No valés un cuerpo

Empecé a escribir cuando era adolescente. Tendría 11, 12 años. Era una nena con poca gracia física, más alta que el promedio de mi clase, plana de frente y voluminosa al dorso. Mi pelo, ciclotímico como la primavera, se crispaba con la humedad y tomaba vuelo propio. Lo más prominente de mi cara eran y son mis mejillas. Si a eso lo sumamos la miopía que me acompañaba desde los 7 años, mi rostro no era algo para el halago. Estaba lejos de ser una belleza, pero tampoco era, como solía decir mi mamá, una carita difícil. No calificaba para la categoría de linda y popular, como tampoco para la de nerd. Creo que es una condición que me tocó por ser la más chica. Los últimos tenemos un poco de cada cosa. Somos como la cena del 25 de diciembre, rejuntes de lo que quedó del almuerzo, que supieron ser sobras de la noche del 24.
Me quedaba ir por el camino del cerebrito. Pero para mi infortunio, en la repartija arbitraria de la génesis, la habilidad para las ciencias exactas me salteó. Todo contenido numérico o contable caía en el pozo ciego de mi marote. A pesar de ello, tenía muy buen trato con las profes de las ramas exactas. Con la de Matemáticas, por ejemplo, había una especie de simpatía manifiesta durante las clases, porque ella percibía mi atención esmerada, mi esfuerzo por tomar nota de todo y tener las tareas al día. Pero aquella relación fluida moría en las instancias de evaluación. No la culpo por detestar mi parsimonia en los exámenes. Recuerdo que entregaba las pruebas con las hojas un poco húmedas por el sudor de las manos y levemente borroneadas. Solo en esa materia, ok, también en Física y en Química, me abandonaba a la desprolijidad. Era de las últimas en transitar el corredor de la muerte, encorvada y temerosa, tragándome agua de moco y angustia. Algunas veces tenía la total certeza de que m había ido como el traste; otras, gimoteaba mirando al cielo como esperando el milagro del diosito al que tantas veces me hacían rezarle las monjas de azul sotana.

Mientras asimilaba el trauma mercantil, iba descubriendo que el arte de las Letras me calzaba mucho mejor, aunque la profesora de Literatura tenía una voz débil y monocorde, por eso no lograba captar la atención de su audiencia y menos seducirla a adentrarse en los mundos borgianos. De algún modo, esa falta de carisma mezclada con mi fascinación por las historias de las cuales poco recuerdo (tengo muy mala memoria) me llevaron a contar las mías. Y no puedo precisar el momento, pero dejé de hacer dibujitos en mis cuadernos y empecé a escribir fragmentos de mi adolescencia. Los diarios íntimos nunca me gustaron. Me parecían incómodos para escribir por su encuadernación y absurdos por la facilidad con la que podían violentarse sus candados. Recuerdo un cuaderno de tapa negra de pvc, con un corazón calado en el frente, de hojas blancas y de colores flúor. En él dejé que las palabras corrieran con libertad y contaran mi paso por la secundaria, como los ensayos para las misas tocando el bombo legüero, cantando en cuanta misión religiosa nos llevaran las monjas. Cualquier ocasión era propicia para pronuniciar a todo trapo el cancionero chupacirio o los hits de la Sole si lográbamos negociar un update del repertorio. Bendeciré al Señor en todo tiempo mientras viajo por las nubes voy llevando mi canción. Era feliz en esos espacios, me olvidaba de mi pelo marañoso, mis cachetes sobresalientes, mis anteojos de John Lennon. Lo daba todo a la hora de cantar, como había visto tantas veces a mi abuela Elsa.
Ella merece un párrafo aparte, la más mujer más hermosa de mi familia. Una artista anónima, que cantaba como un ángel soprano, pintaba hasta en las servilletas de papel poroso y dejaba su estela por donde fuera. Era una diosa encarnada en un ama de casa que se emperifollaba hasta para ir a la carnicería. No había quien no la recordara por su sola presencia, aunque no dijera ni una palabra. Su voz contundente envuelta en esa piel de porcelana blanca hacían de ella una mujer exquisita.
Volviendo a mi diario no tan íntimo, aquel cuaderno de portada especial, fue, entre otras cosas, pegoteado con pedacitos de guirnalda que guardaba de algún asalto en el que había bailado con el chico que me gustaba, quien con más cortesía que placer, me regalaba un tema de Ricky Martin. No fue una etapa fácil, pues la comunicación no se me daba naturalmente. No se me daba en lo más mínimo. Además, no me sentía muy cómoda con mi aspecto general: era flaca, tenía las piernas largas y una cara mofletuda que más allá de no encajar con el resto de mi percha, era constante punto de bullying de varones sabían cómo derribar mi autoestima en segundos. Desde ese entonces, me fui sumergiendo en mis hojas de alto gramaje, en las Rivadavia rayadas que abultaban mis carpetas, tomando el coraje para narrar lo que no me animaba a expresar. Y aunque muchos de aquellos anotadores, libretitas y cuadernos ya no están entre nosotros, de aquellos papelitos renací como Amelia: una voz que vino a contar historias con humor, acidez y dramatismo.

No vales un cuerpo, vales un texto.

