La felicidad que resuena

El sábado pasado, una amiga de la infancia me comentó que me había leído. El lunes siguiente, mi entrenador físico – sí, he abandonado el sedentarismo hace rato – me dijo que empezó a leerme y hasta me hizo comentarios acerca de algunas entradas publicadas en este blog.
Estoy sumamente feliz con la repercusión de este espacio, valoro profundamente que haya personas que se tomen el trabajo de leerme. Mientras uno navega en internet, tiene la posibilidad de leer entre líneas, de compartir un titular, un chiste, de espiar la vida del vecino, o del amigo de un amigo, de sobrevolar las vidas de los otros. Pero detenerse a leer un párrafo que supera los cuatro renglones es un logro en esta era de la abundancia de frases hechas, chistes replicados y videos graciosos que rozan lo absurdo.
Esa resonancia virtual  es el motor por el que sigo escribiendo. Porque no nos engañemos. Decir que escribo por el mero hecho de hacer catarsis es una falacia del tamaño de un mamut.
Aquí les dejo un material que pretende ser el prefacio de mi libro.

Tímidamente es una forma amigable de decir que todo lo hago con poca seguridad, a medias, hasta ahí ¿Qué pasa? ¿Temor al fracaso? ¿Al éxito? No, cómo podría tenerle miedo al éxito ¿Apatía, tal vez? Hoy me siento más cómoda escribiendo que en cualquier otra actividad. Es por eso que decido hacer público este menjunje de relatos y anécdotas personales. Porque necesito un resultado, un producto, una meta, una zanahoria, un pepino. Soy la que toca muchos timbres, la que no profundiza, la que abre todas las ventanas y no cierra ninguna, la que está boyando sin rumbo. Pareciera que la catarsis literaria viene a ser esa respuesta al interrogante de mi misión en el mundo, o quizá no sea tan metafísico el asunto, pero al menos es una solución a corto plazo para paliar el inminente desquicio de una mujer de treinta años. El formato contenedor de estas revelaciones autobiográficas es aún desconocido.  Lo que se conoce es mi necesidad de que este material salga a la luz, para redimirme de los rumores autoalimentados de estar volviéndome loca, para alivianar la carga de los que me rodean y reciben los coletazos de mis declaraciones contundentes, para aceptar con dignidad mis propias limitaciones. Porque decidí mostrarte la torta entera, no la porción que sale para la foto, alta, esponjosa, y apetecible. Quiero que veas la parte apelmazada, hundida, desgraciada.
No temáis. Solo soy una joven dando rienda suelta a mis pensamientos, sin filtros, espontánea y genuina. No importa si son claros u oscuros, coherentes o insensatos ¿Acaso vos no tenés contradicciones, Carolina? ¿Tan segura estás de tus elecciones? ¿Nunca te cuestionaste la posición en la que estás?  ¿Te gusta tu trabajo? ¿Cambiarías algo de tu vida? ¿Dónde quisieras estar? ¿Te preguntaste acerca del amor? ¿Es amor? ¿Cómo saberlo? ¿Nunca te obsesionaste con algo o alguien? Qué sé yo si todo esto tiene respuestas, y si las tiene, aun así, no sé si estaría conforme con ellas.  La vida me resulta una ecuación que no puedo resolver sola, siempre me estoy preguntando o preguntando cómo llego a la solución, como si de eso se tratara la complejidad de existir. Suelo desconfiar de mis criterios y no me avergüenzo de preguntar a los experimentados, aunque eso me vuelva vulnerable. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Creés que la respuesta de otro puede ser mejor?
Andá a dormir ahora. Es que no puedo sacarle los ojos de encima. Comé un pedacito, saboreala, no te va a hacer mal. Pero guardate para mañana. Cuando te despiertes y veas que todavía hay vida para seguir disfrutando, vas a agradecer no habértela devorado.

2 comentarios en “La felicidad que resuena”

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