La metamorfosis

Es emocionante como después de leer un libro revelador, Amelia encuentra la forma de describir su metamorfosis.
En Amor o lo que sea, de Laura Freixas, Blanca se descubre como un cuerpo, a raíz de una relación clandestina con un escritor, que le da razón a su existencia en el mundo. Para ella, su mundo se reducía a su condición de amante.
En lo que respecta a Amelia, ella necesitó tocar fondo, ser nada, para emerger de su propia escoria y convertirse en la mujer que es. Porque eso es lo que sucede con las adicciones, que encarcelan al sujeto, lo hacen rehén de una sustancia que cree necesitar para vivir, reduciéndolo a la nada.

…El baño marrón oscuro, pegado al living de la casa de sus padres, fue el recipiente de su primer vómito. Esa tarde de octubre de 2007, ella estaba angustiada por un atado de razones que tenían que ver con sus exigencias y con la reciente noticia del cáncer de su padre. Con una determinación que no era habitual en ella, se metió en el baño y cerró la puerta. No recuerda si su madre estaba en la casa, y de estarlo, no lo hubiera notado nunca. Miró el inodoro color marrón clarito, se arrodilló con solemnidad, se sostuvo el pelo con la mano izquierda y se llevó el anular y el medio a la boca, practicó unas primeras arcadas que le recordaron cuando el otorrorrino le revisaba la garganta y sintió cómo se le iban humedeciendo los ojos a medida que llevaba los dedos más atrás, arrastrándolos por una lengua que reveló una textura desconocida. Podía tocarse el fondo mientras la saliva bailaba en su interior y su abdomen se contraía fuertemente, creando la presión que necesitaba para vomitar. Sintió el fuego del recorrido que hacían los contenidos estomacales que saldrían expulsados con una violencia que ya hubiera experimentado en otras situaciones de vómito. La diferencia era que ahora podría controlarlas. Ahora podría ser ella quien decidiera qué expulsar y qué no. Ahora ella tendría el control sobre toda la mierda que tragaba. Porque había justicia para condenar el exabrupto, y el vómito era la condena, pero también la redención, la eximición de la culpa por una adicción que pronto se volvería un callo crónico.
Ella quería dejar de hacerlo, quería dejar de vomitar porque sabía el daño físico que le provocaba, y no porque hubiera estudiado sus efectos a través de unas cuantas páginas en internet, aunque sí lo hubiera hecho, sino porque experimentaba el ardor en su propio cuerpo, la sequedad de su boca, la deshidratación, la rispidez de su garganta, y más aún, lo desmoralizante e inhumano que era sentirse presa de una adicción de la que no encontraba escapatoria. Porque en cada atracón ella dejaba de ser, una línea de ella se desdibujaba, se borraba con la misma furia con la que un niño borra una línea que acaba de dibujar, que deja un surco sobre el papel, porque a pesar de frotar muy fuerte sobre ella, la intensidad con la que apretó el lápiz no desaparece. La línea no era proporcional para la figura que él pretendía lograr, por eso sintió la necesidad de borrarla. La línea estaba bien, porque era lo que él podía lograr, con sus pocas clases de dibujo. Cada línea que él  trazaba con fuerza y luego borraba con ira, dejaba su recorrido plasmado en una marca indeleble, invisible a cierta distancia del papel, pero perceptible y profunda para quien se acercara a observar su dibujo…

Extracto de El Abrazo, por Amelita Dinamita.

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