El cuadro perfecto

Hay una especie de relación mágica entre las casi 8 de la noche del domingo, la sensualidad de la guitarra de Joe Pass que empieza a sonar y el cuadro multicolor de la ciudad tras mi ventana.
Es como si el tiempo se detuviera a pesar de la inexorable caída de la noche, como si se suspendiera su curso mientras las palabras deambulan en mi mente, que las examina en busca de la combinación perfecta, que luego viaja a través de mi cuerpo. Corre como un fluido ligero que sale por mi costado derecho, baja por la oreja, sigue por el cuello y el hombro, cae serpenteando el brazo para llegar a la mano que sostiene el lápiz que vuelve tangibles mis pensamientos.
En cada frase, se manifiesta mi interior pujante. Un interior al filo de lo exterior, que necesita compartirse, revelarse. Un alma que se hace presente mientras anochece y escribo con los últimos rayos de luz que me ofrece la obra citadina, al compás de la guitarra de Joe. Y la magia continúa con las primeras luces naranjas que asoman entre las copas verdes y las masas de ladrillos y tejas negras. Mientras imagino quienes viven dentro de esos bloques multiformes, pienso qué estarás haciendo. Pienso cuánto te disgusta el domingo a esta hora en la que yo disfruto de mi soledad, la música y la foto del paisaje urbano.
¿Será un encuentro desafortunado el de tu desgano y mi placer nostálgico en esta tarde apacible? ¿Será que cuanto más floto, más te arraigás a la tierra? Es posible. Pero eso no me detiene de imaginarnos. Recostados en el sillón, compartiendo un vino mientras nos acariciamos al compás de Joe ahora acompañado por Ella*, amalgamándonos con la brisa que entra por el balcón, compitiendo por no pestañar como dos niños que no quieren perder ese instante que se diluye en un abrir y cerrar de ojos.

*En alusión a la reina del jazz, lady Ella Fitzgerald. 

El plantón

Entiendo por qué el actor disfruta tanto su trabajo. La posibilidad de jugar a ser otro, de caracterizar a un personaje que nada tiene que ver con vos, tu realidad, creencia o idiosincracia, es una experiencia liberadora. Refugiándome en la idea de que todo es parte de una interpretación, me meto en la piel de una loser.

Sábado 00.00 h., decido salir a tomar algo. Sola. Me emperifollo con la necesidad de testosterona repiqueteando como canilla con cuerito roto. Mientras me delineo los ojos frente al espejo, recuerdo a un grupo de latinos que conocí en un bar, de los cuales uno cautivó mi biología sin decir una palabra. Su imagen nítida es suficiente para poner en marcha mi motor. Me calzo unos jeans ajustados, las botas negras fotoshopeadoras de gemelos potentes, un sweater tejido a mano, mi tapado rojo y una boina. Me subo al auto y manejo hacia Palermo. Destino, Costa Rica y Armenia. Estaciono y camino con toda la elegancia que permite una madrugada de asfalto enjabonado. Llego a la puerta del bar y veo masculinos y femeninas que intercambian risas, gestos y números de teléfonos. No tengo previsto cruzarme con nadie conocido pero hago frente a las casualidades del destino. Estoy esperando a unos amigos, aclaro enérgicamente. Dicho esto, entro al bar y me acerco a la barra, extraigo de mi bolso beatle mi celular e intercambio SMS con una amiga que disfruta de la noche porteña en otros pagos. La carencia de comunicación in situ me lleva escribir mensajes sin desprender la vista del teléfono, mientras suena Depeche Mode y la gente toma cerveza, fernet y otros brebajes. Todos están en grupos menos yo. Saco mi vale de consumición de 25 pesos, pido una Corona con limón y acomodo mi traste en una banqueta que parecía estar esperándome. Doy el primer sorbo. Este pibe no viene, digo en una voz alta incapaz de neutralizar el barullo ambiente mientras hago calesitar la botella y en un error de cálculo, derramo parte de su contenido en la mesada de la barra. Me disculpo con el barman como si estuviera prestándome atención y sigo actuando mi decepción. Hago una panorámica para ver si encuentro a los chicos latinos. Son casi las 3 de la mañana y ni noticias. Pienso que es hora de irme. No conforme con el papel de solitaria en aquel antro oscuro, imagino otra locación en la que podrían estar los hermanos latinoamericanos. La noche sigue desapacible pero eso no me detiene.

Me subo al auto y hago un par de cuadras para cruzar al otro lado de Juan B Justo. Llego a la puerta de Makena, un reducto rocker y funky. 10 pesos al grandote de la entrada y pasá, nena. Dentro del lugar, unas pocas mesas, un par de desgarbados, pelilargos, morrudos, alguna que otra Fabiana*en la barra, cada uno en su propio mambo. A falta de calor humano y exceso de metro cuadrado disponible, siento mi soledad expuesta y vulnerable, y mi boina estilo conductor de tranvías en el centro de la pista. Tomo mi teléfono y actúo mensajes que no envío. Minutos después, se me acerca un pibe y me comenta que tiene una banda, que es la primera vez que va al bar por el cumpleaños de un amigo. Para acotar algo de color, le cuento de mi plantón y me desquito un rato contra el género masculino como para sumarle drama. Flaca, no te enrosques, me dice. Me integra al grupo, hago un saludo general a los amigos y amigas, y bailamos un poco al ritmo de Michael Jackson. Me ofrece fumar. ¿Cigarrillos?, pregunto tímidamente. No, corazón, y pela un churro de dudosa procedencia. Lo único que fumo son habanitos de chocolate, gracias igual. Alegando cansancio, me despido del pibe de Flores y los Fasolitas*. Cruzo la entrada de Makena y con cara de desasosiego, saludo al grandote, ¿podés creer que me plantaron? digo con una sonrisa torcida. Ahora tenés algo para escribir en tu diario, me responde con una palmada en el hombrito.

