De pijas y bombones

No es casual que hace días, o tal vez años, le doy vueltas al hecho de escribir acerca de cómo conocí a mi primer amor de verdad, mi ex. En todas estas páginas no hice más que reescribir anécdotas acerca de los tipos que rompieron mi alma con mi consentimiento. Será que tanto pijazo fue la excusa para evitar lo genuino, permanente, aburrido, insoportable, amoroso, tierno, monótono. El primer hombre que conoció mi intensidad y se quedó para aguantarla fue Pablo. Pablo no tiene seudónimo, es y será Pablo en este texto y fuera de él. Claro que antes de Pablo, tuve que sortear algunas piedras, como los gestos del rosarino que flasheó amor en Purmamarca y me llenó de Bonobones la maceta del hostel custodiado por una tierna llama que luego degustamos en milanesas, empanadas y otras delicias autóctonas. Un carilindo romanticón que tenía muchas condiciones: arquitecto, fotógrafo de hobby, atento, divertido, pensante. Fue una ilusión la de volver a encontrarnos tiempo después del cerro, el mate y la peña. Cuando cada uno regresó a su ciudad, seguimos hablando por Whatsapp, hasta que un día me dijo: perdoname si cuelgo, acaba de llegar mi novia.
Explicar otra decepción no agrega color al texto. Este sujeto, tal vez fue el más astuto al permitirse la piratería fuera de su ciudad natal. Amelia, hay algo en tu energía, estás dando una imagen que los tipos malinterpretan, no te valorás lo suficiente. ¿WTF? Después de archivar a mis muertos, ignorar llamados y escupir bombones, me tomé un descanso. El resentimiento hacia el mundo chongueril duró lo que mi instinto se mantuvo contenido, hasta que en algún lado escuché a alguien hablar del tema, o algún algoritmo de internet pensó que ya había sufrido lo suficiente y me sugirió bajarme una App de citas. Así es, más o menos, como llegué a Tinder y al modo no menos casual de conocer pijas multiformato. Esta aplicación es una suerte de catálogo fotográfico de hombres y mujeres, un book interminable de escaso contenido literario, en el que algunos pocos descollan sus descripciones. Y aún teniendo una carta de presentación potable para complementar a una buena selección de fotos, o a la inversa, la experiencia te lleva a desconfiar del marketing personal. No somos los que decimos ser. Replicamos nuestras figuritas en cuanta red social se presenta, adaptando el marco a cada plataforma. Volviendo a Tinder, se la categoriza como una herramienta para encuentros casuales. ¿Cómo funciona? Después de configurar cuestiones relacionadas a sexo, edad y rango geográfico, se accede a los perfiles, que no son más que una foto o selección de ellas, con un nombre, y debajo, dos íconos que representan tu decisión: si deslizás tu dedo hacia el corazón, le das; hacia la cruz, no le das. Si tu juicio frívolo se arrepiente porque viste de cerca la foto, el baño pobretón, te pareció forzada la pose, o te inquieta saber si los niños son los hijos, se puede bloquear ese perfil de dicha oferta. Te convertís en persona una vez que concretás una cita cara a cara. Ni siquiera el tiempo que destines a tratar de conocer a esa persona por chat, que puede iniciarse en la aplicación, y luego pasar a WhatsApp, que es otra aplicación que pareciera avanzar hacia cierta intencionalidad real, ni siquiera esa cotidianidad compartida en el fluir de mensajes y audios, puede reemplazar al hecho físico de compartir un café, una birra o un polvo. Las experiencias son acumulables como los contactos que van llenando tu agenda. Sí, podés coger en cuestión de minutos u horas, sobretodo si tu charla empieza cerca de la nochecita de un día cualquiera. Aunque manifiestes que no estás interesada en un garche express, cualquier sujeto puede sorprenderte entre mensaje y mensaje: me voy a duchar, linda! acompañado de una foto mitad torso, mitad calzón, sin jeta. Eso es lo que yo llamo, la foto p, o foto pija, también podría ser la foto banana o berenjena, pero la foto p tiene más impacto. Si respondés con tu foto p, o bueno, foto c, entrás en la dinámica del sexting*, y es posible, que no haya retorno. La única manera de no tocar fondo es suspender el estofado de cuerpos, voces, pijas, culos, tetas y conchas por un rato. El caldo se vuelve tan denso y oscuro, que te colma hasta reventar, hasta estallar en pedazos, hasta deconstruirte en las partes del todo. Ahí estás, otra vez flotando entre la tripa gorda y la pata de chancho. Es difícil encontrar el modo de comer a tu ritmo. Sé que no voy a renunciar a la carne, me niego a ser veggie como también a intercambiar figuritas con amigas de mis amigas, con amigas de amigas de mis amigas. Late, nola. Es posible que hayas compartido chongo con alguna conocida y hasta tengas la sororidad de advertir a otras mujeres, en caso de que tu cita haya sido un completo desastre. Ojo que este flaco se queja del precio de las rabas. Vas a tener que comer papas fritas, o conformarte con el maní toqueteado. Sí, entre nosotras nos apoyamos y compartimos las fotos y prontuarios para allanarle el camino a las que vendrán. Por momentos, te cansa, querés dejar de probar, de salir, de tener que mostrarme encantadora. Ya fue, que se me vean los hilos. Una esperanza asoma cuando conocés a un flaco que te gusta y se muestra caballero, no pone la excusa del feminismo para ir a medias. Relajate, disfrutá, sé vos. Cuando te encanta y pensás que fluye, empieza el aire. Tarda en responder, pone excusas para verte, contesta todo con emojis. No le gustaste, algo no le gustó, algo que dijiste, algo que pensaste en voz alta. Se lo traga la tierra, como a los muertos del mundo físico. No todos los chongos virtuales mueren después de corporizarse, algunos persisten un tiempito, otros son almas con insomnio que deambulan en el limbo virtual hasta desvanecerse, son avestruces curiosos sin apetito. Se acaba de separar, está chongueando con varias, se bajó la app para joder, no sabe lo que quiere, le gustó más la otra, vive más cerca, está confundido, volvió con la ex. Podrías seguir elucubrando posibilidades acerca de por qué alguien desaparece sin dejar rastros, eliminándote de su vida como si fueras un mensaje equivocado. No importa si compartiste fluidos de todo tipo o tu visión del mundo. Cualquier excusa para dejar de ver a alguien suena berreta y la honestidad, innecesariamente cruel. El silencio comunica, basta disiparse en la virtualidad. Como si no fuésemos humanos. Lo que decepciona es la falta de humanidad. Volvés a ser un perfil. Después de un par de pajas mentales intentando descubrir el móvil, nos gana el pragmatismo de un posteo instagramero: adiós a los que se fueron, gracias a los que se quedaron y bienvenidos los que vienen.

