Los chapones

La siguiente película contiene lenguaje adulto y escenas de desnudez. De desnudez no, inapropiadas tal vez, impertinentes para la locación. La permanencia de los niños, clientes y mozos frente a las mismas es exclusiva responsabilidad de los señores dueños del local. Llegaron los chapones, exclamó la cajera, segundos después de que sonara el timbre y Roberto abriera la puerta. ¿En dónde los ubico? Los chapones no son chapas grandes, no. Los chapones son una pareja de jóvenes de treinta y pico que vienen a amarse al living del Cuchi. Son reconocidos como los efervescentes que se sientan en los sillones y se manosean impunemente frente a la cámara que no llega a captar sus rostros, pero sí el resto de sus cuerpos flameantes. Esos que piden todo de a dos, dos Ferné, dos Campari, dos porrones y no porque haya Happy Hour. Cuando llegan recalientes, van directo a los sillones. Pero cuando les falta la previa, se sientan en una mesita cercana al living, piden algo de comer para recobrar energías y seguir con el gratuito y cachondo espectáculo, y les vuelve el alma al cuerpo, les vuelve el alma porno, o exhibicionista, o romántica, o las tres juntas, o la combinación de dos, o de tres almas. Su simbiosis es perfecta. Los dos, de pelo corto, de alturas y contexturas casi idénticas. Ella parece docente de la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires, y él parece filósofo, o sociólogo, o militante, de esos calentadores de pupitre que yacen en la puerta de la facu y son más longevos que un potus. Pero él no se recibió de nada. Se dedica al comercio de algo. Tal vez venda drogas duras. O capaz tenga una ferretería. Sí, es ferretero. De ella, solo dijimos que parecía docente universitaria. Pero bien podría ser veterinaria, o psicóloga, o artista plástica. O tal vez ella es la militante y él, el docente y entre pupitres y quema de libros, se dio el flechazo. O ella necesitaba un clavo fácil para colgar una de sus obras en el living de su casa, un día fue a la ferretería del barrio y él la atendió amablemente. Le dio el clavo fácil y se fulminaron con las miradas. Y así, semana tras semana, ella iba a la ferretería con la excusa del clavo fácil y las mil y un muestras de arte. Sea cual fuera la génesis de este amor, lo que importa es el presente y la intensidad con la que viven este apasionado romance, no apto para eyaculadores precoces. Porque Mariana y Marcelo no conocen límites a la hora de amarse. Después del Salmón rosado con reducción de aceto y arroz yamaní con vegetales, pidieron Pinchos de fruta con mini fondue de chocolate. La compartieron, obvio. Comieron todas las frutas dejando las frutillas para el final, en el que hubo lugar para ratones de todo tipo. Mariana contempló la frutilla en el plato y sonrió. Levantó el palito de brochette, pinchó su cuerpo rojo y carnoso, y lo mojó en el chocolate apenas tibio. Amagó acercársela a su boca, y luego la paseó frente a los ojos de Marcelo, que jadeaba hambriento. Se la va a dar de comer en la boca, exclamó el barman mientras él, la cajera y los camareros miraban expectantes desde la central de cámaras en la planta baja. Mariana abrió la boca y tras un movimiento de manos imperceptible, pintó, con la puntita color chocolate, la boca de un Marcelo prendido fuego. Segundos después de relamerse las bocas, Mariana y Marcelo pidieron la cuenta, con la intención de concluir su final feliz en otro domicilio. 

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