Casar

Será el escepticismo de lo vivido, un cuaderno de desilusiones o el devenir de una madurez cítrica, pero cada vez me resulta menos atractivo el sacramento matrimonial. No voy a criticar a los cientos de historias de muchachitas llevadas al altar por príncipes corpulentos y bien intencionados, no. Ya desmitificamos esas ideas patriarcales de linditas cuyo único propósito en la vida era ser rescatadas de las brujas deseosas de belleza y juventud eterna, con nuevos relatos y luchas feministas de tode tipe. Claro que cuando Walt escribió aquellos cuentos de amor en los años cincuenta, masificados por los VHS, las brujitas ignoraban el mundo de la cirugía plástica. De todos modos, era mucho más divertida la alquimia y la persecución permanente que despilfarrar dólares en plásticos, hilos metálicos e inyecciones de sustancias oleosas. Por suerte, Disney vio venir el bardo feminazi y encaró nuevas historias desde la óptica de las villanas.
Estas criaturas, mal catalogadas como envidiosas, eran unas verdaderas emprendedoras, artífices de planes maquiavélicos sin igual. Mujeres con mini pymes que empleaban a unos cuantos malandras buenos para nada. Claro que no habían nacido malitas, no. Maléfica, por ejemplo, tuvo un noviecito que piró por la ambición y la dejó, sumado a que vino un rey hijo de mil a cagarle las tierras. Male, recontra potra y empoderadísima, lo venció con su ejército, ¿y qué hizo el machirulazo? Ofreció a su hija en matrimonio al tipo que asesinara a la pobre y potranca de Male. Quilombo y más quilombo con efectos Disney reloaded. Detenida en el semáforo de Directorio y Carabobo, con las manos abrazando el volante de mi Golfito azul, lo vi tan claro a través de mis cristales gruesos un poco toqueteados. El futuro padre de mis hijes. Un hombre de estatura media, robusto, de manos grandes y callosas, me cargaba en su espalda, dando pasos lentos y firmes, camino al altar de acero desinfectado.
Él, de blanco percudido, con algunas manchas oxidadas, botas negras y cofia traslúcida, tarareaba nuestra canción. Yo, bien mudita, de rojo y rosado rubicundo, alardeaba mis capas de grasita brillosa y suculenta. Hernias, sacrificio y rock and roll.

35 años de amor

Me levanté pensando en todo el amor que recibí el día de mi cumple. Llegó en múltiples formatos, a través de diversos canales y gestos. Amor de las personas de siempre, inquebrantable, y hoy, re-significado, lo tomo, lo guardo, lo atesoro. Amor nuevo de personas que la vida puso en este paso por el mundo para enseñarme que los caminos son infinitos, que las recetas funcionan para el Cuchi, que nada está garantizado porque somos responsables pero no dueños de nuestra existencia. ¿Recibo más de lo que merezco? No lo sé. Este año me trae a este espacio de gratitud y de una percepción más tangible. Siempre fui una defensora del amor, lo anduve buscando, sí, pero tuve que conocer su contra-cara para abordarlo fuera de las teorías, las frases hechas y los modelos aprehendidos. Me siento desbordada, enérgica, en un estado de paz del que no quiero salir, disfrutando de una caricia que quiero perpetuar como la primavera. Porque el amor es una fuerza que atraviesa el alma y la llena de calor de hogar, de aromas, de abrazos, de manos, de carcajadas, de música, de vida. Todo se eleva, se expande, se ilumina. El amor viene de lo genuino, como los ojos achinados de las chicas por encima de los barbijos cuando nos reencontramos la noche del 05/09, como la complicidad idiomática que desarrollamos con Carbonita, como la mano que me da Marian con el delivery los viernes a la noche: ¿lo lleva ella o me lo llevo yo?, como las visitas de mi Natila y su cachorra Chimuela emocionada y meona, como los colores de las astromelias que veo cuando llego a casa, como el saludo de mi ahijado a las 4 am, como el canto de cumpleaños de mis sobrinos y mi cuñada, como los mensajitos de Mamá y el casi abrazo de Papá, como las conversaciones eternas con mis amigas del taller, como perderse en un libro hasta altas horas de la noche, como abrir los ojos cada mañana y sentir cada parte del cuerpo, como el cielo gris que enaltece al sol cuando reaparece tras ausentarse unos cuantos días. El amor viene de esas tantitas cosas que solo puedo decir gracias a la vida.

Cuarentena – La boya

Jueves 21 de mayo. Estoy tan opaca y chata como el paisaje que entra por mi ventana como un bloque gris, pesado y monótono. Me aferro al trabajo como la única boya que me mantiene a flote. No sé para dónde ir, solo tengo ese plástico naranja que abrazo con todo mi cuerpo porque es lo único que puedo tocar sin ponerlo en riego, y no por mi capacidad de destruir todo en segundos, sino por el virus que nos loopea en la incertidumbre. No puedo detenerme ahora, tengo que bracear un poco más para llegar a la orilla y recobrar fuerzas.

Pelear con proveedores, mirar qué están haciendo los otros, cagarse de frío parada en puertas ajenas. Defender tu guita, intercambiar ideas con amigos y colegas, reconquistar a tus clientes.