De muertes recientes

El gatofloro, octubre de 2011- marzo de 2014
Empleado de área comercial en editorial de renombre, músico aficionado. Huérfano. Fallece el 13 de marzo de 2014, poniendo fin a su infelicidad agonizante. Yo al final quería curtir y vos no me querías ver, fueron sus últimas palabras. Descansa en paz en las calles Ortega y Gasset y Luis María Campos.

El provinciano, ¿?
Abogado independiente, militante de partidos fantasmas, masticador incansable. Acusado de querer metérsela en seco, también a la hermana de la redactora. Visto por última vez en Libertad y Lavalle. Se ignora la fecha de su muerte.

El culposo,  julio de 2011 – febrero de 2012
Ingeniero en telecomunicaciones en importante empresa nacional proveedora de servicios de tv por cable. Amante de los rollers y los cómics. Escurridizo, falsificador. Fallece en febrero de 2012, tras una cobarde retirada de la guerra. Sus restos yacen en el Cementerio de los Cagones. 

El animal, marzo de 2013 – octubre de 2013
Abogado eficiente, fanático de los deportes, portador de un lomo infernal, amante cumplidor. Desaparece sin dejar rastros en octubre de 2013. Tuvo una aparición post mórtem el pasado febrero de 2014, en una bonita provincia del norte.

El candidato, marzo de 2014 – ¿?
Licenciado en comercio internacional, emprendedor nato, tipo de armas tomar. Generoso, sociable y cariñoso. Galán para enamorarse en dos citas. Visto por última vez en la calle Honduras al 5000. Deja su país para capacitarse en el exterior y ver crecer a su sobrino, hijo de su hermana radicada en los Estados Unidos. 

Decidí empezar un obituario porque tengo déficit de memoria. De ahora en más todos mis muertos o los que han matado mi ilusión, van a tener su fecha de nacimiento y de defunción, no para dejar constancia de su existencia en mi línea de tiempo, sino para ordenar este caos de hombres que entran y salen del texto caprichosamente. 

Hay algo de masoquismo en quien escribe, cierto goce en el sufrimiento. Soy una p de pánfila, una p de perdedora, una p de patética, una p de paria. Sin esta p de padecimiento, tendría que narrar cosas felices, sosas, cursis, empalagosas, y de eso, no puedo hablar demasiado, porque así como en la vida, en el texto, la felicidad es un instante, un resultado, una conquista y a otra cosa. La felicidad es un trabajo, es cosa seria. Por eso, como dice Euge, mejor disfrutá la previa, porque la fiesta pasa volando.Y post evento,¿qué nos queda? Aferrarnos a las fotos, videos, capturas, anécdotas que repetimos durante los meses posteriores. La felicidad es un espejismo. Como Fabián, el armenio que apareció en una fiesta a mediados de 2012, mientras con Santiago íbamos y veníamos y yo hacía un esfuerzo por conocer a otro que borrara esa mancha en mi historia. Aunque para mi desgracia, la tela ya estaba percudida. Fabián se acercó esa noche y me dijo, ¿vos sos Amelita? Eh, sí, le respondí, ¿vos quién sos? Soy Fabián, me dijo. Amigo de Juani, el hermano de tu amiga del colegio, no te acordás, pero hablábamos por ICQ hace un par de años. No recuerdo haberme apretado a ningún Fabián, pensé. Y en esa nube caótica, plop, ventana de ICQ. Fabián tenía 19, yo 14 o 15. Solo chateábamos, y éramos demasiado púberes o tímidos como para romper el hielo en una heladería. No puedo creer, estás igual que en las fotos, me dijo. Yo no sabía si ser la versión femenina de Dorian Gray era un halago, porque según Fabi yo tenía 26 años pero parecía de 14. En esa noche de fiesta, charlamos un largo rato y cuando le dije que tenía que irme, me pidió mi número de celu. Si apunta tu número, es que está interesado, diría mi amiga Agostina, que volvió de Madrid y dice carretera en lugar de autopista. Unos días después de ese finde, Fabi me escribió un mensajito y empezamos a chatear por SMS. Me contó que se había recibido de Ingeniero en telecomunicaciones, que estaba trabajando para Cablevisión, que tenía muchas reuniones con chinos y unas cuantas cosas más que me parecían fascinantes. Yo le conté que había estudiado Diseño de indumentaria en la UBA y que casi terminando el primer año, decidí cambiar de rumbo porque no me veía futuro en la moda. Así que nada, sabía que lo mío era la expresión y acá estoy, estudiando Comunicación en la UCA, enuncié orgullosa. Nuestras conversaciones se volvieron cada vez más frecuentes. Me llamaba por teléfono, nos mandábamos mails con canciones o videos que nos gustaban. Y entre una cosa y otra, se me ocurrió preguntarle si estaba con alguien. Estoy de novio, respondió. ¿Qué onda? ¿Se pusieron todos de acuerdo? Es un hecho, desde que conocí a Santiago, estoy condenada a lidiar con tipos inseguros que necesitan saber si todavía tienen chances en el mercado femenino, o solo quieren histeriquear, y yo entro, como un caballo, como una potra indomable. Fuck, otra vez haciendo de la amiguita psicóloga que te presta la oreja y te coge en el sueño. Fabián sostenía muy fuerte el estandarte de la amistad y yo solo pensaba en cómo derribarlo. Fuimos conociéndonos, buscándonos, compartiendo momentos ordinarios. Salimos a comer, a tomar helado, otra vez a comer, al cine. A la salida del trabajo, cuando yo todavía trabajaba en 25 de Mayo y Corrientes, nos encontrábamos en Puerto Madero para andar en rollers y nos quedábamos hasta tarde. Amaba saber que tenía esa cita sobre ruedas. Me sentía la protagonista de una novela teen, la bella virga, recontra caliente con el vampiro pálido que la protegía de su pija y el mordiscón transformador. Contenerse se volvía cada vez más difícil. Nos veíamos demasiado, Fabián me gustaba y yo a él. Una noche después de cenar, nos quedamos hablando en su auto. Pasamos tanto tiempo charlando que amaneció. Me dijo que no sabía qué hacer, que estaba confundido, que nunca le había pasado algo así durante su noviazgo, que yo lo había hecho replantearse no solo su relación sino otras cuestiones de su vida. Fue la primera vez que habló de su novia. Me dijo que la conocía hace mucho, que también era armenia, y que ambas familias esperaban que se casaran, que era lo que tenía que hacer. Toda este drama del amor imposible se acentuaba con la presión que Fabián sentía ante sus expectativas y las ajenas. El quería llegar a los 30 años con su futuro resuelto. Su destino se veía demasiado claro y trazado en oposición al mío, difuso e incierto. Él me hacía preguntas muy específicas y yo respondía sin certezas. Amelia, cómo te gusta embarrarte. No hay atisbo de que Fabián pele los huevos para enfrentarse a su novia, a la comunidad armenia y a la mar en coche. Le pregunté si quería que dejásemos de vernos y me respondió que no, que solo quería que yo supiera lo que le estaba pasando. Seguimos viéndonos, compartiendo tardes, como aquella vez que le conté que estaba muy triste porque mi madrina había fallecido: nos vimos en nuestro punto de encuentro para ir a rollear. Llegó con un chocolate gigante y una caja de pañuelos de papel. Me los entregó con solemnidad. Aunque la seriedad quedó olvidada en aquel pernocte automotriz, Fabián se las ingeniaba para intercalar preguntas acerca de cómo era yo en una relación, qué planes tenía, si quería casarme y tener hijos, entre otras cosas. Yo veía todo eso tan lejano que me sentía incapaz de responder algo de su agrado. En su cabeza iba completando los cuadrantes de mi análisis FODA: fortalezas, oportunidades, debilidades y amenazas. Porque claro, mirá si dejaba a la novia, a la comunidad armenia y a la mar en coche para estar conmigo y lo nuestro no funcionaba. Fabi quería consistencia y yo quería experiencia, él pensaba en romance, yo, en carne. Necesitaba demostrarle que frente a tanta mentalidad, tanto estado analítico, lo único que podía darle una respuesta primaria y primitiva, era el contacto físico. Una vez, se invitó a mi casa a cenar, en ese momento la de mis viejos, que estaban de viaje. Terminada la cena, nos fuimos al living a escuchar música y al rato me dijo de subir a mi habitación. ¡Al fin! pensé. Nos sentamos en mi cama. Miré a mi alrededor y sentí que mi cuarto acompañaba la escena infantil que estábamos viviendo: animalitos de peluche, cuadritos, fotos viejas, libros de Harry Potter. Nuestro silencio cortaba el aire, aunque de fondo se oyera la voz de Bono en la canción Bad. De pronto, sentí una mano de Fabi acariciándome la espalda. Me estremecí. Había esperado ese momento mucho tiempo. Me di vuelta para mirarlo y me acerqué como para darle un beso. Me corrió la cara. Cuando volví a sus ojos, los tenía llenos de lágrimas. No me dio lástima, en cambio yo, yo me dí lástima, me di la di en la pileta vacía. Bajo a abrirte, le dije. Y se fue, con la cabeza gacha, colgándome las ganas en el placard. Al otro día, me llamó varias veces, pero no lo atendí. Pasó una semana, y le escribí un mail, diciéndole que me había lastimado y que estaba equivocado si creía estar libre de pecado por no haber probado la carne, porque también se pecaba de pensamiento. Después de mi enojo, volvimos a hablar por teléfono. Esa tarde en la que hicimos algo parecido a las paces, llovía a cántaros. Me preguntó qué estaba haciendo y en dónde estaba. ¿Acaso importa?, le respondí. Mientras ordenaba unos apuntes viejos de la facultad, me llega un mensaje: estoy en la puerta. Otra vez, un retorcijón esperanzador. Bajo a abrirle entre contenta y nerviosa y lo encuentro empapado, subido a su bici. ¿Querés pasar? le pregunté. No, solo venía a decirte que me importás mucho. Y me besó bajo la lluvia, en la puerta de rejas. Me dio un beso que después de tanto esperar, me pareció insípido, incoloro y seco, digno de un culposo. Al día siguiente, me llamó para decirme que estaba arrepentido, que había sido un error, que iba a tratar de seguir con su vida y que lo mejor era no vernos más. Chau, Fabián, deseo que se te vuelen las chapas, que te caigan soretes de punta, que te parta un rayo.

