La maraña

Los tiempos muertos en El Cuchi no son tan malos, porque es ahí donde se activa esta maquinaria infernal que toma forma de caracteres, sentada en la mesa 1, esperando a que llegue el primer cliente, mientras dejo que fluyan mis pensamientos sin prisa pero sin pausas.
Después de todo, El Cuchi es mi lugar hoy, en donde no estoy sola, o sí lo estoy. Es un contexto para mi personaje, un espacio para mi existencia que tiende a deambular sin dirección. Muchas veces, me invade la sensación de ser demasiado egocéntrica y creo que es un mal que padecemos los que nos tildamos de artistas, porque no hace falta raspar el fondo para darse cuenta de que nuestro yoismo, si es que existiese ese término, es una consecuencia de nuestra necesidad de ser amados y reconocidos, un producto de nuestro esfuerzo por lograr que la hostilidad del mundo nos perdone la sensibilidad extrema.
Yo no soy una artista, ni siquiera un ser sensible atravesado por la vida, solo soy una llorona cuyas lágrimas riegan su propio ombligo. Los abrazos que no me dieron, el tipo que me rompió el corazón, la bulimia, mis divagues, la obsesión con las cosas limpias, mis arranques, el excesivo perfeccionismo, mis canciones, la miopía creciente, mis cachetes, los textos inconclusos, mi exigencia paralizante, la autodestrucción, mi ego herido.
Tengo muchas cosas que hacer, el negocio tiene que seguir creciendo, la empresa del amor no puede concluir. El tiempo pasa tan rápido, y el costado derecho de la cama sigue lleno de libros, de novelas protagonizadas por otros y de cuadernos con frases que dije, que me dijeron y que todavía no forman parte de esta maraña pretenciosa. Un continuo de anécdotas que hilvanan una historia que quiere trascender su propio espacio. Ciertas cosas permanecen inmutables, como ese maldito costado de la cama tendido prolijamente, que adquiere movimiento solo al cambiar las sábanas, una imagen tan decadente como la ilusión de saborear un bononbón que creías tener guardado en una lata y cuando vas a buscarlo, solo encontrás caramelos de naranja, los que siempre dejás porque no te gustan. Y no pensás en otra cosa que no sea ese bombón redondito, con cobertura de chocolate con leche, que recubre a esa capa de galletita crujiente, que a su vez reviste al corazón de crema de maní. Rayos, parece tan perfecto a la distancia. Podrías dedicarle los versos más hermosos a un chocolate de medio pelo y hacerlo brillar como el más puro chocolate. Podrías ser tan patética como para escribir una oda al chocolate en una noche de inspiración ausente.

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