Discutir con carniceros, probar nuevos, desecharlos. El último ya es historia, porque no puede creer cómo su ojo de bife no es una manteca o cómo los pecetos que me mandó intercalados con nalga, parecen de mamut. O lo que es peor, no son pecetos, son nalgas. Me quiere seguir vendiendo pero no abandona la pedantería y yo, que estoy con la mecha más corta que nunca, me resisto a escuchar su concatenación de audios y a perder tiempo en capturas de pantallas de clientes que le acarician el lomo. Pienso que sus vacas son viejas y gordas y como sigue atosigándome con su voz irritante, le digo que no me gusta su carne, sus formas, su tono. Si después de 7 años no distingo un peceto de una nalga, me tomo un shot de lavandina concentrada.

Buscar precio entre los verduleros es otro entretenimiento. Entre papa, batata y cebollón, intento procesar los acontecimientos del último fin de semana y voy pensando cómo resolver la toma de pedidos del delivery del Cuchi. Este compromiso con mi negocio me salva del encierro, la paja mental, la carencia del tacto humano. Pero este espacio que es infinito y maleable, le quita drama, cuerpo y dolor a mi existencia. Ya sé quién puede darme una mano con el deli. De forma temporal, claro, porque nada es definitivo. ¿Acaso algo lo es?

Se fue otra noche, mientras sigo dándole forma a esta realidad. Cuando cierro el turno, se apagan las hornallas y se guardan los pizarrones, vuelvo a la quietud de mi casa, a la cama mitad caliente mitad fría, a la certeza de mi destino como eterno unipersonal.

Asiento de citas

Tenemos un grupo de WhatsApp con mis amigas del taller de Literatura. Hablamos de la vida, del trabajo, de nuestras realidades en la Argentina y fuera de ella. De las que quedamos, de las que se fueron, de las que se irán. De los hijos, de cómo crecen y se vuelven difíciles y lejanos. De los hombres, de los compañeros de vida, de los chongos.
Qué paja las primeras citas.
Dejen de perder el tiempo en Apps.
Nos llevamos bien, nos matamos a veces pero lo normal de estar juntos todo el día y solos.
Cada una con su realidad. Soy la menor del grupo, y por eso, las chicas creen que conservo cierta ilusión que prefieren no neutralizar. No se equivocan, a pesar de mis cientos de primeras citas, de algún modo inexplicable, conservo un saldito de fantasía. ¿Demasiadas citas, te parece? No me enorgullezco ni me ruborizo. Debo ser una idealista del amor, una romántica empedernida o una jodida implacable que todavía no encontró la horma de su zapato. Claro, ancho 40 y medio y largo 41, no cualquiera maneja el calzado a medida. Como buena hija de emprendedor, no me rindo y no niego que mis relatos estén más cerca de un asiento contable que de historias amorosas exitosas.

Sigo apostando de un modo calculado. Era hora de que calcularas un poco, Amelita. Tan soñadora, dramática, manipuladora, enojona, caprichosa, novelera. Tan de ir con tu corazoncito lábil, casi fuera de tu cuerpo, como una ofrenda para regalar a cualquier gil que te presta un poco de atención. Puede ser que tenga alguna expectativa, no lo niego. Pero si no, ¿para qué activo toda esta maquinaria infernal? Esa cuestión livianita y desinteresada que nos propone la virtualidad nos ha vuelto unos soretes, y con este enunciado me disculpo de haber sido una mierda con algún chongo. Y con chongo, me refiero a aquel con el que hubo más que palabras bonitas, emojis y boludinas, hubo encuentro en el mundo físico. Como si el tiempo no valiera de nada, como si aquella persona con la que compartiste algo no fuese más que una foto de un desconocido ¿Qué pasó? Nos estamos deshumanizando. Y es loco, porque la ecología se quema las pestañas promoviendo campañas alentadoras del consumo inteligente, de reducción de basura, y toda una perorata no menor. Y muchos compramos ese speech, queremos ser ecológicos, considerados con el medio ambiente, pero no podemos comportarnos como humanos con otros humanos. Porque todo dura lo que una historia en Insta. Todo debe ser chill, que fluya bebé. Y nada menos fluido que coger con un extraño del que tenés un par de chats, algunos llamados y una grilla de fotos especialmente elegida para encantar.
Tanto hedonismo me desconecta de lo que verdaderamente importa. Debe ser que estoy demasiado enfocada en los chongos. Basta de decir chongo. Empecemos por ahí. Tengo que dejar de mirarme el agujero que tengo en la panza, abandonar mi frasco, levantar la vista para ver que Elena se ríe como una loca, que ya come banana, batata y pescado al vapor, aunque la palta sola no le cabe tanto. Tengo que reservar la parrilla para que Flor y Pepe hagan el asado dominguero tantas veces prometido. Tengo que salirme de los quilombos diarios del restaurante y encauzarme en mi proyecto de comunicadora. Tantos tengo, tengo.