El cuerpo

Dejé de pensar en mi cuerpo como algo desagradable, como algo desagradable para mí. Me amigué con las formas que asientan los años y mis hábitos de vida que involucran el buen comer y beber. Pasé mucho tiempo obsesionada con el espejo y mis rendondeces ineludibles de la cara y el grosor de mis piernas y el volumen de mis nalgas y… tantas otras líneas que podrían ser de otra manera pero no son.

Dejé de pensar en mi cuerpo como un envase. Me centré en el contenido. Procuré llenarlo de experiencias, impresiones, textos. Descubrí que todo lo que cabe en ese recipiente es lo que le da sentido a la existencia: el conocimiento, las vivencias, los aromas, los sabores, los sonidos o la música, ay, la música que atraviesa cada estado, las luces, las sombras, los paisajes, el amanecer, la noche, llena de luces, el movimiento, la quietud, la oscuridad, la alegría, el dolor, las ausencias. Los logros, los fracasos, la ansiedad, la angustia, la felicidad. El cuerpo atraviesa cada una de esas sensaciones y todo lo que nos dejan. Nada es más placentero que sentirse vivo, en ese cuerpo. Ahí es donde experimento la verdadera unicidad, ahí es donde me siento plena de ser la que soy contenida en esas formas. No hay otro cuerpo igual al mío, porque no hay otro relleno igual al mío. Y ahí es donde radica el sentido del cuerpo, el de ser recipiente de todo lo que nos define.

