Domingo 5 de enero de 2020 – El último café

Abrí los ojos, me desperecé en silencio  y miré hacia el costado. Como se me hizo costumbre en estos días que se tornaron noches sin darnos cuenta. Despertarme antes que vos, porque duermo poco, soy manija, estoy falopa. Despertarme antes que vos, para recorrer tu espalda, besarte el cuello, oler el perfume que desprenden tus rulos en mi almohada o en la tuya. Qué lindo es amanecer a tu lado y que las primeras conversaciones sean puro delirio. ¿El casamiento al revés? Solo con vos puedo dar rienda suelta a mi insensatez. Te prendés, me prendés y arranca el disparate que me acalambra la panza de tanto reír. Es nuestra última mañana. Estamos imantados a las sábanas. Doy vueltas para ir a ducharme, mientras  te veo empezar a ordenar tu ropa. Tu partida es inminente. De hecho, siempre lo fue. Verte doblar las prendas que te faltan es la realidad que intento eludir desde que amanecí. La muda de viaje tendida sobre la silla se deleita con mi melancolía. Te vas. Entro al baño y cierro la puerta. Abro la ducha mientras tarareo melodías para disipar las lágrimas que barre la lluvia.

I’ve got the world on a string, sittin’ on a rainbow

Got the string around my finger

What a world, what a life, I’m in love

Ay, Lucimán, yo tan metejón con vos y vos tan en un trip. Salgo del agua y mientras me seco, vuelvo a mirar los productos que hay en la mesada. Intento memorizar los nombres de tus perfumes. Como soy mala con la memoria, me aferro a la anatomía y color de los envases. Me detengo en esos aceites que huelen magnéticos en tu piel. Cuando cruzo la puerta, nos abrazamos.  Nos observo juntos y desnudos por última vez. Nos despegamos para que puedas terminar de acomodar lo que dejaste sobre la cama. ¿Qué vas a hacer hoy?, me preguntás. Te digo que no sé si me voy a mi casa, a la de mis padres o a desayunar por ahí.
Me voy a desayunar, te digo sonriendo. Me acompañás a la puerta, a la vereda de tu dpto de Bondpland ::: y continuamos caminando juntos, tomados del brazo, como se nos hizo habitual.
Un café me tomo, me decís. Y yo, feliz de pasar un rato más con vos. Llegamos a Café Registrado. Buscamos una mesa afuera, pero todas están ocupadas o muy apretadas entre sí. Hasta que una se libera y nos parece perfecta. Pedimos un desayuno que tiene un espresso y tres medialunas y le sumamos un macchiato. Te miro y no lo creo. Un piquete para detener el tiempo. Un huequito en la profundidad de tus ojos y quedarme ahí para siempre.Tomás tu café, mordés una medialuna y hablamos de cosas que no puedo recordar ahora. Un bocado más y un sorbo de café. Bueno, Amelia, seguí disfrutando. Un beso y un abrazo intenso quedan latiendo en mi cuerpo, mientras te veo alejarte y mi humanidad no entiende que no vamos a vernos más tarde. El pecho se me encoge al perderte de vista. Ya te extraño, nos extraño. Te vas y no lo creo. Volvés a tu país de residencia, porque fucking vida de expatriado, conchitumá. La vida sigue su curso. Y yo, con mi taza de café que no puedo terminar. No puede terminar. Esto no puede ser todo, Lucimán. De pronto, te me aparecés para besarme de nuevo. Y me desintegro ahí mismo. Adiós, Hombre Luz.


Me quedo unos minutos más contemplando la esquina por la que te vi partir. El sol de la mañana me invita a caminar las calles por las que anduvimos del brazo. Tomo Arévalo y dejo que mis pies guíen el camino a casa. No quiero volver, prefiero quedarme pateando.
En el trayecto, me detengo en puertas antiguas, en paredes enmarcadas por flores de verano, en viejas casas renovadas por el arte callejero. Seguimos hablando durante mi caminata y tus quehaceres relativos a tu egreso. Mientras camino, empiezo a recordarnos. Sí, tan pronto. Qué feliz me hiciste, Luciano. El sol intensifica su calor, mi piel aumenta su temperatura y humedad, como una alusión a tu paso por mi vida.
Sigo caminando y sacando fotos que te envío por chat. Extrañarte es un presagio de lo que me espera. La avenida Dorrego se pone densa en dirección a Corrientes. Encuentro un bazar lleno de pavadas. Entro a buscar sahumerios, porque gasté los que tenía ensayando cómo esperarte aquella tarde del body negro y la playlist sensual. Me distraigo con otros objetos, pero solo me llevo los sahumerios. Sigo mi ruta. El calor me hace sentir pegajosa. No quiero un taxi con aire. Voy a paso lento, capturando pedacitos de ciudad para mí y para vos, mientras me contás tus experiencias con esa voz tan cálida que me envuelve y tus detalles que me llevan a imaginarlo todo. Gastronomía, música, arte, Krug. Tomo nota. En ese retorno, estamos caminando juntos. No quiero llegar a destino, Lucimán. Ya estoy muy cerca de casa. Antes paso por el Cuchi, retiro la lista de compras para la semana, y acepto que el periplo terminó. Unos pasos más hacia mi dpto. Abro la puerta de Malvinas y te siento en el aire. No quiero empezar a recordarte si todavía no te fuiste.

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