En fin, sigo apostando a lo que sea que pueda proveerme este mundo de hoy. Como la sabiduría que plasmo en estos 7 consejos que nadie me pidió para desenvolverte en las Apps de citas:

  1. Evitar la palabra cita al acordar un potencial encuentro con un sujete. Aflojemos con la pelotudés del inclusive, que el tema no va por ahí. Cita es un término demodé y genera cierta actitud de cuarentena estricta.
  2. Elegir un lugar neutral.  A lo de ni en tu casa, ni en la mía ni en un telúrico te agrego: elegir un lugar que no conozcas, o al que tengas ganas de ir a pasear, a comer, a beber, a rollear, whatever. Una experiencia más craneada te permite amortizar cualquier situación incómoda, a saber: falta de diálogo, conexión, química o sentido del humor. Si tenés que subtitular, ahí no es.
  3. Tener claro que química mata ilusión. El biri biri se puede ir alegremente a la mierda con solo rozarle los labios y no sentir el chispazo. It´s a kind of magic. En serio, se va todo al carajo sin chemistry. Cuando explicaban física y química, yo le daba al bombo leguero en la clase de música. ¿Se ve que no prestaba atención? O escribía pelotudeces en las hojas Rivadavia: hoy lo vi a Fulanito y bailamos un lento de Ricky Martin. Corazoncito, sticker, sticker posta, de felpa; pedazo de guirnalda de un asalto pegado con cinta scotch del lado de atrás. Porque ante todo, prolijita.
  4. Usar el predictivo. Una palabra impertinente puede dar pie a una conversación hilarante. No hay torso, billete, título u oficio que supla al uso correcto de la Lenguay del ingenio.
  5. Manejar expectativa cero. Ilusión cero. Alcohol cero. Pará. Porque nada puede garantizar una experiencia feliz, no importa la fuente de la que proceda el candidato, si su currículum fue referido por alguien de suma confianza, o fue reclutado personalmente. En tiempos modernos, de poco sirve haber intercambiado tu visión del mundo o unos cuantos fluidos.
  6. Reconocer cuando el otro está en un channel diferente, bebé. Sí, queride, toma tus cartas, tus cosas y nunca te arrepientas, dame la mano, un beso y pega la vuelta. En serio, jugá limpio. Si no te gusta que te ghosteen, no ghostees. No te dejes fantasmear por ningún sujete que convulsione con emojis o le huya al feedback.
  7. Marikondear la chongoteca. El orden y limpieza trae alegría. Reciclar hace bien. Si ya no te hace feliz, afuera.
    Que lo único que te deje recalculando sea la gallega del Waze.

Intensa Mente

Febrero. Me dejo ser. Siento el aire liviano. Quiero pintar todo de rojo. Tengo que hacer más acciones con bodegas. Se casa mi mejor amiga en unos días. Desarmo sillas, las retapizo. Sueño que soy una restauradora: de panzas, de muebles, de cachivaches. Escribo en momentos de desvelo. Diseño las piezas de comunicación del día de los enamorados para el Cuchi y el salón. Escucho playlists de canciones románticas, y le doy repeat a los temas que me desgarran. Me gusta sentir el ardor de las lágrimas corriendo por mis mejillas. No es difícil que una letra me conmueva. Soy más romántica que un posible dúo de Mon Laferte y Ed Sheeran (si el Arjona sajón grabó con Paulito Londra, todo es un posible featuring) y otras cuantas melodías caldeadas de cursilerías. Corazones, flechas, dagas, ¿dragones? Rojo, mucho. Un montón. Los detractores dirán que el 14 de febrero o el mes del amor, es una acción de marketing para vender más chocolates, para fajarte con las flores, las escapadas y las cenas especiales. Los partidarios diremos que se trata de aprovechar el ambiente cachondo para fomentar el encuentro, el reencuentro, el diálogo, el sexo, la intimidad, el sexo, sí, dos veces, tres, cuatro… Está faltando mucha comunicación y no lo digo para que me contraten aunque mal no me vendrían unas changas. Involucrarse es de goma, tolerar es de boludo y profundizar, ¿qué es eso? Aunque navegar historias ajenas es mucho más patético que lo anterior. Si tenés a tu persona favorita al lado, soltá lo que estés haciendo, dejá de mirar las pelotudeces que te querés comprar. La oferta seguirá mañana, porque nadie vende un carajo, sin Macri, con Alberte, Cristine, whatever. Decile cuanto la querés, del modo que te salga. No repitas gestos, pensate algo nuevo. Y hacéselo saber, aunque el gesto y la notificación te parezcan redundantes. No siempre menos es más. Me acuerdo de vos, mi amor. Permitite un poco de cursilería. Bailate un lento en el living, sí, que vuelvan los lentos. Esa sí fue una buena campaña, la publicidad argentina tiene cosas grandiosas. CAE, agradecido. Me fui de tema. Mi deseo en este febrero es para un presente continuo: amémonos más, no para la foto, el video o la gilada que nos mira por IG. Conectémonos más con lo humano, con el momento, con las sensaciones, con los sentimientos. Este mensaje va para mi Amelia que es bastante propensa a papar moscas y comunicar cualquier nimiedad que pasa por su intensa mente. Esto también le cabe al que esté solo, chongueando, pescando. Aflojale a los emojis, mostre. Salí a tomar un café, una birra, una copa de vino. Solo, con un amigo, una amiga, un match, con quien sea. Sí, incluso el 14 de febrero. No paniquees. Los camareros no tienen ni puta idea de tu estado civil. Una cita en Valentines no significan mariachis o promesas de amor. O tal vez sí, pero quién sabe.

