El momento

Abro la puerta del local y aparece una clienta que no venía hace rato. Me di cuenta porque su hija había crecido y ya tenía el pelo largo. Tenía una reserva para 6 personas. Le señalo la mesa y me pregunta: ¿seguís cantando?  Ya no canto, le respondí. Ya no canto, pensé. ¿Por qué? Porque en el restaurante estoy para otra cosa, no puedo disfrutar de cantar, porque tengo que procurar que la comida salga bien, que la gente esté bien atendida, que todo esté ordenado.
Después de sentar a Mariana y a toda su familia, sentí que su pregunta seguía latente en mí. Que debía recuperar la música en mí. Tenía que encontrar el momento para hacerlo.
Y transcurrió la noche. Y muchas parejas de todas las edades, compartieron su momento en nuestra casa. Y pensé, hay gente que elige ese lugar para satisfacer una necesidad tan básica como es el alimento, y otra, que lo hace para celebrar una ocasión, para compartir algo especial. Y la noche seguía avanzando. Y la mesa 13 se ocupaba una vez y otra vez.
Sonó el timbre como tantas veces en la noche. Una pareja compuesta por un chico y una chica. Él, era el que había llamado preguntando nuestro horario de atención y si el descorche seguía vigente. Lo supe porque cargaba una bolsa de papel madera. Los senté en la mesa 13, que es de 4, aunque eran 2. Porque esa mesa es especial. Porque algo me decía que él quería agasajarla a ella, y yo, quería que ambos estuvieran cómodos. Se sentaron uno al lado del otro. Se tomaron su tiempo para hacer el pedido. Tomaron su vino. Después de comer una entrada y dos platos, esperaron un rato para pedir el postre. Finalmente, ordenaron el postre de la casa y una trago. Y llegó el momento. Él sacó un sobre de una bolsa y se lo dio. Ella lo abrió, miró el contenido, y lloró emocionada. Y yo me emocioné con ella. Se abrazaron y se besaron con ternura. Nunca supe el contenido de aquel sobre misterioso. Me llevo la felicidad de la chica. Guardo ese momento que ocurrió en el Cuchi, donde cocinamos, preparamos tragos y estamos al servicio de quien nos toca el timbre. Pero lo más importante, compartimos pedacitos de vida de muchas personas.

El cínico

Su presencia le daba ganas de regurgitar. Tuvo muchas ganas de decirle que era un cínico, un sinvergüenza, un ladrón de poca monta, un malparido. Pero no pudo más que ver su ir y venir mientras él embalaba sus pertenencias.
-Hijo de mil p… por qué lo hiciste, murmuró en sueños. Por qué, por qué, se imaginó gritarle mientras lo zamarreaba.
Pero aquello fue solo una escena ficticia, porque su decepción, su temor o su falta de carácter la paralizaron cuando lo tuvo frente a frente, al punto de no poder pronunciar palabra alguna.
Era un estafador, un farsante, un veneno diseminado en los ignorantes que lo siguieron cegados por sus mentiras y relatos fabulosos. Se fue seguido por sus súbditos que cargaban sus bártulos. Ella rabiaba en su interior mientras le salían chispas en todas direcciones. Su único consuelo fue verlo irse con la cabeza gacha, sabiendo que no podría mirarla a los ojos nunca más y que más de una puerta se le cerraría a partir de entonces.