DIARIO NO TAN ÍNTIMO

Escritura, catarsis, reflexiones. La vida vuelta ficción.

El gatofloro, octubre de 2011- marzo de 2014
Empleado de área comercial en editorial de renombre, músico aficionado. Huérfano. Fallece el 13 de marzo de 2014, poniendo fin a su infelicidad agonizante. Yo al final quería curtir y vos no me querías ver, fueron sus últimas palabras. Descansa en paz en las calles Ortega y Gasset y Luis María Campos.

El provinciano, ¿?
Abogado independiente, militante de partidos fantasmas, masticador incansable. Acusado de querer metérsela en seco, también a la hermana de la redactora. Visto por última vez en Libertad y Lavalle. Se ignora la fecha de su muerte.

El culposo,  julio de 2011 – febrero de 2012
Ingeniero en telecomunicaciones en importante empresa nacional proveedora de servicios de tv por cable. Amante de los rollers y los cómics. Escurridizo, falsificador. Fallece en febrero de 2012, tras una cobarde retirada de la guerra. Sus restos yacen en el Cementerio de los Cagones. 

El animal, marzo de 2013 – octubre de 2013
Abogado eficiente, fanático de los deportes, portador de un lomo infernal, amante cumplidor. Desaparece sin dejar rastros en octubre de 2013. Tuvo una aparición post mórtem el pasado febrero de 2014, en una bonita provincia del norte.

El candidato, marzo de 2014 – ¿?
Licenciado en comercio internacional, emprendedor nato, tipo de armas tomar. Generoso, sociable y cariñoso. Galán para enamorarse en dos citas. Visto por última vez en la calle Honduras al 5000. Deja su país para capacitarse en el exterior y ver crecer a su sobrino, hijo de su hermana radicada en los Estados Unidos. 

Decidí empezar un obituario porque tengo déficit de memoria. De ahora en más todos mis muertos o los que han matado mi ilusión, van a tener su fecha de nacimiento y de defunción, no para dejar constancia de su existencia en mi línea de tiempo, sino para ordenar este caos de hombres que entran y salen del texto caprichosamente. 

Hay algo de masoquismo en quien escribe, cierto goce en el sufrimiento. Soy una p de pánfila, una p de perdedora, una p de patética, una p de paria. Sin esta p de padecimiento, tendría que narrar cosas felices, sosas, cursis, empalagosas, y de eso, no puedo hablar demasiado, porque así como en la vida, en el texto, la felicidad es un instante, un resultado, una conquista y a otra cosa. La felicidad es un trabajo, es cosa seria. Por eso, como dice Euge, mejor disfrutá la previa, porque la fiesta pasa volando.Y post evento,¿qué nos queda? Aferrarnos a las fotos, videos, capturas, anécdotas que repetimos durante los meses posteriores. La felicidad es un espejismo. Como Fabián, el armenio que apareció en una fiesta a mediados de 2012, mientras con Santiago íbamos y veníamos y yo hacía un esfuerzo por conocer a otro que borrara esa mancha en mi historia. Aunque para mi desgracia, la tela ya estaba percudida. Fabián se acercó esa noche y me dijo, ¿vos sos Amelita? Eh, sí, le respondí, ¿vos quién sos? Soy Fabián, me dijo. Amigo de Juani, el hermano de tu amiga del colegio, no te acordás, pero hablábamos por ICQ hace un par de años. No recuerdo haberme apretado a ningún Fabián, pensé. Y en esa nube caótica, plop, ventana de ICQ. Fabián tenía 19, yo 14 o 15. Solo chateábamos, y éramos demasiado púberes o tímidos como para romper el hielo en una heladería. No puedo creer, estás igual que en las fotos, me dijo. Yo no sabía si ser la versión femenina de Dorian Gray era un halago, porque según Fabi yo tenía 26 años pero parecía de 14. En esa noche de fiesta, charlamos un largo rato y cuando le dije que tenía que irme, me pidió mi número de celu. Si apunta tu número, es que está interesado, diría mi amiga Agostina, que volvió de Madrid y dice carretera en lugar de autopista. Unos días después de ese finde, Fabi me escribió un mensajito y empezamos a chatear por SMS. Me contó que se había recibido de Ingeniero en telecomunicaciones, que estaba trabajando para Cablevisión, que tenía muchas reuniones con chinos y unas cuantas cosas más que me parecían fascinantes. Yo le conté que había estudiado Diseño de indumentaria en la UBA y que casi terminando el primer año, decidí cambiar de rumbo porque no me veía futuro en la moda. Así que nada, sabía que lo mío era la expresión y acá estoy, estudiando Comunicación en la UCA, enuncié orgullosa. Nuestras conversaciones se volvieron cada vez más frecuentes. Me llamaba por teléfono, nos mandábamos mails con canciones o videos que nos gustaban. Y entre una cosa y otra, se me ocurrió preguntarle si estaba con alguien. Estoy de novio, respondió. ¿Qué onda? ¿Se pusieron todos de acuerdo? Es un hecho, desde que conocí a Santiago, estoy condenada a lidiar con tipos inseguros que necesitan saber si todavía tienen chances en el mercado femenino, o solo quieren histeriquear, y yo entro, como un caballo, como una potra indomable. Fuck, otra vez haciendo de la amiguita psicóloga que te presta la oreja y te coge en el sueño. Fabián sostenía muy fuerte el estandarte de la amistad y yo solo pensaba en cómo derribarlo. Fuimos conociéndonos, buscándonos, compartiendo momentos ordinarios. Salimos a comer, a tomar helado, otra vez a comer, al cine. A la salida del trabajo, cuando yo todavía trabajaba en 25 de Mayo y Corrientes, nos encontrábamos en Puerto Madero para andar en rollers y nos quedábamos hasta tarde. Amaba saber que tenía esa cita sobre ruedas. Me sentía la protagonista de una novela teen, la bella virga, recontra caliente con el vampiro pálido que la protegía de su pija y el mordiscón transformador. Contenerse se volvía cada vez más difícil. Nos veíamos demasiado, Fabián me gustaba y yo a él. Una noche después de cenar, nos quedamos hablando en su auto. Pasamos tanto tiempo charlando que amaneció. Me dijo que no sabía qué hacer, que estaba confundido, que nunca le había pasado algo así durante su noviazgo, que yo lo había hecho replantearse no solo su relación sino otras cuestiones de su vida. Fue la primera vez que habló de su novia. Me dijo que la conocía hace mucho, que también era armenia, y que ambas familias esperaban que se casaran, que era lo que tenía que hacer. Toda este drama del amor imposible se acentuaba con la presión que Fabián sentía ante sus expectativas y las ajenas. El quería llegar a los 30 años con su futuro resuelto. Su destino se veía demasiado claro y trazado en oposición al mío, difuso e incierto. Él me hacía preguntas muy específicas y yo respondía sin certezas. Amelia, cómo te gusta embarrarte. No hay atisbo de que Fabián pele los huevos para enfrentarse a su novia, a la comunidad armenia y a la mar en coche. Le pregunté si quería que dejásemos de vernos y me respondió que no, que solo quería que yo supiera lo que le estaba pasando. Seguimos viéndonos, compartiendo tardes, como aquella vez que le conté que estaba muy triste porque mi madrina había fallecido: nos vimos en nuestro punto de encuentro para ir a rollear. Llegó con un chocolate gigante y una caja de pañuelos de papel. Me los entregó con solemnidad. Aunque la seriedad quedó olvidada en aquel pernocte automotriz, Fabián se las ingeniaba para intercalar preguntas acerca de cómo era yo en una relación, qué planes tenía, si quería casarme y tener hijos, entre otras cosas. Yo veía todo eso tan lejano que me sentía incapaz de responder algo de su agrado. En su cabeza iba completando los cuadrantes de mi análisis FODA: fortalezas, oportunidades, debilidades y amenazas. Porque claro, mirá si dejaba a la novia, a la comunidad armenia y a la mar en coche para estar conmigo y lo nuestro no funcionaba. Fabi quería consistencia y yo quería experiencia, él pensaba en romance, yo, en carne. Necesitaba demostrarle que frente a tanta mentalidad, tanto estado analítico, lo único que podía darle una respuesta primaria y primitiva, era el contacto físico. Una vez, se invitó a mi casa a cenar, en ese momento la de mis viejos, que estaban de viaje. Terminada la cena, nos fuimos al living a escuchar música y al rato me dijo de subir a mi habitación. ¡Al fin! pensé. Nos sentamos en mi cama. Miré a mi alrededor y sentí que mi cuarto acompañaba la escena infantil que estábamos viviendo: animalitos de peluche, cuadritos, fotos viejas, libros de Harry Potter. Nuestro silencio cortaba el aire, aunque de fondo se oyera la voz de Bono en la canción Bad. De pronto, sentí una mano de Fabi acariciándome la espalda. Me estremecí. Había esperado ese momento mucho tiempo. Me di vuelta para mirarlo y me acerqué como para darle un beso. Me corrió la cara. Cuando volví a sus ojos, los tenía llenos de lágrimas. No me dio lástima, en cambio yo, yo me dí lástima, me di la di en la pileta vacía. Bajo a abrirte, le dije. Y se fue, con la cabeza gacha, colgándome las ganas en el placard. Al otro día, me llamó varias veces, pero no lo atendí. Pasó una semana, y le escribí un mail, diciéndole que me había lastimado y que estaba equivocado si creía estar libre de pecado por no haber probado la carne, porque también se pecaba de pensamiento. Después de mi enojo, volvimos a hablar por teléfono. Esa tarde en la que hicimos algo parecido a las paces, llovía a cántaros. Me preguntó qué estaba haciendo y en dónde estaba. ¿Acaso importa?, le respondí. Mientras ordenaba unos apuntes viejos de la facultad, me llega un mensaje: estoy en la puerta. Otra vez, un retorcijón esperanzador. Bajo a abrirle entre contenta y nerviosa y lo encuentro empapado, subido a su bici. ¿Querés pasar? le pregunté. No, solo venía a decirte que me importás mucho. Y me besó bajo la lluvia, en la puerta de rejas. Me dio un beso que después de tanto esperar, me pareció insípido, incoloro y seco, digno de un culposo. Al día siguiente, me llamó para decirme que estaba arrepentido, que había sido un error, que iba a tratar de seguir con su vida y que lo mejor era no vernos más. Chau, Fabián, deseo que se te vuelen las chapas, que te caigan soretes de punta, que te parta un rayo.

