Meloneá, meloneá, meloneá, porque está en temporada, rico, dulce, solo o con Crudo. Pero atenti con el verdulero que te lo huele en la cara y después, sabe a trapo mojado. Por eso, mi consejito: no manoseen a la vista del comerciante, cuando se da vuelta a pesar el primer insumo, acérquense al cajón que más les guste, sientan la firmeza de la fruta, la tersura de su piel, háganla suya y mándense directamente a la balanza con los tres duraznos en plan te ayudo así atendés al que sigue, sonrisita, guiño o manito en la espalda. ¿Te das cuenta? Eso es tener la economía en el balero. No vuelven más, no, mentira. No te cagan más, seguro.

De pijas y bombones

No es casual que hace días, o tal vez años, le doy vueltas al hecho de escribir acerca de cómo conocí a mi primer amor de verdad, mi ex. En todas estas páginas no hice más que reescribir anécdotas acerca de los tipos que rompieron mi alma con mi consentimiento. Será que tanto pijazo fue la excusa para evitar lo genuino, permanente, aburrido, insoportable, amoroso, tierno, monótono. El primer hombre que conoció mi intensidad y se quedó para aguantarla fue Pablo. Pablo no tiene seudónimo, es y será Pablo en este texto y fuera de él. Claro que antes de Pablo, tuve que sortear algunas piedras, como los gestos del rosarino que flasheó amor en Purmamarca y me llenó de Bonobones la maceta del hostel custodiado por una tierna llama que luego degustamos en milanesas, empanadas y otras delicias autóctonas. Un carilindo romanticón que tenía muchas condiciones: arquitecto, fotógrafo de hobby, atento, divertido, pensante. Fue una ilusión la de volver a encontrarnos tiempo después del cerro, el mate y la peña. Cuando cada uno regresó a su ciudad, seguimos hablando por Whatsapp, hasta que un día me dijo: perdoname si cuelgo, acaba de llegar mi novia.
Explicar otra decepción no agrega color al texto. Este sujeto, tal vez fue el más astuto al permitirse la piratería fuera de su ciudad natal. Amelia, hay algo en tu energía, estás dando una imagen que los tipos malinterpretan, no te valorás lo suficiente. ¿WTF? Después de archivar a mis muertos, ignorar llamados y escupir bombones, me tomé un descanso. El resentimiento hacia el mundo chongueril duró lo que mi instinto se mantuvo contenido, hasta que en algún lado escuché a alguien hablar del tema, o algún algoritmo de internet pensó que ya había sufrido lo suficiente y me sugirió bajarme una App de citas. Así es, más o menos, como llegué a Tinder y al modo no menos casual de conocer pijas multiformato. Esta aplicación es una suerte de catálogo fotográfico de hombres y mujeres, un book interminable de escaso contenido literario, en el que algunos pocos descollan sus descripciones. Y aún teniendo una carta de presentación potable para complementar a una buena selección de fotos, o a la inversa, la experiencia te lleva a desconfiar del marketing personal. No somos los que decimos ser. Replicamos nuestras figuritas en cuanta red social se presenta, adaptando el marco a cada plataforma. Volviendo a Tinder, se la categoriza como una herramienta para encuentros casuales. ¿Cómo funciona? Después de configurar cuestiones relacionadas a sexo, edad y rango geográfico, se accede a los perfiles, que no son más que una foto o selección de ellas, con un nombre, y debajo, dos íconos que representan tu decisión: si deslizás tu dedo hacia el corazón, le das; hacia la cruz, no le das. Si tu juicio frívolo se arrepiente porque viste de cerca la foto, el baño pobretón, te pareció forzada la pose, o te inquieta saber si los niños son los hijos, se puede bloquear ese perfil de dicha oferta. Te convertís en persona una vez que concretás una cita cara a cara. Ni siquiera el tiempo que destines a tratar de conocer a esa persona por chat, que puede iniciarse en la aplicación, y luego pasar a WhatsApp, que es otra aplicación que pareciera avanzar hacia cierta intencionalidad real, ni siquiera esa cotidianidad compartida en el fluir de mensajes y audios, puede reemplazar al hecho físico de compartir un café, una birra o un polvo. Las experiencias son acumulables como los contactos que van llenando tu agenda. Sí, podés coger en cuestión de minutos u horas, sobretodo si tu charla empieza cerca de la nochecita de un día cualquiera. Aunque manifiestes que no estás interesada en un garche express, cualquier sujeto puede sorprenderte entre mensaje y mensaje: me voy a duchar, linda! acompañado de una foto mitad torso, mitad calzón, sin jeta. Eso es lo que yo llamo, la foto p, o foto pija, también podría ser la foto banana o berenjena, pero la foto p tiene más impacto. Si respondés con tu foto p, o bueno, foto c, entrás en la dinámica del sexting*, y es posible, que no haya retorno. La única manera de no tocar fondo es suspender el estofado de cuerpos, voces, pijas, culos, tetas y conchas por un rato. El caldo se vuelve tan denso y oscuro, que te colma hasta reventar, hasta estallar en pedazos, hasta deconstruirte en las partes del todo. Ahí estás, otra vez flotando entre la tripa gorda y la pata de chancho. Es difícil encontrar el modo de comer a tu ritmo. Sé que no voy a renunciar a la carne, me niego a ser veggie como también a intercambiar figuritas con amigas de mis amigas, con amigas de amigas de mis amigas. Late, nola. Es posible que hayas compartido chongo con alguna conocida y hasta tengas la sororidad de advertir a otras mujeres, en caso de que tu cita haya sido un completo desastre. Ojo que este flaco se queja del precio de las rabas. Vas a tener que comer papas fritas, o conformarte con el maní toqueteado. Sí, entre nosotras nos apoyamos y compartimos las fotos y prontuarios para allanarle el camino a las que vendrán. Por momentos, te cansa, querés dejar de probar, de salir, de tener que mostrarme encantadora. Ya fue, que se me vean los hilos. Una esperanza asoma cuando conocés a un flaco que te gusta y se muestra caballero, no pone la excusa del feminismo para ir a medias. Relajate, disfrutá, sé vos. Cuando te encanta y pensás que fluye, empieza el aire. Tarda en responder, pone excusas para verte, contesta todo con emojis. No le gustaste, algo no le gustó, algo que dijiste, algo que pensaste en voz alta. Se lo traga la tierra, como a los muertos del mundo físico. No todos los chongos virtuales mueren después de corporizarse, algunos persisten un tiempito, otros son almas con insomnio que deambulan en el limbo virtual hasta desvanecerse, son avestruces curiosos sin apetito. Se acaba de separar, está chongueando con varias, se bajó la app para joder, no sabe lo que quiere, le gustó más la otra, vive más cerca, está confundido, volvió con la ex. Podrías seguir elucubrando posibilidades acerca de por qué alguien desaparece sin dejar rastros, eliminándote de su vida como si fueras un mensaje equivocado. No importa si compartiste fluidos de todo tipo o tu visión del mundo. Cualquier excusa para dejar de ver a alguien suena berreta y la honestidad, innecesariamente cruel. El silencio comunica, basta disiparse en la virtualidad. Como si no fuésemos humanos. Lo que decepciona es la falta de humanidad. Volvés a ser un perfil. Después de un par de pajas mentales intentando descubrir el móvil, nos gana el pragmatismo de un posteo instagramero: adiós a los que se fueron, gracias a los que se quedaron y bienvenidos los que vienen.