Aeronave

18 de mayo de 2019

Estoy sentada frente al tótem que anuncia las partidas de los vuelos, en el aeropuerto de Ezeiza. Mientras espero a que se enfríe el café quemado que intento tomar de a sorbos del vaso de telgopor, detengo la vista en un avión de Iberia del que desprende una manga por la que intuyo, habrán circulado pasajeros unas horas antes. De tanto ir al baño, llegué al último llamado de mi zona, la 2, fila 30, asiento A, del lado de la ventana. Buen día, me sonríe la primera azafata. Buen día, muchas gracias, le respondo. Antes de sentarme, acomodo la carry on casi vacía en el porta equipajes. Del lado del pasillo, se sienta la señora B. Estoy nerviosa, un poco, pero no tanto como en otros viajes. ¿Será que estoy sola? ¿Será que me avergüenza expresar el miedo por temor a que la señora B lo absorba debido a la estrechez de los asientos en la clase turista? Ya estoy acá, sentada en la aeronave presurizada, controlando mi respiración, hablándole a mi claustrofobia para que no se manifieste. Amelia, abrochate el cinturón y entregate al placer de volar. Se te vienen todos los eslogan de aerolíneas varias pero ninguno te convence. Iniciás la charla con la señora B, o ella da el primer paso. No recordás quién rompe el hielo. Mientras informan las normas de seguridad en tu mini pantalla, hablás de la vida con la señora B. Lo primero que decís es que es tu primer viaje sola. Sí, lo decís con una sonrisa, como la de una abuela orgullosa que muestra la foto de su primer nieto. Mierda, estoy viajando sola, por primera vez en mis 33 años de vida. La señora B, a la que en reiteradas veces nombraré de este modo porque nunca supe su nombre aún en la manga transportadora de valijas, me cuenta que va a visitar a su hija a Palm Beach, un pueblo de Florida que queda a una hora y media de Miami. Comenta que su hija vive ahí hace 8 años, que está casada y tiene una nieta, y que su otro hijo, vive en Córdoba de donde es oriunda toda la familia. Así que ella vive sola en la provincia de Buenos Aires, porque enviudó hace un mes y medio. Cuando habla de su marido, los ojos se le humedecen y la voz se le quiebra. Me emociona pero me contengo, porque por una vez en mi bendita vida, me propuse ser fuerte. Me comprometí a disfrutar desde que me senté en esa silla incómoda que acrecienta mi dolor de ciático. Qué bien que sigas adelante, que no te prives de ir a visitar a tu hija y a tu nieta, le digo. Admiro su fortaleza, a medida que habla de su esposo con tanto amor, y percibo su tristeza en el tono de su voz. Se nota cuánto lo extraña, y su fuerza interior para levantarse todos los días e ir a trabajar. Ahí está la señora B, enfrentando su dolor, sentada a mi lado, yendo a visitar a su hija, a su nieta y a su yerno. Me olvido de todo, mi miedo se disipa ante la admiración que siento por esa mujer que apenas conozco. Dejamos de hablar cuando llega el desayuno. La veo cansada y la dejo dormir, algo que a mí me cuesta mucho. Aprovecho la tablita de la mesa para escribir, mientras escucho una playlist de música chill, con mi compañera, la turbulencia. Turbulencia, no te pienso, pienso en Josefina María diciéndome que son pozos de aire, no pienso en Josefina María, pienso en contar esta historia de viaje. No quiero escribir más. Quiero relajar todas las partes de mi cuerpo. Tengo muchas ganas de mear. El baño está justo detrás nuestro, algo de lo que no me percaté al hacer el check in online. Igual, no circula mucha gente, a diferencia de otros viajes en que la gente va y viene todo el tiempo, pidiendo re fill, estirando las piernas, rompiendo las bolas. Me estoy meando pero la señora B está inmersa en el sueño profundo. Ya conversamos mucho, tenemos cierta confianza y eso me inhibe la interrupción de su descanso. Contengo mi vejiga inquieta como el avión en turbulencia. Amelia, qué pelotuda. No entendiste el plano del avión al hacer el check in, como tampoco consideraste la necesidad de mear a la hora de elegir entre ventana o pasillo. Necesito dejar de pensar en el líquido amarillento que juega dentro de mi pelvis. ¿La despierto o voy a mear con ella cuando tenga ganas? ¿Y si sale a mear dentro de dos horas? La despierto y emprendo mi acuosa misión. Tras orinar largo y tendido, Bradley Barba Cooper. Digo eso a medida que avanza la peli A Star is Born en mi pantalla minúscula. Bradley Barba Cooper me hizo olvidar del meo, el miedo y las horas restantes. Bradley interpreta a un músico y productor alcohólico. Lo amo, lo amo a él y a Gaga sin maquillaje desplegando talento. Los amo a ambos y a mi vejiga vacía y apacible. Cooper, en cuero y cantando. Me quiero casar con Cooper y con Gaga. A esta altura, en las alturas, la copa de vino del almuerzo y el clonazepam hablan por mí. No veo nada, y no es por el vino y la sub-lingual, es porque el avión se puso en modo dormir, y las persianitas plásticas están bajas. Las luces laterales no iluminan lo suficiente, se me deforma la letra y se me forma el sueño. Feliz descanso, señora B, Bradley Barba Cooper y Gaga.

El (des)amor de Santiago

Pienso en Santiago y en el fracaso de la empresa del amor. Pienso que el amor y el corazón participan de una sociedad del mal. El amor es el cerebro discursivo y el corazón, el comerciante que te convoca, te seduce y te convence  con alitas en el estómago y una musiquita que tarareás involuntariamente durante días, meses, tal vez años. Pero con el tiempo, esas cosquillas se vuelven retorcijones, y la cancioncita, un zumbido insoportable. El corazón aprovecha tu displicencia, tu debilidad y tu falta de juicio. Te deja en pelotas, desamparado y triste como el perro de mi vecino que aúlla golpeándose contra la puerta de entrada, receptora de su soledad autodestructiva. Los efectos colaterales del amor.¿Qué es el amor? ¿Fue lo que viví con Santiago? Aunque el final de la historia era cantado, lo di vuelta una y otra vez para encontrarle los agujeros y repararlos, con la ilusión de elegir mi propia aventura y de sabernos en un presente juntos, atravesando obstáculos, pero escribiendo ¿nuestra historia?