Dejé de pensar en mi cuerpo como algo desagradable, como algo desagradable para mí. Me amigué con las formas que asientan los años y mis hábitos de vida que involucran el buen comer y beber. Pasé mucho tiempo obsesionada con el espejo y mis rendondeces ineludibles de la cara y el grosor de mis piernas y el volumen de mis nalgas y… tantas otras líneas que podrían ser de otra manera pero no son.

Dejé de pensar en mi cuerpo como un envase. Me centré en el contenido. Procuré llenarlo de experiencias, impresiones, textos. Descubrí que todo lo que cabe en ese recipiente es lo que le da sentido a la existencia: el conocimiento, las vivencias, los aromas, los sabores, los sonidos o la música, ay, la música que atraviesa cada estado, las luces, las sombras, los paisajes, el amanecer, la noche, llena de luces, el movimiento, la quietud, la oscuridad, la alegría, el dolor, las ausencias. Los logros, los fracasos, la ansiedad, la angustia, la felicidad. El cuerpo atraviesa cada una de esas sensaciones y todo lo que nos dejan. Nada es más placentero que sentirse vivo, en ese cuerpo. Ahí es donde experimento la verdadera unicidad, ahí es donde me siento plena de ser la que soy contenida en esas formas. No hay otro cuerpo igual al mío, porque no hay otro relleno igual al mío. Y ahí es donde radica el sentido del cuerpo, el de ser recipiente de todo lo que nos define.

18 de mayo de 2019

Estoy sentada frente al tótem que anuncia las partidas de los vuelos, en el aeropuerto de Ezeiza. Mientras espero a que se enfríe el café quemado que intento tomar de a sorbos del vaso de telgopor, detengo la vista en un avión de Iberia del que desprende una manga por la que intuyo, habrán circulado pasajeros unas horas antes. De tanto ir al baño, llegué al último llamado de mi zona, la 2, fila 30, asiento A, del lado de la ventana. Buen día, me sonríe la primera azafata. Buen día, muchas gracias, le respondo. Antes de sentarme, acomodo la carry on casi vacía en el porta equipajes. Del lado del pasillo, se sienta la señora B. Estoy nerviosa, un poco, pero no tanto como en otros viajes. ¿Será que estoy sola? ¿Será que me avergüenza expresar el miedo por temor a que la señora B lo absorba debido a la estrechez de los asientos en la clase turista? Ya estoy acá, sentada en la aeronave presurizada, controlando mi respiración, hablándole a mi claustrofobia para que no se manifieste. Amelia, abrochate el cinturón y entregate al placer de volar. Se te vienen todos los eslogan de aerolíneas varias pero ninguno te convence. Iniciás la charla con la señora B, o ella da el primer paso. No recordás quién rompe el hielo. Mientras informan las normas de seguridad en tu mini pantalla, hablás de la vida con la señora B. Lo primero que decís es que es tu primer viaje sola. Sí, lo decís con una sonrisa, como la de una abuela orgullosa que muestra la foto de su primer nieto. Mierda, estoy viajando sola, por primera vez en mis 33 años de vida. La señora B, a la que en reiteradas veces nombraré de este modo porque nunca supe su nombre aún en la manga transportadora de valijas, me cuenta que va a visitar a su hija a Palm Beach, un pueblo de Florida que queda a una hora y media de Miami. Comenta que su hija vive ahí hace 8 años, que está casada y tiene una nieta, y que su otro hijo, vive en Córdoba de donde es oriunda toda la familia. Así que ella vive sola en la provincia de Buenos Aires, porque enviudó hace un mes y medio. Cuando habla de su marido, los ojos se le humedecen y la voz se le quiebra. Me emociona pero me contengo, porque por una vez en mi bendita vida, me propuse ser fuerte. Me comprometí a disfrutar desde que me senté en esa silla incómoda que acrecienta mi dolor de ciático. Qué bien que sigas adelante, que no te prives de ir a visitar a tu hija y a tu nieta, le digo. Admiro su fortaleza, a medida que habla de su esposo con tanto amor, y percibo su tristeza en el tono de su voz. Se nota cuánto lo extraña, y su fuerza interior para levantarse todos los días e ir a trabajar. Ahí está la señora B, enfrentando su dolor, sentada a mi lado, yendo a visitar a su hija, a su nieta y a su yerno. Me olvido de todo, mi miedo se disipa ante la admiración que siento por esa mujer que apenas conozco. Dejamos de hablar cuando llega el desayuno. La veo cansada y la dejo dormir, algo que a mí me cuesta mucho. Aprovecho la tablita de la mesa para escribir, mientras escucho una playlist de música chill, con mi compañera, la turbulencia. Turbulencia, no te pienso, pienso en Josefina María diciéndome que son pozos de aire, no pienso en Josefina María, pienso en contar esta historia de viaje. No quiero escribir más. Quiero relajar todas las partes de mi cuerpo. Tengo muchas ganas de mear. El baño está justo detrás nuestro, algo de lo que no me percaté al hacer el check in online. Igual, no circula mucha gente, a diferencia de otros viajes en que la gente va y viene todo el tiempo, pidiendo re fill, estirando las piernas, rompiendo las bolas. Me estoy meando pero la señora B está inmersa en el sueño profundo. Ya conversamos mucho, tenemos cierta confianza y eso me inhibe la interrupción de su descanso. Contengo mi vejiga inquieta como el avión en turbulencia. Amelia, qué pelotuda. No entendiste el plano del avión al hacer el check in, como tampoco consideraste la necesidad de mear a la hora de elegir entre ventana o pasillo. Necesito dejar de pensar en el líquido amarillento que juega dentro de mi pelvis. ¿La despierto o voy a mear con ella cuando tenga ganas? ¿Y si sale a mear dentro de dos horas? La despierto y emprendo mi acuosa misión. Tras orinar largo y tendido, Bradley Barba Cooper. Digo eso a medida que avanza la peli A Star is Born en mi pantalla minúscula. Bradley Barba Cooper me hizo olvidar del meo, el miedo y las horas restantes.    Bradley interpreta a un músico y productor alcohólico. Lo amo, lo amo a él y a Gaga sin maquillaje desplegando talento. Los amo a ambos y a mi vejiga vacía y apacible. Cooper, en cuero y cantando. Me quiero casar con Cooper y con Gaga. A esta altura, en las alturas, la copa de vino del almuerzo y el clonazepam hablan por mí. No veo nada, y no es por el vino y la sub-lingual, es porque el avión se puso en modo dormir, y las persianitas plásticas están bajas. Las luces laterales no iluminan lo suficiente, se me deforma la letra y se me forma el sueño. Feliz descanso, señora B, Bradley Barba Cooper y Gaga.

