Aeronave

18 de mayo de 2019

Estoy sentada frente al tótem que anuncia las partidas de los vuelos, en el aeropuerto de Ezeiza. Mientras espero a que se enfríe el café quemado que intento tomar de a sorbos del vaso de telgopor, detengo la vista en un avión de Iberia del que desprende una manga por la que intuyo, habrán circulado pasajeros unas horas antes. De tanto ir al baño, llegué al último llamado de mi zona, la 2, fila 30, asiento A, del lado de la ventana. Buen día, me sonríe la primera azafata. Buen día, muchas gracias, le respondo. Antes de sentarme, acomodo la carry on casi vacía en el porta equipajes. Del lado del pasillo, se sienta la señora B. Estoy nerviosa, un poco, pero no tanto como en otros viajes. ¿Será que estoy sola? ¿Será que me avergüenza expresar el miedo por temor a que la señora B lo absorba debido a la estrechez de los asientos en la clase turista? Ya estoy acá, sentada en la aeronave presurizada, controlando mi respiración, hablándole a mi claustrofobia para que no se manifieste. Amelia, abrochate el cinturón y entregate al placer de volar. Se te vienen todos los eslogan de aerolíneas varias pero ninguno te convence. Iniciás la charla con la señora B, o ella da el primer paso. No recordás quién rompe el hielo. Mientras informan las normas de seguridad en tu mini pantalla, hablás de la vida con la señora B. Lo primero que decís es que es tu primer viaje sola. Sí, lo decís con una sonrisa, como la de una abuela orgullosa que muestra la foto de su primer nieto. Mierda, estoy viajando sola, por primera vez en mis 33 años de vida. La señora B, a la que en reiteradas veces nombraré de este modo porque nunca supe su nombre aún en la manga transportadora de valijas, me cuenta que va a visitar a su hija a Palm Beach, un pueblo de Florida que queda a una hora y media de Miami. Comenta que su hija vive ahí hace 8 años, que está casada y tiene una nieta, y que su otro hijo, vive en Córdoba de donde es oriunda toda la familia. Así que ella vive sola en la provincia de Buenos Aires, porque enviudó hace un mes y medio. Cuando habla de su marido, los ojos se le humedecen y la voz se le quiebra. Me emociona pero me contengo, porque por una vez en mi bendita vida, me propuse ser fuerte. Me comprometí a disfrutar desde que me senté en esa silla incómoda que acrecienta mi dolor de ciático. Qué bien que sigas adelante, que no te prives de ir a visitar a tu hija y a tu nieta, le digo. Admiro su fortaleza, a medida que habla de su esposo con tanto amor, y percibo su tristeza en el tono de su voz. Se nota cuánto lo extraña, y su fuerza interior para levantarse todos los días e ir a trabajar. Ahí está la señora B, enfrentando su dolor, sentada a mi lado, yendo a visitar a su hija, a su nieta y a su yerno. Me olvido de todo, mi miedo se disipa ante la admiración que siento por esa mujer que apenas conozco. Dejamos de hablar cuando llega el desayuno. La veo cansada y la dejo dormir, algo que a mí me cuesta mucho. Aprovecho la tablita de la mesa para escribir, mientras escucho una playlist de música chill, con mi compañera, la turbulencia. Turbulencia, no te pienso, pienso en Josefina María diciéndome que son pozos de aire, no pienso en Josefina María, pienso en contar esta historia de viaje. No quiero escribir más. Quiero relajar todas las partes de mi cuerpo. Tengo muchas ganas de mear. El baño está justo detrás nuestro, algo de lo que no me percaté al hacer el check in online. Igual, no circula mucha gente, a diferencia de otros viajes en que la gente va y viene todo el tiempo, pidiendo re fill, estirando las piernas, rompiendo las bolas. Me estoy meando pero la señora B está inmersa en el sueño profundo. Ya conversamos mucho, tenemos cierta confianza y eso me inhibe la interrupción de su descanso. Contengo mi vejiga inquieta como el avión en turbulencia. Amelia, qué pelotuda. No entendiste el plano del avión al hacer el check in, como tampoco consideraste la necesidad de mear a la hora de elegir entre ventana o pasillo. Necesito dejar de pensar en el líquido amarillento que juega dentro de mi pelvis. ¿La despierto o voy a mear con ella cuando tenga ganas? ¿Y si sale a mear dentro de dos horas? La despierto y emprendo mi acuosa misión. Tras orinar largo y tendido, Bradley Barba Cooper. Digo eso a medida que avanza la peli A Star is Born en mi pantalla minúscula. Bradley Barba Cooper me hizo olvidar del meo, el miedo y las horas restantes.    Bradley interpreta a un músico y productor alcohólico. Lo amo, lo amo a él y a Gaga sin maquillaje desplegando talento. Los amo a ambos y a mi vejiga vacía y apacible. Cooper, en cuero y cantando. Me quiero casar con Cooper y con Gaga. A esta altura, en las alturas, la copa de vino del almuerzo y el clonazepam hablan por mí. No veo nada, y no es por el vino y la sub-lingual, es porque el avión se puso en modo dormir, y las persianitas plásticas están bajas. Las luces laterales no iluminan lo suficiente, se me deforma la letra y se me forma el sueño. Feliz descanso, señora B, Bradley Barba Cooper y Gaga.

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