Amelia, dejalo ir. Santiago nunca dejó de mirarte como a una nena de 25 años proveedora de buenos momentos. La noche que nos vimos por primera vez, yo estaba con mi amiga de la primaria, la flaca, la que objeta el entramado de mis novelas, la que me alerta cuando estoy por entrar en la espiral del sufrimiento y me banca en el derrape emocional. Mientras bailábamos y tomábamos cerveza, se nos acerca un sujeto de unos treinta y pico de años. Llevaba un saco de corderoy marrón que parecía heredado de un abuelo de percha grande. Una mirada de la flaca bastó para informar que le parecía un pelotudo sin gracia. Nos contó que estaba con amigos celebrando la despedida de soltero de uno de ellos que se iba a convivir con la novia, sí, a convivir, no se casaba. Y aunque pasara holgadamente las tres décadas, más bien parecía que iba directo a Mataderos a ser despostado. Para el profesor de blazer marrón y sus discípulos acobardados, convivencia, casamiento y castración resultaban sinónimos. En esta historieta, la flaca y yo veníamos a ser una suerte de heroínas aniquiladoras del aburrimiento, distractoras de sentencia del melenudo a sacrificar. Teníamos que bailar un poco y entretener al condenado en su peregrinar a la crucifixión. Unos metros alejado de la escena bíblica, estaba Santiago. Me pareció que era el hombre más lindo que jamás había visto.Tenía pelo oscuro, medio despeinado y con algunas vetas blancas. Piel morena, ojos marrón intenso y nariz perfecta. Altura media y contextura delgada. Llevaba puesto un abrigo verde militar, un jean roto y zapatillas Converse. No pude sacarle la vista de encima hasta que empezamos a hablar. Me contó que trabajaba en ventas en una editorial, que acababa de volver de viaje y que tocaba en una banda. En ese momento, yo trabajaba en una multinacional, estaba muy cerca de recibirme de Licenciada en Comunicación y la música también formaba parte de mi vida. Había cierto magnetismo en el aire, pero al percibir su timidez, tomé la iniciativa y lo saqué a bailar. Y comprobé que su habilidad rítmica debía estar en sus manos, o en sus oídos. Entre cervezas y pisotones, nos besamos y la química fue tan evidente como su arritmia. Mientras tanto, la flaca estaba a punto de ser santificada por remarla sola con el discipulado. Yo la miraba con la boca diciéndole ya voy y los pies, bancame un ratito más. Cuando salí de mi enajenación adolescente y le dije a Santiago que tenía que irme, él sugirió que nos fuéramos juntos. Respondí que no podía porque tenía que llevar a la flaca a su casa. Una excusa berreta para hacerme la difícil y volver a verlo. Nunca me pidió mi número de teléfono y, a cambio, me dio su mail laboral, hecho sentó un precedente en el historial de los tipos de mi vida. Lo anoté emocionada, sin saber que pertenecería a la saga de los piratas de la que pronto me volvería lectora recurrente.

No aguanté más de un día y medio y le escribí un mail con un tono canchero, relajado, como de quien curte el palo del rock, o al menos eso creí. Cero rollo, cero mambo, cero historia, 000. Seguimos en contacto por Messenger. Mi pequeña porción pensante del cerebro percibía su evasiva al hecho de vernos de nuevo. Pero Santiago ponía excusas bastante convincentes o yo era lo suficientemente negada como para tragármelas todas, como la primera, la del celular roto. Hasta que no pudo esquivar más el bulto y después de mucho vaivén virtual, lo dijo.

  • No es que no quiera verte, pero…tengo novia.
  • ¿Vos me estás jodiendo, no? ¿Y por qué chapamos, entonces?
  • No sé, me dejé llevar, conectamos re bien y no creí que fueras a escribirme después de esa noche.

Lo puteé con toda la fuerza de la virtualidad y la espuma saliendo de la boca, brotando del teclado en un frenesí de frases inconexas. Amelia, tenés dos opciones: dejarlo como una casualidad de besos aislados o meterte de lleno en el barro furtivo. Y elegí gastar pólvora en chimangos, porque mientras más me convencía de estar haciendo lo incorrecto, más quería hacerlo. ¿En qué estaba pensando? Me atraganté con mis códigos y mi dignidad. Me limpié el culo con los valores, la moral, la monogamia y la elección del buen partido. A la mierda las fotos familiares, las monjas chupacirios y los enlatados de Disney.

Santiago me apodó Campanita, Campis, y fui por mucho tiempo, su rato de magia para paliar la monotonía rutinaria. Con él, practicaba una suerte de discurso en el que podía prescindir de los hombres, mientras intentaba hurgar hasta el fondo, entender por qué Santiago no sentía culpa y saber si pensaba en mí como algo más que un neutralizador del aburrimiento monogámico. En mis pensamientos, se filtraba un final trillado de comedia romántica en la que todo se resuelve por obra del destino. Santiago me parecía un infeliz, un egoísta, un sorete, pero no podía evitar quererlo, y a medida que lo iba descamando y despinando, sus miserias salían a la luz. Empecé a apiadarme de su historia y a dejar de creerme mejor que él. Compartimos vino, música, sexo y culpa. Algunas veces, él venía a mi casa cuando mis viejos no estaban. Pero casi siempre, yo iba a la suya, cuando todavía no convivía con su novia. Pasábamos un par de horas y nos despedíamos a eso de las dos o tres de la mañana, pero nunca dormíamos juntos. No éramos grandes amantes, no había grandes despliegues, supongo que por ese alguien perjudicado, ese fantasma que inhibía un polvo intenso, un abrazo o cualquier otro gesto de cariño. El hecho de que no esperara de mí un gran desempeño en la cama, me tranquilizaba. Nuestra dinámica consistía en no recriminarnos nada. Los meses pasaban y ese principio de comodidad, se transformó en deseos sin expresar y en desilusiones que empecé a escribir en un cuaderno. La idea de que Santiago ya tenía su proveedora de amor, fue cobrando peso y arraigándose en mi cabeza cada vez que pensaba en él. Acepté las reglas del juego y desestimando mis chances de alterarlas, iba y venía, saliendo con uno y con otro, tratando de olvidarlo, pero ahí estaba él, ineludible como mi marca de varicela en la mejilla izquierda. Aunque intentara cubrirlo, aunque me enojara conmigo por aceptar esos ratos juntos, una parte de él ejercía una tracción inevitable. Y no eran sus palabras, sus silencios, sus ausencias, su música o su sexo. Era él y su imposibilidad de ser para mí, era él y su elección, era él y su rechazo. Para mí, enamorarme era querer lo que no era para mí. Hasta que un día, él suspendió el juego. Me dijo que sentía cosas fuertes por mí. ¿Por qué no te quedas a dormir? ¿Por qué no podemos disfrutar un poco más? Cuando lo dijo, seguía con ella. Esa salvedad en el juego, respondía al último recurso que no puedo titular de otra forma que manotazo de ahogado.