Estuvo todo riquísimo, como siempre. Esas fueron las palabras de Pablo, un cliente habitué, celíaco, que cena temprano junto a su mujer Sol y su hijita Paz, también celíaca. Ese como siempre resonó en mi cabeza por unos segundos, provocándome una sonrisa de felicidad, porque es cierto que a pesar de que reniego, una parte de mí es responsable de ese éxito y mi papá tiene razón cuando me dice que me cuesta disfrutar de los logros. Pero el pez por la boca muere. O el muerto se ríe del degollado, creo, porque siempre él o yo siempre estamos buscándole la espina a la merluza, solo que nos turnamos, pero suelo ser yo la que se lleva todos los premios. Que no disfruto, puede ser, y creo que no lo hago desde que tengo uso de razón, de intensa razón, de intensa razón inconformista. Nunca es suficiente, podrías hacerlo mejor, es un mantra que resuena en mi cabeza una y otra vez. Cuando miro el logo que diseñé, pienso si no hubiera sido mejor llamar a un diseñador gráfico. Llamo a un experto recomendado, coordinamos una entrevista, intercambiamos ideas y seguimos en contacto vía mail. Al cabo de unos días, recibo 3 logos casi idénticos. Ninguno me conmueve lo suficiente como para avanzar, pago por el trabajo realizado e interrumpo el desarrollo de la marca. Lo que me propuso lo puedo hacer yo, pienso mientras reveo las imágenes. Prescindo del diseñador, no sé si por miserable o por autosuficiente. Hago mis bocetos, me baso en el concepto de una firma que pensé originalmente, me divierto probando y descartando tipografías hasta encontrar la que refleje el verdadero espíritu del Cuchi. El nombre se le ocurrió a Nati, mi hermana, que hoy ya no participa del restaurante. Me sacaste las rueditas de la bici, le dije cuando me dijo que se bajaba de la gastronomía, que la atención al público no era para ella, que prefería hacer los números pero no lidiar con la clientela.

El Cuchitril surgió en uno de esos tantos abrumadores días de obra mientras Nati caminaba entre los escombros de un ph en ruinas. No imaginábamos cómo alguien podía vivir entre esas paredes prutefactas, resplandecientes de mugre, dejadez y decadencia. Fue lindo ese proceso de armar algo desde la nada. La parte más entretenida vino después de la obra húmeda. Mi papá iba a cuanto remate se publicaba y de repente se aparecía en la puerta del Cuchi con un flete lleno de sillas que olían a melancolía de final inexorable. Yo pensaba en la energía de esos muebles fracasados en otro domicilio, y también, en la antigua dueña de la casa que se había desvanecido junto con la estructura original, y cuyo espíritu, creíamos, se hacía presente en el ascensor, un aparato infernal, nuevo y caprichoso, que nos asustaba con su ir y venir arbitrario cuando nos quedábamos solas al cierre del restaurante. El Cuchitril pronto se convertiría en El Cuchi, no solo para nuestra familia, sino para nuestros clientes.

Mis padres me soñaron en el barrio de Caballito, en la calle José Bonifacio casi llegando a la esquina de Achaval. Desde el primer día, decretaron que mi nombre comenzaría con c. Cuando escuché a mi mamá pronunciar Cuchitril, dudé un poco. Pero después de pensar en los apodos que me dirían mis amigos, me quedé más tranquilo – no quería tener un nombre que la gente no pudiera abreviar -. Me estoy poniendo lindo para recibirlos, El Cuchi.

