Sentado

Ahí estás. Sentado, frente a la mesa del living, armando tu cigarro. Estoy en la cocina, abro la alacena, bajo dos copas. Giro en dirección a la heladera, la abro y saco un pomelo rosado, jugo de naranja y la botella del aperitivo rojo que solemos tomar. Del freezer, una cubetera. Pongo abundante hielo en las copas, y mientras espero que se enfríen, quito un poco de piel de pomelo sin la parte blanca, como hiciste con el limón bien verde la primera vez que preparaste tu gin tonic especial. Lucho entre mi motricidad y mi capacidad de atención a tus palabras. Me apuro, porque estás sentado en el living y hay una pared que nos divide. Y me urge ver tu cara mientras me contás tus experiencias de vida en las cocinas europeas, de tu familia en Buenos Aires y de los amigos a los que no ves hace tiempo. Necesito ver esos ojos que siempre brillan y esa sonrisa que me cautivó aquel primero de enero. Me acerco a la mesa con las copas listas. Brindamos. El sonido del vidrio al chocar mientras nos miramos a los ojos marca el próximo paso. Darnos un beso. Continuar la charla. Abandonar mi silla para sentarme sobre tus piernas y volver a besarte. Cuánto me gusta besarte. Salimos al balcón a mirar las estrellas como aquella primera noche.

Síndrome del creativo

Últimamente duermo muy poco, si es que puedo utilizar este adverbio para referirme a los últimos seis meses de mi vida. Cualquier persona que se encuentre incubando ideas o proyectándose hacia algo que todavía no termina de tener forma, puede sentirse identificada con este estado de alteración del sueño. Que en realidad se trata de un estado del espíritu, motivado por la necesidad de volcar esa información que viaja por el cerebro en diferentes direcciones como locos autos chocadores. Y por eso opto por el clásico pero infalible recurso de disponer de una libreta y una lapicera en la mesa de luz, o en su defecto, una laptoc. Esta sugerencia está en el ABC de las recomendaciones que brinda la literatura para creativos y de verdad y es útil para el esbozo de algo que puede llegar a ser grandioso. La libreta debe viajar con uno las 24 horas del día porque nunca se sabe cuándo una imagen, una escena, un color, una forma, un movimiento, puede capturarte. Y nada mejor que registrarlo en ese mismo instante. Decidí dejar de comprarme cuadernos bonitos, de tapa dura y bastante caros, que tenían la misma suerte que las agendas de iguales características; terminan convirtiéndose en objetos decorativos.

Magia

Ha caído nuevamente en su propia trampa, creerse lo suficientemente lista como para alterar el orden natural de las cosas. En una ebullición de emociones, lo imposible se vuelve opción y lo intangible, palpable. Teje en su cabeza los hilados más bonitos, con cientos de colores que resultan del riesgo de alterar lo que es dado, de animarse a combinar sin importar qué resulte. Y se abriga con ese tejido mágico el tiempo que dure, porque la magia desaparece cuando se cuela una mínima noción de realidad.

El visitante no es local, como las manzanas no son peras y el gato no es liebre.