Este es mi diario, que no tiene candados para violar con clips, que no tiene reparos, que hace público lo privado, como esta historia del plantón que nunca existió.

*la generalización de Fabiana alude a la famosa cantante argentina de rock, Fabiana Cantilo.
*el pibe de Flores y los Fasolitas podría ser el nombre de una banda, ojo.
Basado en hechos reales acontecidos en la época en que entrar a un boliche costaba 10 pesos.
Amelia Dinamita. Todos los derechos reservados.

Un cuerpo sin cabeza

Desde la separación, transito un camino incierto. Estoy la deriva. Me convertí en un cuerpo sin cabeza, le dije a mi terapeuta. Ese deseo de ser vista como alguien deseable, se había vuelvo una realidad extravagante, un traje prestado, un mundo de alguien más. Me transformé en una mujer objeto, una vuelta al perro, un teléfono que uno no quiere perder.
Ésta no sos vos, Amelia. 
Sos una sustancia volátil, una cosa amorfa, un elemento funcional a un sistema de vínculos desabridos y conexiones intermitentes.
Ésta no sos vos, Amelia.
Tenés sexo con tipos que te dicen lo que querés escuchar, que no dicen nada, o peor, que dicen no necesitar nada y los encuentros concluyen en una sesión de terapia con palmadita en la espalda.
Ésta no sos vos, Amelia.
Hasta acá llegaste. Guardá tus encantos para alguien más. No voy a dejar de ser yo, solo porque el otro no sabe recibir mi cordialidad o malinterpreta mi sensibilidad, no es mi problema.
Estoy entre desilusionada e intolerante. 
No sé si es la recesión, pero pasarla bien en tiempos de crisis implica ahorrarse las citas y pasar directo al cuarto. Hay poco trato cara a cara. Las redes sociales propulsan una copia berreta del Da para darse. Si estás en línea, sola y disponible, sos carne de cañón. Fueguito, babita, corazoncito. ¿En qué andás? En auto, gil.
No, no es la crisis. Es la avaricia, el egoísmo y la paja de tener que gustarle a alguien más allá del cuerpo. Para qué voy a intentar conquistarte. Si no sos vos, es la que sigue. 
Estoy entre desilusionada e intolerante.
Sé lo que es salir con uno y con otro, entrar en modo conocer, no manejar certezas, no parecer desesperado, ser oportuno al enviar un mensaje. Todo lo anterior me resulta menos tedioso que ser mujer y producirme al pedo. Porque en la era digital, el tipo se anuncia una y mil veces, te invita a salir pero no te invita, lo invitás pero no define, arma un plan y lo desarma, ve el mensaje pero no lo ve. Porque se queda dormido antes de cancelar. Al día siguiente, te escribe como si nada, porque claro, no debe explicaciones en el mundo físico, pero en la despersonalización de la virtualidad sí debería y entonces te manda la excusa del pibito que no hizo la tarea. Ni para coger le ponés onda, macho.
Sí soy yo, necesitada y vulnerable. Algo estoy haciendo mal porque no tengo lo que quiero. Aburrida de llegar al mismo resultado una y otra vez, me propongo deshacerme de los contactos que me convocan al mismo juego, y cuando llega el mensaje nn de las 02.00 am, respondo:
Sujeto: _¿En qué andas?
Amelita: _Sory que no te contesté antes. Hasta acá llegué. Creo que queremos cosas diferentes.
S: _¿Qué cosas? No te entiendo.
A: _Quiero salir, hacer algún plan, más temprano, en otro momento. 

S: _¿De qué hablás? Pensá lo que quieras, no hables como si supieras lo que me pasa.
A: _Hablo por cómo actuás conmigo. Cómo voy a saber lo que te pasa si solo me buscás para coger. No me contás de vos y tampoco te interesa saber de mí. Te propuse varios planes y te hiciste el boludo. No hay mucho más que decir.
S:_ Qué pena, justo te iba a decir de hacer algo.
A: _ Justo.
S: _Entro en una reunión. ¿Hablamos después?
A: _Dale. Suerte.
Esa fue la última vez que hablamos. Me siento liviana, suelta, coherente. Voy a mi habitación, miro la cama y algo no me convence. Y como si algo se me hubiera revelado, saco las sábanas usadas y pongo unas limpias. Como un símbolo de mi bautismo, como el inicio de una depuración. Bienvenida a tu cuerpo, Amelia.