Ese mensaje circuló entre los vecinos antes de la apertura. Hoy, El Cuchi tiene un año y dos meses y mantiene la propuesta original: un restaurante y bar porteño que coquetea con recetas mediterráneas y ofrece espacio para pequeños eventos. 
Nunca es suficiente y no hay que dormirse en los laureles y otras hierbas, porque la competencia no va a tardar en llegar. hay que dormirse porque la competencia no va a tardar en llegar. Arrancamos a sugerir un plato especial cada día, sumamos una noche de música en vivo, y hasta me doy el lujo de acompañar al músico interpretando temas clásicos de épocas vividas por otros. Toda mi energía al servicio de esta casa que dista mucho de lo que su nombre sugiere. Deberían verme escribir los pizarrones, borrando las cursivas desparejas con un trapo húmedo. Qué obsesión por lo recto, Amelia. Por lo recto y por la ortografía. Me duelen los tres signos de exclamación tanto como las MAYÚSCULAS que usa el mozo para escribir un mensaje de tiza. NO TE PIERDAS!!! Reconozco esta nimiedad, pero solo el tiempo y la experiencia me pondrán en el lugar que corresponde, la caligrafía bella no hace al buen servicio, tu negocio no es vender belleza estética, o tal vez sí, aplicada a un plato tentador, colorido y prolijo. Siempre tan prolija, vos, Amelia, se te torció el renglón del postre. Amelia, hay una mancha de salsa en uno de los menúes. Las manchas me cagan la vida, desde siempre, desde antes de nacer. No puedo las puedo tolerar. Ay pará, tengo la camisa manchada. No te manché, me dice el barman, es agua. Sé que no es agua, porque al secarse la tela, la aureola sigue intacta. Me remonto a la infancia, llena de torpezas y accidentes producto de mi forma atolondrada de andar, de jugar, de comer. Me manchaba siempre y mi mamá, reina del impoluto, atacaba con artillería química. Si estábamos comiendo en un restaurante, tomaba la botella de agua con gas y embebía una servilleta que frotaba enérgicamente sobre la superficie manchada. Si no era suficiente, me llevaba al baño, le untaba jabón y dele frote que te frote. Pero si era grasa de alguna salsa, aceite o achura, me tiraba sal para que se absorbiera. Ensuciarse hace bien en el mundo de los vende jabones. No en el mundo de Amelia. Yo era la impecabilidad con rulos. Impecable. Que no peca. No sí, yo peco, soy una gran pecadora, que casi garchó en presencia de la ley y unas cuantas veces en la cama de mis viejos cuando se iban de unos días a la costa. Ensuciarse hace bien, promueve el jabón Ala. Ensuciar la cama de los viejos después de coger, hace bien, y le da de comer a mi terapeuta. Este libro no trata de moralinas publicitarias, sino de la búsqueda del amor o algo parecido. Así que si tengo que ir a Mataderos en una cruzada por mi media res, agarro el auto y voy. Voy cabalgando en busca de mi trozo de carne y el camino me distraigo con algo mucho más sabroso y nocivo, las mollejas de corazón, que en mi opinión, son las más tiernas, pero hay quienes prefieren las de cuello o degolladura, no sé si por gusto o por costo. Este saber cárnico se lo debo a Ernesto, el galán de las carnes, que ahora lo tengo en Whatsapp y se zarpa en piola: A vos te lo entrego cuando quieras, mamita. Vos tenés coronita, decime a qué hora y estoy ahí. Chau SAME, 911 y Kiosko 24 hs. Ernesto brinda un servicio completo.

La que no entregaba era yo. Con Francisco, el correntino, salí casi 6 meses. Nos conocimos en la noche, por mi facilidad para la danza o porque los candidatos se me revelaban mejor en la oscuridad. El rompió el hielo y yo, mi vaso de trago largo. Hola, ¿no sos de acá, no? me preguntó con un acento de alguna provincia desconocida para mí. El tipo fantaseó con que yo venía de Paris o de alguna otra ciudad memorable. Lamento desilusionarte, pero soy más porteña que el tango. Hablamos lo que nos permitió el volumen de la música e intercambiamos los números de celular. Siempre fíjate que el flaco te pida el número, no que te cante el suyo. Si no te lo pide, no tiene interés o está comprometido. Chabón, anotate mi número si querés invitarme a salir, pensé. Pero el correntino me sorprendió y me pidió el número antes de que yo emprendiera la huida. Una semana después, me invitó a tomar algo a Million, un bar divino en una casona de estilo francés del siglo pasado. Una hora después de ponernos al día tomando unos tragos en el jardín, sugirió que nos fuéramos a su departamento. Aunque yo estaba algo pasada de copas, recuerdo que su casa quedaba cerca del consultorio de mi tía, por Marcelo T. de Alvear y Talcahuano. Claro, Amelia, te invitó a un bar cerca de su bulo, ¿cómo puede ser que te percates de este detalle mientras relatás esta historia, casi 12 años después? No, Amelia. A su casa no. Bueno ya estamos cerca. Mierda, ¿no sabés decir que no, pendeja? Corrientes no está mal, parece más o menos serio, sé que no te seduce demasiado pero dale para adelante. ¿Y ahora qué? Le vas a tener que decir que estás a medio estrenar. Aunque en realidad seguís siendo una virga, por más que hayas conocido una chota. ¿Le vas a decir algo de la puntita? Si tiene experiencia, se va a dar cuenta solo. Ahí estamos, en su habitación, iluminada como la guardia de un hospital. Intuyo que debe tener lámpara bajo consumo, delatora del pelo del bozo que me olvidé de sacar con la pincita. ¿Me depilé la tira de cola? No me acuerdo, creo que sí. El está demasiado caliente y yo, intento disimular mi falta de relajo y la transpiración nerviosa que emana mi piel. Trato de no pensar, porque siempre pienso pienso pienso, pasa que triple pienso y me olvido de existir. Otra vez, se me cierra el culo, el culo no, los otros agujeros. Vamos nena, abrite, abrí las gambas, abrite al placer y relajate. Cierro los ojos un momento. Pienso en Corrientes, en el campo, en los hombres fuertes de campo, con las manos ásperas y la piel bronceada y curtida por el sol de los que amanecen con el cantar animal. Me transformo en un animal, un poco retobado al principio, y luego de oler a Corrientes, me quedo manso, dejo que me rodee, me embista y empuñe su vaina. Tranquila, Amelia, ya la tenés adentro. Los ojos de Corrientes brillan de júbilo y los míos, supongo que de gozo. ¿A quién quiero engañar? No acabé, ni siquiera me mojé un poco. Tras algunas exhalaciones profundas, Francisco empezó con un cuestionario que pareció un examen pre-quirúrgico, fue algo incómodo explicarle el intento fallido de su antecesor, pero su cara cambió ante la idea de ser mi profesor sexual. A pesar de que no moría de amor por él, me di la chance de salir con este abogado, correntino, apasionado por la política, de modales ordinarios y pésimo vestir. Íbamos de copas, a ver bandas chicas, a bailar funk, me quedaba a dormir a su casa, lo acompañaba a comprar al súper, cocinábamos juntos, o mejor dicho, yo lo miraba cocinar. Qué extraño, dormir en la casa de este tipo. Cómo ronca, ¿tendrá sinusitis o sueño pesado? Me incomodaba la intimidad con él, su forma de tocarme, de provocarme. La mayor parte de las veces, me abría la puerta de su casa y me arrinconaba como perro en celo. Si el flaco te gustase, eso no me molestaría en absoluto, me dijo la flaca en una de nuestras tantas charlas telefónicas. No sé, amiga, me siento un agujero, siento que no me presta atención cuando hablo, no le interesa lo que digo o piensa que soy frívola porque no tengo ideales políticos. Y lo peor de todo, tiene modales asquerosos. Llegué a pensar que pasó hambre, que proviene de una familia de muchos hermanos o tal vez, se crió entre bestias depredadoras. La primera noche que fuimos a cenar afuera, sentí vergüenza ajena. El correntino no levantó la vista del plato, hizo chillar los cubiertos haciéndome doler los dientes y antes de que yo apoyara los míos, me preguntó: ¿esto no lo comés, no? Puede que sean detalles. Dentro de todo, parece un tipo serio, quiere ponerse de novio y ponerla seguido. O ponerla seguido y ponerse de novio. ¿Acaso no era eso lo que querías? Pasaban los días y el se mostraba preocupado de que yo estuviera trabada para tener relaciones. Es cierto, lo nuestro no fluía, o yo no fluía. Creía que era cuestión de tiempo, de confianza y de sacarle presión al tema. Tanto insistió con mi imposibilidad de goce, que habló con su amigo ginecólogo y me agendó una cita. Sí, accedí a que un amigo suyo me ponga en los estribos para examinar mis genitales con un espéculo. ¿Estás conforme, Francisco? Pero eso no fue suficiente, y su preocupación crecía directamente proporcional a mi hermetismo. Cuanto más insistía, más me cerraba. Finalmente, sugirió que fuera a ver a un sexólogo, porque según Corrientes, lo mío era falta de deseo. Ah boeeee, nonono, eso ya es demasiado. Disipé la idea de visitar a otro profesional, y me propuse relajarme. Y mientras él me sostenía las piernas, lo hice, me relajé y conecté. Conecté con su entrada, esa superficie lisa y brillante digna del kipá. Deber ser eso, debe ser que cuando me acerca la lengua para chuparme la concha el brillo de su pelada me distrae. Es algo superficial, al igual que sus ruidos molestos al comer y los ronquidos profundos. Me perturba lo banal pero más la forma en que me subestima y me desacredita por no tener una bandera que defender. No, Francisco, te agradezco la preocupación, pero no voy a visitar a un sexólogo. Mientras los meses pasaron, mi incomodidad creció a la par de mi disgusto. Era algo tan simple y lo tenía delante de mis ojos: Corrientes no me gustaba y tenía que darle el olivo. Pese a mi esbozo de frases culminantes, recurrí a la más trillada, no sos vos soy yo, y así concluí la historia con el correntino que comía como cogía.