Requechos

Esta web que no tiene un fin, representa mi modo de vivir la vida, la forma en que el mundo me atraviesa, me conmueve, me estimula. Voy profundo, calo hondo, rompo la superficie para dejarme sorprender. Soy requechos de las cosas que junto por ahí, de las que algunos ensalzan, de las que otros descartan. Mis sentidos están alertas para levantar información incluso a la vuelta de mi casa, por la misma vereda que transito cientos de veces. Incluso el excremento que dejó de regalo el perro del vecino en el árbol del local, me moviliza y me lleva a pensar que el sorete solo es producto una descarga animal y no es culpable de su asquerosa condición, a diferencia del verdadero responsable, el vecino que se regocija de placer al verme agachada juntando la mierda de su mascota. Un día, voy a levantar el bodoque de mierda, y si no es ese, uno que sea lo suficientemente grande y con valor y altura, que tengo y mucha, voy a embadurnarle los dos parabrisas de su auto negro brillante recién encerado, con el que se pasea a ventanilla baja haciéndose el banana.

Melón

Víspera de Nochebuena. Estoy sentada en la mesa 1, que está armada para 6 personas. La ocupé porque está cerca de un toma y necesito cargar mi computadora. A mi derecha, están mi padre y sus amigos de San Lorenzo. Discuten de política, macristas contra kichneristas y a la inversa. Me entretienen el oído mientras escribo estas líneas. Siento cierta nostalgia por los pedacitos de vida que van quedando atrás, sobre los que vuelvo con la mente y el corazón y no para hacer un balance, porque es algo que escapa de mis habilidades y tampoco me interesa, sino para agradecer. Las circunstancias socio económicas no fueron las mejores, de hecho, no lo son desde que tengo uso de razón (no me juzguen si me llegó tarde). Bla, bla bla. En la Argentina, vivimos sorteando obstáculos producto de muchos factores, pero el más fuerte, la soberbia humana. La vida del emprendedor involucra estar un paso adelante, y me remito a mi ejemplo primario, mi viejo. Después, la vida, mi experiencia en El Cuchi, el día a día. Si te dormís, sos cartera, zapato y billetera. Si delirás, vas directamente a un fondo de comercio. Si la tenés atada, y esto refiere a la vaca, con perdón de los veganes que lean este texto, armás un plan de negocios con un proyectito que prometa una rentabilidad contundente al cabo de un año, y seguro te caen inversores de punta. Solo hay que encontrar el nicho y el gil que ponga la tarasca. Una boludés. Pero never give up, bro. Meloneá, meloneá, meloneá, porque está en temporada, rico, dulce, solo o con Crudo. Pero atenti con el verdulero que te lo huele en la cara y después, sabe a trapo mojado. Por eso, mi consejito: no manoseen a la vista del comerciante, cuando se da vuelta a pesar el primer insumo, acérquense al cajón que más les guste, sientan la firmeza de la fruta, la tersura de su piel, háganla suya y mándense directamente a la balanza con los tres duraznos en plan te ayudo así atendés al que sigue, sonrisita, guiño o manito en la espalda. ¿Te das cuenta? Eso es tener la economía en el balero. No vuelven más, no, mentira. No te cagan más, seguro.

