De muertes recientes

El gatofloro, octubre de 2011- marzo de 2014
Empleado de área comercial en editorial de renombre, músico aficionado. Huérfano. Fallece el 13 de marzo de 2014, poniendo fin a su infelicidad agonizante. Yo al final quería curtir y vos no me querías ver, fueron sus últimas palabras. Descansa en paz en las calles Ortega y Gasset y Luis María Campos.

El provinciano, ¿?
Abogado independiente, militante de partidos fantasmas, masticador incansable. Acusado de querer metérsela en seco, también a la hermana de la redactora. Visto por última vez en Libertad y Lavalle. Se ignora la fecha de su muerte.

El culposo,  julio de 2011 – febrero de 2012
Ingeniero en telecomunicaciones en importante empresa nacional proveedora de servicios de tv por cable. Amante de los rollers y los cómics. Escurridizo, falsificador. Fallece en febrero de 2012, tras una cobarde retirada de la guerra. Sus restos yacen en el Cementerio de los Cagones. 

El animal, marzo de 2013 – octubre de 2013
Abogado eficiente, fanático de los deportes, portador de un lomo infernal, amante cumplidor. Desaparece sin dejar rastros en octubre de 2013. Tuvo una aparición post mórtem el pasado febrero de 2014, en una bonita provincia del norte.

El candidato, marzo de 2014 – ¿?
Licenciado en comercio internacional, emprendedor nato, tipo de armas tomar. Generoso, sociable y cariñoso. Galán para enamorarse en dos citas. Visto por última vez en la calle Honduras al 5000. Deja su país para capacitarse en el exterior y ver crecer a su sobrino, hijo de su hermana radicada en los Estados Unidos. 

Decidí empezar un obituario porque tengo déficit de memoria. De ahora en más todos mis muertos o los que han matado mi ilusión, van a tener su fecha de nacimiento y de defunción, no para dejar constancia de su existencia en mi línea de tiempo, sino para ordenar este caos de hombres que entran y salen del texto caprichosamente. 