Pienso en Santiago y en el fracaso de la empresa del amor. Pienso que el amor y el corazón participan de una sociedad del mal. El amor es el cerebro discursivo y el corazón, el comerciante que te convoca, te seduce y te convence  con alitas en el estómago y una musiquita que tarareás involuntariamente durante días, meses, tal vez años. Pero con el tiempo, esas cosquillas se vuelven retorcijones, y la cancioncita, un zumbido insoportable. El corazón aprovecha tu displicencia, tu debilidad y tu falta de juicio. Te deja en pelotas, desamparado y triste como el perro de mi vecino que aúlla golpeándose contra la puerta de entrada, receptora de su soledad autodestructiva. Los efectos colaterales del amor.¿Qué es el amor? ¿Fue lo que viví con Santiago? Aunque el final de la historia era cantado, lo di vuelta una y otra vez para encontrarle los agujeros y repararlos, con la ilusión de elegir mi propia aventura y de sabernos en un presente juntos, atravesando obstáculos, pero escribiendo ¿nuestra historia?

Amelia, dejalo ir. Santiago nunca dejó de mirarte como a una nena de 25 años proveedora de buenos momentos. La noche que nos vimos por primera vez, yo estaba con mi amiga de la primaria, la flaca, la que objeta el entramado de mis novelas, la que me alerta cuando estoy por entrar en la espiral del sufrimiento y me banca en el derrape emocional. Mientras bailábamos y tomábamos cerveza, se nos acerca un sujeto de unos treinta y pico de años. Llevaba un saco de corderoy marrón que parecía heredado de un abuelo de percha grande. Una mirada de la flaca bastó para informar que le parecía un pelotudo sin gracia. Nos contó que estaba con amigos celebrando la despedida de soltero de uno de ellos que se iba a convivir con la novia, sí, a convivir, no se casaba. Y aunque pasara holgadamente las tres décadas, más bien parecía que iba directo a Mataderos a ser despostado. Para el profesor de blazer marrón y sus discípulos acobardados, convivencia, casamiento y castración resultaban sinónimos. En esta historieta, la flaca y yo veníamos a ser una suerte de heroínas aniquiladoras del aburrimiento, distractoras de sentencia del melenudo a sacrificar. Teníamos que bailar un poco y entretener al condenado en su peregrinar a la crucifixión. Unos metros alejado de la escena bíblica, estaba Santiago. Me pareció que era el hombre más lindo que jamás había visto.Tenía pelo oscuro, medio despeinado y con algunas vetas blancas. Piel morena, ojos marrón intenso y nariz perfecta. Altura media y contextura delgada. Llevaba puesto un abrigo verde militar, un jean roto y zapatillas Converse. No pude sacarle la vista de encima hasta que empezamos a hablar. Me contó que trabajaba en ventas en una editorial, que acababa de volver de viaje y que tocaba en una banda. En ese momento, yo trabajaba en una multinacional, estaba muy cerca de recibirme de Licenciada en Comunicación y la música también formaba parte de mi vida. Había cierto magnetismo en el aire, pero al percibir su timidez, tomé la iniciativa y lo saqué a bailar. Y comprobé que su habilidad rítmica debía estar en sus manos, o en sus oídos. Entre cervezas y pisotones, nos besamos y la química fue tan evidente como su arritmia. Mientras tanto, la flaca estaba a punto de ser santificada por remarla sola con el discipulado. Yo la miraba con la boca diciéndole ya voy y los pies, bancame un ratito más. Cuando salí de mi enajenación adolescente y le dije a Santiago que tenía que irme, él sugirió que nos fuéramos juntos. Respondí que no podía porque tenía que llevar a la flaca a su casa. Una excusa berreta para hacerme la difícil y volver a verlo. Nunca me pidió mi número de teléfono y, a cambio, me dio su mail laboral, hecho sentó un precedente en el historial de los tipos de mi vida. Lo anoté emocionada, sin saber que pertenecería a la saga de los piratas de la que pronto me volvería lectora recurrente.

No aguanté más de un día y medio y le escribí un mail con un tono canchero, relajado, como de quien curte el palo del rock, o al menos eso creí. Cero rollo, cero mambo, cero historia, 000. Seguimos en contacto por Messenger. Mi pequeña porción pensante del cerebro percibía su evasiva al hecho de vernos de nuevo. Pero Santiago ponía excusas bastante convincentes o yo era lo suficientemente negada como para tragármelas todas, como la primera, la del celular roto. Hasta que no pudo esquivar más el bulto y después de mucho vaivén virtual, lo dijo.

  • No es que no quiera verte, pero…tengo novia.
  • ¿Vos me estás jodiendo, no? ¿Y por qué chapamos, entonces?
  • No sé, me dejé llevar, conectamos re bien y no creí que fueras a escribirme después de esa noche.

Lo puteé con toda la fuerza de la virtualidad y la espuma saliendo de la boca, brotando del teclado en un frenesí de frases inconexas. Amelia, tenés dos opciones: dejarlo como una casualidad de besos aislados o meterte de lleno en el barro furtivo. Y elegí gastar pólvora en chimangos, porque mientras más me convencía de estar haciendo lo incorrecto, más quería hacerlo. ¿En qué estaba pensando? Me atraganté con mis códigos y mi dignidad. Me limpié el culo con los valores, la moral, la monogamia y la elección del buen partido. A la mierda las fotos familiares, las monjas chupacirios y los enlatados de Disney.

