Soy lo que hago

¿Cómo va tu libro?
Abandonado. No tengo tiempo, me da fiaca releer todo. Necesito una mirada externa que lo aborde y lo cuestione para asegurarme de que no está terminado. Y torturarme por haber destinado tantas horas a escribirlo y dejarlo archivado en una carpeta de la computadora.
Extraño escribir, el drama y el condimento que sasona cada anécdota. Mi lenguaje es muy gastronómico, será porque estoy sentada en la mesa 13, junto a la fuente, en el restaurante que erguimos junto a mi padre, mientras miro de reojo a dos parejas que están comiendo. Estoy buscando cocinero, un ayudante de cocina, y esa preocupación se cuela entre todas mis actividades diarias, en mis pensamientos y sueños. Estoy en ese ejercicio de seleccionar desde que surgió esta necesidad. Será por eso que describo mi carencia literaria con términos culinarios. Cuando dicen que una actividad no define tu vida, creo que mienten, al menos si refieren a las personas que ponen pasión en lo que hacen. Mi papá me dice que esta cuestión de tener un restaurante es un medio para otro fin, que, en mi caso, puede ser el arte, el canto, la escritura, o cualquier otro divertimento. Pero yo no lo creo así porque mi cabeza no está en llegar a una nota más alta o redondear un capítulo. Estoy atravesada por este mundo gastronómico; siempre voy a estar pensando cómo estarán sirviendo cuando me tome una noche libre, cómo saldrán los platos, qué pensará la gente cuando coma el primer bocado. ¿Y el baño? ¿Estará limpio? ¿Habrán repuesto las toalla de papel? ¿Los camareros habrán barrido el queso que cae el en sector de los condimentos? Seguro algún cristiano dejará una opinión en una red social al día siguiente a eso de las 11.00 am. Dicho esto, ratifico mi postura de estar completamente definida por lo que hago. Y creo que sería así si fabricase almohadones, piquitos de boina o cobre para cables.

Meona

captura-de-pantalla-2016-09-03-a-las-09-18-56Una imagen vale más que mil palabras. Confieso que he vivido. A mis casi 31 años, me hice pis encima, en la cama, casi dormida.
Me desperté con el pijama tibio y el culo húmedo enmarcado por un meo bestial. Qué carajo pasó. Soñé que estaba en el baño y perdí el control de mis esfínteres. No sé si reír o llorar. Camino al baño como si estuviera paspada y me saco el pantalón. No tenía bombacha, con lo cual, una prenda menos para lavar. Porque aún en el desconcierto, tengo tiempo para pensar en que lo más importante es la higiene. Me pongo otro pijama, y voy a despertar a mi amor. Gordi, pasate a la cama de la otra habitación, le dije dirigiéndolo para que no viera el charco. ¿Qué pasó?, me pregunta con los ojos entre cerrados. Me hice pis encima. No sé, no llegué al baño, o soñé que estaba en el baño. ¿En serio? Sí, por favor no mires, acostaste acá. le dije mientras abría la cama de una plaza. Anonadada por el hecho que me hacía pendular entre la infancia y la senilidad, caminé hasta mi habitación, saqué las sábanas mojadas y las llevé al lavadero. Las dejé hechas un bollo e ignoré mi pulcritud desquiciada que en otro momento, hubiera programado el quick wash a las 7.15 de un gélido sábado de invierno. No podía perder más tiempo pensando por qué no había querido deshacerme de la evidencia. Tal vez era el simple hecho de no despertar a mi amor de nuevo con el sonido del lavarropas. No quise acostarme con él en la cama de una plaza porque sentía que cualquier contacto corporal implicaría la opresión de mi vejiga y la consecuente pérdida de orina. Sentí ganas de ir al baño, me senté y solo largué unas gotitas. Tenía una molestia parecida a la cistitis. No podía dejar de pensar en por qué me había hecho pis encima. Encendí la computadora, creyendo que el celular no me daría una respuesta lo suficientemente grande, necesitaba una pantalla de más pulgadas para googlear qué significaba hacerse pis encima siendo grande. Mierda. Todas las respuestas que Google da para “grandes” refieren a niños de 10 años. Eso no es grande, pensé. Problemas femeninos en foros de la mujer, cuestiones emocionales no resueltas. Nada saciaba mi inquietud. Lo peor de todo está por venir. Una persecusión de enlaces patrocinados que sugieren pañales o centros para la tercera edad. Porque el buscador tiene memoria, un historial que deja rastros de los criterios de búsqueda más insólitos del cual soy asidua contribuyente. Minutos después, desistí de encontrar respuestas online y urgué en el cesto calado que uso de botiquín. Me tomé la pastilla indicada para infecciones urinarias, porque no podía salir a a comprar jugo de arándanos y esperar su efecto. Y ahora qué hago. Tengo sueño, pero no puedo dormirme hasta que no se me pase el malestar. Por suerte tengo un toilette que está a una distancia de 6 pasos de 27 cm de la cocina. Me sirvo agua, y me doy vuelta camino al toilette. Apoyo el vaso en la mesada y me siento a esperar. Espero, sentada en el trono. El agua limpia, arrastra, barre. No me sale pis, quiero seguir sentada pero me aburro. Me levanto, busco un libro que estoy empezando, Diarios, de Abelardo Castillo. Leo las primeras entradas del autor, pero estoy cansada para leer. Prendo la tele, porque es más fácil ver imágenes sin comprenderlas. Necesito compañía para sobrellevar la angustia.
Vengo pensando que tengo que tomar decisiones importantes para cambiar algunos aspectos de mi vida. Quiero volverme más expeditiva y resolutiva, dejar de analizar tanto y de anotar planes en cuadernos. Más acción. ¿Será eso? ¿Miedo, temor al cambio? De ser así, debería cagarme en la patas y no mearme encima, pero mi trastorno higiénico ni siquiera me deja expresarme con total libertad. Porque en mi tibia liberación, hay algo de restricción. No soy cagona, soy meona.