Hay algo de masoquismo en quien escribe, cierto goce en el sufrimiento. Soy una p de pánfila, una p de perdedora, una p de patética, una p de paria. Sin esta p de padecimiento, tendría que narrar cosas felices, sosas, cursis, empalagosas, y de eso, no puedo hablar demasiado, porque así como en la vida, en el texto, la felicidad es un instante, un resultado, una conquista y a otra cosa. La felicidad es un trabajo, es cosa seria. Por eso, como dice Euge, mejor disfrutá la previa, porque la fiesta pasa volando.Y post evento,¿qué nos queda? Aferrarnos a las fotos, videos, capturas, anécdotas que repetimos durante los meses posteriores. La felicidad es un espejismo. Como Fabián, el armenio que apareció en una fiesta a mediados de 2012, mientras con Santiago íbamos y veníamos y yo hacía un esfuerzo por conocer a otro que borrara esa mancha en mi historia. Aunque para mi desgracia, la tela ya estaba percudida. Fabián se acercó esa noche y me dijo, ¿vos sos Amelita? Eh, sí, le respondí, ¿vos quién sos? Soy Fabián, me dijo. Amigo de Juani, el hermano de tu amiga del colegio, no te acordás, pero hablábamos por ICQ hace un par de años. No recuerdo haberme apretado a ningún Fabián, pensé. Y en esa nube caótica, plop, ventana de ICQ. Fabián tenía 19, yo 14 o 15. Solo chateábamos, y éramos demasiado púberes o tímidos como para romper el hielo en una heladería. No puedo creer, estás igual que en las fotos, me dijo. Yo no sabía si ser la versión femenina de Dorian Gray era un halago, porque según Fabi yo tenía 26 años pero parecía de 14. En esa noche de fiesta, charlamos un largo rato y cuando le dije que tenía que irme, me pidió mi número de celu. Si apunta tu número, es que está interesado, diría mi amiga Agostina, que volvió de Madrid y dice carretera en lugar de autopista. Unos días después de ese finde, Fabi me escribió un mensajito y empezamos a chatear por SMS. Me contó que se había recibido de Ingeniero en telecomunicaciones, que estaba trabajando para Cablevisión, que tenía muchas reuniones con chinos y unas cuantas cosas más que me parecían fascinantes. Yo le conté que había estudiado Diseño de indumentaria en la UBA y que casi terminando el primer año, decidí cambiar de rumbo porque no me veía futuro en la moda. Así que nada, sabía que lo mío era la expresión y acá estoy, estudiando Comunicación en la UCA, enuncié orgullosa. Nuestras conversaciones se volvieron cada vez más frecuentes. Me llamaba por teléfono, nos mandábamos mails con canciones o videos que nos gustaban. Y entre una cosa y otra, se me ocurrió preguntarle si estaba con alguien. Estoy de novio, respondió. ¿Qué onda? ¿Se pusieron todos de acuerdo? Es un hecho, desde que conocí a Santiago, estoy condenada a lidiar con tipos inseguros que necesitan saber si todavía tienen chances en el mercado femenino, o solo quieren histeriquear, y yo entro, como un caballo, como una potra indomable. Fuck, otra vez haciendo de la amiguita psicóloga que te presta la oreja y te coge en el sueño. Fabián sostenía muy fuerte el estandarte de la amistad y yo solo pensaba en cómo derribarlo. Fuimos conociéndonos, buscándonos, compartiendo momentos ordinarios. Salimos a comer, a tomar helado, otra vez a comer, al cine. A la salida del trabajo, cuando yo todavía trabajaba en 25 de Mayo y Corrientes, nos encontrábamos en Puerto Madero para andar en rollers y nos quedábamos hasta tarde. Amaba saber que tenía esa cita sobre ruedas. Me sentía la protagonista de una novela teen, la bella virga, recontra caliente con el vampiro pálido que la protegía de su pija y el mordiscón transformador. Contenerse se volvía cada vez más difícil. Nos veíamos demasiado, Fabián me gustaba y yo a él. Una noche después de cenar, nos quedamos hablando en su auto. Pasamos tanto tiempo charlando que amaneció. Me dijo que no sabía qué hacer, que estaba confundido, que nunca le había pasado algo así durante su noviazgo, que yo lo había hecho replantearse no solo su relación sino otras cuestiones de su vida. Fue la primera vez que habló de su novia. Me dijo que la conocía hace mucho, que también era armenia, y que ambas familias esperaban que se casaran, que era lo que tenía que hacer. Toda este drama del amor imposible se acentuaba con la presión que Fabián sentía ante sus expectativas y las ajenas. El quería llegar a los 30 años con su futuro resuelto. Su destino se veía demasiado claro y trazado en oposición al mío, difuso e incierto. Él me hacía preguntas muy específicas y yo respondía sin certezas. Amelia, cómo te gusta embarrarte. No hay atisbo de que Fabián pele los huevos para enfrentarse a su novia, a la comunidad armenia y a la mar en coche. Le pregunté si quería que dejásemos de vernos y me respondió que no, que solo quería que yo supiera lo que le estaba pasando. Seguimos viéndonos, compartiendo tardes, como aquella vez que le conté que estaba muy triste porque mi madrina había fallecido: nos vimos en nuestro punto de encuentro para ir a rollear. Llegó con un chocolate gigante y una caja de pañuelos de papel. Me los entregó con solemnidad. Aunque la seriedad quedó olvidada en aquel pernocte automotriz, Fabián se las ingeniaba para intercalar preguntas acerca de cómo era yo en una relación, qué planes tenía, si quería casarme y tener hijos, entre otras cosas. Yo veía todo eso tan lejano que me sentía incapaz de responder algo de su agrado. En su cabeza iba completando los cuadrantes de mi análisis FODA: fortalezas, oportunidades, debilidades y amenazas. Porque claro, mirá si dejaba a la novia, a la comunidad armenia y a la mar en coche para estar conmigo y lo nuestro no funcionaba. Fabi quería consistencia y yo quería experiencia, él pensaba en romance, yo, en carne. Necesitaba demostrarle que frente a tanta mentalidad, tanto estado analítico, lo único que podía darle una respuesta primaria y primitiva, era el contacto físico. Una vez, se invitó a mi casa a cenar, en ese momento la de mis viejos, que estaban de viaje. Terminada la cena, nos fuimos al living a escuchar música y al rato me dijo de subir a mi habitación. ¡Al fin! pensé. Nos sentamos en mi cama. Miré a mi alrededor y sentí que mi cuarto acompañaba la escena infantil que estábamos viviendo: animalitos de peluche, cuadritos, fotos viejas, libros de Harry Potter. Nuestro silencio cortaba el aire, aunque de fondo se oyera la voz de Bono en la canción Bad. De pronto, sentí una mano de Fabi acariciándome la espalda. Me estremecí. Había esperado ese momento mucho tiempo. Me di vuelta para mirarlo y me acerqué como para darle un beso. Me corrió la cara. Cuando volví a sus ojos, los tenía llenos de lágrimas. No me dio lástima, en cambio yo, yo me dí lástima, me di la di en la pileta vacía. Bajo a abrirte, le dije. Y se fue, con la cabeza gacha, colgándome las ganas en el placard. Al otro día, me llamó varias veces, pero no lo atendí. Pasó una semana, y le escribí un mail, diciéndole que me había lastimado y que estaba equivocado si creía estar libre de pecado por no haber probado la carne, porque también se pecaba de pensamiento. Después de mi enojo, volvimos a hablar por teléfono. Esa tarde en la que hicimos algo parecido a las paces, llovía a cántaros. Me preguntó qué estaba haciendo y en dónde estaba. ¿Acaso importa?, le respondí. Mientras ordenaba unos apuntes viejos de la facultad, me llega un mensaje: estoy en la puerta. Otra vez, un retorcijón esperanzador. Bajo a abrirle entre contenta y nerviosa y lo encuentro empapado, subido a su bici. ¿Querés pasar? le pregunté. No, solo venía a decirte que me importás mucho. Y me besó bajo la lluvia, en la puerta de rejas. Me dio un beso que después de tanto esperar, me pareció insípido, incoloro y seco, digno de un culposo. Al día siguiente, me llamó para decirme que estaba arrepentido, que había sido un error, que iba a tratar de seguir con su vida y que lo mejor era no vernos más. Chau, Fabián, deseo que se te vuelen las chapas, que te caigan soretes de punta, que te parta un rayo.

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