De pijas y bombones

No es casual que hace días, o tal vez años, le doy vueltas al hecho de escribir acerca de cómo conocí a mi primer amor de verdad, mi ex. En todas estas páginas no hice más que reescribir anécdotas acerca de los tipos que rompieron mi alma con mi consentimiento. Será que tanto pijazo fue la excusa para evitar lo genuino, permanente, aburrido, insoportable, amoroso, tierno, monótono. El primer hombre que conoció mi intensidad y se quedó para aguantarla fue Pablo. Pablo no tiene seudónimo, es y será Pablo en este texto y fuera de él. Claro que antes de Pablo, tuve que sortear algunas piedras, como los gestos del rosarino que flasheó amor en Purmamarca y me llenó de Bonobones la maceta del hostel custodiado por una tierna llama que luego degustamos en milanesas, empanadas y otras delicias autóctonas. Un carilindo romanticón que tenía muchas condiciones: arquitecto, fotógrafo de hobby, atento, divertido, pensante. Fue una ilusión la de volver a encontrarnos tiempo después del cerro, el mate y la peña. Cuando cada uno regresó a su ciudad, seguimos hablando por Whatsapp, hasta que un día me dijo: perdoname si cuelgo, acaba de llegar mi novia.
Explicar otra decepción no agrega color al texto. Este sujeto, tal vez fue el más astuto al permitirse la piratería fuera de su ciudad natal. Amelia, hay algo en tu energía, estás dando una imagen que los tipos malinterpretan, no te valorás lo suficiente. ¿WTF? Después de archivar a mis muertos, ignorar llamados y escupir bombones, me tomé un descanso. El resentimiento hacia el mundo chongueril duró lo que mi instinto se mantuvo contenido, hasta que en algún lado escuché a alguien hablar del tema, o algún algoritmo de internet pensó que ya había sufrido lo suficiente y me sugirió bajarme una App de citas. Así es, más o menos, como llegué a Tinder y al modo no menos casual de conocer pijas multiformato. Esta aplicación es una suerte de catálogo fotográfico de hombres y mujeres, un book interminable de escaso contenido literario, en el que algunos pocos descollan sus descripciones. Y aún teniendo una carta de presentación potable para complementar a una buena selección de fotos, o a la inversa, la experiencia te lleva a desconfiar del marketing personal. No somos los que decimos ser. Replicamos nuestras figuritas en cuanta red social se presenta, adaptando el marco a cada plataforma. Volviendo a Tinder, se la categoriza como una herramienta para encuentros casuales. ¿Cómo funciona? Después de configurar cuestiones relacionadas a sexo, edad y rango geográfico, se accede a los perfiles, que no son más que una foto o selección de ellas, con un nombre, y debajo, dos íconos que representan tu decisión: si deslizás tu dedo hacia el corazón, le das; hacia la cruz, no le das. Si tu juicio frívolo se arrepiente porque viste de cerca la foto, el baño pobretón, te pareció forzada la pose, o te inquieta saber si los niños son los hijos, se puede bloquear ese perfil de dicha oferta. Te convertís en persona una vez que concretás una cita cara a cara. Ni siquiera el tiempo que destines a tratar de conocer a esa persona por chat, que puede iniciarse en la aplicación, y luego pasar a WhatsApp, que es otra aplicación que pareciera avanzar hacia cierta intencionalidad real, ni siquiera esa cotidianidad compartida en el fluir de mensajes y audios, puede reemplazar al hecho físico de compartir un café, una birra o un polvo. Las experiencias son acumulables como los contactos que van llenando tu agenda. Sí, podés coger en cuestión de minutos u horas, sobretodo si tu charla empieza cerca de la nochecita de un día cualquiera. Aunque manifiestes que no estás interesada en un garche express, cualquier sujeto puede sorprenderte entre mensaje y mensaje: me voy a duchar, linda! acompañado de una foto mitad torso, mitad calzón, sin jeta. Eso es lo que yo llamo, la foto p, o foto pija, también podría ser la foto banana o berenjena, pero la foto p tiene más impacto. Si respondés con tu foto p, o bueno, foto c, entrás en la dinámica del sexting*, y es posible, que no haya retorno. La única manera de no tocar fondo es suspender el estofado de cuerpos, voces, pijas, culos, tetas y conchas por un rato. El caldo se vuelve tan denso y oscuro, que te colma hasta reventar, hasta estallar en pedazos, hasta deconstruirte en las partes del todo. Ahí estás, otra vez flotando entre la tripa gorda y la pata de chancho. Es difícil encontrar el modo de comer a tu ritmo. Sé que no voy a renunciar a la carne, me niego a ser veggie como también a intercambiar figuritas con amigas de mis amigas, con amigas de amigas de mis amigas. Late, nola. Es posible que hayas compartido chongo con alguna conocida y hasta tengas la sororidad de advertir a otras mujeres, en caso de que tu cita haya sido un completo desastre. Ojo que este flaco se queja del precio de las rabas. Vas a tener que comer papas fritas, o conformarte con el maní toqueteado. Sí, entre nosotras nos apoyamos y compartimos las fotos y prontuarios para allanarle el camino a las que vendrán. Por momentos, te cansa, querés dejar de probar, de salir, de tener que mostrarme encantadora. Ya fue, que se me vean los hilos. Una esperanza asoma cuando conocés a un flaco que te gusta y se muestra caballero, no pone la excusa del feminismo para ir a medias. Relajate, disfrutá, sé vos. Cuando te encanta y pensás que fluye, empieza el aire. Tarda en responder, pone excusas para verte, contesta todo con emojis. No le gustaste, algo no le gustó, algo que dijiste, algo que pensaste en voz alta. Se lo traga la tierra, como a los muertos del mundo físico. No todos los chongos virtuales mueren después de corporizarse, algunos persisten un tiempito, otros son almas con insomnio que deambulan en el limbo virtual hasta desvanecerse, son avestruces curiosos sin apetito. Se acaba de separar, está chongueando con varias, se bajó la app para joder, no sabe lo que quiere, le gustó más la otra, vive más cerca, está confundido, volvió con la ex. Podrías seguir elucubrando posibilidades acerca de por qué alguien desaparece sin dejar rastros, eliminándote de su vida como si fueras un mensaje equivocado. No importa si compartiste fluidos de todo tipo o tu visión del mundo. Cualquier excusa para dejar de ver a alguien suena berreta y la honestidad, innecesariamente cruel. El silencio comunica, basta disiparse en la virtualidad. Como si no fuésemos humanos. Lo que decepciona es la falta de humanidad. Volvés a ser un perfil. Después de un par de pajas mentales intentando descubrir el móvil, nos gana el pragmatismo de un posteo instagramero: adiós a los que se fueron, gracias a los que se quedaron y bienvenidos los que vienen.