Sí, flaca, tenés razón, estoy revolviendo la basura, comiendo migajas. Debería haber abandonado la misión cuando me dijo que tenía novia. Pero no dejé de buscarlo, me fui encallando en su cama, en su cabeza, en su vida, o tal vez él se enraizó en mi cama, en mi cabeza, en mi vida.  Cómo yo, que siempre había soñado con enamorarme, con un querer recíproco, estaba en el ensayo de una obra tan obvia, viéndome a escondidas con un tipo que las había hecho todas y que era incapaz de amarme. Santiago se había casado muy chico con una mujer que intuyo, fue el gran y único amor de su vida, con la que tuvo un hijo del cual hablaba muy poco conmigo; se había divorciado y opinaba del amor de un modo pesimista. Había curtido el palo del rock hasta conocer a la que era su novia cuando nos conocimos, que por lo poco que supe, era una chica bien. Los dos nos creímos el cuento no oficial en el que yo era su Campanita, y él, mi Pinocho. Porque era un mentiroso que me usaba matar su ostracismo y al que yo usaba para sentirme, no sé, viva. Yo era un fraude en el reino de las hadas, por farsante y rompe hogares. Nos veíamos un día a la semana. Escuchábamos música, tomábamos vino, picábamos algo, escuchábamos música, él tocaba la guitarra o el piano, nos besábamos. Yo le inventaba besos, se los actuaba, hacía chistes, dejaba que él de a poco se fuera abriendo, pero no hacía preguntas. Y me ponía seria si me preguntaba algo de mi vida aunque me daba la sensación de que nunca me escuchaba. No había espacio para el drama, porque éramos como amigos. No, amigos no, conocidos. No, conocidos no, amantes. Amantes me parecía un término de novela, de historias de grandes, historias complicadas, rebuscadas, incongruentes. Amantes, éramos amannnntes. Con esa n de novia que no iba a ser, n de no, n de nunca. Una relación de amantes era lo que teníamos. La primera vez que cogimos no fue una experiencia inolvidable. Con el correr de los encuentros, de vez en cuando, intentaba ahondar en mis placeres pero yo no sabía que contestar, algo que hoy atribuyo a mi falta de experiencia. Los días posteriores sucedían con un par de mensajes de cortesía hasta la próxima visita. A él le bastaba una noche y yo me convencía de que esa frecuencia era conveniente. Cuando quería molestarlo, le contaba que salía con otros tipos, que él no era el único, ni yo su hada, y que ese vínculo que manteníamos tenía fecha de caducidad. Pero Santiago no creía en mis amagues de terminar y la verdad es que yo tampoco. Porque siempre volvía a él, aunque pasaran semanas sin vernos. Cuando  me escribía las dos palabras mágicas quiero verte, yo me encendía por él y cancelaba mis planes. Y esas noches en que el ritual se repetía, fui despegándome de la idea de que Santiago era el tipo más frío, egoísta y banal que había conocido. El infeliz, el inseguro, el sorete eterno.

¿Pero, Santiago, no te da culpa estar acá conmigo? ¿Y vos, Amelia, no pensás en que yo tengo una historia con otra mina y vos estás en el medio? Ese diálogo no existió, al menos no con esas palabras. Y así yo pasaba de víctima a victimaria, siendo la hija de la mierda que cagaba la relación de Santiago con ella. Era la criminal disfrazada de hada trola que venía a rescatarlo de la monotonía infernal, a enamorarlo con un polvo mágico capaz de recuperar al tipo más triste y escéptico del mundo. Qué ingenua, la gente no cambia, no cambia si no quiere, se estanca si quiere. Me fui amigando con la palabra amantes, porque yo no era mejor persona que él, y porque La Culpa, el cuarto personaje que emergía de nuestra cama cada vez que cogíamos, no era tan fuerte como para destruirlo todo. Yo me enfrentaba con La Culpa, sin poder derrotarla. Tenía la esperanza de que su papel fuera secundario al punto de ir perdiendo protagonismo en la historia y desaparecer el día en que Santiago fuera libre. Porque quería que dejara a su novia, pero no dejaba de pensar que cuando yo ocupara ese lugar, una nueva Campanita irrumpiría en su vida para salvarlo de mí.

R.I.P prince charming of all ages

En breve se cumple un año desde que me separé. Durante todo ese tiempo, transité las reconocidas etapas de las que han hablado psicologías y gurúes de toda índole. Leí libros acerca del amor, lloré los domingos y algún que otro día de semana, miré películas de clichés amorosos, escuché consejos diversos que sugerían dejar de buscar, porque el amor llega solo.

Yo, que vengo de una cultura del hacer que las cosas pasen, no concibo la calma y la espera del rayo amoroso que te parte al medio. Hiperquinesia mediante, me valgo de los recursos que tengo a mano, como invitaciones que derivan de reuniones y eventos, en escasas oportunidades, y otras tantas provenientes de Apps de citas.

Como me propuse hace rato, salgo sin expectativas, pero con la idea de pasar un buen momento y llevarme una pincelada de la vida de alguien. Dado que muchas salidas involucran gastronomía, dejo mi bagaje a un lado y me dispongo a pasarla bien, en serio. Pero esa mochila vuelve ya que en reiteradas veces me proponen elegir el lugar porque yo soy gastronómica. Considerando el bolsillo y lo poco que puedo llegar a intuir del partenaire, opto por algo no muy pretencioso, suponiendo que, en el mejor de los casos, el tipo invite todo. Por lo tanto, me mantengo entre el barcito relajado y el Street food.

La vida no deja de darme señales matemáticas, a mí, que soy una mujer de muchas letras y pocos números. La cantidad y multiplicidad de citas atravesadas conducen a un mismo denominador común: el destrato hacia la mujer no distingue origen socio-económico ni generación del sujeto. No se trata de pagar una cuenta a medias, que para algunas mujeres, es inconcebible. Es una sumatoria de factores que hacen que una mina sienta que el hombre que tiene enfrente está incompleto, roto, desdibujado. Ejemplifico lo anterior. Yo, mujer de 33 años, salgo con alguien. Me valgo de mis medios para llegar al lugar acordado, se sucede el encuentro y no se da la chispa, llega el momento de pagar la cuenta y lo hacemos a medias, y yo dejo propina porque el sujeto se considera mal atendido. Nos despedimos. ¿Te llevo o te vas caminando? me pregunta, total estás cerca ¿no?. Me pregunta si me voy caminando 5 cuadras a las 12.00 de la noche.  Parece un barrio en el que nunca pasa nada, pero puede pasar. Como no puedo creer la pregunta que me acaba de hacer, decido irme sola. El tipo tiene 40 años y un hijo, se supone que pertenece a una generación en la que todavía se cuidan las formas del caballero. Ese hombre se comporta así, y uno de 30, también, y uno de 28, igual que los dos anteriores. No es avaricia, no es mezquindad, es desconsideración. Si no te gustó la mina, igual acompañala a su casa, más si estás en auto. Si solo te la garchaste, procurá un mensaje para saber que llegó bien a su casa. Pareciera que cuidar a una mujer solo aplica a familiares cercanos, novias o esposas.
Al principio creía que esta actitud desconsiderada era una cuestión generacional, algo del millennial relajado. Mi entrenador, con el que hablo de estos temas, me dice que los hombres van a decirte cosas lindas o a comportarse como caballeros solo si te quieren coger. Y yo le digo que ni para coger veo esas actitudes, si es que ese fuera el motivo para ser un poco charming. La realidad supera cualquier hipótesis acerca de por qué un tipo de 40 años se comporta con el relajo de uno de 25. Es una cuestión de valores perdidos, u olvidados, si queremos ser menos fatalistas. Hay actitudes que no pueden confundirse con feminismo o machismo, esos son determinismos que no llevan a buen puerto. Estas situaciones me molestan y mucho. Querés que pague mi parte, la pago, y también, dejo la propina. Te hacés el boludo para no acompañarme a mi casa, me voy sola. Ahora si dejaste el auto o no tenés, y no te alcanza para el Uber, jodete. Caminá hasta un cajero y procurate efectivo. Es tu problema, como es el mío llegar a casa.

