El no plantón

Entiendo por qué el actor disfruta tanto su trabajo. La posibilidad de jugar a ser otro, de caracterizar a un personaje que nada tiene que ver con vos, con tu realidad, tu creencia o idiosincracia, es una experiencia liberadora. Refugiándome en la idea de que todo es parte de una interpretación, esta noche me meto en la piel de una perdedora.

Sábado 00.00 h., decido salir a tomar algo. Sola. Me produzco y emperifollo para ir a pasear, porque la necesidad de testosterona me repiquetea como gota de canilla con cuerito roto. Un recuerdo lo exacerba, un encuentro casual semanas atrás con un grupo de chicos latinos, del cual uno cautivó mi biología sin decir una palabra. La nitidez de su imagen viva en mis retinas es motivo suficiente para volver a ese bar confiada de repetir aquella experiencia visual.

Me calzo unos jeans ajustados, las botas negras fotoshopeadoras de gemelos fuertes, un sweater tejido a mano y una boina. Me subo al auto y conduzco hacia Palermo. Destino, Costa Rica y Armenia. Estaciono y camino con toda la elegancia que permite una madrugada de sábado lluvioso, de asfalto enjabonado. Llego a la puerta del bar y veo masculinos y femeninas que intercambian risas, gestos y números de teléfonos. No tenía previsto cruzarme con nadie conocido pero las casualidades están a la orden del día. Estoy esperando a unos amigos, aclaré. Dicho esto, entro al bar y me acerco a la barra, extraigo de mi bolso beatle mi celular e intercambio sms con una amiga que estaba disfrutando de la noche porteña en otros pagos. La necesidad de comunicación me llevaba a escribir mensajes desenfrenadamente, mientras sonaba Depeche Mode y la gente bebía tragos, cerveza y fernet. Todos estaban en grupos menos yo. Saco mi vale de consumición de 25 pesos, pido una Corona con limón y acomodo mi traste en una banqueta que parecía estar esperándome. Doy el primer sorbo. Este pibe no viene, digo en una voz alta que no puede contrastar del barullo que la envuelve mientras hago calesitar la botella y derramo parte de su contenido en la mesada de la barra. Me disculpo con el barman como si estuviera prestándome atención y sigo actuando mi frustración por el plantón. Hago una panorámica para ver si encuentro a los chicos latinos. Son casi las 3 de la mañana y ni noticias. Pienso que es hora de irme. No conforme con el papel de solitaria en aquel oscuro bar, pienso otro lugar en el que podrían estar los hermanos latinoamericanos. La noche sigue desapacible pero eso no me detiene. Me subo al auto y hago un par de cuadras para cruzar al otro lado de Juan B Justo. Llego a la puerta de Makena, un antro rockero y funky, pago 10 pesos al grandote de la entrada e ingreso por la puerta grande, bueno, por la única abierta. Dentro del lugar, unas pocas mesas, unos cuantos desgarbados, pelilargos, morrudos, alguna que otra chica en la barra, cada uno en su propio mambo. A falta de calor humano y mucho metro cuadrado de sobra, siento mi soledad expuesta y vulnerable, y mi boina estilo conductor de tranvías en el foco de las miradas. Tomo mi teléfono y actúo mensajes que no envío. Luego de unos minutos, se me acerca un pibe y me comenta que tiene una banda, que es la primera vez que va al bar con la excusa de festejar el cumpleaños de un amigo. Para acotar algo de color, le cuento de mi plantón y me desquito un rato contra el género masculino. Flaca, no te enrosques, me dice. Me integra al grupete, hago un saludo general a los amigos y amigas, y bailo unos pasos al ritmo de Michael Jackson. Me ofrece fumar. ¿cigarrillos?, pregunto tímidamente. No, corazón, y saca un churro marrón oscuro. Lo único que fumo son habanitos de chocolate, gracias igual. Alegando cansancio y decepción, me despido del pibe de Flores y de sus amigos. Cruzo la entrada de Makena y con mi mejor cara de desasosiego, le digo al grandote, ¿podés creer que me plantaron? Con una sonrisa, me responde, escribilo en tu diario.

Este es mi diario, que no tiene candados para violar con clips, que no tiene reparos, que hace público lo privado, como esta historia del plantón que nunca existió y que acabo de compartir.

Basado en hechos reales acontecidos en la época en que entrar a un boliche costaba 10 pesos.
Amelia Dinamita. Todos los derechos reservados.

3 comentarios en “El no plantón”

  1. Es Grosa. Un planton nos merecemos tener todos en la vida para saber que siente y seguir caminando la noche porteña. Así se relata carola, hay plantones e historias como esta! Te amoooooo

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