Memorias de una desertora

Diseño de Indumentaria y Textil. En la UBA, porque es la mejor universidad, porque Nati estudió ahí, porque nadie te regala nada, porque no hay favoritismos, porque la burocracia te lo hace más difícil, porque las universidades privadas son una extensión de los colegios privados a la que van a parar los acomodados.  Por eso elijo la UBA, precisamente la FADU, la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo. El ciclo básico, común para todas las carreras de diseño y arquitectura, me resulta muy duro, sobre todo las materias exactas, pero no es nada que no pueda superar con horas de culo en silla y profesora particular. Dura, cabeza dura la mía si las hay. Las materias humanísticas me resultan sencillas en comparación a la dificultad de encontrar el punto de fuga o hacer un croquis a mano alzada y sin línea peluda, típica de los inseguros que van hilvanando trazos cortos apretando suavemente el lápiz porque temen equivocarse. ¿Y se equivocan? Sí, más que los que aprietan fuerte,  porque no se arriesgan. ¿Y el resultado es bueno? No, es un dibujo deshilachado, sin gracia ni determinación.  Pero pese a las vicisitudes, estudiando, intentando, pidiendo ayuda a arquitectos, durmiendo poco, llorando un poco y  frustrándome otro poco, voy transitando el  CBC, aprobando las materias en los primeros llamados a final y completando la libreta. Y llega el momento del primer año de la carrera. Wow, todas estas minas, que son como 400, quieren ser diseñadoras. Sí, ellas y un grupete de flacos más puntillosos y estetas que cualquier mujer. La paranoia colectiva, el exceso de cafeína, la amenaza de suicidio masivo. Diseño 1 es filtro, Medios Expresivos es filtro y cafetera de filtro. La competencia es ardua pero con los meses, muchos abandonan el barco y van quedando los que tienen las garras suficientes para aferrarse a las mesas de taller, soportar las críticas y rehacer trabajos por cuestiones subjetivas, relativas al profesor o al ayudante de cátedra que la hace padecer porque fue tan infeliz como vos.  No queda más remedio si querés coser trapos. Porque para ver tu nombre en una marquesina, tus prendas en una vidriera y tu nombre en una etiqueta, tenés que empezar desde cero. Sin olvidarnos del talento, el factor suerte y el capital. Todo visto desde los anteojos de una joven que no aspiraba a exhibir remeritas sobre una lona en una plaza. La misma joven que no podía soportar ser una alumna 6 o 7 y que por eso fue una de las tantas desertoras hacia el final del primer año, con casi todas las materias aprobadas.

¿Se la podía culpar por no imaginarse un futuro entre telas y modelos? ¿O más podía culpársela por no soportar la presión y ahogarse antes de que el barco se hundiera?

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