Alma afilada

Martes que te quiero martes. Acá estoy con el objetivo reiteradamente incumplido de las páginas matutinas. Cada vez me cuesta más cuando ya debería ser un hábito. O el resultado de este ejercicio maquiavélico propuesto por la señora del libro que estoy leyendo en mi transición hacia la artista que quiero ser. Esa mujer sabía que tarde o temprano estaría odiando esta tarea por carecer de aparentes motivos para escribir sin parar hasta cumplir con las tres carillas. Qué decir. Me angustia saber que viene fin de año, o año nuevo, y no saber dónde y con quién lo voy a celebrar. Fantaseo con ir a una fiesta sola, pagar un cubierto, sentarme a comer y emborracharme hasta entrar en un loop de risallanto. Me entristece haber llegado a la edad que tengo y no estar ni cerca de formar mi propia familia. Hace días que vengo pensando en eso. No es que me urja tener un hijo ya mismo, pero veo beibis y esa posibilidad se aleja aún más que la situación de un verdadero romance. Mi concepción es bastante clásica. Una podría empezar por el hijo y después ver si se enamora, pero esa modalidad no me convence. Aunque a veces considero que es la única alternativa frente a mis fallidos intentos de encontrar un hombre con quien al menos poner el tema sobre la mesa. Estoy agotada de tener citas, de luchar con varones para que se pongan un forro, de amenazar con que podría ser portadora de alguna enfermedad de transmisión sexual. Más de uno piensa que como soy blanquita y de clase media, estoy exenta de ser una promiscua. ¿Tenés idea de con quién cogí? ¿Debo presumir que te cuidaste? ¿Por qué debería confiar en alguien que probablemente desaparezca al día siguiente? Este año aprendí a fuerza de estrés e infecciones nerviosas que nadie más que yo cuidará mi integridad, aunque eso me valga enfrentar a hombres que incluso han traído hijos al mundo y darles clases de educación cívica. Hay tajos que llegan al hueso, denigrando lo esencial: sos solo un cuerpo. El amor, el romanticismo y demás yerbas necesitan una instancia superior a la que no puede llegarse porque están todos demasiado ocupados en mostrar un envoltorio que se parece a tantos otros. Machos que dicen querer coger pero no asumen la responsabilidad que implica. La seducción es un término obsoleto. No importás, pero tampoco él se importa a sí mismo, porque mientras hace culto de su hedonismo, su genitalidad se le sube a cabeza y arremete con todo el vigor de su hombría dispuesto a puertearte sin registro alguno. Y se encuentra con una hembra aguerrida de piernas cerradas: o te ponés forro o no cogemos. No cogemos. Punto. Es una situación que podría evitarse, seguro. Un desgaste innecesario. Ah pero vos lo llevaste hasta tu cama o fuiste hasta la suya. Deberías preguntarle antes si se quiere poner forro. ¿Te parece tener esa conversación? No hablamos de ser caballeros, hablamos de educación sexual, cívica, humana. A veces no sé cómo categorizarla.
Afilada como cuchillo a estrenar, dolida como pie de peregrino, me convenzo de que ninguna herida es permanente. Dicen por ahí que lo que no te mata te hace más fuerte. Lo que no te destruye, te da más herramientas. Anhelo un amor grandioso, un espacio de paz y de escucha activa. Donde el deseo del otro resuene y la conquista sea un valor que permanezca. Donde los egos sean más recatados y las almas se encuentren para compartir.

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