El vestido negro

6 de noviembre de 2016. Me desperté pensando en el día en que nos vimos por primera vez y decidí ponerme aquel vestido negro. Fue un domingo soleado y caluroso de marzo. Quedamos en tomar algo por Palermo. Yo terminaba de almorzar con mis padres en Puerto Madero, y en una mezcla de ansiedad y vino, decidí caminar a lo largo de la avenida Córdoba para llegar a la zona de encuentro. Cuando ya estaba cerca, por alguna razón que ignoro u olvido, descarté la propuesta inicial del lugar neutral. Estoy abajo, te avisé por mensaje de WhatsApp. Me abriste la puerta. Vestías bermudas, zapatillas negras y una remera de los Simpsons. Yo, vestido y sandalias negras. Me sentí un poco formal para la ocasión. Entré a tu casa, y en un paneo general, descubrí el piso sucio. Esto no va a funcionar, pensé. Vivo con una amiga, me dijiste cuando vi la única habitación detonada. Esa respuesta no sé si me alivió o me alarmó. De todos modos, ya estaba jugada, entregada, y en definitiva, auto-invitada en un mío arrebato etílico de domingo. Me ofreciste algo de tomar y nos sentamos en el patio. Ya contábamos con algo de información de ambas partes, gracias a escuetas charlas a través de una aplicación. Nos pusimos al día, hablamos de gastronomía, actividad que teníamos en común, como para corroborar lo chateado y sumar datos de color. Al cabo de un tiempo y unas copas, nos movimos al sillón. Nos besamos tímidamente. Entramos en una armonía que colmó el espacio y el tiempo, burlando el hecho de que era la primera vez que nos veíamos, el primer contacto, nuestro primer encuentro. Durante esa fusión corpórea me olvidé del vestido negro, las migas del suelo y el desorden. Fuiste tan dulce, tierno y amable, que por poco también olvidé que era una primera cita. De camino a mi casa en tu auto, pensé cuántas veces había deseado que algo así me pasara.
Y así se me pasó este domingo de noviembre pensando en aquel día de sol. Ya es de noche. Estamos en casa, yo recién llegada de lo de mis padres y vos, del trabajo. Terminamos de cenar y nos trasladamos al sillón. Mientras mirás la película en pijama, me percato de que aún llevo puesto el vestido negro, como un símbolo, como una cábala, como una evocación al día en que nos vimos las caras por primera vez.

 

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