El plantón

Entiendo por qué el actor disfruta tanto su trabajo. La posibilidad de jugar a ser otro, de caracterizar a un personaje que nada tiene que ver con vos, tu realidad, creencia o idiosincracia, es una experiencia liberadora. Refugiándome en la idea de que todo es parte de una interpretación, me meto en la piel de una loser.

Sábado 00.00 h., decido salir a tomar algo. Sola. Me emperifollo con la necesidad de testosterona repiqueteando como canilla con cuerito roto. Mientras me delineo los ojos frente al espejo, recuerdo a un grupo de latinos que conocí en un bar, de los cuales uno cautivó mi biología sin decir una palabra. Su imagen nítida es suficiente para poner en marcha mi motor. Me calzo unos jeans ajustados, las botas negras fotoshopeadoras de gemelos potentes, un sweater tejido a mano, mi tapado rojo y una boina. Me subo al auto y manejo hacia Palermo. Destino, Costa Rica y Armenia. Estaciono y camino con toda la elegancia que permite una madrugada de asfalto enjabonado. Llego a la puerta del bar y veo masculinos y femeninas que intercambian risas, gestos y números de teléfonos. No tengo previsto cruzarme con nadie conocido pero hago frente a las casualidades del destino. Estoy esperando a unos amigos, aclaro enérgicamente. Dicho esto, entro al bar y me acerco a la barra, extraigo de mi bolso beatle mi celular e intercambio SMS con una amiga que disfruta de la noche porteña en otros pagos. La carencia de comunicación in situ me lleva escribir mensajes sin desprender la vista del teléfono, mientras suena Depeche Mode y la gente toma cerveza, fernet y otros brebajes. Todos están en grupos menos yo. Saco mi vale de consumición de 25 pesos, pido una Corona con limón y acomodo mi traste en una banqueta que parecía estar esperándome. Doy el primer sorbo. Este pibe no viene, digo en una voz alta incapaz de neutralizar el barullo ambiente mientras hago calesitar la botella y en un error de cálculo, derramo parte de su contenido en la mesada de la barra. Me disculpo con el barman como si estuviera prestándome atención y sigo actuando mi decepción. Hago una panorámica para ver si encuentro a los chicos latinos. Son casi las 3 de la mañana y ni noticias. Pienso que es hora de irme. No conforme con el papel de solitaria en aquel antro oscuro, imagino otra locación en la que podrían estar los hermanos latinoamericanos. La noche sigue desapacible pero eso no me detiene.

Me subo al auto y hago un par de cuadras para cruzar al otro lado de Juan B Justo. Llego a la puerta de Makena, un reducto rocker y funky. 10 pesos al grandote de la entrada y pasá, nena. Dentro del lugar, unas pocas mesas, un par de desgarbados, pelilargos, morrudos, alguna que otra Fabiana*en la barra, cada uno en su propio mambo. A falta de calor humano y exceso de metro cuadrado disponible, siento mi soledad expuesta y vulnerable, y mi boina estilo conductor de tranvías en el centro de la pista. Tomo mi teléfono y actúo mensajes que no envío. Minutos después, se me acerca un pibe y me comenta que tiene una banda, que es la primera vez que va al bar por el cumpleaños de un amigo. Para acotar algo de color, le cuento de mi plantón y me desquito un rato contra el género masculino como para sumarle drama. Flaca, no te enrosques, me dice. Me integra al grupo, hago un saludo general a los amigos y amigas, y bailamos un poco al ritmo de Michael Jackson. Me ofrece fumar. ¿Cigarrillos?, pregunto tímidamente. No, corazón, y pela un churro de dudosa procedencia. Lo único que fumo son habanitos de chocolate, gracias igual. Alegando cansancio, me despido del pibe de Flores y los Fasolitas*. Cruzo la entrada de Makena y con cara de desasosiego, saludo al grandote, ¿podés creer que me plantaron? digo con una sonrisa torcida. Ahora tenés algo para escribir en tu diario, me responde con una palmada en el hombrito.

Este es mi diario, que no tiene candados para violar con clips, que no tiene reparos, que hace público lo privado, como esta historia del plantón que nunca existió.

*la generalización de Fabiana alude a la famosa cantante argentina de rock, Fabiana Cantilo.
*el pibe de Flores y los Fasolitas podría ser el nombre de una banda, ojo.
Basado en hechos reales acontecidos en la época en que entrar a un boliche costaba 10 pesos.
Amelia Dinamita. Todos los derechos reservados.

1 comentario en “El plantón”

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