De muertes recientes

El gatofloro, octubre de 2011- marzo de 2014
Empleado de área comercial en editorial de renombre, músico aficionado. Huérfano. Fallece el 13 de marzo de 2014, poniendo fin a su infelicidad agonizante. Yo al final quería curtir y vos no me querías ver, fueron sus últimas palabras. Descansa en paz en las calles Ortega y Gasset y Luis María Campos.

El provinciano, ¿?
Abogado independiente, militante de partidos fantasmas, masticador incansable. Acusado de querer metérsela en seco, también a la hermana de la redactora. Visto por última vez en Libertad y Lavalle. Se ignora la fecha de su muerte.

El culposo,  julio de 2011 – febrero de 2012
Ingeniero en telecomunicaciones en importante empresa nacional proveedora de servicios de tv por cable. Amante de los rollers y los cómics. Escurridizo, falsificador. Fallece en febrero de 2012, tras una cobarde retirada de la guerra. Sus restos yacen en el Cementerio de los Cagones. 

El animal, marzo de 2013 – octubre de 2013
Abogado eficiente, fanático de los deportes, portador de un lomo infernal, amante cumplidor. Desaparece sin dejar rastros en octubre de 2013. Tuvo una aparición post mórtem el pasado febrero de 2014, en una bonita provincia del norte.

El candidato, marzo de 2014 – ¿?
Licenciado en comercio internacional, emprendedor nato, tipo de armas tomar. Generoso, sociable y cariñoso. Galán para enamorarse en dos citas. Visto por última vez en la calle Honduras al 5000. Deja su país para capacitarse en el exterior y ver crecer a su sobrino, hijo de su hermana radicada en los Estados Unidos. 

Decidí empezar un obituario porque tengo déficit de memoria. De ahora en más todos mis muertos o los que han matado mi ilusión, van a tener su fecha de nacimiento y de defunción, no para dejar constancia de su existencia en mi línea de tiempo, sino para ordenar este caos de hombres que entran y salen del texto caprichosamente. 