El rayo

Si no hubiera sido por tu desamor, este blog nunca hubiera existido, sentencié. Cada vez que recuerdo el tono dramático con que dije esta frase, le vuelvo a agradecer en silencio al sujeto por el cuál comenzó esta locura del diario abierto. Porque este espacio, muy a mi pesar y en detrimento de mi obsesión por encontrar un género en la escritura, no es más que un lindo cuaderno de hojas de alto gramaje en el que vuelco experiencias.

Si no hubiera sido por tu desamor, este blog nunca hubiera existido, sentencié. Nada más cierto. Durante un tiempo considerable, busqué el amor en lugares equivocados. Y ese sujeto constituyó ese error espacial, temporal y existencial, porque, en última instancia, no estábamos destinados a ser.

Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio, afirma Cortázar en Rayuela.

Cómo llegué tan tarde a Rayuela. Releo ese dogma una y otra vez. ¡Eureka! Mi infortunio radica en que me he pasado gran parte de mi adolescencia tardía forzando al rayo, o tal vez, eligiendo un rayo sin filo, sin punta o de pocos vatios. El amor no se elige, Amelia. El amor no… el amor no un montón de cosas que vos y yo sabemos.

Esta mañana no tiene más que revelaciones. Mientras me dejo ser en esta página en blanco, escucho de refilón:

Uno es lo que es porque ha ido de fracaso en fracaso, confiesa Imanol Arias a Pablo Sirven en una entrevista transmitida en La Nación TV.

Brindo por eso y ¡que viva España, joder! Si en la vida todo hubiera sido éxito, Amelita Dinamita no hubiera existido. ¿A quién carajo le importás, Amelicéntrica? ¿Qué viniste a hacer al mundo? ¿Acaso modificás algo? ¿Por qué tantas preguntas?

A partir de tu desamor, querido sujeto, quedé librada al azar. Y una noche cualquiera, mientras escribía con rabia y tinta rosa las frases más crudas que me dedicaste, sentí un dulce ardor atravesándome el cuerpo, partiéndome los huesos, dejándome estaqueada en el medio de la cama entre sábanas, lindos cuadernos y biromes de colores.

 

Cuestión de tiempo

Me considero una mujer de estos tiempos. Desde que estoy sola y tengo ganas de conocer a alguien, probé varios medios para conocer hombres. Apps de citas, salidas a bares con amigas, asados, cursos, boliches y hasta las famosas previas de épocas adolescentes.

Me considero una mujer de estos tiempos. Y con eso me refiero a que no espero que un hombre me pase a buscar, pague una cena y me devuelva a mi casa sin tocarme un pelo. Si eso pasara, no me ofende, pero pensaría que se trata de una especie en extinción. Soy de armas tomar y no me sonroja adoptar un rol que antes se consideraba masculino. Sí alguien me interesa, doy el primer paso. No lo pienso, no tengo estrategias, no cuento los mensajes enviados ni el tiempo que pasa entre uno y otro. Me fastidian los números.

A pesar de mi desfachatez y de tener un doctorado en primeras citas, me reconozco cansada. Agotada mentalmente de tener que anticipar que el día uno no voy a coger, que no quiero ir a la casa del tipo con el que acabo de compartir una cena, un helado, unas birras. ¿Por qué? ¿Por qué debería tener que adelantar que aunque no me dejes pagar la propina, hoy no vamos a coger? Noto que algo te urge y te pregunto si te debo algo por la invitación o si te olvidaste el gas prendido.

Me embola ser literal pero me encuentro siéndolo. Sí, algunas primeras citas terminaron en su casa o en la mía. No es una contradicción, a veces todo fluye de una manera tan orgánica que dejarse llevar es inevitable; otras, gana impulso o la necesidad.

Me considero una mujer de estos tiempos. En la vorágine de un mundo seteado en la velocidad de una Insta Story, me encuentro dando explicaciones para proteger un bien tan preciado como el tiempo. Te ahorro la salida – no digamos cita porque he notado casos de alergia mortal al término –  si tu expectativa final es ponerla la primera vez que nos veamos. Te ahorro la molestia de tener que agradarnos en demasía para terminar en tu cama o en la mía. Te ahorro la dificultad de tener que leerme entre líneas para neutralizar el efecto de un machismo que sigue vigente.

Expuesto lo anterior, retomo lo que parece una objeción, porque nadie está librado a que un par de copas, un instinto animal o la mera intuición, tengan como consecuencia un pernocte en tu casa o en la mía. Pueden pasar muchas cosas o ninguna, porque así es la vida. Podemos tener un sexo inolvidable o para el olvido, porque así es la vida. Pero, guess what. A pesar de nuestra evolución y nuestra lucha por la igualdad, a la hora de coger mujeres y hombres nos diferenciamos. Eso no se juzga como bueno o malo. Es y debe ser en su esplendor.

Yo, Amelita Dinamita, sostengo el estandarte de la diferencia porque eso me hace mujer.
Yo, Amelita Dinamita, soy sensible, delicada y me gusta coger. Todo eso puede convivir en una misma frase sin prejuicio alguno.
Yo, Amelita Dinamita, invito a mis amigos de siempre y a los hombres que me estén leyendo a que respetemos lo que nos distingue o lo revaloricemos, seamos lo que seamos. Garches, amigos, amantes, novios, matrimonios.

Démonos la chance de trascender esos clichés aún vigentes. Si yo no acabo, eso no me hace frígida. Si a vos no se te para, eso no te hace menos macho. El sexo, es sin lugar a dudas, otra forma de comunicarse. En la comunicación, hay emisores y receptores que intercambian información, mensajes verbales, gestos, silencios, valiéndose de códigos en común. La buena comunicación es un arte y dominar un arte, es cuestión de tiempo.

