Los Alex

Eran las cuatro de la mañana de una noche húmeda de otoño, tenía los ojos abiertos y un  brazo bien formado caía muerto sobre mi cintura, obstruyéndome el paso del aire. Quería teletransportarme a casa, evitar el momento incómodo de despertar al Inglés para que me abriera la puerta. No podía amanecer a su lado unas horas más tarde con total naturalidad. Me preguntaba por qué me exponía una y otra vez a noches con sabor a nada, por qué aceptaba invitaciones que me dejaban vacía.
¿Por qué no podía rechazarlas con evasivas prolijas? ¿Era la necesidad de sentirme deseada lo que neutralizaba el poco juicio que el alcohol dejaba libre? ¿Acaso la carencia de amor propio lo que me llevaba de cama sin encontrar más que un encuentro animal, mecánico, repetitivo?
Mis ojos se humedecían cada vez más mientras hacía un esfuerzo por contener el vendaval que se precipitaba.
-Alex, wake up. I need to go home.

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