El cuerpo

Dejé de pensar en mi cuerpo como algo desagradable, como algo desagradable para mí. Me amigué con las formas que asientan los años y mis hábitos de vida que involucran el buen comer y beber. Pasé mucho tiempo obsesionada con el espejo y mis rendondeces ineludibles de la cara y el grosor de mis piernas y el volumen de mis nalgas y… tantas otras líneas que podrían ser de otra manera pero no son.

Dejé de pensar en mi cuerpo como un envase. Me centré en el contenido. Procuré llenarlo de experiencias, impresiones, textos. Descubrí que todo lo que cabe en ese recipiente es lo que le da sentido a la existencia: el conocimiento, las vivencias, los aromas, los sabores, los sonidos o la música, ay, la música que atraviesa cada estado, las luces, las sombras, los paisajes, el amanecer, la noche, llena de luces, el movimiento, la quietud, la oscuridad, la alegría, el dolor, las ausencias. Los logros, los fracasos, la ansiedad, la angustia, la felicidad. El cuerpo atraviesa cada una de esas sensaciones y todo lo que nos dejan. Nada es más placentero que sentirse vivo, en ese cuerpo. Ahí es donde experimento la verdadera unicidad, ahí es donde me siento plena de ser la que soy contenida en esas formas. No hay otro cuerpo igual al mío, porque no hay otro relleno igual al mío. Y ahí es donde radica el sentido del cuerpo, el de ser recipiente de todo lo que nos define.