 

Ugarte y Arribeños

Jueves 6 de septiembre. Amanezco horas antes de que suene la alarma del celular, con un rayo partiéndome la cara y una resaca tinta amurándome la cabeza. Camino en dirección al baño, y mientras me lavo los dientes, abro la ducha. Una falsa ilusión de tiempo ganado, un derroche de agua. Me miro al espejo. Soy la detonación en persona. Me limpio el maquillaje de los ojos y entro a la ducha. Me pesan las copas y las piernas en iguales proporciones. Me seco y me visto rápido porque quedé con Padre que pasaba a buscarme a las 8.30 para ir a Belgrano. Me maquillo un poco para disimular la mirada acartonada. Una vez en la cocina, dirimo entre un café, un Alikal o un tostado. Una o todas las anteriores. Algo que absorba el malbec aniquilador. Empiezo por el Alikal y abandono las otras dos. Estoy en modo lento. Se me hace tarde. Bajo y me subo al auto de Padre que putea porque demoré 10 minutos. Es que no venía ningún ascensor, me excuso. Nos dirigimos a la zona del Barrio Chino. Padre tiene que ir al dentista por ahí cerca y de paso aprovechamos para ver qué tal los precios del pesca y otros insumos. Sí, voy con Padre. En otro momento me explayaré sobre el tema de compartir el trabajo con él. El tránsito, caótico. Típico de la 8.50 am. Sigamos el Waze, sugiero. Pero Padre, hombre obstinado si los hay, lo sigue un poco y otro poco hace la suya. Te dije que esto te marca el camino en tiempo real, viejo. Nos la damos de frente con un desvío producto de un camión pica veredas cuya obra no está señalizada, producto de la crisis que impide pagar la señalética vial o de una gestión desordenada que fabrica obra pública a troche y moche. Con más vueltas que calesita dominical, llegamos al dentista. Me bajo del auto medio boleada. Tengo para una hora más o menos. Tomate un café en Chef León mientras me esperás y te vas a comprar el pescado, dice Padre. Me tomo el café, después vamos juntos a Casa China, le digo. Estoy tan mareada que camino sin dirección. No quiero tomar café. Bueno, entro, pido un café y voy al baño. Mejor no. Camino.Voy hasta la casa de muebles de la esquina de Libertador y Ugarte. Está cerrada.Vuelvo a pasar por Chef León. No quiero café. Voy en busca del pescado. Doblo en Arribeños y dejo que mi sentido de la orientación siga su curso. En el camino, veo un perro asomarse por una ventana y le devuelvo la mirada. Me enamoré del can, le saco una foto y sigo viaje. Iberá. ¿Iberá? Creo que estoy yendo para el otro lado. Googlemapeo Casa China y confirmo una vez más que soy pésima para la geolocalización. Tomando la ruta inversa, paro en un almacén chino. Busco un agua de litro y medio. Es mucho, pienso. Me van a dar ganas de mear. Entre mi indecisión y la china atendiendo al proveedor de cigarros, devuelvo el agua a la góndola y me voy. Ya fue. Directo a Casa China. Mientras camino, Padre me llama y me dice que se liberó antes de tiempo y que a la vuelta tiene que pasar de nuevo a retirar algo. Nos encontramos en la esquina del dentista, caminamos unas cuadras más y llegamos al Disney del oriente. Después de pasar por variedades de té, granos, harinas, productos secos y otros, llegamos a la pescadería. Merluza, pez espada, gatuzo, congrio, lenguado, abadejo. Lo que más me cierra es el salmón blanco. Me acerco a los muchachos que manipulan pescado y pido 8 kg de salmón limpio, que son algo así como 20 kg de bicho entero. Mientras lo preparan ante la mirada atenta de Padre, paseo un poco, elijo algas y veo precios de salsas japo. Están imposibles. Padre también compra algunas cositas para consumo personal. Vamos a la caja, pagamos y nos vamos. El sol y el aire primaveral me oxigena. Veo puestos con flores y paro. Me compro dos plantas amarillas y las visualizo en mi balcón. Caminamos un poco más, llegamos a la esquina del dentista, en donde hay una parrilla cerrada al público con unos bancos en la vereda. Esperame acá que ya vengo, dice Padre. Por Arribeños, viene un hombre rengueando con un bastón en la mano derecha. Intercambiamos miradas, un suspiro profundo y nos sentamos, cada uno en un banco diferente. Al ver su mirada y su dificultad, siento que mi suspiro fue exagerado. Segundos después, un hombre de unos 50 años, se acerca y lo saluda. Parece que se conocen del barrio. Me quedé viudo el viernes, dice el hombre del bastón cuya voz se quiebra al dar la noticia. No me diga, Roberto, lo siento mucho. Mientras aquel hombre daba detalles de cómo partió su mujer, me quedé mirando a la nada. Sentí mi corazón desgranarse, la angustia que pesaba en mi garganta y una lágrima quemándome la mejilla bajo el inmenso sol que compartíamos Roberto, su vecino y yo en la esquina de Ugarte y Arribeños. Ya estoy, escucho la voz de Padre. Me levanté, cargué las bolsas y sentí el dolor de Roberto desprenderse como una estela en la brisa de la mañana.

El cuadro perfecto

Hay una especie de relación mágica entre las casi 8 de la noche del domingo, la sensualidad de la guitarra de Joe Pass que empieza a sonar y el cuadro multicolor de la ciudad tras mi ventana.
Es como si el tiempo se detuviera a pesar de la inexorable caída de la noche, como si se suspendiera su curso mientras las palabras deambulan en mi mente, que las examina en busca de la combinación perfecta, que luego viaja a través de mi cuerpo. Corre como un fluido ligero que sale por mi costado derecho, baja por la oreja, sigue por el cuello y el hombro, cae serpenteando el brazo para llegar a la mano que sostiene el lápiz que vuelve tangibles mis pensamientos.
En cada frase, se manifiesta mi interior pujante. Un interior al filo de lo exterior, que necesita compartirse, revelarse. Un alma que se hace presente mientras anochece y escribo con los últimos rayos de luz que me ofrece la obra citadina, al compás de la guitarra de Joe. Y la magia continúa con las primeras luces naranjas que asoman entre las copas verdes y las masas de ladrillos y tejas negras. Mientras imagino quienes viven dentro de esos bloques multiformes, pienso qué estarás haciendo. Pienso cuánto te disgusta el domingo a esta hora en la que yo disfruto de mi soledad, la música y la foto del paisaje urbano.
¿Será un encuentro desafortunado el de tu desgano y mi placer nostálgico en esta tarde apacible? ¿Será que cuanto más floto, más te arraigás a la tierra? Es posible. Pero eso no me detiene de imaginarnos. Recostados en el sillón, compartiendo un vino mientras nos acariciamos al compás de Joe ahora acompañado por Ella*, amalgamándonos con la brisa que entra por el balcón, compitiendo por no pestañar como dos niños que no quieren perder ese instante que se diluye en un abrir y cerrar de ojos.

*En alusión a la reina del jazz, lady Ella Fitzgerald.