Santiago me apodó Campanita, Campis, y fui por mucho tiempo, su rato de magia para paliar la monotonía rutinaria. Con él, practicaba una suerte de discurso en el que podía prescindir de los hombres, mientras intentaba hurgar hasta el fondo, entender por qué Santiago no sentía culpa y saber si pensaba en mí como algo más que un neutralizador del aburrimiento monogámico. En mis pensamientos, se filtraba un final trillado de comedia romántica en la que todo se resuelve por obra del destino. Santiago me parecía un infeliz, un egoísta, un sorete, pero no podía evitar quererlo, y a medida que lo iba descamando y despinando, sus miserias salían a la luz. Empecé a apiadarme de su historia y a dejar de creerme mejor que él. Compartimos vino, música, sexo y culpa. Algunas veces, él venía a mi casa cuando mis viejos no estaban. Pero casi siempre, yo iba a la suya, cuando todavía no convivía con su novia. Pasábamos un par de horas y nos despedíamos a eso de las dos o tres de la mañana, pero nunca dormíamos juntos. No éramos grandes amantes, no había grandes despliegues, supongo que por ese alguien perjudicado, ese fantasma que inhibía un polvo intenso, un abrazo o cualquier otro gesto de cariño. El hecho de que no esperara de mí un gran desempeño en la cama, me tranquilizaba. Nuestra dinámica consistía en no recriminarnos nada. Los meses pasaban y ese principio de comodidad, se transformó en deseos sin expresar y en desilusiones que empecé a escribir en un cuaderno. La idea de que Santiago ya tenía su proveedora de amor, fue cobrando peso y arraigándose en mi cabeza cada vez que pensaba en él. Acepté las reglas del juego y desestimando mis chances de alterarlas, iba y venía, saliendo con uno y con otro, tratando de olvidarlo, pero ahí estaba él, ineludible como mi marca de varicela en la mejilla izquierda. Aunque intentara cubrirlo, aunque me enojara conmigo por aceptar esos ratos juntos, una parte de él ejercía una tracción inevitable. Y no eran sus palabras, sus silencios, sus ausencias, su música o su sexo. Era él y su imposibilidad de ser para mí, era él y su elección, era él y su rechazo. Para mí, enamorarme era querer lo que no era para mí. Hasta que un día, él suspendió el juego. Me dijo que sentía cosas fuertes por mí. ¿Por qué no te quedas a dormir? ¿Por qué no podemos disfrutar un poco más? Cuando lo dijo, seguía con ella. Esa salvedad en el juego, respondía al último recurso que no puedo titular de otra forma que manotazo de ahogado.

Sí, flaca, tenés razón, estoy revolviendo la basura, comiendo migajas. Debería haber abandonado la misión cuando me dijo que tenía novia. Pero no dejé de buscarlo, me fui encallando en su cama, en su cabeza, en su vida, o tal vez él se enraizó en mi cama, en mi cabeza, en mi vida.  Cómo yo, que siempre había soñado con enamorarme, con un querer recíproco, estaba en el ensayo de una obra tan obvia, viéndome a escondidas con un tipo que las había hecho todas y que era incapaz de amarme. Santiago se había casado muy chico con una mujer que intuyo, fue el gran y único amor de su vida, con la que tuvo un hijo del cual hablaba muy poco conmigo; se había divorciado y opinaba del amor de un modo pesimista. Había curtido el palo del rock hasta conocer a la que era su novia cuando nos conocimos, que por lo poco que supe, era una chica bien. Los dos nos creímos el cuento no oficial en el que yo era su Campanita, y él, mi Pinocho. Porque era un mentiroso que me usaba matar su ostracismo y al que yo usaba para sentirme, no sé, viva. Yo era un fraude en el reino de las hadas, por farsante y rompe hogares. Nos veíamos un día a la semana. Escuchábamos música, tomábamos vino, picábamos algo, escuchábamos música, él tocaba la guitarra o el piano, nos besábamos. Yo le inventaba besos, se los actuaba, hacía chistes, dejaba que él de a poco se fuera abriendo, pero no hacía preguntas. Y me ponía seria si me preguntaba algo de mi vida aunque me daba la sensación de que nunca me escuchaba. No había espacio para el drama, porque éramos como amigos. No, amigos no, conocidos. No, conocidos no, amantes. Amantes me parecía un término de novela, de historias de grandes, historias complicadas, rebuscadas, incongruentes. Amantes, éramos amannnntes. Con esa n de novia que no iba a ser, n de no, n de nunca. Una relación de amantes era lo que teníamos. La primera vez que cogimos no fue una experiencia inolvidable. Con el correr de los encuentros, de vez en cuando, intentaba ahondar en mis placeres pero yo no sabía que contestar, algo que hoy atribuyo a mi falta de experiencia. Los días posteriores sucedían con un par de mensajes de cortesía hasta la próxima visita. A él le bastaba una noche y yo me convencía de que esa frecuencia era conveniente. Cuando quería molestarlo, le contaba que salía con otros tipos, que él no era el único, ni yo su hada, y que ese vínculo que manteníamos tenía fecha de caducidad. Pero Santiago no creía en mis amagues de terminar y la verdad es que yo tampoco. Porque siempre volvía a él, aunque pasaran semanas sin vernos. Cuando  me escribía las dos palabras mágicas quiero verte, yo me encendía por él y cancelaba mis planes. Y esas noches en que el ritual se repetía, fui despegándome de la idea de que Santiago era el tipo más frío, egoísta y banal que había conocido. El infeliz, el inseguro, el sorete eterno.

¿Pero, Santiago, no te da culpa estar acá conmigo? ¿Y vos, Amelia, no pensás en que yo tengo una historia con otra mina y vos estás en el medio? Ese diálogo no existió, al menos no con esas palabras. Y así yo pasaba de víctima a victimaria, siendo la hija de la mierda que cagaba la relación de Santiago con ella. Era la criminal disfrazada de hada trola que venía a rescatarlo de la monotonía infernal, a enamorarlo con un polvo mágico capaz de recuperar al tipo más triste y escéptico del mundo. Qué ingenua, la gente no cambia, no cambia si no quiere, se estanca si quiere. Me fui amigando con la palabra amantes, porque yo no era mejor persona que él, y porque La Culpa, el cuarto personaje que emergía de nuestra cama cada vez que cogíamos, no era tan fuerte como para destruirlo todo. Yo me enfrentaba con La Culpa, sin poder derrotarla. Tenía la esperanza de que su papel fuera secundario al punto de ir perdiendo protagonismo en la historia y desaparecer el día en que Santiago fuera libre. Porque quería que dejara a su novia, pero no dejaba de pensar que cuando yo ocupara ese lugar, una nueva Campanita irrumpiría en su vida para salvarlo de mí.

En breve se cumple un año desde que me separé. Durante todo ese tiempo, transité las reconocidas etapas de las que han hablado psicologías y gurúes de toda índole. Leí libros acerca del amor, lloré los domingos y algún que otro día de semana, miré películas de clichés amorosos, escuché consejos diversos que sugerían dejar de buscar, porque el amor llega solo.

Yo, que vengo de una cultura del hacer que las cosas pasen, no concibo la calma y la espera del rayo amoroso que te parte al medio. Hiperquinesia mediante, me valgo de los recursos que tengo a mano, como invitaciones que derivan de reuniones y eventos, en escasas oportunidades, y otras tantas provenientes de Apps de citas.

Como me propuse hace rato, salgo sin expectativas, pero con la idea de pasar un buen momento y llevarme una pincelada de la vida de alguien. Dado que muchas salidas involucran gastronomía, dejo mi bagaje a un lado y me dispongo a pasarla bien, en serio. Pero esa mochila vuelve ya que en reiteradas veces me proponen elegir el lugar porque yo soy gastronómica. Considerando el bolsillo y lo poco que puedo llegar a intuir del partenaire, opto por algo no muy pretencioso, suponiendo que, en el mejor de los casos, el tipo invite todo. Por lo tanto, me mantengo entre el barcito relajado y el Street food.

