Miércoles 8 de enero – Memorias presentes


Recuerdo tu presencia aquel viernes que nos vimos por primera vez. Bajás del auto luciendo anteojos espejados, una remera impoluta y un jean ceñido al cuerpo. Hablás por teléfono. Sos digno de una captura perfecta en un escenario trendy como la esquina de Arévalo y Nicaragua. Aunque te ficho desde el instante en que el auto se detiene, intento parecer distraída, sumergiéndome en el celular que no tiene efecto desde la diagonal recta que marca tu trayecto hacia mi encuentro.
Decidimos almorzar adentro porque hace demasiado calor. Le pido a mi torpeza una tregua por unas horas: estoy en una cita, por favor, dejame desplegar mi gestualidad en paz. Unos aperitivos para empezar, un vino rosado a temperatura ideal, degustación de ceviches y pesca compartida. Vos, tan hermoso, relatándome una vida vertiginosa. Yo, mirándote esos labios que acompasan el relato de una vida vertiginosa. Hablamos sin parar. Como si fuésemos dos conocidos poniéndose al día. La gente nos mira. La mujer de la mesa lindante piensa lo fuerte que estás. Me lo dijeron sus ojos. Los mozos también pispean, esperando algún gesto nuestro para retirar el servicio. Los reyes de la sobremesa no nos damos por aludidos. Un almuerzo con vos, doble turno.

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