Aeronave

18 de mayo de 2019

Estoy sentada frente al tótem que anuncia las partidas de los vuelos, en el aeropuerto de Ezeiza. Mientras espero a que se enfríe el café quemado que intento tomar de a sorbos del vaso de telgopor, detengo la vista en un avión de Iberia del que desprende una manga por la que intuyo, habrán circulado pasajeros unas horas antes. De tanto ir al baño, llegué al último llamado de mi zona, la 2, fila 30, asiento A, del lado de la ventana. Buen día, me sonríe la primera azafata. Buen día, muchas gracias, le respondo. Antes de sentarme, acomodo la carry on casi vacía en el porta equipajes. Del lado del pasillo, se sienta la señora B. Estoy nerviosa, un poco, pero no tanto como en otros viajes. ¿Será que estoy sola? ¿Será que me avergüenza expresar el miedo por temor a que la señora B lo absorba debido a la estrechez de los asientos en la clase turista? Ya estoy acá, sentada en la aeronave presurizada, controlando mi respiración, hablándole a mi claustrofobia para que no se manifieste. Amelia, abrochate el cinturón y entregate al placer de volar. Se te vienen todos los eslogan de aerolíneas varias pero ninguno te convence. Iniciás la charla con la señora B, o ella da el primer paso. No recordás quién rompe el hielo. Mientras informan las normas de seguridad en tu mini pantalla, hablás de la vida con la señora B. Lo primero que decís es que es tu primer viaje sola. Sí, lo decís con una sonrisa, como la de una abuela orgullosa que muestra la foto de su primer nieto. Mierda, estoy viajando sola, por primera vez en mis 33 años de vida. La señora B, a la que en reiteradas veces nombraré de este modo porque nunca supe su nombre aún en la manga transportadora de valijas, me cuenta que va a visitar a su hija a Palm Beach, un pueblo de Florida que queda a una hora y media de Miami. Comenta que su hija vive ahí hace 8 años, que está casada y tiene una nieta, y que su otro hijo, vive en Córdoba de donde es oriunda toda la familia. Así que ella vive sola en la provincia de Buenos Aires, porque enviudó hace un mes y medio. Cuando habla de su marido, los ojos se le humedecen y la voz se le quiebra. Me emociona pero me contengo, porque por una vez en mi bendita vida, me propuse ser fuerte. Me comprometí a disfrutar desde que me senté en esa silla incómoda que acrecienta mi dolor de ciático. Qué bien que sigas adelante, que no te prives de ir a visitar a tu hija y a tu nieta, le digo. Admiro su fortaleza, a medida que habla de su esposo con tanto amor, y percibo su tristeza en el tono de su voz. Se nota cuánto lo extraña, y su fuerza interior para levantarse todos los días e ir a trabajar. Ahí está la señora B, enfrentando su dolor, sentada a mi lado, yendo a visitar a su hija, a su nieta y a su yerno. Me olvido de todo, mi miedo se disipa ante la admiración que siento por esa mujer que apenas conozco. Dejamos de hablar cuando llega el desayuno. La veo cansada y la dejo dormir, algo que a mí me cuesta mucho. Aprovecho la tablita de la mesa para escribir, mientras escucho una playlist de música chill, con mi compañera, la turbulencia. Turbulencia, no te pienso, pienso en Josefina María diciéndome que son pozos de aire, no pienso en Josefina María, pienso en contar esta historia de viaje. No quiero escribir más. Quiero relajar todas las partes de mi cuerpo. Tengo muchas ganas de mear. El baño está justo detrás nuestro, algo de lo que no me percaté al hacer el check in online. Igual, no circula mucha gente, a diferencia de otros viajes en que la gente va y viene todo el tiempo, pidiendo re fill, estirando las piernas, rompiendo las bolas. Me estoy meando pero la señora B está inmersa en el sueño profundo. Ya conversamos mucho, tenemos cierta confianza y eso me inhibe la interrupción de su descanso. Contengo mi vejiga inquieta como el avión en turbulencia. Amelia, qué pelotuda. No entendiste el plano del avión al hacer el check in, como tampoco consideraste la necesidad de mear a la hora de elegir entre ventana o pasillo. Necesito dejar de pensar en el líquido amarillento que juega dentro de mi pelvis. ¿La despierto o voy a mear con ella cuando tenga ganas? ¿Y si sale a mear dentro de dos horas? La despierto y emprendo mi acuosa misión. Tras orinar largo y tendido, Bradley Barba Cooper. Digo eso a medida que avanza la peli A Star is Born en mi pantalla minúscula. Bradley Barba Cooper me hizo olvidar del meo, el miedo y las horas restantes. Bradley interpreta a un músico y productor alcohólico. Lo amo, lo amo a él y a Gaga sin maquillaje desplegando talento. Los amo a ambos y a mi vejiga vacía y apacible. Cooper, en cuero y cantando. Me quiero casar con Cooper y con Gaga. A esta altura, en las alturas, la copa de vino del almuerzo y el clonazepam hablan por mí. No veo nada, y no es por el vino y la sub-lingual, es porque el avión se puso en modo dormir, y las persianitas plásticas están bajas. Las luces laterales no iluminan lo suficiente, se me deforma la letra y se me forma el sueño. Feliz descanso, señora B, Bradley Barba Cooper y Gaga.