La vida no deja de darme señales matemáticas, a mí, que soy una mujer de muchas letras y pocos números. La cantidad y multiplicidad de citas atravesadas conducen a un mismo denominador común: el destrato hacia la mujer no distingue origen socio-económico ni generación del sujeto. No se trata de pagar una cuenta a medias, que para algunas mujeres, es inconcebible. Es una sumatoria de factores que hacen que una mina sienta que el hombre que tiene enfrente está incompleto, roto, desdibujado. Ejemplifico lo anterior. Yo, mujer de 33 años, salgo con alguien. Me valgo de mis medios para llegar al lugar acordado, se sucede el encuentro y no se da la chispa, llega el momento de pagar la cuenta y lo hacemos a medias, y yo dejo propina porque el sujeto se considera mal atendido. Nos despedimos. ¿Te llevo o te vas caminando? me pregunta, total estás cerca ¿no?. Me pregunta si me voy caminando 5 cuadras a las 12.00 de la noche.  Parece un barrio en el que nunca pasa nada, pero puede pasar. Como no puedo creer la pregunta que me acaba de hacer, decido irme sola. El tipo tiene 40 años y un hijo, se supone que pertenece a una generación en la que todavía se cuidan las formas del caballero. Ese hombre se comporta así, y uno de 30, también, y uno de 28, igual que los dos anteriores. No es avaricia, no es mezquindad, es desconsideración. Si no te gustó la mina, igual acompañala a su casa, más si estás en auto. Si solo te la garchaste, procurá un mensaje para saber que llegó bien a su casa. Pareciera que cuidar a una mujer solo aplica a familiares cercanos, novias o esposas.
Al principio creía que esta actitud desconsiderada era una cuestión generacional, algo del millennial relajado. Mi entrenador, con el que hablo de estos temas, me dice que los hombres van a decirte cosas lindas o a comportarse como caballeros solo si te quieren coger. Y yo le digo que ni para coger veo esas actitudes, si es que ese fuera el motivo para ser un poco charming. La realidad supera cualquier hipótesis acerca de por qué un tipo de 40 años se comporta con el relajo de uno de 25. Es una cuestión de valores perdidos, u olvidados, si queremos ser menos fatalistas. Hay actitudes que no pueden confundirse con feminismo o machismo, esos son determinismos que no llevan a buen puerto. Estas situaciones me molestan y mucho. Querés que pague mi parte, la pago, y también, dejo la propina. Te hacés el boludo para no acompañarme a mi casa, me voy sola. Ahora si dejaste el auto o no tenés, y no te alcanza para el Uber, jodete. Caminá hasta un cajero y procurate efectivo. Es tu problema, como es el mío llegar a casa.

Si no hubiera sido por tu desamor, este blog nunca hubiera existido, sentencié. Cada vez que recuerdo el tono dramático con que dije esta frase, le vuelvo a agradecer en silencio al sujeto por el cuál comenzó esta locura del diario abierto. Porque este espacio, muy a mi pesar y en detrimento de mi obsesión por encontrar un género en la escritura, no es más que un lindo cuaderno de hojas de alto gramaje en el que vuelco experiencias.

Si no hubiera sido por tu desamor, este blog nunca hubiera existido, sentencié. Nada más cierto. Durante un tiempo considerable, busqué el amor en lugares equivocados. Y ese sujeto constituyó ese error espacial, temporal y existencial, porque, en última instancia, no estábamos destinados a ser.

Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio, afirma Cortázar en Rayuela.

Cómo llegué tan tarde a Rayuela. Releo ese dogma una y otra vez. ¡Eureka! Mi infortunio radica en que me he pasado gran parte de mi adolescencia tardía forzando al rayo, o tal vez, eligiendo un rayo sin filo, sin punta o de pocos vatios. El amor no se elige, Amelia. El amor no… el amor no un montón de cosas que vos y yo sabemos.

Esta mañana no tiene más que revelaciones. Mientras me dejo ser en esta página en blanco, escucho de refilón:

Uno es lo que es porque ha ido de fracaso en fracaso, confiesa Imanol Arias a Pablo Sirven en una entrevista transmitida en La Nación TV.

Brindo por eso y ¡que viva España, joder! Si en la vida todo hubiera sido éxito, Amelita Dinamita no hubiera existido. ¿A quién carajo le importás, Amelicéntrica? ¿Qué viniste a hacer al mundo? ¿Acaso modificás algo? ¿Por qué tantas preguntas?

A partir de tu desamor, querido sujeto, quedé librada al azar. Y una noche cualquiera, mientras escribía con rabia y tinta rosa las frases más crudas que me dedicaste, sentí un dulce ardor atravesándome el cuerpo, partiéndome los huesos, dejándome estaqueada en el medio de la cama entre sábanas, lindos cuadernos y biromes de colores.

 

Me considero una mujer de estos tiempos. Desde que estoy sola y tengo ganas de conocer a alguien, probé varios medios para conocer hombres. Apps de citas, salidas a bares con amigas, asados, cursos, boliches y hasta las famosas previas de épocas adolescentes.

Me considero una mujer de estos tiempos. Y con eso me refiero a que no espero que un hombre me pase a buscar, pague una cena y me devuelva a mi casa sin tocarme un pelo. Si eso pasara, no me ofende, pero pensaría que se trata de una especie en extinción. Soy de armas tomar y no me sonroja adoptar un rol que antes se consideraba masculino. Sí alguien me interesa, doy el primer paso. No lo pienso, no tengo estrategias, no cuento los mensajes enviados ni el tiempo que pasa entre uno y otro. Me fastidian los números.

A pesar de mi desfachatez y de tener un doctorado en primeras citas, me reconozco cansada. Agotada mentalmente de tener que anticipar que el día uno no voy a coger, que no quiero ir a la casa del tipo con el que acabo de compartir una cena, un helado, unas birras. ¿Por qué? ¿Por qué debería tener que adelantar que aunque no me dejes pagar la propina, hoy no vamos a coger? Noto que algo te urge y te pregunto si te debo algo por la invitación o si te olvidaste el gas prendido.

Me embola ser literal pero me encuentro siéndolo. Sí, algunas primeras citas terminaron en su casa o en la mía. No es una contradicción, a veces todo fluye de una manera tan orgánica que dejarse llevar es inevitable; otras, gana impulso o la necesidad.

Me considero una mujer de estos tiempos. En la vorágine de un mundo seteado en la velocidad de una Insta Story, me encuentro dando explicaciones para proteger un bien tan preciado como el tiempo. Te ahorro la salida – no digamos cita porque he notado casos de alergia mortal al término –  si tu expectativa final es ponerla la primera vez que nos veamos. Te ahorro la molestia de tener que agradarnos en demasía para terminar en tu cama o en la mía. Te ahorro la dificultad de tener que leerme entre líneas para neutralizar el efecto de un machismo que sigue vigente.

Expuesto lo anterior, retomo lo que parece una objeción, porque nadie está librado a que un par de copas, un instinto animal o la mera intuición, tengan como consecuencia un pernocte en tu casa o en la mía. Pueden pasar muchas cosas o ninguna, porque así es la vida. Podemos tener un sexo inolvidable o para el olvido, porque así es la vida. Pero, guess what. A pesar de nuestra evolución y nuestra lucha por la igualdad, a la hora de coger mujeres y hombres nos diferenciamos. Eso no se juzga como bueno o malo. Es y debe ser en su esplendor.

Yo, Amelita Dinamita, sostengo el estandarte de la diferencia porque eso me hace mujer.
Yo, Amelita Dinamita, soy sensible, delicada y me gusta coger. Todo eso puede convivir en una misma frase sin prejuicio alguno.
Yo, Amelita Dinamita, invito a mis amigos de siempre y a los hombres que me estén leyendo a que respetemos lo que nos distingue o lo revaloricemos, seamos lo que seamos. Garches, amigos, amantes, novios, matrimonios.

