Fiestas lastimosas

Todo comienza al momento de la repartija de regalos después de las 00.00. Estás casi por confirmar tu sospecha. Empezás a buscar desesperadamente al eslabón perdido, al más viejo, al más panzón o al que menos sufre el calor. Y te das cuenta de que no está. Desde que se revela el desencanto de la Navidad, las fiestas te parecen algo que hay que pasar sin pena ni gloria. Te preguntás por qué adoptamos algunas costumbres que tienen que ver con fiestas ajenas. De pronto, el muérdago pasa de verde a marrón. Te percatas de que no todos le ponen anchoas a la salsa del vitel thoné. Pensás que hay demasiadas salsas en el mundo como para que se abuse tanto de la mayonesa. Notás lo pedorro que es el disfraz de papá Noel, te focalizás en el desequilibrio entre la panza y el cinturón, buscás las patillas reales debajo de la pelambre blanca de muñeca. Recordás el pesebre y te negás a ubicar al niño Jesús en medio de María y José. Mirás a los animalitos, y te preguntás por qué tu mamá puso a los reyes magos si todavía no llegaron.También, te cuestionás por qué son mágicos y qué sentido tiene la Navidad cuando se descubre el cuento. Y así, caés en el escepticismo y el aburrimiento que te lleva a comer maní con chocolate aunque hagan 35 grados. La esperanza se recupera con la llegada de un nuevo niño a la familia, y cuando tiene la edad suficiente, le recreamos la llegada de Papá Noel con el pobre cristo que se digne a usar el traje de raso barato y la pelambre blanca de muñeca cada vez más bartoleada. A los adultos nos queda refugiarnos en el balance que se avecina para fin de año, los proyectos y el pan dulce, o la ensalada de frutas si alguno tuvo ganas de pelar fruta toda la tarde. Felicidades, nos deseamos los unos a los otros. Y en esa frase intentamos condensar la mayor cantidad de sueños, pero como sabemos que llevará tiempo concretarlos, chocamos las copas con ganas a ver si eso contribuye con los buenos augurios. Y no solo brindamos, sino que hacemos todos los rituales de estrenar bombacha, vestirnos de blanco, comer 12 uvas, pisar caca o dejar que nos cague una paloma. Nos aferramos a cuanto cuento escuchamos y queremos creer. Y está bien que creamos. Y cuando pasa el hervor del brindis, aun queda pan dulce, garrapiñada, maní con chocolate y turrones varios. Y en el bajón se presenta el mayor desafío: entrarle al turrón que el abuelo rechaza porque sabe que se juega la dentadura. Voy por el praliné de almendras y avellanas, que la caja anuncia como Guirlache. Lo abro y descubro que está revestido del cuerpo de cristo. Pienso en que no puedo morderlo, porque no se me juega un diente sino un arreglo. En definitiva, estoy en la misma situación que el abuelo. Pero quiero comerlo, porque para el año nuevo me propuse superar todos los obstáculos, y aunque sea Navidad, estoy dispuesta a vencer mis miedos. No puedo encararlo con los dientes, pero tengo dos manos hermosamente grandes. Y lo parto. Lo parto con toda la fuerza de la que soy capaz. Y disfruto, victoriosa, el primer bocado. Y cuando acerco mis dedos al turrón y los apoyo para un nuevo corte, una almendra se mancha de rojo. Miro mi mano derecha y descubro una herida en el pulgar, una cicatriz de fiesta. Y pienso en cuántos advierten sobre lo nocivo de la pirotecnia, los corchos de champán, los borrachos al volante y el exceso de vital thoné. Y pienso que nadie nunca menciona el peligro de los turrones. Eso es lo verdaderamente lastimoso de las fiestas.

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