Re-enamorarse

Son las 12.45 de un gélido sábado de julio en Buenos Aires, capital federal, en el barrio de Caballito, en la casa del Cuchitril. El pico de trabajo ya pasó, quedan algunas mesas, entre ellas, una de cuatro comensales de los cuales uno genera un malestar constante en mí, en los camareros  – y dejo afuera a la cocina porque trato de filtrar el mensaje del salón – y en la atmósfera del lugar, porque emana una energía negativa que se percibe con su cara de culo pintada desde el momento en que le abro la puerta. Pero como ya comió, ya tomó, compartió postre y ahora está por el café, me importa poco el mensaje desdibujado que pueda manifestarme el camarero. Acomodo cierres de mesa, de tarjeta, reviso el cuaderno de caja, sí, tenemos cuaderno, y no un Excel, un cuaderno con columnitas que ordena ingresos y egresos. Desde la computadora de la caja, tengo buena vista del salón de planta baja. Miro la pared que más me gusta, y recorro los pizarrones. Agarro uno, me lo llevo a la barra, y cambio su información. Veo que un caballero de la última mesa de dos que entró, se levanta curioso a ver las fotos del Cuchi. Se acerca a la barra en la que yo escribo en el pizarrón, y me pregunta si la foto del auto amarillo fue tomada en Colonia, Alemania. Le digo que posiblemente, porque esas fotos fueron tomadas por un amigo, y dentro de la selección, había unas cuantas de Alemania. Le comento que también tenemos fotos de Italia, y le señalo el lugar del salón en donde se encuentran colgadas a diferentes alturas, con marcos de varios colores. Muy buenas fotos, comenta. Y así, como si fuera la primera vez que las veo, paseo por aquellas fotos que elegimos hace más de tres años. Como me dice mi viejo cuando estamos sentados en una mesa, vos no te das cuenta del clima que se genera en este lugar. Es tan cierto que la rutina convierte lo extraordinario en ordinario, y necesitamos salirnos del cuadro de la vida, pararnos por fuera del marco y contemplar lo que tenemos enfrente con el mismo amor del primer día. Y dar gracias, sobretodo, dar gracias a la vida de poder apreciarlo una vez más.

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