Démonos la chance de trascender esos clichés aún vigentes. Si yo no acabo, eso no me hace frígida. Si a vos no se te para, eso no te hace menos macho. El sexo, es sin lugar a dudas, otra forma de comunicarse. En la comunicación, hay emisores y receptores que intercambian información, mensajes verbales, gestos, silencios, valiéndose de códigos en común. La buena comunicación es un arte y dominar un arte, es cuestión de tiempo.

 

Jueves 6 de septiembre. Amanezco horas antes de que suene la alarma del celular, con un rayo partiéndome la cara y una resaca tinta amurándome la cabeza. Camino en dirección al baño, y mientras me lavo los dientes, abro la ducha. Una falsa ilusión de tiempo ganado, un derroche de agua. Me miro al espejo. Soy la detonación en persona. Me limpio el maquillaje de los ojos y entro a la ducha. Me pesan las copas y las piernas en iguales proporciones. Me seco y me visto rápido porque quedé con Padre que pasaba a buscarme a las 8.30 para ir a Belgrano. Me maquillo un poco para disimular la mirada acartonada. Una vez en la cocina, dirimo entre un café, un Alikal o un tostado. Una o todas las anteriores. Algo que absorba el malbec aniquilador. Empiezo por el Alikal y abandono las otras dos. Estoy en modo lento. Se me hace tarde. Bajo y me subo al auto de Padre que putea porque demoré 10 minutos. Es que no venía ningún ascensor, me excuso. Nos dirigimos a la zona del Barrio Chino. Padre tiene que ir al dentista por ahí cerca y de paso aprovechamos para ver qué tal los precios del pesca y otros insumos. Sí, voy con Padre. En otro momento me explayaré sobre el tema de compartir el trabajo con él. El tránsito, caótico. Típico de la 8.50 am. Sigamos el Waze, sugiero. Pero Padre, hombre obstinado si los hay, lo sigue un poco y otro poco hace la suya. Te dije que esto te marca el camino en tiempo real, viejo. Nos la damos de frente con un desvío producto de un camión pica veredas cuya obra no está señalizada, producto de la crisis que impide pagar la señalética vial o de una gestión desordenada que fabrica obra pública a troche y moche. Con más vueltas que calesita dominical, llegamos al dentista. Me bajo del auto medio boleada. Tengo para una hora más o menos. Tomate un café en Chef León mientras me esperás y te vas a comprar el pescado, dice Padre. Me tomo el café, después vamos juntos a Casa China, le digo. Estoy tan mareada que camino sin dirección. No quiero tomar café. Bueno, entro, pido un café y voy al baño. Mejor no. Camino.Voy hasta la casa de muebles de la esquina de Libertador y Ugarte. Está cerrada.Vuelvo a pasar por Chef León. No quiero café. Voy en busca del pescado. Doblo en Arribeños y dejo que mi sentido de la orientación siga su curso. En el camino, veo un perro asomarse por una ventana y le devuelvo la mirada. Me enamoré del can, le saco una foto y sigo viaje. Iberá. ¿Iberá? Creo que estoy yendo para el otro lado. Googlemapeo Casa China y confirmo una vez más que soy pésima para la geolocalización. Tomando la ruta inversa, paro en un almacén chino. Busco un agua de litro y medio. Es mucho, pienso. Me van a dar ganas de mear. Entre mi indecisión y la china atendiendo al proveedor de cigarros, devuelvo el agua a la góndola y me voy. Ya fue. Directo a Casa China. Mientras camino, Padre me llama y me dice que se liberó antes de tiempo y que a la vuelta tiene que pasar de nuevo a retirar algo. Nos encontramos en la esquina del dentista, caminamos unas cuadras más y llegamos al Disney del oriente. Después de pasar por variedades de té, granos, harinas, productos secos y otros, llegamos a la pescadería. Merluza, pez espada, gatuzo, congrio, lenguado, abadejo. Lo que más me cierra es el salmón blanco. Me acerco a los muchachos que manipulan pescado y pido 8 kg de salmón limpio, que son algo así como 20 kg de bicho entero. Mientras lo preparan ante la mirada atenta de Padre, paseo un poco, elijo algas y veo precios de salsas japo. Están imposibles. Padre también compra algunas cositas para consumo personal. Vamos a la caja, pagamos y nos vamos. El sol y el aire primaveral me oxigena. Veo puestos con flores y paro. Me compro dos plantas amarillas y las visualizo en mi balcón. Caminamos un poco más, llegamos a la esquina del dentista, en donde hay una parrilla cerrada al público con unos bancos en la vereda. Esperame acá que ya vengo, dice Padre. Por Arribeños, viene un hombre rengueando con un bastón en la mano derecha. Intercambiamos miradas, un suspiro profundo y nos sentamos, cada uno en un banco diferente. Al ver su mirada y su dificultad, siento que mi suspiro fue exagerado. Segundos después, un hombre de unos 50 años, se acerca y lo saluda. Parece que se conocen del barrio. Me quedé viudo el viernes, dice el hombre del bastón cuya voz se quiebra al dar la noticia. No me diga, Roberto, lo siento mucho. Mientras aquel hombre daba detalles de cómo partió su mujer, me quedé mirando a la nada. Sentí mi corazón desgranarse, la angustia que pesaba en mi garganta y una lágrima quemándome la mejilla bajo el inmenso sol que compartíamos Roberto, su vecino y yo en la esquina de Ugarte y Arribeños. Ya estoy, escucho la voz de Padre. Me levanté, cargué las bolsas y sentí el dolor de Roberto desprenderse como una estela en la brisa de la mañana.

Hay una especie de relación mágica entre las casi 8 de la noche del domingo, la sensualidad de la guitarra de Joe Pass que empieza a sonar y el cuadro multicolor de la ciudad tras mi ventana.
Es como si el tiempo se detuviera a pesar de la inexorable caída de la noche, como si se suspendiera su curso mientras las palabras deambulan en mi mente, que las examina en busca de la combinación perfecta, que luego viaja a través de mi cuerpo. Corre como un fluido ligero que sale por mi costado derecho, baja por la oreja, sigue por el cuello y el hombro, cae serpenteando el brazo para llegar a la mano que sostiene el lápiz que vuelve tangibles mis pensamientos.
En cada frase, se manifiesta mi interior pujante. Un interior al filo de lo exterior, que necesita compartirse, revelarse. Un alma que se hace presente mientras anochece y escribo con los últimos rayos de luz que me ofrece la obra citadina, al compás de la guitarra de Joe. Y la magia continúa con las primeras luces naranjas que asoman entre las copas verdes y las masas de ladrillos y tejas negras. Mientras imagino quienes viven dentro de esos bloques multiformes, pienso qué estarás haciendo. Pienso cuánto te disgusta el domingo a esta hora en la que yo disfruto de mi soledad, la música y la foto del paisaje urbano.
¿Será un encuentro desafortunado el de tu desgano y mi placer nostálgico en esta tarde apacible? ¿Será que cuanto más floto, más te arraigás a la tierra? Es posible. Pero eso no me detiene de imaginarnos. Recostados en el sillón, compartiendo un vino mientras nos acariciamos al compás de Joe ahora acompañado por Ella*, amalgamándonos con la brisa que entra por el balcón, compitiendo por no pestañar como dos niños que no quieren perder ese instante que se diluye en un abrir y cerrar de ojos.

*En alusión a la reina del jazz, lady Ella Fitzgerald.