Hay algo de masoquismo en quien escribe, cierto goce en el sufrimiento. Soy una p de pánfila, una p de perdedora, una p de patética, una p de paria. Sin esta p de padecimiento, tendría que narrar cosas felices, sosas, cursis, empalagosas, y de eso, no puedo hablar demasiado, porque así como en la vida, en el texto, la felicidad es un instante, un resultado, una conquista y a otra cosa. La felicidad es un trabajo, es cosa seria. Por eso, como dice Euge, mejor disfrutá la previa, porque la fiesta pasa volando.Y post evento,¿qué nos queda? Aferrarnos a las fotos, videos, capturas, anécdotas que repetimos durante los meses posteriores. La felicidad es un espejismo. Como Fabián, el armenio que apareció en una fiesta a mediados de 2012, mientras con Santiago íbamos y veníamos y yo hacía un esfuerzo por conocer a otro que borrara esa mancha en mi historia. Aunque para mi desgracia, la tela ya estaba percudida. Fabián se acercó esa noche y me dijo, ¿vos sos Amelita? Eh, sí, le respondí, ¿vos quién sos? Soy Fabián, me dijo. Amigo de Juani, el hermano de tu amiga del colegio, no te acordás, pero hablábamos por ICQ hace un par de años. No recuerdo haberme apretado a ningún Fabián, pensé. Y en esa nube caótica, plop, ventana de ICQ. Fabián tenía 19, yo 14 o 15. Solo chateábamos, y éramos demasiado púberes o tímidos como para romper el hielo en una heladería. No puedo creer, estás igual que en las fotos, me dijo. Yo no sabía si ser la versión femenina de Dorian Gray era un halago, porque según Fabi yo tenía 26 años pero parecía de 14. En esa noche de fiesta, charlamos un largo rato y cuando le dije que tenía que irme, me pidió mi número de celu. Si apunta tu número, es que está interesado, diría mi amiga Agostina, que volvió de Madrid y dice carretera en lugar de autopista. Unos días después de ese finde, Fabi me escribió un mensajito y empezamos a chatear por SMS. Me contó que se había recibido de Ingeniero en telecomunicaciones, que estaba trabajando para Cablevisión, que tenía muchas reuniones con chinos y unas cuantas cosas más que me parecían fascinantes. Yo le conté que había estudiado Diseño de indumentaria en la UBA y que casi terminando el primer año, decidí cambiar de rumbo porque no me veía futuro en la moda. Así que nada, sabía que lo mío era la expresión y acá estoy, estudiando Comunicación en la UCA, enuncié orgullosa. Nuestras conversaciones se volvieron cada vez más frecuentes. Me llamaba por teléfono, nos mandábamos mails con canciones o videos que nos gustaban. Y entre una cosa y otra, se me ocurrió preguntarle si estaba con alguien. Estoy de novio, respondió. ¿Qué onda? ¿Se pusieron todos de acuerdo? Es un hecho, desde que conocí a Santiago, estoy condenada a lidiar con tipos inseguros que necesitan saber si todavía tienen chances en el mercado femenino, o solo quieren histeriquear, y yo entro, como un caballo, como una potra indomable. Fuck, otra vez haciendo de la amiguita psicóloga que te presta la oreja y te coge en el sueño. Fabián sostenía muy fuerte el estandarte de la amistad y yo solo pensaba en cómo derribarlo. Fuimos conociéndonos, buscándonos, compartiendo momentos ordinarios. Salimos a comer, a tomar helado, otra vez a comer, al cine. A la salida del trabajo, cuando yo todavía trabajaba en 25 de Mayo y Corrientes, nos encontrábamos en Puerto Madero para andar en rollers y nos quedábamos hasta tarde. Amaba saber que tenía esa cita sobre ruedas. Me sentía la protagonista de una novela teen, la bella virga, recontra caliente con el vampiro pálido que la protegía de su pija y el mordiscón transformador. Contenerse se volvía cada vez más difícil. Nos veíamos demasiado, Fabián me gustaba y yo a él. Una noche después de cenar, nos quedamos hablando en su auto. Pasamos tanto tiempo charlando que amaneció. Me dijo que no sabía qué hacer, que estaba confundido, que nunca le había pasado algo así durante su noviazgo, que yo lo había hecho replantearse no solo su relación sino otras cuestiones de su vida. Fue la primera vez que habló de su novia. Me dijo que la conocía hace mucho, que también era armenia, y que ambas familias esperaban que se casaran, que era lo que tenía que hacer. Toda este drama del amor imposible se acentuaba con la presión que Fabián sentía ante sus expectativas y las ajenas. El quería llegar a los 30 años con su futuro resuelto. Su destino se veía demasiado claro y trazado en oposición al mío, difuso e incierto. Él me hacía preguntas muy específicas y yo respondía sin certezas. Amelia, cómo te gusta embarrarte. No hay atisbo de que Fabián pele los huevos para enfrentarse a su novia, a la comunidad armenia y a la mar en coche. Le pregunté si quería que dejásemos de vernos y me respondió que no, que solo quería que yo supiera lo que le estaba pasando. Seguimos viéndonos, compartiendo tardes, como aquella vez que le conté que estaba muy triste porque mi madrina había fallecido: nos vimos en nuestro punto de encuentro para ir a rollear. Llegó con un chocolate gigante y una caja de pañuelos de papel. Me los entregó con solemnidad. Aunque la seriedad quedó olvidada en aquel pernocte automotriz, Fabián se las ingeniaba para intercalar preguntas acerca de cómo era yo en una relación, qué planes tenía, si quería casarme y tener hijos, entre otras cosas. Yo veía todo eso tan lejano que me sentía incapaz de responder algo de su agrado. En su cabeza iba completando los cuadrantes de mi análisis FODA: fortalezas, oportunidades, debilidades y amenazas. Porque claro, mirá si dejaba a la novia, a la comunidad armenia y a la mar en coche para estar conmigo y lo nuestro no funcionaba. Fabi quería consistencia y yo quería experiencia, él pensaba en romance, yo, en carne. Necesitaba demostrarle que frente a tanta mentalidad, tanto estado analítico, lo único que podía darle una respuesta primaria y primitiva, era el contacto físico. Una vez, se invitó a mi casa a cenar, en ese momento la de mis viejos, que estaban de viaje. Terminada la cena, nos fuimos al living a escuchar música y al rato me dijo de subir a mi habitación. ¡Al fin! pensé. Nos sentamos en mi cama. Miré a mi alrededor y sentí que mi cuarto acompañaba la escena infantil que estábamos viviendo: animalitos de peluche, cuadritos, fotos viejas, libros de Harry Potter. Nuestro silencio cortaba el aire, aunque de fondo se oyera la voz de Bono en la canción Bad. De pronto, sentí una mano de Fabi acariciándome la espalda. Me estremecí. Había esperado ese momento mucho tiempo. Me di vuelta para mirarlo y me acerqué como para darle un beso. Me corrió la cara. Cuando volví a sus ojos, los tenía llenos de lágrimas. No me dio lástima, en cambio yo, yo me dí lástima, me di la di en la pileta vacía. Bajo a abrirte, le dije. Y se fue, con la cabeza gacha, colgándome las ganas en el placard. Al otro día, me llamó varias veces, pero no lo atendí. Pasó una semana, y le escribí un mail, diciéndole que me había lastimado y que estaba equivocado si creía estar libre de pecado por no haber probado la carne, porque también se pecaba de pensamiento. Después de mi enojo, volvimos a hablar por teléfono. Esa tarde en la que hicimos algo parecido a las paces, llovía a cántaros. Me preguntó qué estaba haciendo y en dónde estaba. ¿Acaso importa?, le respondí. Mientras ordenaba unos apuntes viejos de la facultad, me llega un mensaje: estoy en la puerta. Otra vez, un retorcijón esperanzador. Bajo a abrirle entre contenta y nerviosa y lo encuentro empapado, subido a su bici. ¿Querés pasar? le pregunté. No, solo venía a decirte que me importás mucho. Y me besó bajo la lluvia, en la puerta de rejas. Me dio un beso que después de tanto esperar, me pareció insípido, incoloro y seco, digno de un culposo. Al día siguiente, me llamó para decirme que estaba arrepentido, que había sido un error, que iba a tratar de seguir con su vida y que lo mejor era no vernos más. Chau, Fabián, deseo que se te vuelen las chapas, que te caigan soretes de punta, que te parta un rayo.